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Lunes, 27 de Abril de 2026
Dudas sobre estabilidad

“¿Qué tan estable es?”: aliados de Donald Trump abren un nuevo flanco tras sus últimas declaraciones

Francisca Santander Faúndez

Una serie de declaraciones erráticas y amenazas extremas han reabierto un debate que lo persigue desde 2016. Esta vez, las voces críticas vienen también de sus propios aliados.

El domingo de Pascua, el presidente Donald Trump publicó una amenaza en redes sociales advirtiendo que "toda una civilización morirá esta noche" si Irán no cedía. Horas después, atacó al papa León XIV llamándolo "DÉBIL contra el crimen y terrible para la política exterior". No fueron episodios aislados. Fueron la culminación de semanas de declaraciones que han encendido un debate que el país lleva una década intentando procesar, ¿qué tan estable es el hombre que controla el arsenal nuclear más grande del mundo?

Marjorie Taylor Greene, la ex representante republicana por Georgia que hasta hace poco era una de sus aliadas más fieles, defendió en CNN la invocación de la Vigesimoquinta Enmienda —el mecanismo constitucional que permite remover a un presidente por incapacidad—, argumentando que amenazar con destruir una civilización "no es retórica severa, es locura". Candace Owens, voz del podcast de extrema derecha, lo llamó "lunático genocida". Alex Jones, el teórico conspirativo fundador de Infowars, afirmó que Trump "balbucea y parece que al cerebro no le está yendo muy bien".

Lo que diferencia este momento de episodios anteriores es quién hace la pregunta. Ya no son solo los demócratas, los psiquiatras que diagnostican a distancia o los comediantes de televisión. Ahora son generales retirados, ex funcionarios de su propio gobierno y figuras prominentes de la derecha estadounidense.

Marjorie Taylor Greene, la ex representante republicana por Georgia que hasta hace poco era una de sus aliadas más fieles, defendió en CNN la invocación de la Vigesimoquinta Enmienda —el mecanismo constitucional que permite remover a un presidente por incapacidad—, argumentando que amenazar con destruir una civilización "no es retórica severa, es locura". Candace Owens, voz del podcast de extrema derecha, lo llamó "lunático genocida". Alex Jones, el teórico conspirativo fundador de Infowars, afirmó que Trump "balbucea y parece que al cerebro no le está yendo muy bien".

Desde la Casa Blanca, la respuesta fue predecible: el portavoz Davis Ingle destacó "la agudeza del presidente Trump, su inigualable energía y su accesibilidad histórica", y contrastó su estado con el del ex presidente Biden. Trump, por su parte, respondió a sus críticos con un extenso mensaje en redes sociales que los tachó de tener "bajo coeficiente intelectual" y los llamó "LOCOS" y "PROBLEMÁTICOS".

El historial reciente añade capas al debate. Trump ha repetido en múltiples ocasiones que su padre nació en Alemania —cuando nació en el Bronx—, ha inventado una historia sobre su tío y el Unabomber, y se ha jactado de haber mediado en una guerra entre Camboya y Azerbaiyán, dos países separados por más de seis mil kilómetros. En una reunión de gabinete divagó largamente sobre los rotuladores Sharpie; en una recepción navideña, habló ocho minutos sobre serpientes venenosas en Perú; e interrumpió una actualización sobre la guerra en Irán para elogiar las cortinas de la Casa Blanca.

Sus defensores tienen una lectura alternativa. La columnista Liz Peek, de The Hill, sostiene que Trump "sabe exactamente lo que hace" y que sus declaraciones más extremas forman parte de una estrategia de presión diplomática deliberada. Es la lógica de la "teoría del loco" que el propio Nixon articuló: crear la percepción de imprevisibilidad como herramienta de negociación. Pero el historiador Julian Zelizer, de Princeton y editor de un volumen académico sobre el primer mandato de Trump, advierte que la situación actual va más lejos. "Como presidente que naturalmente hace caso omiso de cualquier límite de seguridad o sentido del decoro, Trump se siente mucho más libre, incluso que Nixon, para dar rienda suelta a su rabia interior y actuar por impulso", expresó.

La Vigesimoquinta Enmienda, ratificada en 1967 tras el asesinato de John F. Kennedy, permite al vicepresidente y a la mayoría del gabinete declarar incapacitado al presidente. Nunca se ha usado para destituir a un mandatario en ejercicio. Y en el contexto político actual, con un Congreso republicano leal y un gabinete alineado con Trump, su aplicación es considerada inviable por la mayoría de los analistas constitucionales.

Lo que sí resulta significativo es el vacío que rodea al presidente. A diferencia de su primer mandato, cuando figuras como el general Kelly actuaban como contención informal, hoy no parece haber nadie dispuesto a frenar sus excesos. "Cuando hace lo que hace, todos los que lo rodean miran abajo y no dicen nada", señaló Zelizer al New York Times. Y eso, quizás, es lo más revelador del momento: no la pregunta sobre la salud mental de Trump, sino la ausencia de quienes deberían responderla.

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