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Domingo, 20 de enero de 2019
La vida de un mapuche

Testimonio de un weichafe: "Mis primeros zapatos los tuve a los 10 años".

Ana Rodríguez
Pablo Vergara

INTRERFERENCIA presenta un extracto de La Frontera. Crónica de la Araucanía rebelde, de Ana Rodríguez y Pablo Vergara, publicado en 2015 por la colección “Tal cual” de la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales y la editorial Catalonia. 

Nací en la completa pobreza, para qué decirlo. Mis primeros zapatos los tuve a los diez años. Nací en el Lleu Lleu [Octava Región, cerca de Tirúa]. Mi madre es del sur de Tirúa. Mi padre fue de los primeros dirigentes [mapuche]. Él encabezaba movilizaciones 'simbólicas'.

[Este es un relato entregado a los autores del libro por un weichafe en Santiago, durante el invierno de 2013, a condición de reserva de su identidad].

En los noventa empezamos a hacer cosas. Eran cortes de camino por la recuperación de un fundo. La pelea duró cuatro años. Dos compañeros de Concepción llegaron en función de apoyo y para dar la experiencia sobre lo que significaba luchar. Ellos nos orientaron. La lucha nuestra en ese entonces era simbólica: hacíamos la ocupación, llegaba la policía y empezaba la negociación con la Conadi y se acababa ahí, chao.

"Los mayores recibieron bien a la gente que nos vino a ayudar. Ellos enseñaron a luchar y empezaron a hacer un trabajo más político. Y ellos se engancharon con la cosmovisión. Luchar empezó a entenderse como defender el espacio".

Las cosas fueron así como unos dos años, porque un día a una ocupación llegaron los pacos y no llegaron en la onda de negociar sino que tirando balines y bombas y empezó un enfrentamiento. Nosotros usamos ondas, palos, wetruwe [lanzapiedras]. Hicimos trincheras, armamos una línea de defensa. La estrategia de defensa de los ancestros, que los padres nos enseñaron de chicos, para cuidar las ovejas.

Los mayores recibieron bien a la gente que nos vino a ayudar. Ellos enseñaron a luchar y empezaron a hacer un trabajo más político. Y ellos se engancharon con la cosmovisión. Luchar empezó a entenderse como defender el espacio. Y recuperar el espacio no solo para trabajarlo sino recogiendo lo sagrado. 

Los mayores no solo hablaban de espacios sagrados. Además se soltaron y empezaron a contar la historia de su pasado. Narraron y oímos la historia. Ahí en ese humedal, dijeron, hay un espacio sagrado.

Cuando chico, en los ochenta, era del AdMapu. Salía escondido por la noche. Se avisaba para que uno fuera escondido a las reuniones.

Después, en el Liceo Técnico, en el internado, los peñis del hogar hacían trabajo político social en todos los hogares. No todos estaban conscientes en ese tiempo de qué era ser mapuche. [El dirigente] José Naín recorría y hacía charlas en el liceo de Lebu, por ejemplo.

"Es árbol, es niño. Siempre está. Weichafe es humildad, respeto, dignidad. Pasar desapercibido. Es clandestino. Es dejar casi todo".

Con la gente que llegó me fui formando, conocí otro nivel de lucha, más de calidad, de estrategia.

El weichafe tiene que tener respeto a la vida, incluso a la del enemigo. No va a la pelea a mandar. Los ancianos y los niños se quedan atrás. Son los jóvenes, son la vanguardia, los que hacen sabotaje. El weichafe crece, forma, hace estrategia. Camina. Él es un todo. Un cona, un luchador. Duro, para sacrificarse por la lucha cuando parte al Lafken Mapu [a la muerte] (1), para desaparecer como persona. Es árbol, es niño. Siempre está. Weichafe es humildad, respeto, dignidad. Pasar desapercibido. Es clandestino. Es dejar casi todo. Y por eso se entiende, entiendo, a algunos peñis en la actitud en que se encuentran hoy, lejos [de las organizaciones].

