En Sarajevo hay unas marcas en el pavimento que los locales llaman "las rosas". Son cicatrices de proyectiles de mortero rellenas de pintura roja, conservadas intencionalmente para recordar a los que murieron durante el sitio más largo de la guerra moderna: 44 meses de asedio entre 1992 y 1995, cuando el país acababa de independizarse de Yugoslavia. La guerra de Bosnia dejó cerca de 100 mil muertos y más de dos millones de desplazados. Tres décadas después, el país sigue procesando esa herida.
Bosnia y Herzegovina tiene uno de los sistemas de gobierno más complejos del mundo, —diseñado así a propósito—, en los Acuerdos de Dayton de 1995, para evitar que ninguno de sus tres grupos étnicos (bosnios musulmanes, croatas y serbios) acumulara demasiado poder. Hay una presidencia rotativa de tres miembros, dos entidades con amplia autonomía y catorce gobiernos distintos en un país de menos de cuatro millones de habitantes.
Su capital, Sarajevo, fue también el lugar donde un joven nacionalista serbio disparó al archiduque Francisco Fernando en 1914, desencadenando la Primera Guerra Mundial.
Bosnia carga con esa historia, y también con su cine: el director Danis Tanović ganó el Oscar con Tierra de nadie, una película rodada en los campos de minas entre las trincheras de la guerra.
En el Mundial 2026 llegan a su segunda Copa del Mundo, tras el debut en Brasil 2014. La clasificación fue épica: eliminaron a Gales y luego a Italia en penales, robándole además la hoja de trucos del portero Donnarumma —un recogepelotas bosnio vio el papel junto a la toalla, lo tomó y se lo pasó a sus compañeros—. El capitán es Edin Džeko, histórico delantero con pasado en el Manchester City y la Roma, quien a sus 38 años lidera un equipo que mezcla su experiencia con jóvenes como el atacante Ermedin Demirović.







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