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Jueves, 15 de abril de 2021
A 30 años de su asesinato (Parte VIII)

Cuando Guzmán era miembro de 'los sicólogos del gusto' en el restaurante Arlequín

Manuel Salazar Salvo

Detalles de sus hábitos y costumbres revelan aspectos desconocidos de su vida y de cómo conciliaba sus diversas actividades, sus primeros años en la UDI y el papel que cumplía en el Senado.

A fines de la década de los 70, Jaime Guzmán decidió mudarse a un departamento más grande. Quería tener un estudio aparte de su dormitorio, un living separado del comedor, y mejores dependencias para Violeta y su hija de 12 años que recién había llegado a vivir con ella. Se cambiaron entonces a la calle Carlos Silva, compró dos pequeños sillones color terracota, una nueva mesa, colgó un antiguo retrato al óleo de su abuelo Maximiano Errázuriz, un cuadro del chileno Fontecilla y siguió viviendo tal como lo venía haciendo, aunque con un poco más de espacio y de comodidad. 

Al verano siguiente viajó a Pucón, el apacible balneario lacustre ubicado en los faldeos del volcán Villarrica, en la Región de La Araucanía. El lugar lo conquistó, desde la ocasión en que fue invitado por su amigo Francisco Bulnes Ripamonti, abogado con el que trabajaba a mediados de los años 70 en la Universidad Católica y que falleció prematuramente. Volvió a la zona en varias oportunidades, y se alojaba en el exclusivo Hotel Antumalal, que se levanta en medio de una frondosa vegetación, a pocos kilómetros del complejo turístico integrado por los balnearios de Lican Ray, Villarrica y Pucón. Allí se alojó la Reina Isabel II con su comitiva, cuando visitó Chile durante el gobierno del presidente Eduardo Frei Montalva. 

El hospedarse en buenos hoteles era uno de sus gustos. Otro, probablemente el más comentado, lo constituía la buena mesa, aunque su plato preferido era muy simple: una tortilla hecha con papas fritas cortadas en cuadritos, mezcladas con abundante queso mantecoso. Nunca le aburrió y la comía cada vez que podía. 

-Muchas veces, cuando pasaba el túnel de Lo Prado de regreso desde el Senado, me llamaba para preguntarme si le tenía tortilla se papas-, recuerda Violeta Chipón. 

El queso era muy usado en las comidas que le preparaba su ama de casa. De hecho, las empanaditas pequeñas de queso también figuraban entre sus bocados preferidos. . 

Guzmán era un gran devorador de postres y le gustaba experimentar con mezclas de sabores. 

-¿Cómo quedarán las galletitas de champaña, remojadas en almíbar, con coco rallado y chocolate?, ¿Y si preparamos chirimoya con frutilla y manjar...?- interrogaba, buscando un gesto de aprobación de Violeta. 

Los postres de leche no le gustaban, salvo el flan preparado con leche condensada, cocinado a baño maría. Los panqueques lo trastornaban. Entre los pescados, sus favoritos eran la corvina, el congrio y el lenguado. Muchos recuerdan unas corvinas al horno rellenas con salmón ahumado y aderezadas con finas especies, que salían de la cocina de Violeta. Entre los mariscos, frecuentaba la sopa de machas, los erizos, los ostiones y los locos, aunque estuvieran en veda. De los vegetales, los palmitos, muchos palmitos, el repollo, el tomate y la lechuga. Antes de comida, un vaso pequeño de jerez Zalamero. 

Durante la cena, por años, los vinos Santa Carolina y Macul. Más tarde, a fines de los 80, cambió a Santa Emiliana, aunque disfrutaba probando las marcas que le sugirieran. A la hora de los bajativos, un buen coñac Remy Martin o Napoleón. También los tragos dulces, como el Amaretto, el Sangeli o el Drambuie. Cuando jugaba cartas con algunos amigos o en largas conversaciones vespertinas, bebía gin. En los años 70, Gin Booth, luego Gin Seagers, después, alguno de los gin importados que solían regalarle. En las grandes ocasiones, se fumaba un puro. 

