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Sábado, 18 de Abril de 2026
Libros

Entre Yahuarcocha y el Mapocho

José Almeida Vinueza
Fausto Campaña (editor)

A continuación uno de los capítulos de La Dignidad de la memoria, Chile, septiembre de 1971, en el cual ecuatorianos cuentan cómo vivieron el trágico Golpe de Estado. En este caso, se trata de José Almeida Vinueza, un entonces joven estudiante de psicología, quien realiza un exhaustivo ejercicio de recuerdo de las circunstancias de las cuales fue testigo y las personas que lo acompañaron en su aventura chilena.  

Septiembre 11, 1973. Santiago de Chile

Como era mi costumbre de típico estudiante de Psicología, aquel día salí temprano de mi casa para dirigirme hacia el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, ubicado en la calle Macul, en la parte oriental de Santiago. Tomé un bus como siempre y lo abordé casi sin percatarme de la forma en que los pasajeros que estaban adentro se acurrucaban en sus asientos con sus miradas perdidas en algún punto afuera de sus ventanas. Pero pronto noté que varios se agrupaban alrededor de una radio portátil y compartían comentarios. Indudablemente, algo grave estaba ocurriendo. Dirigí mi vista hacia el círculo más cercano y alcancé a notar en sus semblantes los efectos de una noticia en curso que hablaba sobre una sublevación militar en contra del gobierno de Salvador Allende. Como buen ecuatoriano, no le presté mucha importancia al suceso y pensé que tal asonada no pasaría de ser un típico cuartelazo tercermundista, como aquellos que ocurrían con relativa frecuencia en mi país. 

Al llegar a mi destino, salí del bus con paso confiado y me encaminé hacia el instituto. Al llegar a su entrada alcancé a divisar grupos de estudiantes que, asimismo, como en el bus, escuchaban noticias en círculo alrededor de un radiorreceptor. Al entrar al patio de la Escuela de Psicología pude notar en los rostros de la gente una grave preocupación por algo que, efectivamente, estaba golpeando a Chile. Mi incredulidad pronto se tornó en desconcierto y desilusión.

Todos escuchaban atentos las noticias. La mayoría echaba maldiciones y parecía estar a punto de tomar alguna decisión. De pronto, uno de mis amigos, al mirarme, salió a mi encuentro un tanto asombrado de que me encontrara allí. De alguna manera, a los estudiantes extranjeros se nos miraba con un poco de recelo pese a que profesáramos simpatía por el régimen de Allende. De modo que mi amigo me aconsejaba devolverme hacia mi casa. Si acaso no lo sabía, me dijo, pronto se organizaría una protesta y con seguridad llegarían al campus los militares y se desataría allí una gresca de imprevisibles consecuencias. Al permanecer en el Pedagógico, estaría arriesgando mi pellejo en forma temeraria e innecesaria. Me quedé absorto. Todo se volvió de pronto confuso e incierto. 

En las noticias se decía que el general Prats, uno de los personajes más gravitantes del Ejército chileno, estaba listo para confrontar el golpe y apoyar a Allende; pero al poco rato el propio general había salido en la TV para desmentirlo. Todos habían escuchado el conmovedor discurso final del presidente de Chile sobre las grandes alamedas abiertas, así como las reacciones inmediatas lanzadas en respuesta ya sea por sus adherentes o por sus adversarios. 

Pero, lo que parecía evidente era que los sublevados se habían tomado ya el poder y estaban dispuestos a atacar La Moneda y desalojar de allí al presidente Allende. En forma paralela, algunas radios difundían noticias sobre movilizaciones civiles y militares, de focos de resistencia en fábricas, centros educativos, instituciones públicas y barrios populares. La resistencia estaba en curso y el Pedagógico sería una entre miles de aquellas ansiadas trincheras.  

De pronto, en mi deambular divisé en los alrededores a Ramiro Gómez Salas, mi gran amigo de Arequipa, quien obviamente se hallaba experimentando la misma situación. Cruzamos unas cuantas palabras entre los dos y platicamos con varios amigos más, para luego comprender la gravedad y peligrosidad de la situación. De modo que, sin pensarlo dos veces, nos despedimos del grupo y salimos del Pedagógico, no sin antes volver varias veces la cabeza con incredulidad hacia el conjunto de estudiantes y profesores que quedaban dentro. Sabíamos que la mayoría de ellos hablaba en serio y que de alguna manera se prestaría a defender a su gobierno. En ese momento no alcancé a distinguir la diferencia entre un acto heroico y un simple giro fatal en la vida de la gente. Nos dio a los dos una pena infinita dejarlos en ese sitio, sin siquiera adivinar lo que realmente el destino habría de depararles después.

De pronto, varios aviones aparecieron en el cielo volando en círculos y en picada, seguidos de un ruido estremecedor de explosiones localizadas a la altura del centro. No alcanzamos a divisar desde la calle los puntos de las explosiones, hasta que la gente empezó a gritar: “están bombardeando La Moneda”.

Camino a casa, debido a la ausencia total de transporte, iniciamos una larga caminata por las calles vacías hacia el centro, a lo largo de la avenida Vicuña Mackenna, que lucía desierta, apenas salpicada de carros y gente que corría de un lado a otro, varios de ellos echando insultos a los militares golpistas y vivando a Allende. Y no faltaban los nerviosos y desaprensivos perros callejeros de Santiago, correteando de un basurero a otro. De pronto, varios aviones aparecieron en el cielo volando en círculos y en picada, seguidos de un ruido estremecedor de explosiones localizadas a la altura del centro. No alcanzamos a divisar desde la calle los puntos de las explosiones, hasta que la gente empezó a gritar: “están bombardeando La Moneda”. Nunca olvidaré el rostro de una mujer de apariencia humilde que gritaba a viva voz esta nefasta noticia, llorando y corriendo desesperadamente a lo largo de la calle. 

No había imaginado esta escena de guerra en Chile ni en mis peores sueños. Con Ramiro no alcanzábamos a comprender ni dimensionar lo que ocurría ante nuestros ojos. Seguimos caminando en silencio hasta que, en cierto punto, nos detuvimos para despedirnos con un abrazo. A partir del cruce de Vicuña Mackenna con Alameda debíamos enrumbarnos hacia puntos distintos. Ramiro debía cruzar el Mapocho para llegar a su casa, en tanto que yo debía encaminarme hacia la Estación Central. La Alameda ya se hallaba bloqueada por vehículos militares y cada uno debía intentar reemprender su rumbo por calles aledañas para llegar a su respectivo barrio y hogar. Desde una bocacalle aledaña al fin pude divisar un perfil de La Moneda envuelta en humo y llamas.  No acababa de creer lo que estaba viendo. No he vuelto a ver a Ramiro desde ese entonces, pero supe luego que él llegó bien a su casa y que salió casi de inmediato al Perú. Yo no sé ni cómo llegué a mi casa, pero cuando lo logré, subí a mi habitación, me recosté en mi cama, prendí la radio, confirmé lo que estaba pasando y me quedé petrificado por un buen rato. A diferencia de Ramiro, yo no me aprestaría a dejar Chile. Yo vivía con mi hermano Ernesto y supuse que con seguridad él se hallaría seguro en la casa de su entonces polola María Victoria Gonzales Iturriaga. Pensé en mi gente querida, en mis amigos y conocidos, en mi vida desplegada en Santiago y Chile durante casi tres años de residencia en este país. Fue como revivir una película, pero que en gran parte estaba todavía por filmarse.

La vida, antes y después del golpe

Aunque todo estaba por verse aún, en la soledad de mi cuarto empecé a pensar con calma en lo que estaba ocurriendo. En un segundo mi mente empezó a retomar escenas de mi vida en Chile, al tiempo que seguía imaginando ilusamente que, en verdad, todo este relajo no pasaría de ser un cuartelazo, tal como lo había pensado anteriormente en el bus. 

Yo nací en Ibarra, Ecuador, ciudad andina localizada en la provincia de Imbabura, al norte del país. Pertenecí a una familia muy trabajadora y creativa, compuesta básicamente por agricultores y artesanos de diferentes ramas, así como por artistas y músicos de prestigio regional. Mi padre, Rafael Almeida Egas, operaba una pequeña hacienda, y mi madre, Inés Vinueza, una panadería montada al interior de nuestro hogar. Los dos realizaban su trabajo con sacrificio y tesón sin descuidar la devoción por sus hijos, quienes crecimos bajo su cuidado llenos de atención y cariño. Las diversas ramas familiares adyacentes a este tronco principal complementaban este magnífico entorno. Mi padre había nacido en el vecino pueblito de San Antonio, cuna de pintores y artesanos, donde brillaron sus hermanos Gilberto y Juan Almeida Egas, dos pintores de gran talento y creatividad. Su padre, José Peregrino, poseía una pequeña finca en un paraje cercano llamado Cobuendo, la cual, al morir, asumió mi padre. Mi madre había nacido en Ibarra, en el hogar de mi abuela Rosa Palacios Cevallos, una emprendedora mujer que montó de la nada una panadería en Ibarra, luego de haber migrado muy joven con sus hermanos desde un pueblito del norte andino llamado Mira. Allí formó familia con mi abuelo Manuel Antonio Vinueza, quien, por su parte, regentaba un próspero almacén de telas ubicado en el centro de la ciudad, en el mero parque Pedro Moncayo.  

De este modo, mis ocho hermanos y yo crecimos en medio de este estimulante ambiente familiar, saturado de aroma a pan y tomate, panela y leche, acuarela y óleo. Con el esfuerzo y apoyo de mis padres, Marco, el mayor culminó su carrera de arquitecto, así como también lo hizo mi hermano menor Patricio. Nancy incursionó con éxito en el mundo profesional como pintora y decoradora de interiores; Ernesto, siguiendo la ruta de mi padre, se recibió como ingeniero agrónomo en Chile. Galo, el más ingenioso de todos, se convirtió en farmacéutico autodidacta en una botica de propiedad de nuestro tío César Vinueza Palacios. Mi hermana Rosa, por su parte, se graduó y ejerció con esmero su profesión de secretaria. En cuanto a mis hermanos menores, su situación estudiantil cambió sustancialmente debido a la temprana muerte de mi madre. Mi hermana Inés al poco tiempo se casó y asumió un temprano rol de madre, lo que le permitió desarrollar además un apreciable talento por las artes culinarias. Finalmente, Janeth, la benjamina del grupo de hermanos, logró con gran esfuerzo terminar sus estudios colegiales y su formación como secretaria y administradora, luego de lo cual también conformó familia con Iván Fuentes, miembro de una emprendedora familia ibarreña que pronto habría de incursionar con éxito en la pequeña industria del caucho. 

Yo nací en Ibarra, Ecuador, ciudad andina localizada en la provincia de Imbabura, al norte del país. Pertenecí a una familia muy trabajadora y creativa, compuesta básicamente por agricultores y artesanos de diferentes ramas, así como por artistas y músicos de prestigio regional.

