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Martes, 15 de octubre de 2019
Tecnología

¿Realmente está Google volviéndonos estúpidos?

Ricardo Martínez

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Google
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En agosto de 2008 Nicholas Carr, el especialista en tecnología estadounidense, lanzó una pregunta que ha vuelto a repetirse una y otra vez desde su formulación original: “¿Está Google volviéndonos estúpidos?”. Las últimas investigaciones humanos-computadores parecen demostrar que sí. Pero a la luz de la historia tal vez no...

Hace un par de décadas, cuando un automovilista se hallaba perdido en medio de una ciudad como Santiago de Chile sin saber cómo llegar a una dirección desconocida, la solución clásica consistía en detener a un taxista y preguntarle cómo llegar a destino.

Los taxistas manejaban al dedillo un mapa mental de prácticamente todas las calles de la ciudad, y, si no sabían la respuesta específica, en el piso delante del asiento del copiloto -que casi nunca ningún pasajero abordaba- llevaban un extraordinario ayuda memoria: las páginas amarillas, ese libro-mamotreto que llegaba a todas las casas que poseían teléfono religiosamente año tras año, y que, en sus últimas páginas, año tras año, venía con un plano separado en varias hojas de Santiago u otras ciudades de Chile. El taxista abría aquel mapa, buscaba la dirección perdida, y resolvía la consulta del automovilista aproblemado.

Hoy ningún taxista lleva ningunas páginas amarillas en el piso del copiloto.

Eso, porque la mayoría de los taxistas tienen sistemas de GPS; o Google Maps o Waze, en sus smartphones. Y casi ninguno se sabe las calles al dedillo como los taxistas de antaño.

La pregunta que cabe aquí es cuánto se perdió de las habilidades taxísticas del pasado cuando la memoria de las calles se desplazó desde las mentes-mapa de los taxistas hasta las conexiones de internet de los celulares.

O más en sencillo: ¿está la tecnología volviéndonos más estúpidos?

El GPS, Google Maps y Waze han disminuido nuestras capacidades de comprender el espacio,

Una serie de investigaciones recientes, como una publicada en Nature Communications en 2017 por Javadi Amir-Homayoun, y colaboradores, parecen indicar que sí: usar demasiado, por ejemplo, el GPS, hace que el espacio mental que antes se ocupaba para ese “mapa mental taxísitico” se desactive y hoy se viva en extremo dependiente de la tecnología.

La pregunta de Carr

El especialista en tecnología Nicholas Carr se planteó esta misma pregunta, pero refraseada como ¿Está Google volviéndonos estúpidos? en 2008 para una publicación de The Atlantic. Y lo refería específicamente a la habilidad de leer y escribir. Carr sostenía en aquella columna que desde que leía en dispositivos electrónicos, luego de terminar la lectura sentía que no había entendido nada de lo escrito:

“Me doy cuenta sobre todo cuando leo. Antes me era fácil sumergirme en un libro o en un artículo largo. Mi mente quedaba atrapada en la narración o en los giros de los argumentos y pasaba horas paseando por largos tramos de prosa. Ahora casi nunca es así. Ahora mi concentración casi siempre comienza a disiparse después de dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. La lectura profunda que me venía de modo natural se ha convertido en una lucha”.

Y parece ser cierto. Curiosamente nunca se había leído o escrito tanto como en la época actual. Según datos de 2017, en solo un minuto en el planeta se emiten 452.000 twiteos o se envían 156 millones de e-mails, aunque muchos de ellos correspondan a spam o productos de bots. En paralelo, hoy, de acuerdo con los especialistas Roger Bohn y James Short en una investigación de 2009, el 27% de información que las personas consumen en un día viene desde la lectura en internet, una cifra muy parecida a lo que pasaba en los 80 con los periódicos (26%), con lo que los datos indican que no ha disminuido la lectura, sino la forma de acceder a ella. Cabe precisar que esto está estudiado en los Estados Unidos de hace una década atrás, antes de la irrupción de los teléfonos inteligentes, los que debiesen aumentar el indicador. 

