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Domingo, 5 de Diciembre de 2021
Medio Oriente

Volverse Palestina

Lina Meruane

El actual estallido de violencia en el Levante se gatilló por el desalojamiento de familias palestinas en Jerusalén para hacer espacio a colonos judíos. Pero la violencia es, desde hace décadas, la experiencia diaria en los territorios en conflicto. Aquí, INTERFERENCIA reproduce extractos de dos libros-ensayos de Lina Meruane, escritora y periodista chilena de origen palestino. 

Lina Meruane nació en Chile en 1970. Su obra de ficción incluye dos libros de cuentos y cinco novelas entre las que se destacan Fruta podrida, Sangre en el ojo y Sistema nervioso. Entre sus libros de no ficción se cuentan los ensayos Viajes virales y Zona ciega (aquí extractado), así como el ensayo personal Volverse Palestina (aquí extractado) y el ensayo lírico Palestina por ejemplo. Ha recibido los premios Cálamo (España, 2016), Sor Juana Inés de la Cruz (México 2012), Anna Seghers (Berlín 2011) y becas de escritura de la Fundación Guggenheim (Estados Unidos 2004), la NEA (Estados Unidos 2010), la DAAD (Berlín 2017), y Casa Cien Años de Soledad (México 2021), entre otros. Actualmente enseña cultura latinoamericana y escritura creativa en la Universidad de Nueva York.

Lina Meruane en Palestina.

Volverse Palestina (Literatura Random House, 2014)

Muros de Gaza

«Gaza es una gran cárcel al aire libre, rodeada de muros de concreto alternados con torretas y alambres enrollados y vigilada por aire, mar y tierra. El territorio más densamente poblado del mundo, y muy pobre», contestó Ankar en un mensaje de febrero cuando le pregunté por la posibilidad de entrar en esa ciudad.

«Es prácticamente imposible, a menos que vengas con un permiso especial de una misión internacional con lealtad probada a Israel, o a menos que tengas muchos contactos en el Ejército, afuera, y un pariente enfermo en riesgo de muerte, adentro. Las flotillas con activistas de todo el mundo son una de las dos únicas formas de entrar y de llevar comida, medicinas o materiales de construcción (aunque se corre el riesgo de un ataque del Ejército israelí, que es casi como un ataque de Dios mismo). La otra forma es ir a El Cairo, viajar hasta el borde, por el desierto, y pasar corriendo por un puesto de control como si fueras una mujer de Gaza sin documentos. Pero ahí el riesgo se duplica porque hay dos ejércitos no coordinados cuidando la frontera: el egipcio y el israelí. Algunas ONGs grandes con sede en Tel Aviv y nexos con Estados Unidos y no muy de izquierda meten a algunos de sus miembros, pero muy de vez en cuando. Lo de entrar tan pronto y sin disculpa tramitada y sellada lo veo imposible.»

Falso, sin embargo, es que la oposición al expansionismo sionista se origine en el antisemitismo. Esa es la inmediata acusación que reciben todos los opositores a los abusos cometidos por los sucesivos gobiernos israelíes.

No dejé que el mensaje de Ankar me desanimara. Contacté a una representante de Unicef. Que lo olvidara, me dijo en un correo, y me invitó a Ramallah en vez. Una activista italiana me confirmó que se había vuelto «extremadamente difícil y últimamente muy pocos lo logran. Entrar a Gaza por el paso de Rafah es más fácil, pero aun así mucha gente espera por días y tampoco lo consigue». Toqué alguna otra puerta pero Gaza parecía cerrada con candado. La llave se la había tragado Israel y estaba bombardeando a los palestinos atrapados en su interior. Bombardeándolos otra vez: en una intensificación de su política de lento estrangulamiento ahora les lanzaba toneladas de muerte. Era como si se empeñara en limpiar el terreno antes de abrir la cárcel. Como si fuera necesario cerrar la entrada para que nadie viera el horror de la vida y de la muerte entre sus muros.

