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Jueves, 28 de Octubre de 2021
Capítulo V

Contreras: Historia de un intocable. La conexión italiana de la DINA

Manuel Salazar Salvo

Nacionalistas chilenos reunidos en el club Audax Italiano

Nacionalistas chilenos reunidos en el club Audax Italiano
Nacionalistas chilenos reunidos en el club Audax Italiano

INTERFERENCIA está entregando a sus lectores, en una decena de capítulos, el libro que narra la biografía del fallecido general (R) Manuel Contreras Sepúlveda, ex jefe de la DINA durante la dictadura cívico militar del general Augusto Pinochet. Creemos que este es un modo de no olvidar uno de los capítulos más negros de la historia contemporánea de nuestro país.

Manuel Contreras sentó las bases de la DINA en las experiencias de las luchas anticomunistas registradas en otras regiones del mundo durante las décadas de los años 50 y 60. De esas guerras irregulares, crueles y ocultas, el coronel extrajo los bocetos principales para organizar la policía secreta de la dictadura militar chilena.

La doctrina de la seguridad hemisférica, dictada desde Estados Unidos y puesta en práctica por los militares brasileños, se entrecruzó con las recetas empleadas por el franquismo en España y por otros grupos nacionalistas, exacerbados ante el auge de la izquierda marxista en todos los continentes.         

En Chile, un aspecto crucial, aunque poco difundido, fue el acceso a la DINA, en calidad de funcionarios, de un grupo de abogados que había tenido participación en las intentonas golpistas anteriores al advenimiento de Salvador Allende a la Presidencia de la República y/o en los esfuerzos político editoriales paralelos o nacidos de tales iniciativas: revistas Tacna, Tizona y Orden Nuevo.         

Entre otros cabe mencionar a Guido Poli Garaycochea, Iván Alvear Ravanal, Víctor Manuel Avilés y Miguel Ángel Parra.         

Casi simultáneamente ingresaron también a la DINA, como integrantes de la Brigada de Inteligencia Ciudadana, varios militantes del disuelto Frente Nacionalista Patria y Libertad. Tales personas prestaban servicios ad honorem y se debe precisar que el abogado Pablo Rodríguez Grez, fundador y máximo dirigente de aquel movimiento, nunca aprobó ni alentó la vinculación de sus ex camaradas a la policía secreta de Pinochet.         

Desde fines de 1974, el coronel Contreras, en función de sus ideas nacionalistas y posiblemente con la intención de atemperar el criterio pragmático de que hacían ostentación los colaboradores civiles del gobierno de Pinochet, financió la publicación de la revista Avanzada -antesala del Movimiento Avanzada Nacional--,  la que, con un tiraje reducido, pero con amplia difusión a nivel de instituciones militares y universitarias, aspiraba a proporcionar una plataforma doctrinaria de apoyo al régimen militar.         

Algunos de esos ejemplares están en la Biblioteca Nacional y entre los firmantes de diversos artículos aparecen Guido Poli, Iván Alvear Ravanal, Vittorio di Girólamo, Sixto V. González, Pablo Rodríguez, Osvaldo Lira, A. Santa María Prieto, Patricio Montero C., Álvaro Ortúzar Santa María, Enrique Ortúzar Santa María, Lincoyán Guerrero. Víctor Manuel Avilés M., Guillermo Henríquez Alfaro, Rafael Ortiz Cuevas, Jaime Tramón Castillo, Andrés Benavente Urbina, Ramón Callís Arrigorriaga, Raúl Arancibia Cerda, Jorge Soto Vásquez, Jorge Salazar H., Eulogio Parizot, Víctor Gálvez Gajardo, Ernesto Witt y Lucía B. de Montenegro.          

Contreras también apoyó el nombramiento de Misael Galleguillos Vásquez como secretario general de los Gremios, entidad dependiente de la Secretaría General de Gobierno, desde donde también se impulsaba el trabajo político con jóvenes y con las mujeres.         

Galleguillos, por entonces profesor universitario en Valparaíso, era uno de los fundadores del Movimiento Revolucionario Nacional Sindicalista, MRNS, grupo político nacido en 1952 y que heredó parte del bagaje doctrinario del nacionalismo chileno de los años 30.         

