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Martes, 24 de Marzo de 2026
[Revisión del VAR]

Santiago Wanderers hace historia

Roberto Rabi González (*)

“La paradoja es evidente. En el peor momento del fútbol chileno —con selecciones menores irrelevantes, exportación decreciente de talento y ligas formativas desordenadas—, un club fuera del eje Santiago logra lo que los grandes no pueden. No porque tenga más, sino porque hace mejor lo básico. Lo hace con convicción. Consideremos, eso sí, que aún les falta un paso decisivo: que la gloria de los menores se traslade al primer equipo, que actualmente tiene un rol no protagónico en la Primera “B”. Sería inconcebible que en definitiva no lograran con tal tremendo insumo arribar en el corto plazo a la categoría de honor”.

En medio del diagnóstico repetido —y cada vez menos discutido— sobre la crisis estructural del fútbol chileno, la obtención de la Copa Libertadores Sub-20 por parte de Santiago Wanderers aparece como una anomalía. Y como toda anomalía, más que celebrarse sin matices, debería interpelarnos.

En primer lugar, destaquemos que Santiago Wanderers fue un gran campeón. Consiguió su cupo para participar en el campeonato como campeón sub-20 local. Ganó su grupo en primera fase. Derrotó en la semifinal a Palmeiras. Y finalmente ganó la copa enfrentando a Flamengo,  el campeón vigente. El campeón de las últimas dos versiones. Campeón también, y destaquemos la coherencia, de la última versión de la Copa Libertadores de los adultos. Un gigante del fútbol mundial. Así de enorme es lo que consiguieron los muchachos del Decano.

La pregunta, entonces, no es solo cómo Wanderers se las ingenió para ganar. La pregunta incómoda es: ¿por qué es una excepción en un entorno en que, en las nueve versiones anteriores del torneo, que comenzó en 2011, jamás un equipo local había conseguido llegar a una instancia decisiva?

Durante años, el relato dominante ha sido que clubes como Colo-Colo, Universidad de Chile o Universidad Católica concentran talento, recursos, infraestructura y proyección internacional. Sin embargo, cuando se trata de formación real —no de marketing formativo—, ese poder se diluye. O peor: se burocratiza.

Wanderers, en cambio, ganó desde otro lugar. No desde la abundancia, sino desde la coherencia. En Valparaíso no sobran los recursos, pero sí existe algo que en los grandes de la capital parece haberse perdido: una línea formativa reconocible, continuidad técnica y una identidad que no cambia con cada director deportivo o con cada mala racha del primer equipo.

Mientras los grandes viven atrapados en la urgencia del resultado inmediato —cambiando entrenadores, proyectos y hasta planteles completos en ciclos cada vez más cortos—, Wanderers apostó por procesos. Y en el fútbol joven, los procesos no son un lujo: son la única forma de competir. Y en este caso, compitieron y ganaron todo.

El triunfo en la Libertadores Sub-20 no es, entonces, un accidente. Es la consecuencia de una decisión: formar antes que fichar, sostener antes que improvisar.

La paradoja es evidente. En el peor momento del fútbol chileno —con selecciones menores irrelevantes, exportación decreciente de talento y ligas formativas desordenadas—, un club fuera del eje Santiago logra lo que los grandes no pueden. No porque tenga más, sino porque hace mejor lo básico. Lo hace con convicción. Consideremos, eso sí, que aún les falta un paso decisivo: que la gloria de los menores se traslade al primer equipo, que actualmente tiene un rol no protagónico en la Primera “B”. Sería inconcebible que en definitiva no lograran con tal tremendo insumo arribar en el corto plazo a la categoría de honor.

Todo lo anterior nos motiva a una reflexión más profunda: la crisis del fútbol chileno no es solo económica o dirigencial, es también cultural. Se dejó de creer en el desarrollo como estrategia. Se privilegió el atajo. Se reemplazó la formación por la compra, incluso en categorías donde comprar es, en rigor, absurdo.

Por eso, el título de Wanderers incomoda al resto. Porque desarma la coartada habitual. Ya no basta decir que “no hay recursos” o que “el mercado es chico”. Wanderers compitió en ese mismo mercado, con esas mismas limitaciones, y ganó. Ganó con méritos de sobra y a lo grande.

La pregunta entonces se vuelve inevitable: ¿Qué están haciendo mal los grandes de Santiago? La respuesta no es única, pero hay pistas claras: desarticulación entre series, rotación constante de cuerpos técnicos, ausencia de un modelo de juego transversal, y una dirigencia más preocupada de sobrevivir a la semana que de construir a cinco años. Despilfarrando recursos en entrenadores que no resultan y en jugadores longevos cuyo principal capital es su nombre y lo que alguna vez fueron. Por lo mismo no es inhabitual que deban recurrir de emergencia a los entrenadores del fútbol formativo frente a las crisis de cajón que son consecuencia de sus malas decisiones. Y eso, evidentemente, repercute en la continuidad de los proyectos del fútbol formativo.

Wanderers, sin proponérselo, dejó en evidencia que el problema no es el tamaño del club, sino la calidad del proyecto. Y eso, en el Chile futbolero de hoy, es quizás la crítica más dura de todas.

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