Fue la vida más bonita que he conocido. Fui feliz. Era cien por ciento lucha. No importaba el frío, sufrir, el hambre, el desprecio. No importaba nada. Todo era caminar. Todo por la lucha. Se forma y se camina, se recorre todo el territorio y se piensa en todo el territorio. Se pasa por el monte comiendo harina tostada y en las comunidades te recibían con mate, sopa, cazuela. Nunca anduve con el estómago lleno pero el hambre no me vencía.

La primera vez que caí preso no me conocían. Guardé silencio. Me venían siguiendo esa vez y me detuvieron en un bus. Pero cuando caí detenido la última vez, para el enemigo era la clave, la pieza del movimiento mapuche. Según la inteligencia chilena, soy de los seis que fueron a Colombia y además tengo ascendiente en las comunidades.

Uno entiende el trabajo: ellos [la inteligencia del Estado] trabajan en lo que uno hace.

Mi última detención fue en un allanamiento. Fueron cien efectivos los que allanaron mi comunidad. Me llevaron a mí y a otros seis peñis. Fue de madrugada. No había armas en mi casa, solo unos juguetes de mis hijos y verlos a ellos mirando cuando les levantaban las camas, eso toca lo emocional.

Cuando uno se encuentra con la policía, cuando te van a detener, hay que ver si en términos numéricos son más ellos, y si lo son no hay que oponer resistencia. Un forcejeo, nada más.

A mí me llevaron a una comisaría de Carabineros. Tuve suerte que no me tocara la PDI, ellos son más brutos. En la cárcel conocí a [Héctor] Llaitul [jefe militar de la CAM], Ramón Llanquileo, [José] Huenuche, sus historias con la PDI y el ERTA [Equipo de Reacción Táctica de la Policía de Investigaciones] y las torturas. A mí me dieron cabezazos, culatazos; nada comparado a lo que le pasó a los peñis.

"Fue la vida más bonita que he conocido. Fui feliz. Era cien por ciento lucha. No importaba el frío, sufrir, el hambre, el desprecio. No importaba nada. Todo era caminar. Todo por la lucha".

Cuando pasa eso no siente dolor uno; le duele más al enemigo.

Dos personas me llevaron a la CAM. Me dijeron tú tienes cualidades políticas y militares. ¿Te gustaría ser parte de un proyecto? Y ese proyecto era formarse como luchador y conocer esa experiencia sin dejar de ser persona.

El weichafe se forma desde el vientre de la madre. Ahí viene el weichan [el espíritu de lucha]. Si fuera mapuche de cartón, emocional, habría tomado la lucha por gusto, como una moda, y ahora estaría en una buena pega o estudiando para ser otra cosa en la vida.

Mi formación política fue en las comunidades. Llegaba por huellas, por los caminos del territorio. Ahí se hacían redes, se entrenaba la cabeza. Hablando con las comunidades y con los jóvenes. Lo militar fue en la lucha. Y una lucha que no se planifica: que se ve ahí.

Nos agarrábamos en las plantaciones forestales, en los caminos o en sus faenas. Con los guardias privados, con los empleados de las forestales y con los pacos. Fue la lucha más bonita que he visto. Era de día o de noche, a veces no sabíamos dónde estaban ellos. Teníamos que caminar kilómetros en las plantaciones y los sorprendíamos. Las peleas eran a combos, a veces. Entre los pinos. Fue muy bonita.

"La cárcel es un punto clave para cualquier luchador. ¿Por qué caímos? Hay que hacerse una autocrítica. Me fui de la CAM por esa autocrítica, por no estar de acuerdo con los peñis en la forma, no en el fondo".

Hubo gente que fue quedándose en el camino. Uno fue más constante, consecuente. Y pudo madurar y ver la lucha en un concepto más amplio, que es la reconstrucción del pueblo mapuche. Una lucha política, militar, cultural, social. Para defender el Ñukemapu, la madre tierra.

Ese es el equilibro. El enemigo consiguió violentarnos culturalmente. Los espacios sagrados nos daban firmeza, ideas y dignidad. Los mapuche fueron fuertes y hoy son débiles. La colonización trastocó los valores espirituales del mapuche.

La CAM fue una expresión que se transformó en una idea de lucha, en el germen que alimenta la idea de los que luchan. Pero organizacionalmente vive aún. Viven y lo dicen. Y lo hacen. Los sabotajes: ahí están. Valoro mucho lo que hacen.

