Estamos donde tú estás. Síguenos en:

Facebook Youtube Twitter Spotify Instagram

Acceso suscriptores

Jueves, 5 de diciembre de 2019
Crónica

Reportear tu propio trauma: cómo un periodista nuestro ha cubierto las graves lesiones oculares

Joaquín Riffo Burdiles

manifestantes.jpeg

Un manifestante muestra una imagen de los heridos frente a La Moneda en la marcha de la Coordinadora de Víctimas de Traumas Oculares.
Un manifestante muestra una imagen de los heridos frente a La Moneda en la marcha de la Coordinadora de Víctimas de Traumas Oculares.

INTERFERENCIA fue uno de los primeros medios en destacar las lesiones oculares de decenas de manifestantes producto de la represión policial. El periodista que propuso y cubrió esta historia perdió un ojo en un accidente en la infancia. Aquí cuenta cómo ha lidiado con su doble condición de ser reportero y hablar con las víctimas, y al mismo tiempo ser un hombre con una prótesis en uno de sus globos oculares y sin visión en el mismo.

Aún no transcurría una semana desde el inicio del estallido social y el panorama en la urgencia del Hospital del Salvador -donde se encuentra la Unidad de Trauma Ocular (UTO), la unidad oftalmológica más grande de Santiago- era desolador.

La primera vez que estuve ahí, tuve un revoltijo de sensaciones. En el sopor de un hospital que atiende heridos al ritmo de una zona de guerra, nada estaba claro. Las víctimas llegaban totalmente expuestas, ensangrentadas, apoyadas en los hombros de amigos o de manifestantes que habían conocido pocos minutos atrás. Su normalidad había sido alterada para siempre en pocos minutos: salieron a una marcha una tarde y ahora se sentían desconcertados, adoloridos, desfigurados. El impacto de un proyectil había alcanzado uno de sus ojos y el daño en la mayoría de ellos sería irreparable y permanente. 

La sensación en mí también fue caótica. Verlos llegar, acercarme a conversar con ellos, darme cuenta de que podía, e incluso debía, ser una de sus primeras contenciones mientras esperaban la atención médica, me regresó de forma brutal a mi propia peregrinación de sensaciones, pronósticos y miedos. Sabía exactamente lo que estaban sintiendo y no pude evitar identificarme plenamente, perdiendo a ratos al periodista para dar paso al sobreviviente de un trauma ocular severo. Mientras hablaba con ellos -para sacarles “cuñas” y testimonios- no pude evitar dejar ser reportero y volverme ciudadano. Es que yo mismo, siendo niño, perdí la visión de mi ojo izquierdo en un accidente, órgano donde actualmente tengo una prótesis. 

Regresé ese día a la redacción de INTERFERENCIA pensando incluso que mi postura profesional como periodista estaba siendo cuestionada, pues lo que me correspondía era reportear, escribir y publicar sobre los episodios de una represión brutal por parte de agentes del Estado, avalada por el gobierno en curso, que había generado un patrón claro de mutilación mediante disparos directos a los ojos de las personas que se manifestaban. El país completo estaba horrorizado y yo también. Todos parecían desconcertados sobre el hecho específico de la pérdida ocular, pero yo no. Sabía exactamente de qué se trataba y me pregunté: ¿hasta qué punto iba a poder ejercer mi labor periodística, descolocado como estaba? 

***

El viernes 25 de octubre, exactamente una semana después del comienzo de las movilizaciones de descontento social en Chile, INTERFERENCIA publicó su primer artículo sobre este tema, titulado 60 casos de daños oculares graves deja hasta ahora la represión del estallido social. En él, se relataban las historias de seis víctimas de perdigones, balines y lacrimógenas disparadas por Carabineros a los manifestantes en Concepción y Santiago, además de las primeras advertencias del Colegio Médico a la policía sobre el uso de escopetas antimotines. Pero la situación se salió de control, hasta llegar a la cifra actual de más de 240 heridos oculares, muy por sobre cualquier referencia a nivel mundial en estallidos sociales, incluyendo el conflicto árabe-israelí. 

La primera señal de alerta me llegó informalmente por relatos en redes sociales que acusaban de heridos oculares producto de las armas disparadas por efectivos policiales, información que no tenía eco en las vocerías del gobierno, en las que sólo se referían a números de ‘muertos’ y ‘heridos’, sin detallar la condición de estos últimos, ni menos en la prensa tradicional.