Al asumir en el indicado cargo, se le suponía capaz, junto a un equipo de colaboradores, de crear una amplia base de apoyo sindical al gobierno militar, propósito que de algún modo se logró.         

En general, la DINA mantuvo excelentes relaciones con la militancia nacionalista, aspecto en el que se debe destacar la invitación que el coronel Contreras formuló al sacerdote Osvaldo Lira, cogestor del MRNS, para que asumiera la capellanía general de ese organismo de inteligencia, la que recayó, por recomendación de Lira, en el sacerdote Horacio Spencer.         

A fines de 1974 el coronel Contreras decidió ampliar su ámbito de acción a países europeos, particularmente a aquellos que albergaban exiliados chilenos considerados peligrosos. Para tal efecto, el mayor Hugo Prado Contreras, adscrito a la DINA, fue comisionado para tomar contacto con los grupos de ultraderecha europeos.         

La Falange Española, los Guerrilleros de Cristo Rey, Fuerza Nueva y el Centro Español de Amigos de Europa, Cedade, en España; Nouvelle Ecole, en Francia; y Avanguardia Nazionale y Ordine Nero, en Italia, fueron algunos de los más importantes nexos establecidos por el mayor Prado. En todos ellos se encontró amplia receptividad para difundir la revolución nacionalista chilena encabezada por Pinochet.         

El 9 de junio de 1973 el generalísimo Francisco Franco nombró como presidente del gobierno español al almirante Luis Carrero Blanco, el hombre que hasta ese instante había mantenido su enorme poder en las sombras y que se vislumbraba como el claro heredero político del anciano caudillo.         

Tras jurar en el Palacio de El Pardo, el almirante decidió abocarse a una tarea que consideraba prioritaria para iniciar el camino hacia la transición política: anular los crecientes impulsos del separatismo vasco.         

Carrero Blanco nunca había estado de acuerdo en que la lucha antiterrorista quedara sólo en las manos de la policía. Decidió entonces crear el Servicio Central de Documentación de Presidencia del Gobierno, Cesed, y nombró como jefe a un oficial de su total confianza, el coronel José Ignacio San Martín López.         

Ambos coincidieron en que para exterminar a la ETA era necesario utilizar técnicas antiterroristas implacables, propias de la guerra irregular. Estuvieron de acuerdo también en que para esa tarea lo mejor sería tratar de conseguir algunos extranjeros.         

Mariano Sánchez Covisa, líder de los ultraderechistas miembros de la organización Guerrilleros de Cristo Rey, muy cercana al oficialismo franquista, puso en contacto a San Martín con un neofascista italiano que había llegado a España en 1971 huyendo de la justicia de su país. Su nombre era Stefano Delle Chiaie.  

Stefano Delle Chiaie

Stefano Delle Chiaie
Stefano Delle Chiaie

El 12 de septiembre de 1973, al día siguiente del golpe militar en Chile, el almirante Carrero Blanco recibió en su despacho a Delle Chiaie y a Valerio Borghese, el ‘‘principe negro’’, que había estado involucrado en varios intentos de golpe en su país como el virtual nuevo Duce del neofascismo.

Delle Chiaie se había vinculado además con otros grupos ultras como Falange Española, dirigida por Raimundo Fernández Cuesta, ex ministro de Franco; y Fuerza Nueva, acaudillada por Blas Piñar, un hombre que había surgido de la Acción Católica y que se mantenía muy cerca de los principales dirigentes de la ultraderecha europea, entre ellos Giorgio Almirante, capo del Movimiento Social Italiano, MSI, y del ex paracaidista francés Jean Marie Le Pen, dirigente de Fources Nouvelles.         

San Martín y Delle Chiaie se entendieron bien. Muy pronto unos 70 neofascistas pertenecientes a Avanguardia Nazionale, a Ordine Nuovo y a otros grupos italianos, estaban instalados en España muy dispuestos enfrentar a la ETA, especialmente en Francia. Todo ello a cambio de cierto apoyo logístico y financiero, que Carrero Blanco se comprometió a entregarles a través del Servicio de Información de la Marina.         

