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Lunes, 18 de marzo de 2019
A 60 años de la Revolución Cubana

1952-1958: la Cuba en la época de Batista

Edwin Harrington*

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Sam Giancana, uno de los gangster que reinaban en La Habana en la década de los 50’.
Sam Giancana, uno de los gangster que reinaban en La Habana en la década de los 50’.

En este artículo, sacado del libro "Así fue la Revolución Cubana" (México, 1976), el periodista Edwin Harrington (1930-2002) retrata algunos aspectos clave en la vida cotidiana del régimen de Fulgencio Batista que llevaron a su derrocamiento hace seis décadas (primera entrega de dos partes).

"El mejor lugar para emborracharse", dejó escrito el actor Errol Flynn en un menú de la Bodeguita del Medio, un restaurante jacarandoso sumido en los portales de la avenida costanera en el corazón de La Habana vieja. Por allí todavía circulan hoy reminiscencias de Bobby Capó, OIga Guillot, Bola de Nieve y el Trío Matamoros. En la década de los 50, los clubes nocturnos importantes anunciaban a Maurice Chevalier, Eartha Kitt, Nat King Cole o Lena Horne. Aquellos que gustaban de jugar, lo hacían en los casinos nuevos del Hotel Nacional o el Capri. Alguna noche podían hasta toparse de frente con el rostro inmutable de George Raft, vigilando las mesas de juego del hotel Capri.

El Havana Post había encontrado un símil para la capital cubana que se le antojaba encandilador: "Las Vegas de Latinoamérica". Para hacer la comparación factible, de tanto en tanto aparecían por allí los gangsters Sam Giancana -amigo personal de Fulgencio Batista-, Frank Costello, Lucky Luciano, Bugsy Siegel o Meyer Lansky. El día que mataron a Albert Anastasia en una barbería de Nueva York, Lansky se paseó ostensiblemente por sus salas de juego para demostrar -cuando menos - que él no había apretado el gatillo; la misma noche de la huida de Batista con las maletas cargadas con dólares, el zar del juego abandonaba también La Habana con parte de su ejército particular.

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Joyas y pieles, 1948. (Foto de Constantino Arias)
Joyas y pieles, 1948. (Foto de Constantino Arias)

"La Habana tiene un futuro fabuloso", aseguraba Wilbur Clark -el tahúr- al llegar desde Las Vegas para dirigir el recién inaugurado casino del Hotel Nacional, construido en 1930. El Havana Riviere, en cambio, era de reciente creación y pertenecía al sindicato de gangsters de Nueva York. Quien quisiera explotar un garito de juego después de 1952, tenía que entenderse con el jefe de la policía, general Rafael Salas Cañizares, quien cobraba un impuesto de protección calculado en unos 750 mil dólares mensuales, aunque se debe aclarar que no se quedaba con todo. Batista no lamentó mucho su muerte en 1956, porque en lo sucesivo administró en persona ese dinero. Salas Cañizares murió a consecuencia de una herida sufrida cuando la policía asaltó la embajada de Haití. La violación se practicó debido al rumor de que en ella estaban refugiados los victimarios del coronel Blanco Rico, jefe del Servicio de Inteligencia Militar, muerto a la salida del cabaret Montmartre la madrugada del 28 de octubre de 1956.

Los autores del hecho no estaban en la embajada, pero sí había otros cubanos refugiados que fueron asesinados.

"Soy un ciudadano norteamericano y ninguna autoridad de un país de indios puede detenerme".

Era La Habana de los buenos tiempos, cuando los turistas tomaban una copa en el Sloppy Joe's, en el Florida o en el Hilton, con alguna de las 11.500 prostitutas registradas (cifra de 1958); veían alguna película pornográfica en la sala Shanghai y llegaban a la isla en sus yates particulares con desembarcaderos en el Comodoro Yatch Club, Havana Biltmore Yatch Club, Copacabana Hotel Club, Havana Miramar Yatch Club.

Todos estos lugares estaban en la zona de Miramar, sucesora del Vedado como sitio elegante. Su columna vertebral era la Quinta Avenida, flanqueada por inmensas mansiones; detrás de sus gruesas paredes, había amplias piscinas, juegos infantiles, canchas de tenis, picaderos, jardines bien cuidados, con hibiscos, palmeras y flores tropicales vistosas. El acceso a Miramar estaba restringido; guardias armados impedían el paso de negros, mulatos, tipos mal vestidos u otras especies, que no trabajaran en la zona como jardineros, criados, mayordomos, caballerizos, choferes, cocineras, recamareras o recaderos. Las barreras resguardaban la intimidad de quienes vivían en el sector, de modo que los ojos curiosos de los habaneros pobres jamás vieron en plenitud el Country Club, el Wimbledon o el Chevy Chase. Todos con nombres en inglés, porque al fin de cuentas la mayor y casi exclusiva población permanente y flotante de la isla estaba constituida por norteamericanos o por los spanglish, es decir, cubanos educados en Estados Unidos.