En los mismos días me enteré que dos primos, uno en Santiago y otro en Concepción, tenían a amigos cercanos heridos de gravedad en los ojos producto del actual policial. Hoy son casos emblemáticos: Raúl del Valle, estudiante de enseñanza media que perdió un ojo producto de un perdigón, y Rodrigo Lagarini, alumno de Pedagogía en Educación Física en la Universidad de Concepción que corrió la misma mala suerte a raíz de una lacrimógena a quemarropa que impactó directamente en su rostro. Tiempo después, incluso colegas de medios de prensa extranjeros como Vice y Página 12 me han contactado para preguntarme por estas historias. Todos los periodistas del exterior con los que he conversado últimamente, me hacen notar el estupor que les provoca cubrir una emergencia médica como ésta. 

vier-8-nov-2019_migrar-photo_chile-17-e1574348774421-1024x576.jpg

Según el reporte del 30 de noviembre del INDH, existen 241 personas con heridas oculares hasta esa fecha. (Fotografía: Migrar Photo)
Según el reporte del 30 de noviembre del INDH, existen 241 personas con heridas oculares hasta esa fecha. (Fotografía: Migrar Photo)

***

“Íbamos cruzando por Parque Bustamante, donde estaba el Gope de Carabineros disparando a mansalva. Diego se cayó y yo lo intenté parar, pero la policía nos disparó a ambos, a él en el ojo y a mí muy cerca, en la cara. Los disparos fueron directamente a la cara, lo hicieron con la intención de herirnos”. 

Con el torso descubierto y ensangrentado, Kevin López me relataba la situación que acababa de vivir Diego Sepúlveda, uno de los tantos heridos que llegaban la tarde del jueves 24 de octubre al Hospital del Salvador. Por respeto, decidí sólo acercarme tangencialmente a Diego, y concentrar las preguntas en los testigos; en este caso quien lo había recogido y llevado hasta la sala de urgencias. 

Me fijé en su mirada perdida, desilusionada y me recordó lo que me tocó vivir, también en la sala de espera de un hospital, en el verano de 2000. Jugando con algunos amigos una noche, a los 10 años de edad, perdí la visión del ojo izquierdo tras un accidente donde una rama perforó la córnea de mi globo ocular, destrozando el cristalino, estructura cuyo propósito principal consiste en permitir enfocar objetos situados a diferentes distancias. El trauma me hizo entrar en shock, vomitar y ser operado pocas horas después. 

Mi rehabilitación no fue fácil. Después de cinco días hospitalizado, y tras mantener la esperanza de recuperar algo de visión en ese ojo, mi retina se desprendió, descartando cualquier posibilidad médica de volver a ver. Al pasar los años, el globo ocular se empezó a atrofiar, lo que me obligó a utilizar una prótesis por sobre él para mantener la simetría con el ojo derecho.

Aún así tuve suerte. Mi familia me apoyó desde el primer minuto, y no me invalidó. Afortunadamente, en el camino nos topamos con el matrimonio alemán de Roland y Julia Lautner. Roland es uno de los mejores ocularistas del mundo, y él fabricó una prótesis que me regresó gran parte del aspecto antes del accidente. Todavía recuerdo la expresión de mi madre al verme. Creo que le volvió parte del alma al cuerpo, después de tanto sufrimiento y paseos por distintos centros médicos, con diferentes diagnósticos, conjeturas y recomendaciones.

Hace unos días le escribí a Roland y Julia. Apoyado por mi amiga española Mar, quien se desempeña como intérprete de alemán-español en Leipzig, les solicité en el idioma germano que viniesen cuánto antes a Chile, por la emergencia médica en la que se encuentra el país producto de la cantidad de heridos. Una prótesis fabricada por Roland no es barata -supera los 500.000 pesos- y tampoco está incluida en Fonasa o Isapres, que no cuentan con códigos para reembolsar este tipo de heridas. 

Será una de las grandes batallas que tendrán que dar los defensores legales de las víctimas en términos de reparación moral, económica y penal. El tema de las prótesis oculares escapa de la frivolidad. Es un acto de dignidad. Es levantarte en las mañanas, mirarte en el espejo y no tener que revivir diariamente el trauma que te causaron los Carabineros el día en que saliste a una manifestación a expresar una idea. 

***

Hace unos días desayuné con el doctor Pablo Vera, presidente del Capítulo Médico del Hospital del Salvador y subjefe de la Unidad de Emergencia, para realizarle una entrevista. Una de las primeras cosas que me comentó fue que, según distintos estudios de unidades de psicología, para muchas personas el miedo a perder la vista es sólo superado por el miedo a morir. 