Guzmán era muy austero a la hora del desayuno: siempre un vaso de agua y te puro con quesillo, nada más. Almorzaba frugalmente, cuando lo hacía, y en la noche se desquitaba. Las comidas eran muy simples cuando estaba solo, pero cuando había invitados la preparación de la cena se transformaba en un verdadero ritual que empezaba muy temprano, en una sesión donde Violeta se instalaba junto a su cama y se ponían de acuerdo sobre el menú. 

Las comidas siempre eran especiales. Variaba eso sí el número de invitados: tres, cinco, siete, pero nunca más de ocho, jamás un cóctel o buffet frío de pie. Siempre cena, con a lo menos tres platos. 

Desde enero de 1974 hasta dos días antes de morir asesinado, Jaime Guzmán llevó un minucioso registro de todas las personas que invitó a comer o a cenar. Con una minúscula letra anotaba el día; luego, si era almuerzo o una cena. En seguida los nombres de los comensales y el menú que les había ofrecido. El registro incluye un promedio de cinco comidas a la semana, con más o menos cuatro invitados; es decir, más de 4.700 almuerzos y cenas, y unos 19 mil comensales en 952 semanas durante 17 años. 

El motivo que impulsaba al anfitrión a llevar esa lista era no repetir los platos que ofrecía a sus invitados. Al revisar la lista, destacan como los invitados más frecuentes su madre y sus hermanas, sus amigos gremialistas y algunos actores destacados de la derecha chilena, como Francisco Bulnes y Andrés Allamand. También unos pocos democratacristianos, como Gabriel Valdés, Gutenberg Martínez, Miguel Salazar y Marcelo Rozas; académicos de la Universidad Católica y varios sacerdotes. Destacan, además, por su ausencia, los miembros de las fuerzas armadas, así como otros dirigentes de la derecha con los cuales Guzmán no mantenía buenas relaciones. 

No salía mucho a comer fuera de su casa, pero cuando lo hacía, prefería los restaurantes Arlequín, Praga, Chez Louis y el Centro Catalá, además del Club de Polo San Cristóbal. El Arlequín estaba en la comuna de Providencia, en General Holley, entre Suecia y Bucarest. Su dueño, el desaparecido Hernán Eyzaguirre, fue uno de los pilares de la gastronomía chilena contemporánea. Uno de sus tíos, José Eyzaguirre -el tío Pepe- vivió en Buenos Aires, donde editó una famosa revista de gastronomía, e integró a comienzos de siglo en París una cofradía que se llamaba "Los sicólogos del gusto". De él, Hernán Eyzaguirre extrajo cariños y ejemplos para optar por la cocina cuando perdió el precioso fundo que poseía en el sur a manos de la reforma agraria. Uno de sus grandes amigos, el escritor, periodista y sibarita Enrique Lafourcade, recuerda: 

-En vez de entristecerse, se puso a trabajar como asalariado, llegó a administrar hoteles y como era un gran gourmet, decidió poner un restaurante. 

El autor de Palomita Blanca estaba empezando a escribir en El Mercurio sobre temas gastronómicos y Hernán Eyzaguirre lo invitó a fundar un grupo similar al que tenía el tío Pepe en París. Las reglas eran las mismas: doce miembros en calidad de vitalicios que se reemplazaban sólo por la muerte de alguno de ellos. Se integraron Ricardo Claro, Andrónico Luksic, Sebastián Santa Cruz y otros. Para ingresar había que dar un examen de habilidades, cocinando para los demás integrantes. Uno de los primeros en dar la prueba fue el abogado Claro, que cocinó unos riñones de cordero con tres salsas diferentes de mostaza. 

Los sicólogos del gusto criollo se reunían una vez al mes en el Arlequín, donde, o cocinaban ellos o Venancio, el chef del restaurante, un hombre de origen mapuche al que había enseñado Hernán Eyzaguirre, que tenía un talento innato para la cocina, y les preparaba exquisitos y muy exclusivos platos. 

La cofradía era un grupo muy selecto y durante sus reuniones había prohibición absoluta de hablar de política y de negocios. Casi todos estaban empecinados en mejorar la cultura gastronómica chilena y organizaban periódicos concursos en el Club de La Unión o en el Hotel O'Higgins de Viña del Mar. 