Iba a ser tarde después, pensé, cuando ya no quedara nada, cuando ya no hubiera nadie para contar cómo había sido resistir ahí dentro.

 

Antisemistismo: Verdadero o falso

Cierto. Nuestra feroz historia occidental ha exhibido un antisemitismo rampante. Cuesta explicar, costaría entender, aún más justificar, por qué se culpó a los judíos de sucesivas perversidades. De haber envenenado las aguas de los pozos, allá, tan atrás en el tiempo, y de ser los causantes voluntarios de la peste negra que arrasó Europa. Se los castigaría sin pruebas por este absurdo y se los continuaría castigando después bajo la Inquisición, se los sometería a la errancia que acabó por definirlos. Ese sentimiento irracional no hizo sino mantenerse y ampliarse, encontrar formulaciones racionales que alcanzarían su dramático apogeo en un genocidio escalofriante. Cierto, además, que sigue existiendo ese odio. Cierto que importa ponerle atajo.

Falso, sin embargo, es que la oposición al expansionismo sionista se origine en el antisemitismo. Esa es la inmediata acusación que reciben todos los opositores a los abusos cometidos por los sucesivos gobiernos israelíes. Aun cuando los críticos distingan sionismo expansionista de judaísmo. Aun cuando esos críticos practiquen la tolerancia religiosa y la igualdad racial. Aun cuando sepan distinguir entre esas políticas del Estado apoyadas por un electorado de colonos-fundamentalistas y la reticencia de progresistas-ciudadanos-israelíes y otros sectores del judaísmo que desean una democracia de preferencia secular. Aun cuando acepten, esos críticos, la existencia de Israel. Cierto: antisemitismo es el calificativo que reciben quienes se atreven a devolverle a esas circunstancias las palabras que les corresponden.

En un balcón de la reñida Jerusalén, un niño palestino de trece años recibió una descarga que le destruyó el hueso y el tejido ocular. Otro niño de once años solicitó permiso para cruzar la calle y de vuelta recibió un disparo en el rostro,

Un viejo escritor, histórico simpatizante de lo que considera la «única democracia» del Medio Oriente, confiesa que esperaba que su libro sobre el conflicto le acarreara severos reproches. Lo que le sorprendió a ese escritor, Mario Vargas Llosa, fue «su número, y la virulencia de alguna de esas críticas, sobre todo de quienes, conociendo mi trayectoria de solidaridad con Israel, me reprochan haberme pasado al enemigo». Cito otra línea del prólogo que este escritor incluyó en su volumen —es breve, es contundente, parece exclusivamente escrito para articular una defensa contra la artillería sionista—:

«No acepto el chantaje al que recurren muchos fanáticos, de llamar antisemita a quien denuncia los abusos y crímenes que comete Israel». Cierto: esa acusación es «absurda» (esa es la palabra que elige Vargas Llosa) pero también parte indispensable de una campaña disuasiva comandada por la Liga Antidifamación que tiene brazos y dedos extendidos por el mundo para sofocar cualquier asomo de cuestionamiento a la política israelí, apelando, siempre, a que esas críticas son tácticas antisemitas. Pero es también verdad que pese a la fuerza de esa liga, cuyos mandamientos son seguidos por muchas instituciones judías que intentan acallar las voces disidentes, se siguen sumando voces de desacuerdo que descartan ese cargo y lo enmarcan en la lógica de la manipulación.

Lo advirtió el historiador judío Eric Hobsbawm, poco antes de su muerte, y a propósito de la guerra en Gaza del 2009: «Permítanme que no me ande con rodeos: la crítica a Israel no implica antisemitismo, pero las acciones del Gobierno de Israel causan vergüenza entre los judíos y, sobre todo, dan pie al actual antisemitismo. Desde 1945, los judíos, dentro y fuera de Israel, se han beneficiado enormemente de la mala conciencia de un mundo occidental, que se había negado a la inmigración judía en la década de 1930, unos años antes de que se permitiera o no se opusiera al genocidio».