Los planes, sin embargo, parecieron truncarse cuando a las 9.30 de la mañana del 20 de diciembre de 1973, una poderosa bomba estalló bajo el pesado automóvil Dodge Dart 3.700 color negro, de más de 1.700 kilos, en que viajaba el almirante Carrero Blanco. La explosión lanzó el vehículo a 35 metros de altura desde donde luego de chocar con la cornisa de una iglesia, cayó hacia el patio interior de una residencia de los jesuitas.         

Carrero Blanco y su chofer sorprendentemente sobrevivieron, muriendo minutos después en el trayecto al hospital. El guardaespaldas que los acompañaba pereció instantáneamente.          

La conmoción que provocó el asesinato abrió de par en par las compuertas para la guerra sucia en contra de ETA. Uno de los organismos principales en esa lucha sorda y cruel, pasó a ser la Brigada Central de Información, al mando del comisario de policía Roberto Conesa, que empezó a contratar mercenarios de diversas nacionalidades.           

Conesa buscó entre los grupos de la ultraderecha española, entre los neofascistas italianos y los ex miembros de la Organización del Ejército Secreto, OAS, duramente combatidos por el Servicio de Acción Civil (SAC) creado por el general Charles de Gaulle después de varios atentados en su contra.         

Jean Pierre Cherid, un ex sargento de los paracaidistas franceses que se opusieron a la independencia de Argelia fue el contacto entre Conesa y los ex integrantes de la OAS; Della Chiaie, el vínculo con los neofascistas italianos.         

El italiano entregó a Conesa una lista de colaboradores que estaban prestos a actuar en contra de los etarras en su santuario francés. Entre ellos figuraban Mario Ricci, Pier Luigi Concutelli, Elio Massagrande, Mario Tutti y Carlos Cicuttini.         

Pierluigi Concutelli

Pierluigi Concutelli
Pierluigi Concutelli

En septiembre de 1975, el ex sargento de Carabineros de Chile, José Cuevas Segura, fue presentado en Madrid como ‘‘el señor comandante Cárdenas, del Ejército chileno’’, ante los Guerrilleros de Cristo Rey.  El autor de la presentación fue el teniente coronel de Ejército, Hugo Prado Contreras, en ese tiempo integrante de la DINA, y comisionado en Europa para obtener apoyo en las operaciones internacionales de la DINA.         

Desde 1981, tras el período de desbande de los agentes de la DINA más conocidos, Cuevas fue contratado en la sede central de Inacap, en Santiago, por el rector de ese instituto, coronel (R) Oscar Coddou Vivanco, para servir el cargo de funcionario de la Oficina de Servicios Especiales, instancia de control interno y de seguridad, a cargo del teniente coronel (R) Alfredo Palacios, oficial recomendado por Inés Pinochet Ugarte, hermana del entonces presidente de la República.         

La relativa amistad de Cuevas con Coddou se inició en España, en 1975, cuando el coronel se desempeñaba como adicto militar en ese país y, como tal, facilitó los contactos de Prado con los ultraderechistas que pululaban en la península ibérica.         

Cuevas había sido chofer de Manuel Contreras en la DINA desde 1974. En esas funciones el comandante Prado reparó en él. Era de mejor apostura que el común de los suboficiales de Carabineros y su nivel de trato con altas esferas era aceptable. Podía pasar como ‘‘el señor comandante Cárdenas, del Ejército de Chile’’ y, en consecuencia, entablar contactos de alto nivel con la condición de no abrir la boca más que para hablar de ‘‘la cruzada chilena en contra del comunismo internacional’’, de ‘‘Pinochet, líder del occidente cristiano’’ o del ‘‘común estilo heroico que hermana a los nacionalistas chilenos con sus camaradas de Europa’’.         

No obstante, el trato con los fascistas españoles no fue todo lo fructífero que esperaban Contreras, Espinoza y el propio comandante Prado. La juventud de la Falange Española puso reparos a que sus integrantes sirvieran como nexos de la DINA, incluso, a pesar de las generosas promesas de ayuda económica formuladas por los representantes del servicio secreto chileno.         

El 19 de julio de 1975, el técnico electrónico estadounidense Michael Townley, agente operativo de la DINA, bajo el nombre falso de Kenneth Enyart, salió del aeropuerto de Pudahuel en Santiago rumbo a Brasil. De allí después voló a Madrid para encontrarse con su esposa, Mariana Callejas y con el cubano anticastrista Virgilio Paz.