Venancio era un genio para interpretar las recetas coloniales que le llevaba Lafourcade y pronto desarrolló muchas de las mejores recetas francesas que acrecentaron el prestigio del local. 

En esa época empezó a llegar Jaime Guzmán, en busca de un pato a la naranja que se preparaba con Grand Marnier y ralladura de naranja. Se interesaba también por las Tripes a la mode de Caen, plato francés consistente en tres tipos diferentes de guatitas aderezadas con sidra de manzana y hierbas; le gustaba el foigrass de la casa, el ciervo, el salmón y otras comidas donde el énfasis lo ponían los toques franceses. 

Uri día, Hernán Eyzaguirre sufrió la parálisis de sus piernas y su ánimo fue decayendo hasta que tuvo que vender El Arlequín, cumbre de la cocina chilena que sin aquel maestro nunca volvió a ser el mismo. 

Jaime Guzmán no era lo que se podría llamar un amante de los animales. A los gatos no los soportaba, a los perros les tenía miedo; y el canario Pepe, tan cuidado y mimado por Violeta, le provocaba soponcios cuando empezaba a trinar. 

Sólo encendía la televisión para ver las noticias y los foros políticos. Al cine tenía que ir acompañado, para que los amigos le explicaran la película. Decía que no entendía, en un juego que a muchos les parecía mitad cierto y mitad pose, tan propio de un hombre al que le gustaba aparecer distinto. Ese rasgo que percibían sus amistades más cercanas, lo podía extremar hasta el borde del ridículo, como aquella oportunidad en que luciendo una zunga de gamuza, una polera de lycra, jockey, calcetines y mocasines, acompañado de una enorme radio a pilas, se instaló a leer el diario en la piscina del Hotel Miramar, en plena temporada de verano. 

La periodista Blanca Arthur, una de sus amigas más íntimas, casi cae fulminada por un síncope al llegar a la piscina y ver a Guzmán con esa tenida demasiado informal para el lugar. 

-¡Pero Jaime, es que no puedes...! ¡Ay, Jaime, anda a cambiarte inmediatamente esa facha! 

-Pero ¿qué tiene? ¿Por qué...? 

En otra ocasión, se le ocurrió que él asistiría a todos sus compromisos sociales sin corbata. Trataron de convencerlo de que había ocasiones en que esa prenda era casi indispensable y entonces se manifestaba con una especie de berrinche: 

-¡Pero tienen que aceptarme! ¡Se acostumbrarán a que yo no uso corbata! ¡Tendrán que hacerlo! 

Poco a poco fue aceptando que debía reemplazar las zapatillas, los pantalones deportivos y las poleras, por las chaquetas, las camisas con rayas delgadas y la corbata. Su hermana Isabel bregó para convencerlo de que sus constantes apariciones públicas, su asistencia a programas de televisión y a reuniones en los más variados ámbitos sociales, le exigían una mayor preocupación por su vestuario. 

Jugaba tenis con Andrés Chadwick para no engordar -decía- y combatir el colesterol. 

Sin llegar a ser aprehensivo, le tenía pavor a los resfríos y se cuidaba tornando vitamina C, en un efervescente parecido al Cebión. Cuando el resfrío era ineludible y la tos lo irritaba, recurría al Franol. No obstante, tenía el hábito de terminar su ducha diaria con agua fría. 

En el invierno, acumulaba frazada tras frazada sobre su cama en la medida que bajaba la temperatura. Se negó siempre a utilizar algún tipo de cobertor térmico y también a usar gorro de lana. Jamás se dormía sin rezar el rosario, plegaria que elevaba en varias veces en el día. 

Ocasionalmente sacaba su delgada almohada para conciliar el sueño mirando la cruz ubicada en el respaldo de su cama. 

Tenía una memoria prodigiosa, tanto que jamás usó agenda para anotar sus numerosos compromisos. En cambio, era muy ordenado para anotar y registrar todo lo que le interesaba y que creía que le podría servir en sus actividades. Llegó a tener más de 360 carpetas clasificadas según los más variados temas. 