En mi caso personal, fui un estudiante dedicado al deporte en la primaria y secundaria en el Instituto Rosales y el colegio Sánchez y Cifuentes, respectivamente. Sin embargo, en forma casual, de pronto me convertí en danzante folclórico del conjunto Ñucanchi Llacta (Nuestra Tierra, en idioma quichua). El grupo había sido fundado por los esposos Consuelito Terán y Rubén Darío Suárez, dos esforzados profesores enrolados en sendos planteles de Ibarra y sus alrededores. Dentro de este medio, esta pareja había conformado con sus colegas y sus estudiantes un grupo de danza folclórica que tuvo mucho éxito tanto a escala nacional como internacional. El conjunto gozaba de una atmósfera de amistad y creatividad gracias a la participación de varias parejas de hermanos que formaban parte de esta esforzada tropa. Así, por ejemplo, la labor de Luis “Tocayo” Orquera y su hermana Alicia, fue decisiva y estimulante, así como también la de las hermanas Nancy y Martha Játiva Reascos; de las hermanas Yolanda y Alba Padilla; de los hermanos Germán y Rocío Arias; las hermanas Sarita y Carlota Bucheli; las hermanas Myriam y Lilian Jaramillo; y de yo mismo, con el apoyo de mi hermana “Chochi” y mi prima Carmen Almeida. A estos pequeños lazos elementales se sumaba el talento artístico y musical de formidables amigos tales como Francisco “Paco” Salvador Félix, Patricio Córdova Almeida, Andrés Torres, Carlos Chávez, Humberto “Mirosaki” Muñoz, Rodrigo Dávila, Irene Rivadeneira y Rubí Estévez. Con algunos de ellos incluso llegamos a formar un grupo musical rockero bajo el curioso nombre quichua de Alpaman Llukshiska (Salidos de la Tierra). Lo más importante, en todo caso, desde mi particular perspectiva, fue la oportunidad que me brindara este entorno para visitar y observar tradiciones en un mundo cercano que pronto se tornaría en mi principal preocupación existencial: los pueblos indígenas del Ecuador.  

Es así que, con este acervo, me sentí tentado y atraído por las costumbres y la rica cultura quichua y afro-ecuatoriana de nuestra provincia y de la región andina. Esta experiencia, en gran medida, me llevó a estudiar Psicología en la Universidad Central de Quito luego de graduarme en el colegio Sánchez y Cifuentes en el 69.

Esta experiencia universitaria, sin embargo, quedó trunca. Gobernaba en ese entonces José María Velasco Ibarra, quien, ante los infaltables problemas económicos y políticos del Ecuador de fines de los sesentas, de pronto se declaró dictador para intentar sobrellevarlos en manera omnímoda. Ante las protestas estudiantiles, Velasco, a quien le llamaban “El Loco”,  invadió y cerró la Universidad Central, no sin antes encarcelar y asesinar estudiantes, como ocurriera con el mítico Milton Reyes, presidente de la federación estudiantil FEUE. Así que, de pronto, me quedé sin piso ni geográfico ni existencial. Entonces decidí con un par de amigos salir a conocer otros países haciendo uso de la famosa táctica viajera de mochilero o autostop. Juntamos referencias de gente de diversos países para tener puntos de apoyo, uno de los cuales sería el domicilio de mi hermano Ernesto. En ese entonces, él se hallaba estudiando Agronomía en Santiago de Chile y era puerto seguro en este arriesgado viaje. Pero, a la larga, tuve que viajar en solitario puesto que ninguno de ellos pudo finalmente acompañarme en mi plan. Yo no podía detenerme; además, abrigaba la esperanza de empezar una carrera estudiantil en Chile, como lo había hecho mi hermano.

Así, a fines del 1970 tomé rumbo hacia el Perú, recorriendo una larga ruta que me llevó al aje andino compuesto por Cuzco, Machu Picchu, Puno, Tiahuanaco y el lago Titicaca. En la ciudad boliviana de Copacabana tomé un tren que conectaba Bolivia con Arica, ciudad localizada en la costa chilena y así arribé a Chile, a sus playas de brillante sol, pero de gélido océano. En la arena los bañistas se arropaban con vino y conversación encendida y locuaz. Pronto me percaté que, en realidad, esos modos de conversar no eran precisamente muy usuales: tanto en la playa como en las calles y todo sitio público los ariqueños abordaban con curiosidad al visitante, ansiosos de conocer su opinión y debatir acerca del flamante y recién instaurado gobierno de Allende. 

Es así que, en medio de aquel ingreso inesperado a la efervescencia política del continente, me embarqué luego en varios camiones para viajar por etapas a lo largo de la costa chilena, hasta llegar finalmente a Santiago, una enorme ciudad localizada entre la costa rocosa y la altiva cordillera, atravesada por el histórico río Mapocho. De inmediato quedé atrapado por su encanto y paisaje, y sobre todo, cautivo de su gente y de los extraordinarios sucesos de un proceso social y político que justo apenas ese año se había iniciada en Chile.

La experiencia en el Pedagógico fue vital. A lo largo de dos años pude acceder a novedosos avances en la carrera de psicología, donde pude además incursionar en una disciplina que hasta entonces yo desconocía: la antropología. En conjunto, fue un encuentro con nuevos saberes y extraordinarios estudiantes y profesores, tanto chilenos como extranjeros.

Chile atravesaba una situación de resonancia internacional. Los expertos la llamaban la “vía chilena hacia el socialismo” y muchos observadores habían acudido al país para informarse e incluso para quedarse a participar o simplemente vivirla. Muchos pensaron que yo, al llegar justo en este tiempo, sería uno de ellos, a quienes les decía la pequeñita mentira de que, efectivamente, había llegado a Chile atraído por tal novedad. Ya en Santiago, alojado donde mi hermano Ernesto, el círculo de sus amigos fue sumamente acogedor y motivante. Ernesto compartía amistad con personas tan cálidas y hospitalarias, como lo eran los hermanos Mario, Juan y José “Timo” Retamal Pinochet, el energético y locuaz Hernán Varela Silva y el inmenso y cariñoso venezolano Franklin “Coño” Rojas Planchart. En su mayoría eran de izquierda y ellos me abastecieron de información y entusiasmo por la vida, lo que me ayudó a decidir quedarme a estudiar en el país. De este modo, luego de aplicar y lograr el ingreso a la Escuela de Psicología de la Universidad de Chile, empecé mi aventura estudiantil y cuasi arraigo en Chile, con el Pedagógico como cerebro y pulmón y mi barrio santiagueño como corazón.

La experiencia en el Pedagógico fue vital. A lo largo de dos años pude acceder a novedosos avances en la carrera de psicología, donde pude además incursionar en una disciplina que hasta entonces yo desconocía: la antropología. En conjunto, fue un encuentro con nuevos saberes y extraordinarios estudiantes y profesores, tanto chilenos como extranjeros. Con ellos pude enterarme y compartir conocimiento sobre nuestros respectivos países desde la óptica de la psicología y la antropología. Apoyado en esta última, pude formular preguntas que antes no las había ni siquiera sospechado: la identidad y diversidad cultural de nuestros pueblos indígenas, su origen y trayectoria histórica y, sobre todo, su aún vigente acervo de valores comunitarios tanto a nivel local como regional y continental. Con este estímulo e información pude sumar cerebro y corazón a la comprensión de lo que estaba ocurriendo a nivel continental más allá de mis narices y, sobre todo, lo que dentro de este panorama la llamada izquierda socialista estaba implementando en forma inédita dentro de la sociedad chilena.

Esto era precisamente lo que mi memoria evocaba en mi cuartito durante estas primeras horas después del golpe. Venían a mi mente un montón de eventos estudiantiles y mundanos vividos en tantos espacios y sitios entrañables, siempre acompañado de estupendos amigos y conocidos. Sus rostros y risas conformaban un tejido fundamental dentro de una variedad de cambios y prácticas sociales, tales como la reforma agraria, la nacionalización del cobre y, sobre todo, la renovación de su inmenso marco cultural y político, volcado hacia la creación de música y poesía que reflejara el compromiso del artista con una sociedad más justa, equitativa y solidaria. 

Cuando ingresé al Pedagógico fui incorporado de inmediato a un grupo de novatos extranjeros compuesto por Annick Lecorps (francesa), Clara Evangelista (brasileña), Ramiro Gómez (peruano) y Carlos Valverde (costarricense). Estábamos bajo el cuidado de una pandilla de voluntarios chilenos que se ofreció gustosa a nivelarnos y suplir el retraso que habíamos sufrido por inesperados contratiempos del proceso selectivo. Entre estos voluntarios brotaron como estrellas rutilantes los rostros de mis más cercanos e inolvidables compañeras y compañeros. En nuestras juntas alternaban talentosos estudiantes de diversos niveles y, sobre todo los deslumbrantes novatos Nina Jurlow, Patty Collyer, Irene Oberti, Victoria “Tola” Rosati Maldifassi, Alicia Sepúlveda, Ana María Puga, Pilar Walker, Jorge Cucurella, Arturo Adriazola, Carlos Aguilera, Tito Martin y Víctor Miguel Oliva. Este grupo compartía aire, pasto, árboles, paredes, puertas, techos y ventanas del Pedagógico tanto con condiscípulos como con formidables estudiantes de cursos superiores. Entre las mujeres destacaban Margarita Díaz, Gabriela Osses, Ximena Bartolín, Ximena Birrer, Miren Torrontegui, Rosister Donoso, Javiera González, Paty Aracena, María Elvira Schmauk, Yolanda Rengifo, Theresa von Fürstenberg, Nancy Aguilera, Luz Aldunate, Josefina Herreros, Teresa Huneeus y Gabriela Hirsch; y, entre los varones, Alex Rosenfeld, Álvaro Troncoso, Claudio Tardito, Edgardo Riveros, Germán San Martín, Claudio Ibáñez, Roberto Farías, Sergio Balbontín, Lucio Rehbein-Felmer, Porfirio Díaz, Carlos Calderón, Hugo Espinoza, Claudio Méndez, Arturo Prado y Haroldo Basoalto. Entre los profesores y ayudantes de Psicología contábamos con el valioso aporte de Luis Soto Becerra, Guy Santibáñez, Luis Strozzi, Carlos Descuvieres, Jorge Fernández, Patricio Biedma, Raúl Iriarte, Guillermo Pozo y Gabriel Reyes.

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En el Pedagógico. De pie: Irene Oberti, Victoria “Tola” Rosati, Patricia Aracena, Carlos Valverde, Patty Collyer, Margarita Díaz. En cuclillas: Carlos Calderón y Ana María Puga
En el Pedagógico. De pie: Irene Oberti, Victoria “Tola” Rosati, Patricia Aracena, Carlos Valverde, Patty Collyer, Margarita Díaz. En cuclillas: Carlos Calderón y Ana María Puga

Es así entonces que, regresando a mi circunstancia, en el recogimiento de mi cuarto, pensé sobre todo en aquellos amigos y amigas del Pedagógico que tenían confirmada militancia y que con seguridad estarían en riesgo. Habíamos vivido juntos tantas aventuras y estas empezaron a desfilar una a una en mi memoria. Pensé especialmente en Nina, quien además de su brillante inteligencia, heredada de padre ruso y madre alemana, mantenía junto con Viera Jurlow, su hermosa hermana, una posición tenaz en defensa de ese horizonte que en ese entonces de abría en el Chile de Allende. A la final, lo supe luego, Nina terminó exiliándose en Cuba, donde falleció en noviembre del 2009. 