Michael Townley, agente de la DINA

Michael Townley, agente de la DINA
Michael Townley, agente de la DINA

Los tres debían establecer una red de contactos en Europa, efectuar algunas operaciones de amedrentamiento de exiliados y recoger datos para la DINA.         

Paz viajó solo a Irlanda del Norte a fotografiar los campos donde los ingleses tenían detenidos a miembros del Ejército Republicano Irlandés (IRA). El encargo de la DINA era para contrarrestar la campaña británica en contra del régimen de Pinochet.         

Townley y la Callejas, en tanto, se dirigieron a Francia, Bélgica, Holanda y Alemania.         

En todos esos países lograron urdir una secreta trama de informantes y colaboradores. Al finalizar septiembre recibieron nuevas órdenes desde Chile: debían viajar a Italia.         

Bajaron por las rutas europeas desde Alemania a Austria e ingresaron a Italia, rumbo a Roma. Allí estaba el blanco de la DINA: Bernardo Leighton, el hombre que se esforzaba en lograr la unificación de todos los opositores al régimen de Augusto Pinochet.

Bernardo Leighton

Bernardo Leighton
Bernardo Leighton

Townley llamó por teléfono a un italiano, acordando reunirse en un restaurante céntrico. Al llegar con Mariana Callejas y Virgilio Paz, se encontraron con dos sujetos, uno de los cuales se hacía llamar Alfredo Di Stefano y parecía el jefe. Su nombre real -desconocido entonces para Townley- era Stefano Delle Chiaie, acompañado en ese momento por Pierluigi Pagliai, apodado ‘‘Gigi’’. 

Virgilio Paz

Virgilio Paz
Virgilio Paz
       

Los italianos dijeron pertenecer al frente Juvenil del Movimiento Social Italiano.         

Añadieron, sin embargo, que no estaban nada satisfechos con sus jefes, los que habían despreciado el uso de las armas para impedir el avance del comunismo. Ellos querían acción y forjar una alianza que luchara en contra de los rojos en todos los continentes, sin tregua y con todos los medios a su alcance.         

Para ello se habían aglutinado en un movimiento propio, Avanguardia Nazionale, y contaban además con aliados como Ordine Nuovo, todos bajo la férula del diputado Pino Rauti, verdadero ideólogo de la ultraderecha violentista peninsular.         

Aldo Stefano Tisei, miembro de las bandas neofascistas, declaró ante un tribunal italiano el 3 de diciembre de 1982 que en los últimos días de 1974, se habían unido Avanguardia Nazionale y Ordine Nuovo, acuerdo al que había llegado un comité político integrado por Clemente Graziani, Elio Massagrande, Salvatore Francia, Eliodoro Pomar y Pier Luigi Concutelli. Luego de consumarse la fusión, ingresaron a la comisión política Campo Falvio y Stefano Delle Chiaie.         

Esa noche de septiembre de 1975 en Roma, Townley y Paz les explicaron a los italianos que Leighton no sólo era un enemigo del nuevo gobierno chileno, sino que también de Italia. Les insistieron también que más adelante podrían emprender muchas otras misiones similares en conjunto.         

El 6 de octubre, los italianos cumplieron su parte. Un hombre disparó sobre Bernardo Leighton y luego sobre su esposa, Ana Fresno, huyendo rápidamente. Ambos quedaron gravemente heridos.         

Una semana después, el 13 de octubre, en Miami, El Diario de Las Américas, publicó un comunicado emitido el día 10 donde el grupo ‘‘Cero’’, uno de los nombres usados por el Movimiento Nacionalista Cubano, MNC, se abjudicaba el atentado.         

Virgilio Paz había cumplido su promesa y con una operación de desinformación trataba de confundir a quienes miraban hacia el gobierno chileno o el Movimiento Social Italiano.         

Townley volvió a Chile procedente de Estados Unidos a mediados de octubre de 1975 e informó a sus jefes de las nuevas dos poderosas bases de apoyo internacional con que contaba la DINA: el MNC, en Estados Unidos y, por ende, los territorios de Norteamérica y Centroamérica; y, el núcleo de italianos de Avanguardia Nazionale en España e Italia.         