A fines de diciembre de 1989, electo senador de la República a los 43 años seguía siendo tan impaciente como en su juventud, bastante torpe para los trabajos manuales y extremadamente franco con las personas sobre las cuales creía ejercer cierta influencia. También seguía tratando de evitar una marcada tendencia a ruborizarse cada vez que su ánimo se turbaba. 

En abril de 1990, Andrés Chadwick habló varias veces con Patricio Dussaillant para sondearlo sobre la posibilidad de que se transformara en el secretario de Jaime Guzmán en el Senado. El joven abogado recién titulado, que empezaba a formar su familia, estaba dispuesto pero dependía de las condiciones económicas que le ofrecieran. 

Guzmán lo llamó a conversar. 

-Mira Patricio, el Senado tiene una asignación par secretario de 250 mil pesos. Es lo que te puedo ofrecer, con boleta... 

-Jaime, el arriendo de un departamento me cuesta 100 mil pesos; me quedan 150 para vivir... ¡Imposible! 

-¡Pero cómo! !Y si te cambias de departamento... ! ¡Buscamos una cosa más barata! ¿Cómo que con 150 ciento mil pesos no vas a poder vivir'? ¿En qué gastas tanto...? 

No llegaron a acuerdo, pese a la insistencia del senador. 

Días después, a fines de abril, Andrés Chadwick llamó a Cristián Pizarro, después de mucho tiempo que no hablaban. 

Pizarro había conocido a Jaime Guzmán el 14 de febrero de 1982 en la Avenida Libertad de Viña del Mar, cuando a los 17 años era un joven dirigente estudiantil en el Colegio Mackay. El muchacho lo detuvo en la calle para saludarlo y expresarle que le interesaban sus ideas y que le gustaría conversar más largo con él. Se despidieron sin que el joven pensara que dos días después Guzmán lo llamaría a su casa para invitarlo a tomar onces al hotel Miramar. Un mes más tarde, estaba cenando en el departamento santiaguino de su flamante amigo, acompañado por Andrés Chadwick y Pablo Longueira. Casi no podía creerlo. 

En las semanas siguientes organizaron en conjunto un ciclo de charlas en el Colegio Mackay y Cristián Pizarro reunió en su casa a otros muchachos para presentárselos al líder del gremialismo. 

En junio, los gremialistas aumentaron la presión sobre el joven. Guzmán le dijo: 

-Mira Cristián, tú estás en el centro de alumnos de un colegio. Yo creo que se puede hacer una acción propiamente gremial. Tú vas a entrar a leyes y creo que debes volcar tu interés por la cosa pública en tratar de articular el movimiento gremial dentro de la Escuela de Derecho de la Universidad Católica de Valparaíso. 

Pizarro no se interesaba por la actuación política. No quería saltar de asamblea en asamblea, en medio de un ambiente cada vez más confrontacional, allá por los comienzos de los 80. Quería crear una revista, difundir ideas, pero no desde arriba de los escritorios y a gritos. 

Siguieron viéndose y discutiendo. Guzmán trataba de convencerlo y Pizarro, que ya estudiaba derecho en la UCV, se resistía. Las relaciones· se enfriaron en 1986. Volvieron a verse entre 1988 y 1989, cuando el viñamarino ingresó a trabajar como redactor a El Mercurio. 

Un día que se publicó una entrevista que le hizo al escritor peruano Mario Vargas Llosa, Guzmán lo llamó por teléfono y le dijo: 

-¡Estupenda la entrevista! Estoy leyéndote con mucho interés. 

El día que resultó elegido senador, Pizarro le envió una breve aunque afectuosa nota de felicitaciones. Luego, no hubo ningún otro contacto hasta fines de abril de 1990, cuando lo llamó Andrés Chadwick: 

-Mira Cristián tu sabes que se constituyó la bancada de diputados de la UDI. Ocurre que necesitamos un asesor y hay tres nombres de alternativa. Uno eres tú. Hay un grupo de diputados -Melero, Longueira, Coloma y yo- a los que nos encantaría que fueras tú la persona. ¿Qué te parece? 