Para empezar, recordé un evento en el cual, con Nina y varios de los amigos arriba nombrados (Patty Collyer, Irene Oberti, Ximena Bartolín, Margarita Díaz, Ramiro Gómez, Carlos Calderón y Ana María Puga), formamos una comparsa universitaria de mechones (novatos) que se puso como reto visitar a Allende en la casa presidencial de Tomás Moro para así sumar puntaje y ganar una competencia de Gymkhana. No la ganamos, pero a cambio logramos que el "Chicho" Allende, aceptara recibirnos y apretar nuestras manos risueño en el jardín de esta mansión presidencial. Incluso bailamos una cueca ante sus ojos y ante la sorprendida mirada de sus serios guardaespaldas y acompañantes. Fue una ocurrencia definitivamente única, insólita, inolvidable, terriblemente premonitoria: habíamos estrechado la mano de un hombre que en ese mismo instante estaba ofreciendo su vida en defensa de un proyecto heroico.

Meses después, con varios de estos amigos formamos grupos de voluntarios para apoyar y solidarizar con eventos organizados en barriadas populares. En un caso especial, viajamos en tren al pueblito de Lliu-Lliu para ayudar a los damnificados por el terremoto de Julio del 71. Los voluntariados estudiantiles, una verdadera institución en el Chile de ese entonces, abundaban y esto nos permitía adentrarnos aún más en la experiencia que atravesaba el país en su camino hacia el socialismo y la solidaridad concreta de los estudiantes con las poblaciones populares. Tampoco faltaron ocasiones para experimentar con eventos de otra naturaleza y visitar juntos pueblitos de la costa y de la cordillera, para disfrutar de estos lugares siempre en medio de juegos, música, jolgorio, empanada y vino. No escaseaban tampoco otras aventuras intelectuales y artísticas. Varios de los amigos, capitaneados por la incansable Patty Collyer, habían juntado sus poemas, dibujos y reflexiones en una revista supremamente artesanal llamada "Ojitos de Miel", que pocos llegaron a conocer, pero que para sus creadores hasta ahora constituye un relicario y huella de su indomable juventud. Un día decidimos con Jorge y su hermano Fernando “Feña” Cucurella ir a Coyhaique a visitar a su padre y aventurarnos en una horrorosa travesía en barco entre las locas islas de Chiloé. Valió la pena pues, pasado el susto, pude conocer la Patagonia chilena, sus vientos huracanados, sus bosques de árboles fosilizados y, sobre todo, a la nueva camada de la familia Cucurella. Esta había sido formada por su padre Fernando luego de que éste enviudara, quien decidió en forma inesperada mudarse a un mágico pueblito del sur patagónico que como gracia y novedad a diario recibía en sus tabernas a gauchos argentinos de toda laya y garbo. Jorge se agarró una noche en gresca con uno de ellos y tuvimos que salir arrancando desde el cinematográfico tumulto de la cantina hacia la fuerza devoradora del viento feroz que nos esperaba fuera.

El asunto es que a partir de este grupo del Pedagógico yo disfrutaba de formidables expansiones espaciales y vivenciales hacia donde vivían las familias y amigos de varios de estos compañeros. La más notable, la “sucursal Cisterna”, el barrio donde vivían los tres hermanos Cucurella (Jorge, Feña y Claudio). Jorge era el más joven y el único que todavía habitaba la casa de su maravillosa abuela Clotilde, en vecindad con las familias Arcos, Torres y Jara. Los otros dos hermanos ya habían formado sus respetivos núcleos familiares; Feña con su encantadora consorte Ana María Gómez; y Claudio con su hermosa Gilda “Chispy” Torres. Entre este tejido barrial, los amigos del Pedagógico disfrutábamos del cariño y hospitalidad de esta formidable gente, sin que faltara ocasión para la farra, el banquete y la guitarreada, animada por la exquisita narrativa y memoria de Renato Arcos y Edison “Yeyi” Ortega, y el canto fecundo de Carlos "Pendulo"(sic) Espinoza. Ellos eran los puntales de las farras, inagotables en entonar canciones de Atahualpa Yupanqui, Alfredo Zitarrosa y todo lo que sonara a Nueva Canción, Nueva Trova o cualquier otra cantata de esos monstruos españoles o latinoamericanos que dominaban el espectro musical de ese entonces. En el matrimonio de Claudio y Chispy, el encanto de esta vecindad, por ejemplo, afloró por tres días consecutivos como un torrente de luz, música y alegría para propios y extraños, como lo fuera para varios amigos del pedagógico; tal como lo viviera, entre otros, la maravillada Irene Oberti, quien era tan asidua como yo en estas fabulosas fiestas y reuniones. 

En todo esto pensaba, justamente, ya en la soledad de mi cuarto, una vez ocurrido el golpe. Pensaba también en mi barrio. De lo mucho que me había costado volverme en uno de sus asiduos habitantes.

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En el barrio Vitacura, Santiago, 1972 Primera línea: Patricia Cortéz,  Humberto Martin, Antonio Cadima, Patricia Condemarín, Carlos Aguilera, Javiera González, Jorge Cucurella y Carlos Espinoza. Atrás: Edgardo Riveros, Germán San Martín, Patty Collyer
En el barrio Vitacura, Santiago, 1972 Primera línea: Patricia Cortéz, Humberto Martin, Antonio Cadima, Patricia Condemarín, Carlos Aguilera, Javiera González, Jorge Cucurella y Carlos Espinoza. Atrás: Edgardo Riveros, Germán San Martín, Patty Collyer

Al llegar a Santiago, yo me instalé en el cuartito que mi hermano Ernesto había arrendado en la avenida Cummings. Un año después de mi llegada falleció triste e inesperadamente en Quito mi madre Inés luego de una infortunada operación quirúrgica. Los dos viajamos de urgencia al sepelio, pero no logramos llegar a tiempo; ya la habían enterrado. Todo este viaje, sin embargo, fue una experiencia un tanto contradictoria y agridulce. La alegría del reencuentro estaba ensombrecida por la tristeza del fallecimiento de mi madre. Desde luego, todo esto tuvo un enorme impacto emocional, sobre todo para mis hermanos menores, quienes de pronto se quedaron sin el importante sostén emocional e incluso práctico de una persona que se había convertido en el eje de la familia. Luego de este reencuentro tan inesperado como doloroso, mi regreso a Chile tuvo un peso y connotación diferente a la de mi primer viaje. Regresaba impactado por una pérdida irremediable, a lo que se sumaba en mi caso personal otra triste y abrupta ruptura con un antiguo amor gestado dentro del Nucanchi Llacta, con la dulce y adorable Sarita Bucheli. Estos dos dolorosos quiebres, de todos modos, reafirmaron mi decisión de entregarme con mayor tesón y compromiso a las tareas que se me habían abierto desde mi primer arribo a Chile.

Un poco antes de nuestro inesperado viaje a Ecuador, los dos nos habíamos mudado a otra habitación ubicada en una casona de la calle Sazié, en una sección que desembocaba en la avenida República. Esta casona pertenecía a una dama española ya veterana, cuyo nombre lamentablemente no recuerdo. Ella la habitaba asistida por dos jovencitas mapuches que cuidaban afanosamente tanto la casa como a su dueña.

Esta dama acostumbraba arrendar cuartos a estudiantes, de aquellos que pululaban por cientos en los planteles educativos existentes de los alrededores, sobre todo a lo largo de la avenida República. De modo que me sentía afortunado al residir allí y con tan buena compañía. Aunque antigua, la casona de dos pisos lucia impecable. Al ingresar por su enorme puerta de entrada, uno se topaba con un hall que se alzaba majestuoso hacia arriba hasta llegar al cielo raso de su inmenso techo. Las habitaciones se disponían alrededor de este espacio abierto. De modo que su interior se mostraba amplio y pulcro, muy ventilado y sonoro, como un minúsculo escenario teatral. Nuestra habitación quedaba en el segundo piso con mirada a la calle Sazié. Estimulados por tal amplitud y luminosidad de la casona, habíamos adornado nuestro cuarto con afiches y retratos de nuestros motivos favoritos, no sin antes habernos dotado de un radio-tocadiscos para escuchar música a gusto en un espacio tan sonoro. En nuestra pequeña discoteca destacaba una colección de música tanto clásica como de la nueva canción latinoamericana y chilena; como la del Inti Illimani y Quilapayún, de los Parra, Víctor Jara y tantos otros más.

En cuanto a nuestra alimentación, la recibíamos en casa de otra familia, ubicada en la cercana calle García Reyes. Allí habitaba la familia Retamal Pinochet, encabezada por la madre, doña Rosa Pinochet, y el padre, don Lucho Retamal, un hombre muy cordial y culto, quien, además de guardar un parecido físico asombroso con Allende, agenciaba un taller de mueblería en su vivienda, con la sempiterna compañía de su ayudante al que lo llamaban “Chuma”. Para ayudarse económicamente, doña Rosa ofrecía a diario desayuno, almuerzo, once y cena a varios empleados y estudiantes afuerinos quienes, así como mi hermano y yo, residían dispersos en varias casas o cuartitos pertenecientes a antiguas familias de este barrio encantador. Allí cultivamos una preciosa amistad con los cabros Retamal, Juan, Mario y José, el entrañable “Timo”, quienes por su edad eran para nosotros casi como primos o hermanos imaginarios. Sus hermanas Ita y Tatiana eran el soporte de las labores de su madre y la alegría complementaria de este admirable hogar. Frente a esta casa vivían las luminosas hermanitas María Victoria “Toya” y Jimena González Iturriaga, quienes habitaban cuartos en una casa de huéspedes regentada por una linda y cálida anfitriona, Antonia “Toña” Vargas. Allí también alojaban otras estudiantes afuereñas más, tales como la jovial Nelly “Nené” Stecher y una compañera mía del Pedagógico, la siempre alegre Ximena Bartolín. El barrio disponía además de restaurantes y botillerías en los cuales la gente complementaba su dieta a placer. Una de estas botillerías pertenecía a un caballero español de apellido García, padre de tres talentosas niñas (Patricia, Dolores y Soledad) quienes luego conformarían el famoso grupo pop Frecuencia Mod. De ellas pudimos disfrutar de su canto y encanto en un par de fiestas  familiares, de esas que periódicamente los vecinos organizaban en el barrio. 

Para empezar, recordé un evento en el cual formamos una comparsa universitaria de mechones (novatos) que se puso como reto visitar a Allende en la casa presidencial de Tomás Moro para así sumar puntaje y ganar una competencia de Gymkhana. No la ganamos, pero a cambio logramos que el "Chicho" Allende, aceptara recibirnos y apretar nuestras manos risueño en el jardín de esta mansión presidencial.