Las relaciones del país con Estados Unidos no podían ser mejores. A mediados de la década, el vice-presidente Richard Nixon visitaba Cuba para bendecir en cierta forma el gobierno de facto.

Las damas elegantes pertenecían al Women's Club, que organizaba juegos de canasta a beneficio de los pobres y el Mother's Club, que daba fiestas para los niños. En esos recintos exclusivos presentaban sus recitales la Sociedad Coral (quizá se la llamaba Coral Society) y sus funciones el Pequeño Teatro (representaba a Shakespeare ... en inglés). Era el reducto de la colonia ABC, formada por unos 6,500 norteamericanos con residencia permanente (muchos más tenían allí sus mansiones en la temporada corta), canadienses, ingleses y españoles acaudalados, más los criollos ricos que hablaban muy bien el inglés y el francés, pues sus hijos se educaban en Estados Unidos y en Europa.

En esa zona estaban el Blanquita y el Tropicana, el teatro y el cabaret más grandes del mundo, respectivamente. Al sudoeste de Miramar, el Campamento Columbia, cuartel general del Ejército, con campo de aviación y cómodas instalaciones. No muy lejos de ahí, la finca Kuquine, propiedad de Batista.

Las relaciones del país con Estados Unidos no podían ser mejores. A mediados de la década, el vice-presidente Richard Nixon visitaba Cuba para bendecir en cierta forma el gobierno de facto; Allen Dulles -director de la CIA - también estuvo para observar el funcionamiento de sus organizaciones allí (en especial el BRAC-Bureau de Represión de Actividades Comunistas); un joven y pelirrojo senador norteamericano llamado John Kennedy pasó las fiestas de Navidad de 1957 en la embajada de su país en La Habana, y el almirante Burke, jefe del Estado Mayor Naval, vino desde Washington para colgarse una de las muchas condecoraciones impuestas por Batista (a su vez, él las recibía del Pentágono en una especie de póquer: "la suya y una más").

A fin de no interrumpir este idilio, el gobierno cubano prefería olvidar algunos incidentes aislados como el que se produjo la noche del 14 de junio de 1952 -se celebraba el aniversario de Antonio Maceo, padre de la patria cubana- cuando un prominente miembro de la embajada de los Estados Unidos, borracho, conduciendo un coche a alta velocidad por las calles céntricas, fue interceptado por la policía a la que increpó: "Soy un ciudadano norteamericano y ninguna autoridad de un país de indios puede detenerme".

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Haga juego. Casino Parisien, 1953. (Foto de Constantino Arias)
Haga juego. Casino Parisien, 1953. (Foto de Constantino Arias)

Cuba había edificado una economía basada en la exportación, pero en una exportación evidentemente desequilibrada, pues eran los consumidores extranjeros los que determinaban el grado de prosperidad del país. La suerte de Cuba estaba inevitablemente ligada a sus exportaciones de azúcar, y su producto básico, a su vez, unido de manera indisoluble -como un matrimonio- a los intereses de Estados Unidos. Prácticamente todas las operaciones bancarias se realizaban a través de instituciones norteamericanas y canadienses. La moneda legal era el dólar estadounidense, aun cuando Cuba tuvo en 1948 un Banco Nacional de emisión. La International Telephone and Telegraph (ITT) suministraba el servicio telefónico; la energía eléctrica estaba en manos de otra compañía estadounidense y los ferrocarriles eran ingleses.

El Banco Mundial hizo un diagnóstico de la situación para la década del 50 y advirtió que "relaciones obrero-patrón-gobierno han llegado a un callejón sin salida".

A cambio del envío al exterior de su producción de azúcar, Cuba debió comprometerse a comprar casi exclusivamente a Estados Unidos un contingente de importación graneado, dispendioso e innecesario, si se hubiese puesto acento en la producción industrial interna. Cuba se abastecía en Estados Unidos comprándoles productos lácteos, frutas en conserva (la misma fruta que exportaba la isla, desde luego), huevos, arroz, papas, aves, legumbres, tocinos, pescados, bebidas alcohólicas y analcohólicas (las Colas abundaban), la mitad de la carne y toda clase de artículos electrodomésticos. Cuando Fidel Castro irrumpió en La Habana y comenzó a hablar por televisión, el Departamento de Estado maldijo a los fabricantes que internaron tantos televisores al país (14 mil se vendieron antes del advenimiento de este medio en 1949).