-¿Por qué me llaman a mí si hace tanto tiempo que no nos vemos, que no nos hablamos? Tú más o menos sabes cuales han sido las diferencias que hemos tenido con Jaime en el último tiempo. 

-No, lo que pasa es que hay gente que tiene condiciones para este tipo de pega y nosotros creemos que tú las tienes. Ahora, tengo que ser muy franco, ocurre que Jaime también anda detrás de un secretario político, un jefe de gabinete, y cuando vimos con él los nombres posibles para la bancada, dijo que le dieran una opción preferente contigo. Quiero ser muy franco. Existen esas dos alternativas, pero si no te ha llamado Jaime, no te des por enterado... 

-Andrés, asesorar a la bancada me parece muy interesante, pero ustedes son como 15 y va a ser un enredo, además de los viajes ... Voy terminar loco. No, no. Es demasiado para mí. 

En los días siguientes, Cristián Pizarro se encontró con Jaime Guzmán. 

-Mira, yo quiero plantearte... He estado pensando este tema. No sé por qué te lo estoy pidiendo porque la verdad es que eres tan porfiado-, le dijo bromeando. Y enseguida, más serio, agregó: 

-Necesito un secretario político, un jefe de gabinete, un asesor directo para todos los temas, para las cosas legislativas y para las cosas políticas, porque la verdad es que solo no puedo. Tengo una enorme cantidad de correspondencia, de audiencias, un desorden permanente y ya con esto no logro gobernarme a mí mismo. Entonces, quiero que te tomes unos días para que lo pienses serenamente y luego me des la respuesta que estimes... 

Cristián Pizarro no dudó un segundo. Aceptó de inmediato. 

-Bueno, acepto, pero explícame un poco más cuál es el papel del secretario político.... 

-Mira Cristián, Jarpa fue el secretario político del viejo Prat-, le dijo el senador tratando de dar un ejemplo clarificador. Y luego empezó a explicarle qué quería específicamente: 

-El secretario político es un asesor en materias preeminentes de toda mi actividad legislativa: informes de los proyectos de ley, coordinar todas las asesorías que necesite -sea de economistas, de abogados o de especialistas en otras áreas-, coordinar mi presencia pública con un agregado de prensa y, evidentemente, la asesoría directa de la parte política; es decir, lo que es la conducción dentro del partido, la preparación de algunos borradores de mis intervenciones y toda la parte, que es la incómoda y latosa, que se refiere a la correspondencia, audiencias, llevarme la agenda. Esa es tu función. ¿Te gusta o no? 

-Sí, me gusta. Acabas de contratar a tu secretario político. ¿Cuánto me vas a pagar? ¡Ah! Jaime, ten presente que yo no soy militante del partido. 

-Mira, esa es una de las cosas que te quería comentar porque a mí lo que me interesa es que tú te mantengas absolutamente al margen. Es decir, tú eres mi asesor personal en estas áreas que te he definido, pero no quiero que te involucres y se lo vayas a hacer presente a la directiva del partido, porque lo que necesito es una persona que atienda mis problemas. Vas a ocupar la oficina que yo tengo en Suecia, pero con una secretaria propia. Ahora, si hay cosas en la que puedes colaborar, estupendo, pero no quiero que te distraigas. Para mí sería una falta grave que tú estés metido en el acto del Teatro California, por decir algo. A mí eso no me interesa, no me reporta nada, por algo quiero una persona que trabaje directamente conmigo. 

A las pocas semanas de iniciar su trabajo en el Congreso, la figura de Jaime Guzmán empezó a destacar como el polemista punzante, de siempre y como un hombre que tenía un sólido bagaje político e ideológico. 

Cuando intervenía su palabra era escuchada, decía cosas importantes, trascendentes. Si estaba callado, tenía una actitud respetuosa y seguía con atención el debate. No era un hombre que estuviera riendo, conversando o leyendo el diario, sino que cuando estaba en la sala permanecía presto a polemizar en algún tema que le pareciera importante. 