Estos cambios radicales del comportamiento como lectores o escritores suelen tomarse como una señal de que se está en un cambio de era y que hay procesos terribles e irreversibles aparejados. Pero, no hay que ir tan rápido. En realidad, nada es tan nuevo como se imagina.

Las lecciones de Antoine Compagnon

En octubre de 2017 visitó Chile el catedrático francés Antoine Compagnon, que, entre otros campos, se ha especializado en la historia de la lectura y la escritura. En el marco de su charla Literatura y mundo digital dictada en la Universidad Diego Portales, abordó el tema de la lectura y la escritura y las nuevas tecnologías relativizando el “tecnochovinismo” (término acuñado en 2018 por la académica Meredith Broussard en su libro Arificial Unintelligence), que hace pensar a las personas de la actualidad que los cambios aparejados a la tecnología son revolucionarios en nuestro tiempo.

Compagnon dio varios ejemplos que se pueden citar que muestran que cambios en las prácticas de lectura y escritura ha habido muchas veces en la historia. El primero es de inicios de la Edad Media. Hasta esa época, cuando una persona leía, lo hacía siempre en voz alta. Así, la lectura siempre era escuchada por las personas que estaban cerca: era una lectura social.

Leer en voz baja implicó un cambio significativo en la historia de la lectura y la escritura, con fuertes implicancias en las libertades individuales.

Compagnon citó un párrafo del libro de las Confesiones de San Agustín en que se halla una de las primeras documentaciones de una lectura silenciosa, que ocurre cuando el obispo de Hipona observa a San Ambrosio, el obispo de Milán, leyendo: “Cuando él leía, recorrían las páginas los ojos y el corazón profundizaba el sentido, pero la voz y la lengua descansaban. Muchas veces, estando nosotros presentes -porque a nadie se le prohibía la entrada, ni había costumbre de anunciarle al visitante-, le vimos leer así en silencio y jamás de otra manera”. Para Compagnon, ese simple hecho de leer silenciosamente resultó revolucionario en su época, porque hizo a la lectura una actividad solitaria e individual y ya no tan colectiva, con todo lo que ello implica respecto de la identidad y la individualidad personal.

Un segundo ejemplo que dio Compagnon en esa charla circuló en torno a la invención de la pluma estilográfica. Hasta inicios del siglo XIX en Europa las escritoras y los escritores escribían con una pluma de ganso como lápiz habitualmente, pero en esa fecha alguien patentó una pluma artificial, la pluma estilográfica, que, entre otras ventajas, permitía escribir más rápido.

¿Qué sucedió?

Que los grandes escritores, particularmente los franceses, se rehusaron a ocupar este invento, porque se daban cuenta de que la mano iba más rápido que sus mentes.

Alejandro Dumas fue el primer escritor francés en usar la rápida pluma estilográfica (más que las plumas de ganso usadas hasta entonces) y también el primer best seller, tal vez por la agilidad de su prosa.

Compagnon indica que solo un escritor de esa época adoptó esta tecnología, Alejandro Dumas. Y que ni Las Flores del Mal de Charles Baudelaire, ni Madame Bovary de Gustave Flaubert hicieron uso de ella, y se escribieron con la tradicional pluma de ganso -como en el siglo XVIII-, más lenta y pausada.

Curiosamente la literatura de Dumas, quizá el primer escritor best-seller francés, justamente era más rápida o ágil y leíble de un tirón debido a ello.

El mismo Nicholar Carr cita una anécdota análoga respecto de las nuevas tecnologías de la escritura y la lectura del pasado cuyo protagonista es Nietzsche:

“En algún momento de 1882, Friedrich Nietzsche compró una máquina de escribir: una Malling-Hansen Writing Bal, para mayor precisión. Le fallaba la vista y mantener los ojos enfocados en la página se le había hecho agotador y doloroso, y muchas veces le provocaba fuertes dolores de cabeza.