Los ingresos por concepto de turismo eran importantes, pero estacionales, ya que dos tercios de los visitantes llegaban en primavera.

La dependencia cubana de las. cuotas del azúcar adquiridas por Estados Unidos, se convertía en dependencia política, según lo admite Phillip W. Bonsal, ex-embajador: "La necesidad que Cuba tenía de evitar acciones o actitudes que pudieran colocarla en mala situación con respecto al Congreso (de los Estados Unidos) en época de cuotas, era un hecho vital que en general se comprendía". Según cálculos del Banco Mundial, para permitir un aumento del dos por ciento anual en los niveles de vida, Cuba tenía que producir 14.763.000 toneladas de azúcar, y además de eso encontrar a quien vendérselas.

Hacia finales de la década de los 50 había en La Habana 18 periódicos, 32 emisoras de radio y 5 de televisión. Cifras de esa época señalan que el 58% de las casas contaba con luz eléctrica, pero de ese porcentaje 87% correspondía al sector urbano y sólo 9% al rural. El 85% de las casas rurales usaba agua de río para sus necesidades y el 3% de las casas de campo disponían de retrete interior, aunque el 50% no poseía excusado de tipo alguno. El 1% de las casas rurales tenía baño y la misma cifra correspondía a las casas construidas con ladrillo y cemento. Dos tercios de la habitación del campo eran bohíos hechos con hojas de palma y madera, con suelo de tierra.

De la población laboral de 2,7 millones de individuos, más de uno de cada cuatro no tenía trabajo el año entero, o durante gran parte del mismo. Esta cifra de desempleados correspondía casi al doble de los hombres con empleo fijo. "Ni siquiera era explotada en la relación de la producción; quedaba simplemente excluida", según el análisis de Robin Blackburn. El Banco Mundial hizo un diagnóstico de la situación para la década del 50 y advirtió que "relaciones obrero-patrón-gobierno han llegado a un callejón sin salida".

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Coristas. 1954. (Foto de Constantino Arias)
Coristas. 1954. (Foto de Constantino Arias)

Con una sociedad dividida por grandes diferencias económicas, en la cual los ricos y los pobres vivían en mundos separados donde no había siquiera contacto físico (equitativamente, los pobres no iban a Miramar ni los ricos andaban por la zona comprendida entre Vedado y La Habana antigua), Cuba estaba muy cerca de la explosión. Era una mecha que venía ardiendo desde hace mucho y la frase de Wendell Phillips es bastante ilustrativa al respecto: "Las revoluciones no se hacen; aparecen. Una revolución es un proceso tan natural como un roble. Sale.del pasado. Y sus fundamentos datan de muchísimo tiempo atrás ".

Esta era la Cuba que Batista administró como dictador desde el 10 de marzo de 1952 hasta el día último de 1958, cuando consideró más saludable salir en un avión a la República Dominicana. La noche del día siguiente, entraba en La Habana la columna al mando de Ernesto Che Guevara. Ese mismo día, en Santiago de Cuba, Fidel Castro pronunciaba su primer discurso en público desde que saliera al destierro en 1952. La Revolución Cubana había triunfado.

(*) Edwin Harrington fue un maestro de periodistas chilenos. Dirigió en los años 60 el Departamento de Prensa de Canal 13, hasta que en 1967 el rector de la Universidad Católica, el obispo Alfredo Silva Santiago, censuró un reportaje que había realizado con José Gómez López sobre la matanza del Seguro Obrero. Luego, creó y dirigió las revistas Hechos Mundiales y Sucesos, publicaciones que lograron gran éxito en América Latina; y dirigió la Radio Corporación, hasta que el golpe de septiembre de 1973 lo obligó a marchar al exilio en México. Allí trabajó en diarios y revistas y escribió guiones para cine. Regresó a Chile a comienzos de los 80 y en 1984 dirigió la primera etapa de la revista Cauce. Fue elegido el mejor director de la prensa ese año por el Colegio de Periodistas. Más tarde colaboró en la revista Análisis. Luego del retorno a la democracia en 1990, nunca pudo conseguir un trabajo estable. Murió en junio de 2002 víctima de un agresivo Alzheimer.

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