El caso es que –y por eso abundo en estos detalles— en los días posteriores al golpe, en pleno “toque de queda”, por las noches se sentía sobrevolar helicópteros en nuestro barrio de la República, a menudo acompañados de disparos, ruidos y voces de gente corriendo por techos, calles y azoteas. Durante el día se escuchaban cercanos fogonazos, ruidos y gritos provocados por allanamientos militares en los alrededores. Supuestamente, los “milicos” se hallaban enfrentando focos de resistencia en los edificios aledaños pertenecientes a la Universidad de Chile, particularmente en la Escuela de Economía, que ocupaba un histórico edificio en Avenida República 517. Nunca olvidaré esos sonidos y gritos. Hasta ahora me estremece recordar el motor cercano e irritante de los helicópteros y sus disparos a tierra alumbrados por reflectores. Me costaba aceptar que esos horribles ruidos se superpusieran abruptamente en el espacio amable y musical de esa ciudad que tanto apreciaba. 

Un día yo me encontraba solo en mi cuarto leyendo y escuchando música para aliviar la preocupación por lo que ocurría en el país –me encantaba escuchar entre otras cosas la ópera Carmina Burana de Carl Orff o las sinfonías de Mozart o Beethoven. Ernesto se encontraba de visita en la pensión donde vivía Toya. De pronto alcancé a distinguir en la calle el inconfundible barullo de vehículos y voces de militares. Eché una mirada por la ventana y quedé atónito al ver en la esquina de mi casa una hilera de “milicos” agazapados, apuntando a los techos y desde luego enfocando varios de sus fusiles hacia mi sonora y amplia ventana, que se encontraba abierta de par en par. Me quité de inmediato de la vista de la ventana, apagué el tocadiscos y me puse a pensar o imaginar lo que podría estar ocurriendo afuera. Obviamente, se trataba de un allanamiento. Pero se me hacía difícil adivinar en dónde ni contra quién sería tal incursión. En lo personal, me dije, nosotros no tendríamos de qué preocuparnos al respecto.

Sin embargo, al poco rato siento que los milicos están golpeando la puerta de la casona. De inmediato escucho las voces de la dueña al abrirla, quien con su fuerte acento español les increpa por tal irrupción. Absorto percibo que los militares suben apresuradamente por las gradas de acceso a mi piso. Estupefacto escucho que golpean insistentemente nuestra puerta; la abro y de inmediato aparecen tres soldados apuntándome con el cañón de sus fusiles. Entran, me empujan hacia una pared, ordenándome que alzara mis brazos y abriera mis piernas a horcajadas. Me rebuscan el cuerpo y me piden mantenerme en esa posición mientras revisan nuestras pertenencias. En el intertanto, la dueña grita que me dejen tranquilo, que no me maltrataran, que era un buen chico y excelente persona; que no entendía la razón por la cual nos estaban allanando.

Yo tampoco lo entendía. Pero me mantuve en calma, obedeciendo todo lo que me indicaba quien al parecer era el milico de mayor rango, probablemente un teniente del Ejército. Este me interrogaba sobre detalles de los afiches que exhibíamos en las paredes o sobre los libros que yacían en un pequeño anaquel. En su mayoría los afiches eran artísticos o relacionados con eventos culturales, que los coleccionábamos ya sea por su calidad estética o debido a su apreciada temática. Había uno muy artístico del Che Guevara, con el clásico rostro de este ícono revolucionario mirando cual Cristo Redentor hacia el horizonte insondable. También tenía uno hermosamente rústico de Ángela Davis, la famosa activista afroamericana, quien lucía bella, aún con su rostro en blanco, con su silueta estilizada, con su clásica cabellera afro y sus manos encadenadas. El afiche había sido difundido en 1971 por la FECH de la Universidad de Chile reclamando al gobierno de EE UU por su libertad. Ante estas evidencias y el interés del teniente por estos afiches, la dueña aminoró su voz y empezó a comentarle que mi hermano y yo éramos unos simples estudiantes, muy serios y responsables, y que, en mi caso, se trataba de una persona que amaba el arte, la música y la danza, cosas que en algún momento yo le había platicado a ella en alguna conversación al paso.

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En Coyhaique, Chile, 1973 Cecilia Donoso, Francesc Cucurella, José Almeida, Juan Carlos y Jorge Cucurella
En Coyhaique, Chile, 1973 Cecilia Donoso, Francesc Cucurella, José Almeida, Juan Carlos y Jorge Cucurella

De pronto, el teniente descubre en una de las paredes un afiche peculiar. Este mostraba un paisaje de Yahuarcocha, una laguna de la provincia de Imbabura, localizada a las afueras de Ibarra, mi ciudad natal. Escrito en lengua quichua, su traducción al castellano es “lago o laguna de sangre”. Los historiadores refieren que allí fueron sacrificados en tiempo prehispánico cientos de guerreros caranquis, una etnia quiteña opuesta a la invasión de los Incas. Pero lo característico de esta histórica laguna es que en sus orillas fue construida una autopista pavimentada que recibe esporádicas competencias automovilísticas internacionales. Por lo tanto, este poster tan solo mostraba un detalle de aquellos eventos deportivos. Para mi sorpresa, el teniente me devuelve una mirada sin tensión y me dice que conocía esa historia y algunas historias más de mi país, pues él había estado allí el año anterior y que le había gustado mucho esa región y también el Ecuador. 

Yo aprovecho su cometario para proporcionarle más detalles y así remover sus recuerdos e impresiones sobre su experiencia en mi país. Entonces me pregunta sobre los motivos por los cuales me encontraba en Chile. Yo le contesto con las tres trilladas razones con las cuales divertía a mis amigos cada vez que me hacían tal pregunta. El teniente luego me interroga por mi hermano. Le cuento que se encuentra en casa de su polola Toya. Me conmina a llamarlo por teléfono. Así lo hago desde el aparato que disponíamos en el pasillo, con la punta de un fusil en mi espalda. Me contesta Toya. Le pido que ponga a Ernesto al teléfono y ella a su vez me pregunta mis motivos al notar cierta gravedad en mi voz. Le digo que es debido a que los “señores militares” (sic) se encuentran en mi casa y que están preguntando por él. A la pobre Toya casi le da un patatús. Toma el teléfono mi hermano, habla con el teniente; este simplemente quiere confirmar mi versión. Cruzan entre los dos unas cuantas palabras y luego el teniente cuelga. En ese momento, la dueña, al sentir cierto alivio en el tono del teniente, decide una vez más interceder en mi favor. El teniente se dirige hacia ella y le dice que, en realidad, su patrulla estaba allí en respuesta a una denuncia de algún vecino en contra suya. Esta persona había asegurado que la “española” había dado refugio en su casa a subversivos extranjeros. La sorprendida e incrédula dueña casi se cae de espalda.

De pronto, la situación se volvió clara. Se trataba de una denuncia falsa, de alguien que habría buscado vengarse de esta dama por quién sabe qué frustración o sentimiento. La verdad es que ella gozaba, con o sin razón, de la fama de ser muy brava y peleadora. Al teniente no le cabía duda de que la presencia de “subversivos” en su casa había sido una estúpida patraña inventada por cualquiera de sus enemigos. Había bastado con hacer la “visita” y mirar tanto su rostro adusto como mi cara inocentona para descartar tal broma. Al parecer, los milicos enfrentaban a diario estos desaguisados por falsas o injustificadas denuncias. Mucha gente envidiosa o vengativa simplemente estaba aprovechándose del golpe para librarse o castigar a sus enemigos o adversarios caseros, barriales, sentimentales, religiosos o comerciales, acusándolos de subversivos ante los militares, muchas veces con resultados fatales. De este modo, el teniente a continuación revisó nuestros papeles, constató que mi visa estaba vencida, retuvo algunos papeles y precisó que Ernesto y yo debíamos acercarnos luego para recuperarlos a una Academia de Guerra que quedaba muy cercana. Allí los militares revisarían tanto nuestros antecedentes como mi opción personal para renovar el visado. Así, su pesquisa terminó. Los militares abandonaron la casona y yo de pronto me quedé en medio de la claridad silenciosa de nuestro cuarto como si hubiera renacido. Las tres mujeres de la casa entraron a continuación para, luego del susto, reír conmigo y abrazarme con efusividad. 

Desde luego, días después Ernesto y yo acudimos a la indicada academia, donde nos comunicaron que no habían encontrado en sus archivos ningún antecedente nuestro del cual preocuparse, pero que debíamos permanecer atentos por si se suscitara cualquier otro requerimiento de su parte. Yo debía renovar mi visado en un sitio especial, cuyo nombre y localización no logro recordar con precisión. Por cierto, nunca fui a ese lugar. Se había regado entre los extranjeros una voz de alerta para quienes tuvieran que arreglar sus papeles en cualquier dependencia de Estado. Difícilmente saldrían vivos o intactos de tales mazmorras o laberintos de cemento y papel. La única vez que lo intenté, me encontré milagrosamente en mi camino a tal sitio con un uruguayo a quien en el Pedagógico le decíamos El Principito por ser rubiecito y buen mozo, como el personaje de en ese entonces muy leída novela de Saint-Exúpery. Al contarle mi propósito, él me dijo que si acaso yo no estaría loco por siquiera haberlo pensado. Lógicamente, como respuesta me devolví a mi casita en un santiamén, pensando si talvez el Principito no habría sido más bien la encarnación de un ángel guardián que, al parecer, no me tenía desamparado. Muchos extranjeros “irregulares” e incluso otros aún “en regla” habían optado por refugiarse de inmediato en sus embajadas o en albergues abiertos por iglesias de distinta denominación. Varios de mis amigos ecuatorianos habían optado por ese camino. Un grupo de indígenas otavaleños que había arribado a la Universidad Técnica de Santiago con becas de estudio concedidas por Allende, en su mayoría habían decidido por su seguridad salir de inmediato de Chile a través de la embajada y la cruz roja internacional. Por lo demás, la situación del país lucía horrible. La persecución y matanza contra izquierdistas galopaba en forma letal e implacable. Vi cuerpos en las calles de mi barrio o flotando en el Mapocho. Eso fue para mí un espectáculo inenarrable. Recordé con nitidez el concepto de “lago de sangre”, pero esta vez asociándolo con los muertos flotando en el rio Mapocho. No alcanzaba a comprender las razones por las cuales nos matábamos entre humanos, en todos los tiempos y lugares imaginables. No alcanzaba a entender los argumentos dados por el régimen militar para desplegar tanto odio y violencia entre compatriotas, ni tampoco el ensañamiento brutal contra extranjeros y dirigido hacia todo lo que oliera a “pueblo”, “socialismo”, “comunismo”, “reforma social” o “nacionalización” de empresas nacionales o foráneas. Nunca pude conciliar tales imágenes con la sustancia de un país real que, por el contrario, pese al boicot interno y externo que sufría, en mi entender, marchaba de modo distinto y creativo hacia un sistema social de mayor justicia redistributiva y progreso general. 