A ello había que agregar a miembros de otros grupos de ultraderecha europeos e incluso chilenos y latinos que colaborarían infiltrándose entre los exiliados y organismos que apoyaban la lucha en contra del gobierno militar chileno en varios continentes.         

Townley recordó a su jefe que el acuerdo había sido suscrito sobre la base de la colaboración recíproca y sugirió que algunos cubanos y europeos fueran invitados a Chile para capacitarlos e instruirlos.         

La red para las operaciones exteriores de la DINA estaba ya funcionando.         

Uno de los aspectos que hasta hoy permanecen poco claros es cómo y a través de quiénes los agentes de la DINA establecieron sus contactos en Estados Unidos y en Europa.         

John Dinges y Saul Landau, en su libro Asesinato en Washington, afirman que el coronel Pedro Espinoza proporcionó a Townley un contacto en el MNC cubano, el militante Pablo Castellón, que avaló la credencial DINA de Andrés Wilson, con la aprobación de Vladimir Secen, un ex integrante de los grupos croatas pro nazis, que combatieron en contra de los guerrilleros de Tito en la Segunda Guerra Mundial.         

Afirman los autores estadounidenses:         

‘‘Secen, una misteriosa figura dentro de la comunidad de exiliados cubanos, era llamado ‘‘el coronel’’ y tenía fama de estar conectado con los círculos de inteligencia latinoamericanos. Un informante del FBI de Miami, reportó que Secen, conductor de taxis, estaba relacionado con Jay Vernon Townley, padre de Michael, a través de ‘‘negocios bancarios’’ y que fue precisamente Jay Vernon quien los presentó. En su testimonio, Townley dijo que el jefe de operaciones de la DINA, Pedro Espinoza, fue quien le dio el nombre de Secen’’          

Secen aparece vinculado en los años 60 a Mile Ravlic, un activo miembro de los servicios secretos croatas que colaboraron con la Gestapo y la SS en la persecución de sus compatriotas durante la ocupación de Yugoslavia en la Segunda Guerra Mundial.         

Tras la derrota de los nazis a manos del Ejército de Liberación Nacional Yugoslavo, Ravlic huyó en 1945 a Austria y de allí a Italia, donde se mostró ante las fuerzas estadounidenses de ocupación como un declarado anticomunista, y consiguió empleo de traductor de la policía militar de los norteamericanos en Roma…         

En esas labores se vinculó al diplomático argentino José Antonio Guemes, Caballero de la Orden de Malta, que le consiguió una nueva identidad y un pasaporte para viajar a la nación sudamericana, donde llegaron varios de los más destacados criminales de guerra croatas, que fundaron en Buenos Aires el gobierno en el exilio del Estado Independiente de Croacia, reconocido sólo por el Rey Hussein de Jordania y el general Chiang Kai Shek, de Taiwán.         

Ravlic, bajo el falso nombre de Milosz de Bogetich, trabajó para el general Trujillo, reclutando emigrantes croatas para su custodia, bajo el amparo de la CIA, hasta que la central de inteligencia estadounidense decidió prescindir del dictador de la República Dominicana. En esa época, su representante en Europa, en la capital de Alemania, precisamente, era Vladimir Secen.         

Milosz de Bogetich se trasladó entonces a Madrid, donde reclutó mercenarios para combatir en Biafra, el Congo o Vietnam. Allí también, gracias a sus contactos norteamericanos, conoció a José López Rega, y empezó a frecuentar la Puerta de Hierro, el refugio en el exilio del general Juan Domingo Perón, con quien retorno en 1973 a Buenos Aires para intentar reverdecer pasadas épocas de esplendor.       

A fines de los años 60 y comienzos de los 70, coincidieron en Madrid muchos personajes que en los años siguientes cumplirían destacados papeles en Latinoamérica a las órdenes de las dictaduras militares.          

Los nacionalistas latinoamericanos veían en el régimen franquista el ideal de sociedad para sus propias naciones, modelo que en los años siguientes tratarían de implantar cuando en sus países tomaron el poder los regímenes militares.