Su teléfono celular lo mantenía siempre apagado. A veces salía de la sala y hacía cinco o seis llamados seguidos, cosas simples, como comunicarse con la sede de la UDI en Santiago para que le tuvieran la estufa encendida cuando llegara. 

Como integrante de la Comisión de Constitución, Legislación y Justicia, buscaba siempre un acomodo para su costumbre de dormir siesta, hábito que compartía secretamente con el socialista Hernán Vodánovic, que la presidía. 

La comisión funcionaba en la mañana hasta la una y media y en la tarde a partir de las tres. Entonces siempre había una discusión con Guzmán porque pedía que se reanudara lo más tarde posible, nunca antes de las cuatro, y eso porque se iba al Miramar a dormir. Trataba de excusar ese hábito confesando que era muy débil físicamente y que necesitaba dormir una hora y media después de almuerzo. Con Gabriel Valdés, el presidente del Senado, también logró muchos acuerdos para trasladar las horas de inicio de sesiones. 

De repente alguno de los comités pedía una revisión de acuerdos a las tres y media. Entonces Guzmán se paraba y le hablaba a Valdés en la oreja. Acto seguido, el presidente del Senado se refería latamente a otra materia cualquiera y de improviso acotaba: 

-Señores, creo que sería mejor recomenzar a las cuatro y media porque… 

Todos se reían. Era evidente que Guzmán había pedido dilatar el inicio de la sesión para poder dormir siesta. 

Sostenía que para todos, aquel descanso era fundamental. 

-Tú debieras ir a dormir la siesta, le decía a menudo a su secretario. 

-¡Claro!, con todas las cosas que tengo que hacer. Después llegas tú a las cuatro y cuarto y yo no tengo nada hecho y me vas a preguntar ¿qué pasó? 

-¡Vamos hombre!, si esto de trabajar como animal no tiene ningún sentido. Lo que hay que hacer es descansar, el organismo necesita descanso. 

Tenía un gran sentido del humor, sin ser un tipo de chistes. Era de sonrisa más o menos fácil y sabía apreciar las situaciones de humor, los argumentos ingeniosos. Hacía cosas sorprendentes. De improviso se paraba de la mesa del comedor del Senado y partía a la cocina. Entraba y le decía al cocinero. 

-Mire, el pescado que usted ha hecho es espectacular, lo mejor que he comido en pescado en toda mi vida. 

Cierto o no, el hecho es que el cocinero quedaba tan impresionado, que de ahí en adelante Guzmán pasaba a ser uno de sus parlamentarios favoritos. 

Saludaba a todo el mundo de mano: garzones, choferes, auxiliares, secretarias, a todos. 

-¡Jaime, pero ¿hasta cuándo?!, si nos vemos a cada rato-, le dijo más de alguna vez algún parlamentario. 

-Perdóname, pero yo desde cabro chico siempre saludé de mano-, respondía. 

A sus amigos más íntimos, sin embargo, a veces los sacaba de sus casillas. 

Al instalarse el Congreso, cuando aún no se terminaba el edificio, acudía a almorzar a la vicepresidencia de la Cámara de Diputados, donde estaba Juan Antonio Coloma. 

En ese tiempo, estaba obsesionado por una lucha personal en contra del colesterol y lo único que almorzaba era quesillo. 

Coloma no estaba en ese predicamento y muchas veces olvidó aquel detalle. 

-¡Cómo! ¿Y mi quesillo? ¡Juan Antonio, no me tienes el quesillo! ¿Acaso ya no eres mi amigo...?  

-Pero, Jaime... 

-¡Claro! Ahora que estás aquí... que eres vicepresidente de la Cámara, ¡te olvidas de tus amigos! 

De los senadores de la derecha era el más importante. A él le tocó ejercer el cargo cuando estaba comenzando la transición, cuando todos los defectos del régimen militar se proyectaban, cuando eran motivo de tensas controversias las características del nuevo sistema institucional, la responsabilidad de los militares en las violaciones a los derechos humanos, el carácter democrático o no de la Constitución que se estaba aplicando. 

Y esos temas eran el fuerte intelectual de Guzmán por sus conocimientos, porque había cumplido un papel protagónico en la gestación de los mismos y por el brillo conceptual con que engalanaba su oratoria. 