Lo advertía también, hace apenas unos meses, uno de los miembros del prominente clan de los Al-Barghouthi o Barghouti —no los poetas Hussein, Mourid, o Tamim, que llevan ese apellido árabe, no el Mohammad de la OLP, no Marwan, el apresado militante de Hamás, no Mustafá-el-pacifista—, el Barghouti de nombre Omar que dirige el actual boicot a Israel ha escrito en la prensa neoyorquina que calificar de antisemitas a quienes encaran las políticas antiárabes del Estado israelí es «un alegato infundado que intenta intimidar y obligar al silencio». Cierto, pienso, recordando que la publicación, en un diario, de algunos fragmentos de esta crónica palestina, trajo como inmediata respuesta una carta de queja de la comunidad judío-chilena. Cierto, me digo, pensando en la advertencia que recibí de no publicar este libro, que ni siquiera lo intentara porque iba a perjudicarme... ¿Será cierto?, me digo, dedos ahora sobre el teclado. Y continúo escribiendo.

 

Zona ciega (Literatura Random House, 2021)

Hurgando en el archivo digital de los periódicos más rebeldes averigüé que el asesinato del ojo era una táctica ya aplicada por Israel. No bastándole con balear las piernas palestinas o quebrarlas a golpes por arrimarse a la orilla proscrita de su propia tierra, o romperles los brazos por arrojar piedras o por sostener pancartas, Israel llevaba tiempo disparándoles directamente al ojo sin que a este hecho violento, como a tantas violencias israelíes, se le hubiera prestado suficiente atención.

Recordé entonces que, en el 2018, ese ejército, el israelí, había firmado un pacto de colaboración, educación y entrenamiento militar con nuestras fuerzas armadas, y pensé que la policía estaba aprovechando esas lecciones de matonaje para dejar cientos de ojos chilenos en blanco.

La matanza del ojo se acrecentaría a partir del movimiento Gran Retorno: en 2018 se contaban cincuenta glóbulos masacrados. La gazatí Mai abū Ruwayḍa declaraba haber visto que un soldado la enfocaba con su pupila marcial y se la señalaba, amenazante, antes de dispararle precisamente ahí, y no es ella la única mujer que guarda en el ojo inerte el rostro del hombre que lo cegó. Cerca del cerco que rodea su casa Jaklīn Šiḥādā perdió un ojo a la vez que a sus hijos y a su marido. Kadr A-Ṣṣuuʽaydī recibió varios disparos en el cuerpo y dos a los ojos a corta distancia por sobrepasar el borde marítimo que Israel había movido diez veces en los noventa días anteriores. A Muḥammad A-Ṣṣuʽaydī, primo del cegado pescador, le balearon un ojo sin motivo aparente.

En un balcón de la reñida Jerusalén, un niño palestino de trece años recibió una descarga que le destruyó el hueso y el tejido ocular. Otro niño de once años solicitó permiso para cruzar la calle y de vuelta recibió un disparo en el rostro, y aunque el perdigón penetró solo un ojo quedó ciego de ambos. Hay tantos niños ciegos y mujeres y hombres tuertos que fueron alguna vez niños ilesos en los territorios palestinos ocupados por Israel.

Esa táctica. Fracturar huesos y perforar la vista podía declararse como mero daño colateral y podía decirse benevolente el acto de dejar con vida a la víctima, por más que se tratara de una vida debilitada y maltrecha. Recordé entonces que, en el 2018, ese ejército, el israelí, había firmado un pacto de colaboración, educación y entrenamiento militar con nuestras fuerzas armadas, y pensé que la policía estaba aprovechando esas lecciones de matonaje para dejar cientos de ojos chilenos en blanco.

Puede leer reseña y adquirir ambos libros en los siguientes enlaces:
Volverse Palestina: https://www.penguinlibros.com/cl/biografias/86116-volverse-palestina-9789568228828
Zona ciega: https://www.buscalibre.cl/libro-zona-ciega/9789566045441/p/53195643  

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Comentarios

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Me siento educado en distinguir semita de sionista, muchas gracias

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