A ese intento se sumarían ex nazis, neofascistas y ultraderechistas de los más diversos orígenes y procedencias.         

El proceso sería similar, casi tan mecánicamente calcado como el de los socialismos reales importado por los revolucionarios de izquierda que soñaban con la patria obrera soviética, la revolución castrista e incluso la China de Mao Tse Tung.         

La muerte de Franco en noviembre de 1975 hizo pensar a Delle Chiaie que el clima latinoamericano podía resultar mucho más saludable y tranquilo. En diciembre de 1975 llegó a Santiago de Chile con dos de sus camaradas -Maurizio Giorgi (Gino) y Roberto Granitti (Mario)- acompañado por los agentes de la DINA Hugo Prado y José Cuevas Segura.         

Poco después se les sumaría Pier Luigi Pagliai (Gigi), el que salió de Italia huyendo tras protagonizar un ataque con explosivos en contra de una sede del Partido Comunista.         

Delle Chiaie (Alfredo) y Graniti se hospedaron en la casa de Espinoza; Giorgi y Pagliai en la casa de Michael Townley.         

En mayo, Alfredo salió de Chile rumbo a España para efectuar un trabajo para los españoles.       

El 9 de ese mes, en el alto de Montejurra, santuario del carlismo que dejaba de confiar en el notario Blas Piñar como líder de la ultraderecha, al frente de Fuerza Nueva, se produciría una batalla política decisiva entre los herederos del franquismo.         

Ese día mientras los miembros del Partido Carlista, liderados por Carlos Hugo de Borbón, trataban de alcanzar la cima, los seguidores de Sixto de Borbón, hermano del anterior pero tradicionalista, miembros de la Hermandad Nacional de Ex Combatientes y otros grupos de ultraderecha, coparon el lugar. Entre ellos iba Stefano de la Chiaie, Mario Ricci, Augusto Cauchi y Giuseppe Calzona.         

El enfrentamiento fue violento, al final a balazos, con el resultado de dos muertos, cinco heridos a balas y más de cien lesionados. El triunfo fue para los hombres de Sixto de Borbón.           

De regreso en Chile, Della Chiaie se sumió en los intereses de la DINA.         

El coronel Manuel Contreras, acompañado por los mayores Vianel Valdivieso y Hugo Prado, y el capitán Gerardo Urrich, sostuvieron varias reuniones con los italianos para medir sus talentos y luego les encomendaron la tarea de unificar y dar coherencia política a las innumerables fracciones en las que se encontraba dividido el nacionalismo chileno.         

Contreras no sólo quería preocuparse de la seguridad del régimen, sino que también de proporcionarle una base política de sustentación, cosa en la que al mismo tiempo estaban empeñados los sectores gremialistas encabezados por Jaime Guzmán, y los economistas neoliberales que trataban de aplicar un nuevo modelo de desarrollo para el país.         

Delle Chiaie se vió enfrentado entonces a la antigua militancia del Movimiento Revolucionario Nacional Sindicalista, MRNS, subdividido a su vez en los seguidores de Ramón Callis y los de Misael Galleguillos; el grupo ‘‘Tacna’’, que reconocía como mentor al abogado Sergio Miranda Carrington; el disuelto Frente Nacionalista Patria y Libertad, que aún estimaba como único líder a Pablo Rodríguez; a la Acción Nacionalista Revolucionaria, encabezada por Erwin Robertson; al grupo ’’Tizona’’, dirigido por Juan Antonio Widow y Juan Carlos Ossandón; además de una numerosa militancia nacionalista que no aceptaba conductores.         

En septiembre de 1976 tuvo lugar la primera reunión oficial de dirigentes nacionalistas locales con los fascistas peninsulares. Asistieron Misael Galleguillos, en representación del MRNS; un enviado no identificado de Franz Pfeiffer Richter, ‘‘comandante’’ del Partido Obrero Nacional Socialista Chileno; Juan Diego Dávila Basterrica, figura más bien simbólica del nacionalismo chilenos de los años 40-50; Gastón Acuña Mac Lean, nacionalista más bien solitario, próximo a Pablo Rodríguez Grez; Erwin Robertson Rodríguez, nacional socialista que empezaba por entonces a formar el centro de Estudios por una Alternativa Iberoamericana; Pedro Medina Murúa, hijo del coronel Pedro Medina, uno de los oficiales Orasa (Oficiales de Reserva Activa en Servicio Activo) más queridos por el general Pinochet, en representación de la Acción Nacionalista Revolucionaria, y algunas personas más.         

