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Miércoles, 13 de Mayo de 2026
[Voces Lectoras]

Las izquierdas han desertado y desconocen cómo es la clase trabajadora actual

Sandra Villanueva-Gallardo (*)

“Chile pareciera ir por un camino igualmente complejo desde el punto de vista de los avances sociales alcanzados en democracia, con las cuestionadas medidas adoptadas por el gobierno de Kast que perjudican directamente a las clases sociales más bajas y benefician al gran empresariado, rebajando los impuestos a las grandes empresas y alzando el precio de los combustibles para toda la población”.

La deserción resulta una metáfora útil para explicar el lugar simbólico que habitan actualmente las izquierdas -con especial énfasis en la izquierda chilena-, por la falta de representación con las ideas de fondo que preocupan a una parte importante de las sociedades civiles. Esto, debido a que las izquierdas del mundo han desertado del resguardo de la vida humana y de la idea de generar una correlación de fuerzas internacional que reaccione y se oponga con ímpetu ante el avance bélico de Israel y Estados Unidos. 

Lo anterior deriva en la incapacidad que se ha tenido para descifrar qué es lo que moviliza a comunidades enteras que no se identifican con la clase política tradicional, lo cual si se mira desde un punto de vista territorial, en el caso de Chile, es una incógnita que se manifiesta enérgicamente en la zona norte, respondiendo al abandono que la política pública ha hecho por décadas en la frontera, donde la inmigración irregular ha causado un cambio rotundo en las dinámicas de la gente que habita esos espacios fronterizos. 

Así también es importante cuestionar las distancias que la izquierda tiene en su lectura de cómo funciona hoy la clase trabajadora, lo cual ocasiona una falta de relato verosímil que conecte con la ciudadanía, porque ¿cómo apoyar a un conglomerado que asistió a una narrativa excluyente de cambios transformadores concretos que modifiquen positivamente la calidad de vida de las personas? 

En Chile, la izquierda postdictadura se instaló en sus cargos, se acomodaron en sus privilegios y si bien fueron avanzando lentamente en materia de derechos sociales, esto fue a un ritmo enajenado de las reales necesidades y expectativas de quienes vivieron en dictadura y creyeron en la promesa concertacionista, pues es innegable que la vuelta a la democracia marcó un punto de inflexión en la experiencia vital de muchas personas, pues se estaba agradecido/a de que ya no se exiliara, se matara, se torturara y se hiciera desaparecer como se hizo con miles de chilenos/as durante 17 años. 

En este sentido es necesario discrepar con el sujeto de la emancipación creado en el imaginario de las izquierdas, dando espacios a su reinvención para que surjan nuevos referentes. El sujeto hombre, adulto, profesional, sofisticado, con conciencia de clase, pero con una escasa deconstrucción de raza y género es inservible para aglutinar a nuevas mayorías, porque ellos generalmente no comprenden los reales cambios culturales que se han experimentado en los últimos 20 años, dejando a un rango etario, a disidencias y a una clase social sin formación política fuera de toda representación.

Bajo estos vacíos se ha concretado un deseo político que no se ve reflejado en los partidos habituales. Así han surgido algunas alternativas llamadas de centro, pero que parecieran ser máscaras de una derecha encubierta o de un populismo que tiende a ridiculizar las desigualdades y las necesidades de las personas. 

Por otra parte, el actual escenario internacional es de una altísima crueldad frente al sufrimiento colectivo de pueblos que están siendo masacrados, como sucede en Gaza, el Líbano o el Congo, acompañados de guerras civiles de baja intensidad como ocurre en varios estados de EE. UU, quienes se manifiestan en contra del actuar de la policía ICE; sumando la recién pasada amenaza genocida del presidente Trump con destruir a una civilización completa en Irán. 

Todo ello acontece sin que las izquierdas se organicen para frenar esta barbarie, ni que organismos internacionales como la ONU -creada justamente para evitar situaciones como estas-, se atrevan a increpar a los responsables por los crímenes de lesa humanidad cometidos con total impunidad. 