Probablemente en un momento de mayor consolidación democrática, en 1992 o 1993, su papel pudiera haber sido menos importante, pero en aquel tiempo fue decisivo. Sus defensas eran constantes, permanentes, densas, pero no agresivas. Un par de veces se exaltó y se enfrascó en una dura polémica con el senador demócrata cristiano Ricardo Hormazábal, su habitual contradictor, pero con quien tenía una espléndida relación. 

Ocasionalmente se le veía amostazado, pero nunca tuvo algún desborde. Los mayores conflictos personales curiosamente no los tuvo con los parlamentarios de la Concertación, pese a la enorme reticencia que tenían en un comienzo para tratar con él, sino al interior de la misma derecha. Sergio Onofre Jarpa, por ejemplo, habitualmente pasaba a su lado sin saludarlo. En cambio, a menudo aparecían diputados oficialistas para hacerle alguna consulta técnica. 

Si en la Comisión de Minería de la Cámara de Diputados, por ejemplo, que se ubica en la otra ala del edificio, se estaba discutiendo algún punto que requería de una suerte de precisión constitucional, no era extraño ver llegar a un diputado diciendo: 

-¿Dónde está Jaime? Quiero que me precise el sentido y el alcance de un artículo... 

En lo político y en lo personal, Guzmán había llegado a un estadio de madurez que le permitía disfrutar el Senado. No había una función pública más acorde a su personalidad y a los talentos que poseía, especialmente a sus conocimientos sobre Derecho. Nadie nunca se lo imaginó como diputado. En la Cámara había más ruido y bregar político. En cambio, el Senado poseía la prestancia, la profundidad, el rigor y los niveles de influencia requeridos para que Guzmán se sintiera agradado. 

Era enemigo de las rutinas y de los horarios estrictos, pero no transaba su costumbre de ir a misa diariamente. Muchas veces se arrancaba entre dos sesiones para concurrir a escuchar misa en alguna iglesia cercana. Iba al templo de Las Carmelitas, en la avenida Libertad; a la parroquia que está al lado de la Quinta Vergara, a la iglesia del Cerro Castillo en Viña del Mar, a una iglesia de los jesuitas ubicada frente del Parlamento; en fin, conocía la geografía de las iglesias como nadie y se sabía los horarios de todas las misas. 

-Yo sé que hay en el cerro Ramaditas una misa a las tres de la tarde-, decía y se encaramaba por las calles del cerro para escuchar misa. 

Siempre estaba averiguando personalmente el horario de las misas, aunque en ocasiones pedía a su chofer que le confirmara algún dato. 

-Vaya y pregunte si la misa es un cuarto para las siete o a las siete y cuarto, porque no me acuerdo-, le ordenaba. 

Cuando por alguna razón no había podido concurrir se amargaba y se le descomponía el día. 

-¡Es que no puedo seguir en este ritmo! ¡Esto es una cosa arrolladora! ¡Realmente es increíble que uno no tenga tiempo ni para ir a misa!-, reclamaba. 

Empezaba entonces a cuestionarse todo lo que estaba haciendo en el Parlamento. 

-¡No, no, no, si yo no puedo seguir siendo senador! ¡Esto es demencia!-, se decía. 

No le gustaba el Congreso Nacional en Valparaíso y se preocupaba mucho por los diputados de la UDI, todos jóvenes y con hijos pequeños. Creía que los constantes viajes deterioraban los deberes de la convivencia familiar, en una época en que además el Poder Legislativo estaba de moda y cada uno de los diputados se sentía más macanudo que el otro. 

En no pocas ocasiones, Guzmán reprendió a algunos de sus discípulos al percibir en ellos una sobredosis de vanidad o ciertos aires de seductor que presagiaban una posible infidelidad conyugal. 

Lunes y viernes se quedaba en Santiago. Los lunes en la mañana casi siempre tenía una reunión con la mesa directiva de la UDI, en la sede del partido; en la tarde hacía clases y cada 15 días asistía a la cita de la comisión política. En las noches, normalmente comía con los dirigentes en su departamento. Los viernes eran días que destinaba a ofrecer ruedas de prensa o entrevistas. 