Nacionalistas chilenos reunidos en el club Audax Italiano

Nacionalistas chilenos reunidos en el club Audax Italiano
Nacionalistas chilenos reunidos en el club Audax Italiano

Para la mayor parte de los presentes quedó la sensación de que los italianos aspiraban a oficiar de mentores intelectuales de ‘‘personajes pintorescos y subdesarrollados’’.         

La expresión corresponde a Erwin Robertson, quien sostuvo un tenso diálogo con Alfredo, como llamaban a Delle Chiaie.         

- ¿Creen ustedes que el legado de Mussolini sea compatible con una de las expresiones más sucias del capitalismo, como es el gobierno del general Pinochet?-, planteó el abogado chileno.         

Hubo tensión entre los asistentes. Nadie desconocía que esa reunión había sido preparada por la DINA y que, con entera seguridad, había micrófonos ocultos o agentes de seguridad entre los presentes.         

-Tú estás equivocado camarada. Este gobierno no es capitalista, la línea económica es una opción pragmática. Tienes que mirar más allá de las apariencias: el manejo económico del gobierno es sólo instrumental-, respondió parsimoniosamente Alfredo.         

Robertson, ex integrante del grupo ‘‘Tacna’’ y dirigente oficioso de la Acción Nacionalista Revolucionaria, le replicó que cómo podría ser referente de la reacción nacionalista hispanoamericana y occidental ‘‘una de las formas más sucias del capitalismo’’, agregando que más de dos años de conducción política eran ya bastante ilustrativos de las pretensiones de Pinochet y de su equipo de asesores civiles.         

El intento fue un fracaso.        

El más entusiasmado en trabajar con los italianos era Pedro Medina, pero para casi todos los asistentes los italianos resultaron más bien petulantes           

Erwin Robertson diría después que los italianos comenzaron asumiendo que sus camaradas chilenos eran poco menos que indígenas sin ninguna solvencia doctrinaria y, por ende, que debían experimentar un proceso de concientización que partiera desde cero.         

Al parecer, los italianos sostuvieron cuatro o cinco reuniones de trabajo con los fascistas criollos, no habiendo surgido de ellas otro resultado que la decidida adhesión de Misael Galleguillos y del equipo de abogados de la DINA hacia sus propuestas.         

Los italianos aconsejaron a Contreras que la medida más inmediata a adoptar para unificar a los nacionalistas era la eliminación física de los elementos disidentes. Le insistieron en que nada conspira más en contra del monolitismo de un movimiento político que la heterodoxia y los afanes personalistas de liderazgo.         

El primer blanco de la purga sugerida por los italianos iba a ser el entonces egresado de Derecho, Erwin Robertson Rodríguez, según contó más tarde el abogado Guido Poli         

Manuel Contreras finalmente no autorizó el plan de los italianos y al comenzar 1976 renunció a las aspiraciones políticas de la DINA.         

Los italianos, entonces, fueron instalados en cómodas oficinas y se les dotó de diversos elementos para que trabajaran en inteligencia y desarrollaran un proyecto de propaganda transcontinental, con bases en Portugal España y Francia.         

Contreras no sólo se preocupaba de la situación interna, sino que también de los crecientes indicios de aprestos bélicos en Perú. El coronel tenía varias aprehensiones sobre esos movimientos y en particular sobre el apoyo prestado por la URSS y Cuba.         

Envió entonces a los italianos, quienes obtuvieron valiosas fotografías aéreas de instalaciones de radar y de bases móviles de misiles tierra-tierra, en territorio peruano.         

En los primeros días de abril de 1978, los neofascistas que dirigía Delle Chiaie abandonaron rápidamente Chile a través del paso fronterizo de Puyehue, frente a Osorno.         

El grupo lo integraban Stefano Delle Chiaie (‘‘Alfredo Di Stefano’’), Mauricio Giorgi (’’Gino’’), Pier Luigi Pagliai (‘‘Gigi’’), Roberto Graniti y el francés Napoleón Leclerc (‘‘Jean’’), miembro del OAS, la Organización Ejército Secreto.         