En esa misma conversación, a propósito del trágico destino del estudiante Gustavo Gatica (todavía no había sucedido el disparo que cegó a Fabiola Campillay), me deslizó que tenían antecedentes de más casos de jóvenes que estaban en riesgo de perder la visión de ambos ojos. También me comentó sobre la incansable labor de auxiliares, alumnos, médicos y administrativos del Hospital del Salvador, que con turnos extras y a cuatro pabellones, han trabajado sin descanso para atender a las numerosas víctimas que acudían en esos días de mayor conflicto. 

Por mi experiencia, sabía que el escenario ideal ante un trauma ocular es siempre tratar de salvar el ojo. Consultado ante ello, el doctor me comentó que dicha posibilidad “es una dura pregunta, porque generalmente estamos recibiendo impactos por proyectil o contusiones oculares con trauma ocular abierto. Por su gravedad, diría que esos ojos están prácticamente perdidos”. Y, a continuación, agregó: “Necesitan manejo agudo muy rápido. Los oftalmólogos han logrado recuperar algunos ojos, pero cuando existe un estallido ocular es prácticamente imposible la recuperación en un 100% de visión. Siempre se trata de preservar el beneficio del paciente. Aunque sea poco estético, a veces es mejor sacar un ojo que tiene alto riesgo de infección, y eso no sólo tiene consecuencias funcionales graves, sino que también estéticas”.

***

El pasado jueves 28 de noviembre fui a cubrir a La Moneda la primera manifestación de la Coordinadora de Víctimas de Traumas Oculares. Recientemente creada, es una de las primeras instancias de organización de los lesionados para exigir justicia. Dentro de los presentes me fijé en un muchacho que posaba para los fotógrafos con la policía y el palacio presidencial de fondo. Lo vi cabizbajo mientras lo retrataban, por lo que me acerqué a hablarle. 

Se llamaba Diego, era de Puente Alto, y en las primeras semanas de revueltas un perdigón disparado por la fuerza policial había impactado en su ojo. El proyectil lo habían retirado hace pocos días. No quise realizarle ninguna entrevista, sólo le conté que era de un medio de comunicación que había seguido de cerca el tema, que tenía que tener fuerzas para seguir adelante y que yo entendía su dolor porque también había pasado por lo mismo cuando chico. Me miró extrañado, ya que yo andaba con lentes de sol. 

Me los retiré y pudo observar mi prótesis, que todavía se maquilla bastante bien con mi ojo sano. Vi un poco de alivio en su rostro, lo cual fue ratificado por su madre quien se acercó luego para decirme que ella creía que haberme visto le había devuelto el ánimo a Diego. Intercambiamos números y le dije que me llamara cuando quisiera.

Nos despedimos con un abrazo que, para mí, fue mucho más satisfactorio que cualquier pieza periodística que haya podido escribir hasta ese momento. 

Ya que estás aquí, te queremos invitar a ser parte de Interferencia. Suscríbete. Gracias a lectores como tú, financiamos un periodismo libre e independiente. Te quedan artículos gratuitos este mes.

Comentarios

Comentarios

Emocionante. Muchas gracias por compartir esto y haber contenido a todos los que te encontraste. El miedo a perder la visión es parecida a la de morir, concuerdo mucho. El mejor de los deseos con esta nota de gran nivel.

Un drama mayor, que aún no se completa. La lista es inmensamente mayor. Lo que el Estado hace no es solo dañar de manera directa a una persona. Daña a su entorno inmediato y se daña así mismo. Es un Estado opresor y criminal. Lo real es que inmaterial, por que quienes hacen el Estado son personas con nombres y apellidos, ellos y ellas son quienes cargan hoy con la responsabilidad del daño causado. Ese daño será inevitablemente juzgado y condenado. Por lo pronto, hablar del sistema de Salud y las coberturas para cubrir los costos de reparar el daño causado es prematuro; el Estado deberá hacerse cargo de repararlo lo más íntegramente posible el daño causado, sin mirar su costo. Ese será un mandato interno y externo seguro y sus causantes deberán responder. Es un crimen de lesa humanidad.

Con este artículo, diferente al que suele reportear Interferencia, se consagran como uno de lo mejores medios del país... Felicitaciones. Este articulo podría ser el comienzo de un libro.

Añadir nuevo comentario