Se había visto obligado a reducir su escritura y temía que pronto le sería necesario abandonarla. La máquina de escribir lo rescató, al menos de momento. Una vez dominada la mecanografía al tacto, podía escribir con los ojos cerrados, usando sólo las yemas de los dedos. Las palabras podían fluir de nuevo de su mente a la página. Pero la máquina tuvo un efecto más sutil sobre su obra. Uno de los amigos de Nietzsche, un compositor, observó un cambio en su estilo de escribir. Su prosa, ya de por sí tersa, se había hecho más comprimida, más telegráfica”.

La tecnología nos ha vuelto estúpidos (e inteligentes) muchas veces

Cada uno de los casos mencionados se explica en la medida en que se repara en que la lectura y la escritura son tecnologías cognitivas, como dice el cientista cognitivo Andy Clark. Los cambios en los soportes, en las prácticas, en los formatos, modifican siempre la cognición lectora y escritora.

Piénsese en la diferencia entre escribir en un pergamino, contra el Word (donde una errata en el pergamino obliga casi a desecharlo, mientras que el Word autocorrige).

Piénsese también en “el rollo” de Jack Kerouac, aquel recurso que usó el escritor beatnik de pegar, una tras otra, muchísimas hojas para máquina de escribir que le permitieron redactar En el Camino de un tirón sin tener que cambiar de hoja cada vez que terminaba una plana. Esto hizo que aquel libro se perciba como un flujo continuo de lenguaje y no como apartados separados. Es como si se tratara de un solo largo párrafo, que transmite el vértigo de la recién estrenada juventud de fines de los años cuarenta en los Estados Unidos.

Visto así, el temor de que “Google nos vuelva estúpidos” se ancla en temores más ancestrales que acompañaron a personalidades del pasado tan lejanas como san Agustín de Hipona o, más cerca, a personajes como Baudelaire o Nietzsche, que ya se veían con que las tecnologías de la lectura y la escritura cambiaban las formas de hacer las cosas.

Quizá un último ejemplo sirva para cerrar todo en este sentido, es un texto de Juan Forn publicado en Página 12, el periódico argentino, en 2013, sobre la lectura de una de las obras maestras de la literatura americana, Pedro Páramo:

El crítico JM Cohen realmente logró disfrutar Pedro Páramo de Juan Rulfo, cuando quedó ciego y lo leyó en braille.

“Cuando el respetadísimo John Michael Cohen, crítico del Times Literary Supplement y asesor de Penguin Books, leyó Pedro Páramo, lo encontró demasiado sutil. Dijo que se perdía en los cross-fadings (un término que usan los radioaficionados para referirse a las voces que se difuminan porque otras se les superponen). Tiempo después Cohen se quedó ciego. El mexicano Jaime García Terrés fue a visitarlo a su casita en las afueras de Reading y el inglés le contó que había vuelto a leer el libro de Rulfo, en braille, y estaba maravillado: veía todo, veía México, veía a los muertos, veía hasta el ruido que hace el silencio porque, como todos sabemos, en Rulfo nadie escribe, alguien habla nomás; el inglés Cohen necesitó quedarse ciego y tocar las palabras para poder verlo”.

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Comentarios

Comentarios

Quisas en algunas cosas , pero creo que es por falta de Educacion, la forma de enceñar tiene que cambiar en 180 grados en todo el mundo , no es que no podamos momorizar , esque nos da paja por alguna razon y usamos google , si alguien nos enceñara desde niños como ocupar bien la tecnologia no tendriamos ese problema . Ademas la internet es la mayor revolucion que a existido en la humanidad y mas que volvernos tontos , bien usada expande cintos de veces la inteligencia humana . Tienes textos de casi cualquier cosa , manuales , libros , videos de exelentes profesores en linea , yo e aprendido a como sembrar , e aprendido fisica, matematicas , a como arreglar una lavadora , un calefon , etc y sigo aprendiendo , tengo amigos virtuales rusos, chinos , gringos , colombianos , de africa y conosco muchas culturas en forma virtual , Es la forma mas democratica de acceder a los conocimientos , de hecho no se porque todavia siguen los libros santillana con esos precios cuando cualquiera puede acceder a la informacion de su pc smart o tablet . Ahora en chile la educacion brilla por su ausencia ojala alguna ves el estado se preocupe de eso

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