Luego del incidente del allanamiento, Ernesto y yo nos mudamos a otra vivienda. Pasamos a habitar una casita alineada en el interior de un largo pasaje que seccionaba en dos una manzana entera, un típico “cité” santiaguino, una suerte de conventillo intestino en miniatura. Esta casita formaba parte de una fila doble de viviendas idénticas alineadas frente con frente dentro del mencionado pasaje. Desde la calle, cualquiera de las dos puertas de entrada parecía ser el acceso a una sola vivienda; pero, en realidad, eran el punto de ingreso a un increíble mundo interior de familias viviendo en una suerte de clímax de vecindad, de un extremo del pasaje al otro. De modo que allí todo el mundo se conocía y vivía en respetable convivialidad. Si abrías una ventana era para ver de inmediato a tu vecino despabilándose en la ventana de al frente, saludándote afablemente. Era un ambiente alegre, precioso y muy amable, con muchos jóvenes y niños jugando o correteando por el pasillo común. Ernesto la había arrendado de manos de los esposos Carlos e Inés Terán, un matrimonio compuesto por un ibarreño y una encantadora dama iquiqueña. Con suerte, pues estas viviendas tenían una enorme demanda. Supimos, por ejemplo, que en este pasaje había vivido años atrás Antonio Prieto, el famoso cantante Antonio Prieto, ni más ni menos. Don Julio, uno de los vecinos decía que, con seguridad, allí  se habrían fraguado sus famosas composiciones tempranas; y quién sabe si en este vecindario se habría originado en sustancia y forma su preciosa canción titulada “La Novia”.

De pronto, el teniente descubre en una de las paredes un afiche que mostraba un paisaje de Yahuarcocha, una laguna localizada a las afueras de Ibarra. Escrito en lengua quichua, su traducción es “lago de sangre”. Los historiadores refieren que allí fueron sacrificados en tiempo prehispánico cientos de guerreros caranquis. Pero lo característico es que en sus orillas está una autopista que recibe esporádicas competencias automovilísticas internacionales. Para mi sorpresa, el teniente me devuelve una mirada sin tensión y me dice que conocía esa historia y algunas historias más de mi país. 

Ya ubicados en este nuevo barrio, debíamos enfrentar lo que nos deparaba Chile en adelante. Por mi parte, debía empezar de inmediato con la solución a mi escabroso asunto de la visa. Para mi suerte, se me abrió un camino favorable inesperado. Si alguien conoce lo que ocurrió luego del golpe en el Pedagógico, tendrá presente que éste se cerró. Fue clausurado, justo por temor a la revuelta de sus estudiantes en contra del régimen militar, aunque milagrosamente ésta no devino en resultado sangriento. No obstante, mucho tiempo después supe que la dictadura había asesinado a Patricio Biedma, nuestro profesor argentino de Sociología. Y seguramente este lector informado también sabrá que, en forma insólita e inexplicable, la única unidad del Pedagógico que quedó abierta luego del golpe fue la del  Departamento de Antropología, justo donde yo también tomaba clases de varias materias pertenecientes a esta carrera. Naturalmente, corrían rumores contradictorios sobre los motivos de fondo para que este departamento se mantuviera abierto. Su edificio no formaba parte del corpus físico del Pedagógico y parecía ser especial y diferente; de hecho, esta unidad había sido inaugurada tan solo un año atrás y ocupaba una casona separada de las principales edificaciones de este campus universitario. De todos modos, esta situación extraordinaria devino para mí en un beneficio doble. Por un lado, me proporcionaba el motivo perfecto para solicitar la renovación de mi visa, y por otro, fue una ocasión maravillosa para conocer y enamorarme de Cristina Farga Hernández, una de las más bellas e inteligentes estudiantes de antropología, quien fuera luego mi esposa y madre de nuestros dos hijos Cristóbal y Andrés. Cristina es actualmente esposa del renombrado periodista y ex senador Alejandro Guillier Álvarez, ex candidato a la presidencia de Chile, con quien procrearon en su segundo matrimonio a su talentoso junior Alejandro Guillier Farga.

El exilio  

Conocí a Cristina un día en que ella visitara con un grupo de estudiantes el aula en la que yo recibía clases de Antropología. Se puso al frente de la clase junto con otros dirigentes del Pedagógico para anunciar alguna cosa que sinceramente ahora no recuerdo. Debo confesar, eso sí, que su presencia me fascinó y quedé enamorado de inmediato. Busqué la forma de acercarme a ella con cualquier chamullo y conseguí su amistad y, con ello, el acceso a un grupo estudiantil un tanto diferente al que representaban mis locos amigos de Psicología. Quedé sorprendido al encontrar afinidades entre sus temáticas y mis tempranos intereses por la cultura y folclore de mi provincia y país. Este grupo y sus profesores abarcaban temas que yo desconocía pero que de todos modos los había intuido durante mis andanzas artísticas en mi país: la fantástica diversidad cultural de los indígenas, su magnífica historia anterior a la llegada de los españoles, sus formidables modos de vida social y economía, la complejidad de sus tradiciones, su música, sus bailes, sus creencias y religiones. En realidad, yo ya me había aproximado hacia estas ideas en la escuela de Psicología, particularmente en un memorable curso de Antropología General impartido por el profesor Luis Strozzi, quien puso a mi alcance todo este asombroso marco. Pero ahora se presentaba ante mis ojos toda una carrera al respecto. De modo que me las ingenié para tomar clases en las dos carreras, inclinándome cada vez más hacia la Antropología. En este departamento se impartían unas estupendas clases de Antropología Social, Etnohistoria, Lingüística y Arqueología con apoyo de profesores pioneros de la talla de Carlos Munizaga, Ximena Bunster, Patricio León, Mario Orellana, Carlos Urrejola, Victoria Castro y Bernardo Berdichewvski. En sus aulas pude encontrar y disfrutar de la compañía y amistad de estudiantes tan talentosos como la propia Cristina Farga, Mercedes Prieto, Milka Castro Lucic, Juan Carlos Skewes, Jorge Salvo, Fernando Plaza, Luis Rodríguez, Sergio Martinic, Patricio Poblete, Jorge Salvo y Roberto Ampuero.

El golpe, de pronto, me permitió frecuentar y acrecentar mi vínculo con Cristina, el cual se tornó en un maravilloso pololeo. Así empezó nuestra relación, la que de inmediato nos pondría a prueba a los dos como pareja de una manera un tanto inesperada como extraordinaria.       

Dentro de este nuevo panorama, yo solicité una entrevista a Mario Orellana, director de Antropología, para pedirle que me ayudara en el papeleo para renovar mi visa. Fui con Cristina. Al vernos juntos, el profesor se mostró un tanto sorprendido, desconfiado y ambiguo, pero a la final aceptó interceder por mi caso. Al salir de su oficina, sin embargo, los dos nos encontramos frente con frente con nuestra buena compañera y amiga Mercedes Prieto, actual profesora de la sede quiteña de la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). Mercedes, al conocer los motivos de nuestra visita, nos alertó sobre lo que ocurría adentro del departamento. Allí se habían producido varias delaciones e iniciado una suerte de “purga ideológica” en contra de estudiantes y profesores de izquierda y no sería nada raro que en cualquier momento esta fuera dirigida en contra de cualquiera de los dos. Nos pidió que tuviéramos cuidado en nuestros siguientes pasos.

El punto es que Cristina, efectivamente, mantenía vínculos de amistad con dirigentes estudiantiles de izquierda, aunque ella no fuera en realidad militante de ningún partido. Cristina había iniciado sus estudios de Antropología en la Universidad de Concepción y traía consigo una rica visión sobre las culturas indígenas de Chile y América Latina. Sin embargo, había decidido mudarse a la escuela santiaguina, luego que le impactara en Concepción la trágica muerte de su pololo. Afortunadamente, ella logró encontrar alivio en la escuela de Santiago y, además, el poderoso aliciente de un grupo estudiantil que ampliamente compartía sus intereses por la historia y cultura chilena. 

Por mi parte, asimismo, por casualidad del destino, había conocido en Antropología a Roberto Ampuero, un talentoso estudiante de izquierda, quien ahora es un famoso escritor y que recientemente fuera canciller durante el régimen del presidente Sebastián Piñera. Roberto aparecía abiertamente en el pedagógico como militante de la famosa JJ CC chilena (Juventudes Comunistas). Un día me enteré en medio de una conversación grupal al azar que él era originario de Valparaíso. Yo expresé mi gran admiración por esta ciudad. Roberto me llamó aparte y me invitó a visitar su casa paterna ubicada en el puerto. Esta visita al puerto fue muy rica e inolvidable bajo su plática y guía. Desde ese entonces empezamos una corta y cálida amistad, con suficiente diversidad y amplitud, lo que no evitaría que algunos estudiantes y profesores de Antropología me hubieran asignado posteriormente la imagen gratuita de ser también un militante comunista. Orellana con seguridad contaba con tal “información”. Pero para el momento de la entrevista, Roberto ya había partido al exterior varias semanas atrás hacia el exilio en Alemania Democrática. Por eso Mercedes Prieto nos había recomendado ir con cuidado en esta escuela. Si bien era cierto que la escuela seguía abierta después del golpe debido a su ubicación espacial, no era desconocido que esto se debía también a la decisión del régimen militar de reforzar y cultivar sus labores a fin de demostrar su apoyo a la educación universitaria; esto es, en tanto ésta se mantuviera “despolitizada”. En este sentido, Antropología si bien no se había cerrado como sus escuelas vecinas, se encontraba activa de modo especial, es decir, aletargada, precisamente debido a la aplicación de la nueva política universitaria.

Por casualidad del destino había conocido en Antropología a Roberto Ampuero, un talentoso estudiante de izquierda, quien ahora es un famoso escritor y que recientemente fuera canciller durante el régimen del presidente Sebastián Piñera. Roberto aparecía en el pedagógico como militante de la famosa JJ CC. Un día me enteré en medio de una conversación grupal al azar que él era originario de Valparaíso. Yo expresé mi gran admiración por esta ciudad. Roberto me llamó aparte y me invitó a visitar su casa paterna ubicada en el puerto. Esta visita fue muy rica e inolvidable bajo su plática y guía. Desde ese entonces empezamos una corta y cálida amistad.