Trataba siempre de que sus palabras aparecieran en los diarios del sábado. El martes, a las nueve partía hacia el Congreso, alojaba en el Miramar o en el O'Higgins y el miércoles, después de las sesiones, trataba de retornar en la noche a Santiago. Cuando no podía, por reuniones o cansancio, lo hacía el jueves. 

Durante las noches en Viña del Mar salía a comer al Cap Ducal, al San Marcos o a otro restaurante que le hubieran recomendado, muchas veces hacia el sector de Concón, si tenía ganas de consumir mariscos. Lo hacía con su secretario, con dirigentes de su partido en Valparaíso o con los diputados de la UDI o de otros partidos. Cenaba seguido con Gabriel Valdés pues consideraba que eran momentos para poder conversar tranquilos y discutir algunos temas más en profundidad. 

Salvo que le tocara una persona muy antipática, casi insoportable, siempre le encontraba algo positivo. Si algún tipo -fuese quien fuese- no era muy inteligente, comentaba luego: 

-No es muy habiloso, pero es muy simpático. 

O al revés: 

-No es muy dije, pero es muy inteligente. Da gusto conversar con él. 

A veces, después de comer y si la noche estaba agradable caminaba por la avenida Perú o por otras calles céntricas, siempre dependiendo del estado de ánimo en que anduviera. 

Una vez fue a comer solo al Cap Ducal y se encontró con el entonces Ministro del Trabajo, el demócrata cristiano René Cortázar. Hablaron mucho y luego caminaron entre el restaurante y el hotel Miramar. 

Al día siguiente comentó: 

-El Ministro Cortázar me impresionó muy bien. Es un hombre muy profundo, muy inteligente y muy cristiano. 

A veces se sentía acosado por la gente que le pedía ¡Jaime, comamos juntos!, ¡Jaime, por qué no comemos!, ¡Jaime, vamos a tal lugar! De repente, huía. 

En los últimos meses de su vida, el tema religioso se hizo reiterativo en sus conversaciones. Amigos y asesores trataban de escabullirse cuando el senador empezaba a comentar que había escuchado en misa una prédica estupenda, o que se había quedado meditando sobre la lectura de la carta del apóstol San Pablo a los corintios y que le parecía cada vez más maravillosa. A muchos les resultaba imposible evadirlo. Parecía poseer una especial conciencia de lo sobrenatural, un sexto sentido que lo hacía palpar la existencia de Dios. Hablaba de lo divino con una familiaridad creciente y en el verano de 1991 sus amigos más cercanos percibieron que estaba entrando en un nivel de misticismo creciente y muy ostensible. 

El senador gremialista estaba con una ansia enorme por un encuentro más cercano con Dios y parecía esperar que su maestro le indicara el camino. En su maletín, donde siempre había una Biblia y una Constitución, llevaba también su rosario, el libro La Imitación de Cristo y otras obras de literatura religiosa. 

En esos días, Cristián Pizarro recordó una frase que muchos años antes Jaime Guzmán había pronunciado en el hotel Miramar y que al joven estudiante secundario le había resultado casi banal: 

-Yo hago esto por una vocación y porque sé que tengo un talento natural para ello. Sé también que poseo una inteligencia nada común que la debo poner al servicio de esto, pero en definitiva lo mío no es esto. Yo me siento más pleno haciendo otras cosas. 

Continúa mañana.

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Comentarios

Comentarios

Mala prensa

Que frivolidad, jamas hubiera imaginado, que desde este medio limpiará la cara a uno de los mas nefastos de la política chilena, el mas escabroso y siniestro personaje de Pinochet, le limpian su asquerosa cara, los que vivimos la dictadura, encontramos insoportable esta liviandad

Que lamentable articulo

Como le dan bola al Rasputin de pinocho.

Muy interesante conocer aspectos más domésticos de JGE, a quien el país le debe mucho. Gracias

Excelente texto. Felicitaciones a Manuel Salazar. Mi apellido es Esponda, no Sponda...

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