Los cinco extranjeros eran guiados por Pedro Medina Murúa, militante de Acción Nacionalista Revolucionaria, hijo del coronel Pedro Medina Arriaza y sobrino de Jorge Medina Arriaza, uno de los implicados que terminó con el asesinato del ex comandante del Ejército, René Schneider, en octubre de 1970.         

La huida de los italianos obedecía a la salida del Ejército -en marzo de 1978- del general Manuel Contreras Sepúlveda, quien en julio de 1977 había sido marginado de la DINA y el general Héctor Orozco había entrado a los cuarteles de la policía secreta.         

Luego del nombramiento del coronel Odlanier Mena, éste les hizo saber a través del abogado Guido Poli, uno de los consejeros legales de la DINA, que no tenían nada que temer y que, por el contrario, la nueva CNI se interesaba en seguir contando con ellos.         

Hasta ahora se desconocen qué misiones pudieron haber cumplido en 1977, pero aparentemente el general Mena hizo algunos esfuerzos no muy entusiastas para que el grupo de italianos continuará prestando cierto grado de asesoría política a la CNI, preferentemente en tareas de análisis de inteligencia, aspecto en que tanto la DINA como la CNI presentaban falencias.         

En abril no pudieron seguir aguantando la tensión y decidieron salir hacia Argentina donde también tenían amigos.         

Los italianos y el francés, dirigidos por Della Chiaie, la ‘‘Pimpinela Negra’’ del terrorismo internacional, temían que la vertiginosa caída de Contreras también los arrastrara.         

Ellos sabían demasiado de Contreras, de Pedro Espinoza, de Vianel Valdivieso, de Jerónimo Pantoja, de Raúl Iturriaga Neumann y de otros jefes de la DINA.         

Townley estaba hablando ante el FBI y era posible que les contara sobre ellos y sobre sus operaciones para la DINA en España, en Portugal, en Francia, en Italia, en Perú, en Argentina, en Bolivia...         

Antes de abandonar el territorio nacional, Delle Chiaie y sus secuaces hicieron una escrupulosa entrega a Medina de gran parte del material que les había confiado la DINA primero y la CNI después: seis equipos de radio VHF-UHF, varios sets de fotografías aérea del sector sur del territorio peruano y un número impreciso de carpetas con otros antecedentes diversos.         

Todos esos materiales de inteligencia fueron celosamente guardados en la casa de uno de los oficiales de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes.         

Medina se puso en contacto con el general Contreras, ya fuera de la DINA y del Ejército y le relató el episodio.         

Contreras, consciente de las muy sensibles informaciones que poseían los italianos, envió a uno de sus hombres de mayor confianza, el teniente coronel Rolf Wenderoth, subdirector de la Escuela de Ingenieros, a retirar todas las especies.         

Sobre la relación de Wenderoth con Contreras, Luz Arce entregó antecedentes ante la Comisión de Verdad y Reconciliación.         

No se volvió a saber de los italianos. Tan sólo Guido Poli afirmaría después haber seguido teniendo contactos epistolares con ‘‘Alfredo’’.         

Al paso del tiempo proliferaron las versiones de que los italianos eran agentes de la CIA. Sobre el particular, no hay más antecedentes concretos que la estimación de Erwin Robertson según la cual el grupo integraba desde 1970 una célula de la entidad de inteligencia estadounidense, encargada de desestabilizar a los gobiernos de España y de Portugal, propósito que se habría logrado exitosamente.         

Después, los dardos de la CIA habrían apuntado a los gobiernos militares sudamericanos, en particular al encabezado por el general Augusto Pinochet, bajo el supuesto de que estaba en ciernes un estallido del tercerismo que habría podido provocar un desequilibrio regional lesivo para los intereses de Washington.         

La historia de ‘‘Alfredo’’ y sus vínculos con Chile, aún distaba mucho de terminar. En Argentina y más tarde en Bolivia, trabajando con el criminal nazi Klaus Barbie, agregaría nuevos e importantes capítulos a su agitada vida.

 

Continúa.

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