Mis temores por mi visa, sin embargo, llegarían a su clímax por otras vías unos pocos días después. El padre de Cristina, Victorino Farga Cuesta, un prestigioso médico tisiólogo, quien dirigía en esos días el Hospital del Tórax, había sido detenido en su trabajo por los militares, con rumbo desconocido. Lo habían acusado sin fundamento alguno de haber proporcionado refugio en su local a médicos “revolucionarios” latinoamericanos, principalmente bolivianos. Esta actitud, que durante el gobierno de Allende no habría sido otra cosa que una muestra de hospitalidad y cosmopolitismo al momento de montar un equipo médico, a alguien, después del golpe, le pareció simplemente “subversiva”. Así, de súbito, Victorino había sido transmutado en protector de “guerrilleros” y se había esfumado por mano militar y nadie conocía su paradero. El impacto emocional en su familia fue terrible. Lo buscaron por todos los centros de detención sin resultado ni noticia alguna. Hasta que al fin lo localizaron en el tristemente famoso Estadio Chile, donde cayeran asesinados Víctor Jara y muchos otros izquierdistas más. Su familia se movilizó de inmediato con los descargos y logró finalmente su liberación. Las denuncias habían sido falsas. No había razón alguna para mantenerlo detenido. Desde luego, Victorino había demostrado con entereza su inocencia, resistiendo a las torturas con una determinación férrea, solo explicable por el hecho de haber obtenido una formidable formación en técnicas orientales de meditación y autocontrol.

En estas circunstancias, naturalmente, Victorino le dijo a Cristina: “tú eres la siguiente”. Sus sentencias tenían fama de ser cortas y concisas, pero de enorme peso e impacto. De origen catalán, Victorino había arribado a Chile con su familia cuando niño en el famoso buque Winnipeg, en el viaje que había sido agenciado en Francia por Pablo Neruda para trasladar a Chile a refugiados republicanos y víctimas de la guerra civil española. Victorino Farga, su hermano Rafael y sus padres, Rosa Cuesta y Victorino Farga Font, arribaron en 1939 a Valparaíso en esta cuasi mítica embarcación. Los Farga Cuesta emprendieron de inmediato su readaptación familiar y económica en Chile y, entre otros notables logros, Victorino se recibió de médico e inició una brillante carrera profesional con especialidad en pulmones. Con el tiempo acumuló una destacada experiencia que lo llevó a ser destacado como directivo nacional e internacional en este ramo. La familia, entretanto, era dueña de una próspera fábrica de alambres localizado en el barrio santiaguino de la Cisterna.

Por todo esto, había que escucharle a Victorino, más todavía luego de que él hubiera experimentado los efectos de una estupidez sin nombre debido a su encarcelamiento y tortura injusta, inútil y sin sentido. “Tú tienes que salir de Chile”, le dijo a Cristina y de paso me recomendó a mí que acompañara sus pasos en el exterior. Nuestro destino sería México, donde Victorino tenía parientes cercanos. De facto, viajaríamos como pareja. Yo, feliz de hacerlo con la recomendación y venia de este extraordinario personaje, adicional a la plenitud afectiva e intelectual que en ese momento experimentábamos los dos como pololos. Lo que no alcancé a visualizar ese momento, es que el conjunto de la familia Farga Hernández se había sumado a un movimiento global que luego sería conceptualizado como la “diáspora chilena”. Victorino abandonaría el país casi de inmediato para radicarse en los EE UU, acompañado de dos de sus hijos, Milo e Isabel. Nieves Hernández, la madre de Cristina, también doctora, habría de salir poco después de Chile para radicarse en España. Su hermana, Naldy Hernández, actriz de teatro, militante comunista, debió asilarse en la embajada finesa (fachada de la RDA), en medio de un ingenioso ingreso a dicha sede con disfraz incluido y acompañada de dos niños, hijos de militantes comunistas que se habían sumado a esta increíble fuga. Naldy vivía en Valparaíso y la casa de los Farga fue el punto en Santiago desde donde finalmente los tres emprendieron camino y arribaron seguros a la embajada. Luego de este éxodo, en Santiago quedaron solamente Víctor, uno de los hermanos de Cristina, y la parentela de primos formada alrededor del tío Rafael. El abuelo Victorino permaneció solo en Viña del Mar. Su esposa había fallecido varios años atrás.

En todo caso, los preparativos de nuestro viaje adquirieron un tonito no tan espectacular pero sí un tanto triste e incierto. Enfrentábamos riesgos en cualquiera de las opciones que eligiéramos. Lo más obvio era salir, pero también era penosa la idea de dejar a nuestra gente detrás. Mi hermano Ernesto había decidido quedarse en Santiago para terminar sus estudios, en buena compañía de su polola Toya. Pero en mi caso, debido a lo ocurrido, no tenía otra alternativa que dejar Chile. 

Una semana antes del viaje, Cristina pasó en su casa con su padre. Entre tanto, yo alternaba entre nuestro pasaje, la casa de Cristina y las reuniones en casas de amigos de la Cisterna. Pese al toque de queda militar, sostuvimos varias reuniones y guitarreadas con amanecidas, tanto en el escondido pasaje como en el vecindario con los Arcos, bajo la acogedora mirada de sus padres, don Renato y Lidia. Era triste pensar que estas serían las últimas ocasiones para compartir con los vecinos y los amigos del Pedagógico. La última noche me alojé en casa de Cristina, de donde partimos los dos hacia la estación de buses peruanos TEPSA, acompañados por un siempre solidario y protector Victorino. La estación quedaba al frente del sitio donde él había sido torturado y tal recuerdo, lo supimos luego, le había estremecido recordar durante nuestra despedida. En todo caso, allí nos esperaban varios de nuestros amigos para decirnos adiós. Con pena, desde dentro del bus vimos con tristeza como sus alegres rostros se difuminaban afuera de la ventana del bus, el que indolente y ruidoso de inmediato nos trasladó hacia la frontera con el Perú.

En estas circunstancias Victorino le dijo a Cristina: “tú eres la siguiente”. Sus sentencias tenían fama de ser cortas y concisas, pero de enorme peso e impacto. De origen catalán, Victorino había arribado a Chile con su familia cuando niño en el famoso buque Winnipeg, en el viaje que había sido agenciado en Francia por Pablo Neruda para trasladar a Chile a refugiados republicanos y víctimas de la guerra civil española. Victorino Farga, su hermano Rafael y sus padres, Rosa Cuesta y Victorino Farga Font, arribaron en 1939 a Valparaíso en esta cuasi mítica embarcación.

Como habría de esperarse, el plan de viaje funcionó a medias. Nuestro proyecto era continuar como estudiantes nuestras carreras universitarias fuera de Chile, con México como primera opción. Sin embargo, debido a la avalancha de solicitudes de chilenos en el exterior, se volvió casi imposible conseguir visa para ingresar a México. Entonces nos concentramos en las opciones en Perú. Pero visitamos varias escuelas sin obtener resultado alguno. No tuvimos otra alternativa que dirigirnos al Ecuador, único sitio posible y a nuestro alcance gracias a mi condición de ecuatoriano. Y hacia allá partimos, no sin antes visitar Cuzco y Machu Picchu, como no podía ser de otra manera para cualquier estudiante de antropología que se precie.  El viaje a Perú fue muy útil al menos en este sentido vital. Reforzaba tanto nuestro increíble emparejamiento como nuestro renovado compromiso con los valores más genuinos del continente.

Ecuador

El recibimiento y acogida de mi familia y mi gente en Ecuador fue una experiencia muy emocionante. Para mí se trataba de un retorno, para Cristina una suerte de renacimiento y adopción. Ecuador estaba viviendo una apertura política un tanto peculiar, lo que facilitó nuestra integración al país como si todo fuera parte de un pacto casi mesiánico de solidaridad con Cristina. En primer lugar, había una buena apertura a migrantes latinoamericanos que se habían visto en la necesidad de salir de su patria debido a la irrupción de dictaduras en sus respectivos países. En segundo lugar, justo un año antes de nuestra llegada, se había abierto el primer departamento de Antropología en la Pontificia Universidad Católica de Quito (PUCE), lo que había generado allí una gran avidez por captar profesionales del ramo. Esta necesidad empataba con el voluminoso flujo y éxodo de talentos emprendido desde varios países latinoamericanos hacia el Ecuador. De modo que Cristina fue admitida de inmediato en la PUCE sin problema alguno; incluso obtuvo empleo en el Archivo Histórico Jijón y Caamaño de la PUCE, en compañía de la también recién llegada Mercedes Prieto y un compañero ecuatoriano a quien le llamaban el “Ratón” Villacís.

Con el paso del tiempo los chilenos migrantes pudieron encontrar en la PUCE un ambiente muy cálido y productivo entre estudiantes y profesores ecuatorianos y extranjeros. Entre los estudiantes ecuatorianos, fue fundamental la acogida de un valioso grupo que se hallaba en pleno florecimiento, muy inquieto y activo. La carrera se había configurado recientemente alrededor del talento y carisma del jesuita Marco Vinicio Rueda, quien aliado con el rector, el también jesuita Hernán Malo González, habían ideado una radical transformación de la enseñanza universitaria católica, buscando reorientarla hacia un compromiso directo con las necesidades y la cultura y  espiritualidad de los sectores populares. El padre Rueda había recibido educación antropológica en Francia de mano de Claude Lévi-Strauss y Maurice Godelier, quienes le habían proporcionado muchas luces y un considerable marco científico y sobre todo motivaciones para instaurar la primera carrera de Antropología en el Ecuador. Su proyecto caló y ocasionó un tremendo impacto en esta universidad. A nuestro arribo, en ese entonces, su director era el padre Manolo Corrales, secundado eficientemente por su amable y jovial secretaria, María Antonieta Núñez. Ellos facilitaron con prolijidad y buen humor en esta universidad.

En este contexto, la carrera de Antropología, coincidentemente, también se había estructurado como en Santiago en torno a las disciplinas de Antropología Social y Cultural, Arqueología, Etnohistoria y Lingüística, las que ofrecían un activo marco profesional al que acudían estudiantes de variados y complejos intereses, así como de diversa extracción social. Nuestro departamento operaba asociado con un departamento de lenguas indígenas CIEI (Centro de Investigaciones para la Educación Indígena), el cual se había constituido al interior de la PUCE bajo la dirección de Consuelo Yánez Cossío, con el aporte de notables lingüistas y dirigentes indígenas tales como Marleene Haboud, Fernando Garcés, Ruth Moya, Luis Macas, Luis Montaluisa, Ampam Karakrás y Miguel Tankamash. 