La cárcel es un punto clave para cualquier luchador. ¿Por qué caímos? Hay que hacerse una autocrítica. Me fui de la CAM por esa autocrítica, por no estar de acuerdo con los peñis en la forma, no en el fondo. Lo que pasó es que las comunidades dependían de la CAM para hacer algo. Llegó un momento en que los mirábamos hacia atrás. Nos fuimos haciendo aparato. No tiene que pasar. Avanzar, antes. Estábamos haciendo un brazo.

Y si nos volvimos aparato fue por la seguridad. Nos fuimos aislando porque el Estado estaba infiltrando a las comunidades. La gente a veces nos veía como bichos raros. Yo entiendo al peñi Llaitul en su formación huinca de izquierda, que a lo mejor quiso complementarla con lucha mapuche. Es distinto a la izquierda más digna, con más formación militar. Fuimos no oyendo a los peñis. Algunos lograron entender y supieron ver que lo que había que hacer era sumarse a la lucha, no imponer una manera.

La CAM venía de un concepto huinca al comienzo. Pero cuando fui a la CAM no visualizaba el concepto de organización huinca. Recién ahora veo cómo se hacen las cosas como mapuche.

Al principio había lonkos, machis, werkenes. Funcionaba. Había cualidades de organización mapuche. Había kimches [ancianos sabios]. Las machis tenían una función cultural en lo organizacional.

Después nos fuimos alejando de eso. Con la Operación Paciencia (2) pasamos de ser una organización semiclandestina a una organización clandestina. No queríamos dejar fuera a los lonkos pero tuvimos que hacerlo, por seguridad.

"Estuve dos años preso. En la cárcel uno tiene que saber vivir, no quebrantar sus ideas. La postura política es clave para mantenerse digno. Una vez preso, ya no se puede ser cien por ciento mapuche".

Cuando íbamos a las comunidades, pedíamos permiso o no hacíamos nada. Pero se sentían los lonkos pasados a llevar. Nos distanciamos de las comunidades.

Con la izquierda, con el MIR, tenemos diferencias. Es por la dificultad de la imposición. En la experiencia, viendo los elementos, el entendido capta: su lucha no es la nuestra. Ellos quieren alcanzar el poder sin el mapuche ahí. Y lo que nosotros queremos es reconstruir el mundo mapuche, no reinsertarnos en la sociedad.

Estuve dos años preso. En la cárcel uno tiene que saber vivir, no quebrantar sus ideas. La postura política es clave para mantenerse digno. Una vez preso, ya no se puede ser cien por ciento mapuche.

El Estado logró que mi comunidad me aislara. Hay un testigo secreto en mi comunidad. Me acusan por otras cosas. El Estado logró su objetivo: hacer de mí un enemigo interno. El testigo secreto declaró por rivalidad, por plata, por envidia, porque yo no le quitara su cargo en la comunidad.

Al Estado la CAM le provocó miedo y por eso nos respondieron así.

Hoy trato de conspirar con lo que me visto. La cosmovisión es lo central: soy un elemento más en la naturaleza. Cuando un winka ve un árbol nativo, ve dinero. Yo veo lo sagrado.

No veo perspectiva estratégica en cómo se da la lucha a veces. Quemar una escuela no tiene contenido político si no tengo algo para reemplazar esa escuela, con elementos mapuche. Eso es inmadurez política. Y no tiene perspectiva porque solo significa la militarización del territorio.

No se ha terminado la lucha. Con [Héctor] Llaitul nos encontraremos, tal vez. Pero tengo este camino.

(1) La tierra que queda al otro lado del mar, donde van los cuerpos de la gente que muere. De ahí que Isla Mocha, frente a la costa de Tirúa, sea sagrada; allá viajan los muertos. Por eso en el mundo más tradicional los mapuche duermen con la cabeza hacia la cordillera, de donde sale el sol, y los pies hacia el Pacífico, donde la estrella se esconde.

(2) Operativo de inteligencia que dispuso el general de Carabineros José Bernales cuando era jefe de la Novena Región y que permitió identificar a los dirigentes de la CAM y detenerlos, aplicando la Ley Antiterrorista. Ocurrió durante el gobierno de Ricardo Lagos, cuando la CAM estaba en su apogeo.

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