Chile pareciera ir por un camino igualmente complejo desde el punto de vista de los avances sociales alcanzados en democracia, con las cuestionadas medidas adoptadas por el gobierno de Kast que perjudican directamente a las clases sociales más bajas y benefician al gran empresariado, rebajando los impuestos a las grandes empresas y alzando el precio de los combustibles para toda la población.

Así tal cual están las cosas, Chile parece ser una energía social fluctuante que no se reconoce mayoritariamente en el pensamiento actual de las izquierdas, y que va buscando respuestas en representantes que ofrecen cambiar el contexto social inmediato, congeniando con las políticas de extrema derecha que proponen una visión antiinmigración y una permisividad en el uso de la fuerza por parte del Estado. 

Ante lo anterior, se hace imprescindible comprender las huellas de los recientes procesos políticos que exigen buscar nuevas formas de diálogo, utilizando otros lenguajes, creando comunidades de sentidos que nos ayuden a transitar hacia una realidad distinta, más justa y equilibrada entre sujetos diversos, y frente a esto disputar el devenir de nuestra historia, porque hay una gramática abandonada por la izquierda que es necesaria reconstruir para que la democracia -con todas sus imperfecciones-, sea capaz de contrarrestar la violencia racista y genocida que se está imponiendo con toda naturalidad a través del triunfo electoral de las ultras derechas, del mortal imperialismo de las potencias del mundo, y con el silencio cómplice de todos a su alrededor. 

Ahora bien, la pregunta que surge, más allá de la retórica, es ¿qué camino podría recorrer la izquierda para volver a conectarse con la clase trabajadora? Partiendo por señalar que no existen recetas, puedo formular algunas sugerencias metodológicas, pensando desde lo local, pero proyectando hacia lo global. La primera es que tanto los partidos políticos como sus simpatizantes reflexionen sobre la derrota ideológica que han vivido, reconociendo que la postura ochentera de sus representantes resulta distante y agotadora. Darse cuenta de que han perdido porque no han tenido las herramientas intelectuales ni la honestidad discursiva para aunar a las mayorías, puede resultar una acción reflexiva necesaria para comenzar a pavimentar un nuevo trayecto.

En esa misma línea, sugiero a los movimientos sociales de izquierda actualizarse en sus narrativas, olvidándose de las consignas: ¡qué el fascismo no pasará! ¡qué el feminismo vencerá! Frases vacías, carentes de verdad, sentencias tramposas porque el fascismo nos pasó por encima hace décadas y el feminismo no es una guerra ni un partido de futbol para salir a vencer a nadie. Admitir que no funciona de esta manera y hacer un update en las consignas sería un paso hacia adelante. 

Creo que el cuestionamiento a los privilegios no puede quedar fuera. Se hace ineludible que la izquierda partidista gestione de manera ética el caudal de privilegios políticos y económicos a los que han tenido acceso desde el retorno a las democracias. Mayor y mejor rendición de cuentas y salarios menos elitistas darían un marco de confianza más amplio. 

Asimismo, sugiero recomponer las conexiones con el mundo del arte, porque la creación artística ha estado históricamente del lado del pensamiento de la izquierda, sin embargo, hoy -salvo excepciones-, los artistas no quieren participar del debate público (tal vez también han desertado), pero al menos ellos/as sí tienen una razón de fondo, pues la izquierda los ha relegados cada vez que han estado en el poder. 

Un proyecto político de izquierda necesita de la música, la pintura, la poesía, la fotografía, el teatro, el cine, la performance, porque el arte es político y es de las manifestaciones más auténticas que emerge cada vez que imaginamos lo humano. Deberían comprometerse y cumplir con el arte, invirtiendo recursos y dándoles el puesto valorativo que se merecen; quizás de esta forma los espacios artísticos internacionales terminen con la disputa sobre si hablar o callar arriba del escenario y se expresen sin pudor políticamente. 

(*) Sandra Villanueva-Gallardo es Investigadora postdoctoral ANID de la Universidad Complutense de Madrid e integrante del Grupo de estudios “Estéticas de la paz y tácticas de deserción” del Museo Reina Sofía, Madrid 

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