El grupo de estudiantes de antropología, en sí, era muy heterogéneo y diverso, compuesto tanto por religiosos como por seglares con trayectoria ligada a los sectores populares y particularmente con las poblaciones indígenas. Varios indígenas formaban parte de este admirable alumnado, entre quienes destacaban Antonio Males, Rosa Vacacela, Marco Barahona, Fabián Potosí y Carlos Viteri Gualinga. En los diferentes niveles destacaban brillantes estudiantes tales como Teodoro Bustamante, Fernando García, Ana María Granja, Gonzalo Oviedo, Paola Silva, Jorge Albán, César Ortíz, Jorge Trujillo, Cristóbal Landázuri, Diego Pólit, Carmen Dueñas, Marcelo Villalba, Juan Berdonces, Vicente Etchart, Lucio López, Juan Carrera, José Yánez del Pozo, Eulalia Carrasco, Lourdes Barragán, Martha Escobar, Jaime Costales, Carmen “Mencha” Barrera, Lucy Ruiz, Arturo Cevallos, Natalia Wray, María Eugenia Tamariz, Esperanza Páez, Alicia Torres, Alicia Garcés, Martha Núñez, Amílcar Albán, José Bedoya, Alfonso Román, Amparo Ponce, Soledad Kingman, Luis Zúñiga, Eduardo Quintana, Eugenia Rodríguez, Alicia Torres, Susana Albán, Susana Andrade, Raúl Khalifé, Estela Garzón, Marcelo Córdova e Iván Castañeda. Entre los profesores sostenían sus cátedras ecuatorianos y extranjeros de la talla de Marco Vinicio Rueda, Hernán Malo, Manuel “Manolo” Corrales, Segundo Moreno, Carlos Moncayo, Francisco “Pacho” Gangotena, Diego Iturralde, José Pereira, José Yánez del Pozo, Amado Ruiz, José Cajas, Marcelo Naranjo, Ernesto Salazar, Fernando García Serrano, Cristóbal Landázuri, Pedro Porras, Alfonso Gortaire, Hugo Burgos, Teófilo Altamirano, Luis Rodríguez, Arturo Andrés Roig, Amadeo Piva, Magdalena Carrera, Laura Arcos, Emilio Cerezo, Philippe Descola, Christine Taylor, Blanca Muratorio, Andrés Fábregas, Eduardo Archetti, Kristi Ann Stöllen, Miguel Murmis, Alejandro Moreano, Fernando “Conejo” Velasco, Lautaro Ojeda, Vicente Mena, José Laso y Freddy Elhers, 

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En Ibarra, Ecuador, 1974 Patricio Córdova, Cristina Farga y José Almeida
En Ibarra, Ecuador, 1974 Patricio Córdova, Cristina Farga y José Almeida

Sobre esta base fue sumándose un número cada vez mayor de estudiantes y profesores de Chile, Argentina, Bolivia, Perú, Paraguay y Uruguay. De entre los primeros estudiantes chilenos en llegar, nuestra amiga Mercedes Prieto optó por Antropología en la PUCE y Jorge Salvo por la carrera de periodismo de la Universidad Central. Luego llegaron los profesores Raúl Iriarte y Sergio Huzam. Yo decidí continuar mi carrera de Psicología de la Universidad Central, a cuyo campus también se integraron varios de mis amigos santiaguinos, como fueran los casos de Renato Arcos y Fernando “Feña” Cucurella; el primero a Economía y el segundo a Psicología. Alex Rosenfeld obtuvo una plaza como profesor de Sociología en la PUCE; otra de nuestras amigas del Pedagógico, Gloria Campos, continuó sus estudios de Filosofía también en la PUCE. Luego llegó María Elvira Schmauk, quien en forma inesperada murió en 1984 en un absurdo accidente automovilístico en Otavalo. Desde la Universidad de Concepción, también llegó Gerardo Fuentealba, un talentoso estudiante que, luego de reemprender sus estudios en el Perú, arribó al departamento junto con su esposa peruana Paloma Durand y su cachorrito Pablo. Con el tiempo, se sumaron Humberto Lennon, Maritza Rubio, Maritza Morales, Ana María “Colorá” Maldonado, Hernán Carrasco, Gina Uribe, Malú Morelli, Pilar Larreamendi, y Tania Mendizábal.  

En estas circunstancias, Cristina y yo habíamos formado un cálido hogar, aunque un tanto limitado en el plano económico. Combinar estudios y trabajo constituye una aleación de difícil composición y trayecto; pero seguíamos adelante pese a todo. Al nacer Andrés, nuestro primer hijo, dejé temporalmente mi carrera en Psicología de la Universidad Central para concentrarme en un empleo ocasional y así solventar los crecientes gastos caseros. Poco después, Cristina ganó una beca universitaria y, gracias a este apoyo, yo pude retornar a mis estudios; pero esta vez opté por incorporarme a la carrera de Antropología, donde los dos, a la postre, nos graduaríamos entre el 84 y el 85. Con esto, en lo formal, habíamos cumplido con nuestro sueño-objetivo al salir de Chile. En lo personal, habíamos consolidado un hogar, un cálido rincón desde donde avizorar un claro porvenir como familia y profesión. Como colofón habíamos tenido la suerte profesional de compartir, experimentar y conceptualizar el surgimiento y evolución de la antropología ecuatoriana. Además, dentro de mi quehacer especifico como prifesional ecuatoriano, yo había aportado de algún modo a la emergencia de uno de los puntales más importantes de la transformación política y cultural de la sociedad ecuatoriana: el movimiento indígena. Esta ventana abierta, sin embargo, habría de incidir en la futura configuración y destino de nuestro hogar.

En efecto, al llegar al Ecuador con el acervo de la antropología chilena, los dos pudimos contrastar la transición teórica y práctica de un sector social que a menudo era abordado por las ciencias sociales como pueblos “marginales”, explotados, pauperizados y a lo sumo como “campesinado”. Ese fue el punto de partida conceptual con el cual en ese entonces se trabajaba y discutía el tema indígena entre estudiantes y profesores. Pero pronto, gracias al famoso “trabajo de campo” y la etnografía, las diversas promociones de estudiantes fueron proveyéndose de experiencias, perspectivas y marcos diferentes con estas poblaciones, donde se planteaban problemas prácticos asociados a su condición de pueblos con cultura y lenguas singulares, con aspiraciones no solo ligadas a reclamos económicos o políticos, sino también y fundamentalmente orientados a la lucha por su reconocimiento como colectivos dentro de un país tan intolerante con el distinto como es el Ecuador. De este modo, esta “comunidad de saber” universitario había empezado a utilizar conceptos nuevos y principios de solución asociados a nuevos marcos, tales como las nociones de cosmovisión y religiosidad, multilingüismo e interculturalidad, derechos políticos y culturales de pueblos y naciones con derecho a la diferencia. Todo esto conllevaba una ventaja estratégica: no descartar en este enfoque el análisis de los problemas históricos y estructurales que habría acarreado a estos pueblos a diseñar una posición diferente frente a condiciones de desigualdad, marginalidad económica e injusticia social, muy funcionales al sistema imperante. 

De este modo, la vocación inicial del departamento de Antropología por el “mundo andino” pronto fue enriquecida por la brecha abierta de la etnografía hacia la diversidad y singularidad de las “sociedades de selva” de la costa y la amazonia; y luego al conjunto de la sociedad ecuatoriana, como co-responsable de la formación de este país múltiple y diverso, injusto y desigual. La mayoría de estudiantes y varios profesores fue sumándose a este novedoso y múltiple horizonte enfoque, en gran medida gracias a oportunas prácticas de terreno realizadas con agencias, centros de investigación y organizaciones de base.

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En Ibarra, Ecuador, 1977 Janeth Almeida, Patricio Almeida, Rosa “Chochi” Almeida, José Almeida, Cristina Farga y Andrés Almeida Farga
En Ibarra, Ecuador, 1977 Janeth Almeida, Patricio Almeida, Rosa “Chochi” Almeida, José Almeida, Cristina Farga y Andrés Almeida Farga

 

En este contexto, debido a su condición de extranjera, Cristina optó por afirmarse más en la veta académica que en sus aristas políticas, lo que, irónica e inversamente, fue perfilándose como mi opción personal, dado a que había asociado mi trabajo universitario con el apoyo directo al fortalecimiento de organizaciones indígenas. Tal era la atmósfera en que se desenvolvía nuestra antropología en sus años iniciales y que yo había optado por cultivarlo. Aunque modesto y en silencio, el flujo de pensamiento y práctica de varios colegas y amigos antropólogos habría de contribuir a los acontecimientos que se suscitarían a lo largo de dos décadas, culminados en la organización de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) en 1982, la conmemoración de los 500 años de resistencia indígena a la “conquista” española y, sobre todo, en el apoyo al histórico levantamiento indígena del 90. Cristina, entre tanto, enfatizó su exitoso perfil académico en el departamento de Antropología de la PUCE.

Ya para este entonces, en 1979 nació Cristóbal, nuestro segundo hijo; con suerte, pues Cristina había logrado en la PUCE un aceptable sueldo como profesora, mientras yo obtenía ingresos trabajando también como profesor en la misma universidad y como antropólogo en varias instituciones públicas y privadas, incluso al interior de organizaciones indígenas. En el intertanto, decenas de estudiantes y profesores chilenos seguían enrolándose en varias universidades y centros de investigación a lo ancho y largo del Ecuador. Eran la evidencia palpable de la calidad y contundencia de la ya mentada diáspora chilena y el magnetismo correspondiente que el Ecuador ofrecía a los intelectuales inmigrantes.

En Quito, esta efervescencia fue enorme, sobre todo en torno a la PUCE quiteña. A su alrededor fueron brotando programas internacionales de postgrado donde los ecuatorianos se juntaban productivamente con académicos europeos, de Argentina, Uruguay, México, Perú y Chile. En este despliegue destacaron los postgrados en ciencias sociales de la CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales)  y la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). De modo que poco a poco fue consolidándose en Quito una comunidad internacional de académicos que configuraba un genuino “circulo hermenéutico” en el cual se intercambiaba con mucha prolijidad trabajos académicos realizados en cualquiera de estos países. En su mayoría, se trataba de latinoamericanos muy talentosos perseguidos, purgados o expulsados de sus países por dictaduras instauradas en sus países de origen. Muchos estudiaban y trabajaban a la vez para sufragar sus gastos. Varios alcanzaron importante presencia académica y laboral en Quito, sobre todo en varios centros de investigación, formación y acción que florecieron a lo largo y ancho del país (FLACSO, CEPLAES, CEDIME, CAAP, CIESA, IEE e IOA). De esta manera fueron ganando notoriedad y respeto en el país entero, incluso a nivel internacional. Se les apreciaba no sólo por el tesón que ponían en su trabajo, sino también por la forma creativa con la que reconstruían su vida personal, sus redes  y su compromiso social con su país de origen, pese a las adversidades.

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En Quito, Ecuador, 1978 Gertrudis Pfefflin, Patty Collyer, Renato Arcos y Cristina Farga
En Quito, Ecuador, 1978 Gertrudis Pfefflin, Patty Collyer, Renato Arcos y Cristina Farga

Así, entre los setentas y ochentas, ya se había formado una “colonia” progresista de latinoamericanos en Quito, cuyas familias habitaban varios condominios, donde seguían juntándose y celebrando sus afinidades con deporte, música y amistad, cantando tanto a la “patria grande” latinoamericana como a su añorado terruño fundamental. Desde luego, en esta comunidad tenían fuerte presencia nuestros antiguos amigos chilenos. En su conjunto, ellos habían replicado en este microcosmos el espíritu solidario adquirido en esos maravillosos días que fueron interrumpidos por el golpe. Con esa experiencia a sus espaldas, la mayoría compartía vida y saberes en diversas áreas de conocimiento y acción social. En el transcurso de los años aportaron al país su pericia chilenos tales como José Bengoa, Alex Barril, Carlos Furche, Alejandro Guillier, Julio García, Pamela Allan, Ana María Maldonado, Maritza Rubio, Hernán Carrasco, Loreto Rebolledo, Carmen Silva y Raúl Iriarte; así como los argentinos Miguel Murmis, Eduardo Archetti, Arturo Andrés Roig, Blanca Muratorio, Oswaldo Barski, Jorge Morandi, Susana Goldberg, Ana Falú y Silvia Palomeque.          

Con el paso del tiempo los efectos inmediatos del golpe fueron quedando atrás, aunque sus consecuencias dolorosas continuaron latentes en los dos lados. De hecho, la mayoría de los migrantes seguía añorando y pensando en la situación de su país. Pero el Ecuador, de todos modos, les había ofrecido un remanso de paz y la oportunidad apropiada para que rebrotara en tierra ajena una nueva flor desde un tallo supuestamente mutilado en su lugar de origen, Ahora crecían espontáneamente como parte de una floresta más tupida y diversa gracias a los nutrientes absorbidos desde este nuevo suelo, pero siempre en la expectativa de volver a lucir sus colores en el hogar ancestral. 

Este es el pensamiento y recuerdo que, finalmente, guardo de los chilenos con quienes compartí tanto el “golpe” como el “exilio” y la “diáspora”. Pero ahora quedaba la tarea de escribir un nuevo capítulo en sus vidas: el de su eventual retorno a una patria que a lo largo de todos estos años les reclamaba, pero que había experimentado tantos cambios. 

Para los migrantes, en efecto, el golpe había cerrado abruptamente un capítulo en el libro de sus vidas, pero al mismo tiempo les había abierto la posibilidad de abrir afuera uno nuevo, a ser plasmado en el mismo libro, sin desligarse de las páginas y renglones y costuras ya existentes o aún disponibles. Lucían seguros de que esta tarea continuaría, pero enriquecida en la conjunción de las experiencias tanto de los trasplantados como la de los que quedaron en casa para enfrentar el sacudón del golpe militar. Estas manos separadas por el destino seguían escribiendo juntas sin cesar aun sobre los mismos renglones antiguos o páginas corrugados. De algún modo los dos frentes seguían entrelazándose como dos torrentes desembocando en el inmenso mar de la verdad y la esperanza, en creativa sinergia. De modo que ahora cobraba renovado sentido volver a juntarse en tal océano y recuperar y entonar juntos un canto a la vida para ahogar el aullido de la muerte y las ausencias provocadas por el golpe. Los cantos del “Gracias a la Vida” de la Violeta Parra o del “No nos Moverán” del Quilapayún resonaban quizá con mucha más fuerza y pertinencia que la memoria del enervante sonido del tableteo de ametralladoras y las ruidosa maquinaria de guerra lanzada en contra de las multitudes cantoras. Pero, obviamente, las circunstancias habían cambiado sustancialmente luego del golpe y la instauración de un modelo de estado y sociedad sujeto al dogma neoliberal. 

Eso había ocurrido con Victorino Farga Cuesta y su familia en su primera y en su segunda diáspora; y volvió a ocurrir con su hija Cristina y sus hijos Andrés y Cristóbal, así como sucediera con miles de chilenos esparcidos por el mundo. Muchos de ellos volvieron a su suelo patrio durante o luego de transcurrir varios años afuera, con sus familias ya crecidas. Sin embargo, para varios el retorno no fue ni fácil ni placentero. En estos casos, el regreso les provocaba un nuevo corte con un terruño y sociedad que en el abrigo del exilio también se había tornado entrañable; con chicos separándose abruptamente de sus compañeros de sus escuelas y colegios; con adultos dejando intempestivamente a sus amigos, barrios, puntos de trabajo y estudio. Al parecer, ellos habían cumplido un ciclo y había llegado el momento oportuno para regresar, opción que se plantea todo exiliado al menos diez años después de haber iniciado su indeseado destierro. De  modo que ahora Inexorablemente se les planteaba la tarea de aplicar en su país de origen la experiencia laboral y educativa adquirida en el extranjero; el tiempo de sumar más canciones al canto local rebelde y solidario que, aunque subterráneo, se lo intuía incólume en el seno del pueblo a pesar del tiempo pasado y las ausencias. Qué duda cabía: los dos manantiales seguían activos, conectados y abiertos al desafío de recrear con múltiples voces esa chilenidad tan alegre, hospitalaria y combativa que, tozudamente, subyace desde siempre y hasta siempre en los dos lados de este admirable pueblo.

Pero, a lo largo de los años de dictadura de derecha y regímenes democráticos surgidos a su sombre, Chile había sufrido enormes transformaciones sociales y culturales, en gran medida implementadas en contra se ese efímero pero aun influyente pasado socialista; un conflicto que seguía vigente. A todo esto había que enfrentarse con nuevo brío.

Epílogo

Todos los Farga de la diáspora retornaron a Chile entre los ochentas y noventas, incluyendo a Cristina y nuestros dos hijos Andrés y Cristóbal. Mi hermano Ernesto y Toya migraron desde Chile al Ecuador en 1977, con sus dos pequeños hijos, Javier y Macarena; pero decidieron permanecer en Ecuador, sin que desapareciera su conexión con su Chile fundamental. Yo me quedé en mi país luego de que se produjera nuestra separación legal como pareja, en gran medida provocada por nuestras divergencias en torno a la forma de ejercer nuestra profesión común: yo más volcado al activismo con los indígenas; y Cristina más dedicada a documentar y reconstruir su historia. Como efecto inmediato, Cristina regresó con nuestros hijos a Chile, en la perspectiva de formar un nuevo hogar en Chile, con Alejandro Guillier a su lado.  

El retorno, sin embargo, no fue fácil ni para Cristina ni para Andrés y Cristóbal. Para Cristina, su experiencia en Ecuador como familia había devenido en un profundo arraigo en Ecuador, por lo que su decisión de dejar su país adoptivo le demandó paradójicamente un nuevo trasplante desde un suelo amado hacia otro fundamental. Su retorno, además, estuvo limitado por la difícil situación económica, social y cultural que todavía agobiaba a Chile, en contraste con la vida alegre y productiva que estaba dejando en el Ecuador. De modo que, una vez en Chile, aunque apoyada por su esposo Alejandro, a Cristina le fue difícil readaptarse a una situación tan estrecha y competitiva existente en el estrato social al cual tuvo que regresar, tan poco comprensivo con el retornante o el nacido en el exilio. Para Andrés y Cristóbal, su readecuación al sistema escolar y aún a las redes familiares y amistades santiaguinas habría de ser también un tanto complicado debido a sus hábitos y valores tan distintos experimentados en una sociedad tan diferente como la ecuatoriana. Al poco tiempo nació en Santiago el tercer hermanito de la familia, el maravilloso Alejandro junior y la situación de la familia terminó por afirmarse con un perfil muy novedoso y flexible.

En el lapso de diez años, la vida económica, social, educativa y cultural de Chile había cambiado sustancialmente para todos bajo el modelo y la práctica neoliberal, lo que lucía para el retornante un modelo de vida demasiado autoritario, individualista, clasista y tremendamente nacionalista. Pero este retornante todavía podía percibir en los sustratos subterráneos de su pueblo valores y símbolos de unidad y solidaridad forjados durante los años del gobierno de Allende, tan bien conservados en el arte y la cultura pública y cotidiana de este país. Este sutil fluido de imágenes y prácticas se volvía perceptible no solo en el ámbito de los llamados “sectores populares”, sino también en los círculos cercanos de amigos y familiares, en cuyo seno afloraban espontánea o subrepticiamente sentimientos y valores de unidad y pluralidad latinoamericana. En lo más íntimo de estas esferas y circunstancias no faltaban atisbos de un paraguas emocional y práctico con los cuales esta gente podía todavía sobrellevar la crudeza selvática impuesta por el nacionalismo chileno y el neoliberalismo. De hecho, esta fue la sustancia que sin duda propició el retorno de la izquierda en los gobiernos de las últimas décadas, en la medida de que el régimen neoliberal había fallado en la distribución de la riqueza generada por su aparato productivo, llegando  a niveles explosivos de concentración de riqueza y ampliación de la desigualdad social. El mundo, en general, también había cambiado sustancialmente, como un sistema multipolar, bastante diferente al bipolar de hace pocas décadas atrás. El modelo neoliberal había  agudizaba a nivel internacional el rol económico primario de países “ricos” en recursos, pero limitado en cuanto crear nuevas fuentes de trabajo y servicios a una población cada vez más numerosa, exigente y necesitada. Los flujos internacionales de capitales y de población “excedente” hacia áreas de desfogue o de atracción laboral había cambiado completamente el panorama de la interacción entre países, llegando a situaciones inusitadas. Chile, tanto como en otros países de economía “estable”, pronto experimentaría un fenómeno nuevo en cuanto al trato al “amigo cuando es extranjero”: ahora debía enfrentar el flujo de otro tipo de exilio, el exilio económico, es decir, la búsqueda desesperada de gente de países pobres o aletargados por dictaduras de derecha e izquierda, buscando donde vivir luego del desempleo, despojo y opresión que experimentaran en sus lugares de origen. De pronto, miles de caribeños, centroamericanos y otros inusuales países latinoamericanos habrían de llegar por miles a Chile, con consecuencias imposibles de adivinar pocos años atrás, desbordando los cánones antiguos de solidaridad internacional y ampliando la lista de parias e “indeseables” al interior de las sociedades receptoras. Y esto, indudablemente, también habría de afectar la situación y perspectivas del chileno retornante. 

En este nuevo contexto, la nueva familia salió adelante. Alejandro avanzó muchísimo en su carrera periodística y Cristina realizó un postgrado de Etnohistoria en la Universidad de Chile. Una vez graduada, ella ejerció una cátedra universitaria hasta luego retirarse de la profesión por problemas de salud. En la actualidad, la familia Guillier Farga permanece en Santiago férreamente unida a una causa y forma de vida solidaria que jamás se extinguió en ellos. Cristóbal es un activo e innovador educador universitario; Andrés un incisivo periodista e historiador; y su hermano Alejandro junior, un talentoso músico y connotado mago. Cristóbal formó con Cecilia Ortuondo, su temprana polola y compañera, un hogar donde florecieron con admirable vocación por las artes sus dos hermosas hijas, mis entrañables nietas, Taina y Julieta. Andrés mantiene su profesión en forma comprometida y creativa en compañía de una brillante bailarina y coreógrafa profesional, Ana Carvajal. De este modo, la vida de las familias Farga, Almeida y Guillier continúa vinculada y animada en forma libertaria y eficiente a la luz y sombra de lo que pudieron experimentar y aprender en Chile y Ecuador.

Ahora, aparecen nuevos retos, con la estrepitosa caída del neoliberalismo, con explosiones sociales inéditas, nuevos lineamientos políticos y opciones muy complejas y entreveradas ante una sociedad que definitivamente luce diferente a la que habíamos encontrado cincuenta años atrás. Ciertamente, algo muy distinto, después de medio siglo de que ocurriera la ruptura de un encomiable sueño colectivo.

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En Valparaíso, Senado de Chile, 2014 Alejandro Guillier Farga, José Almeida Vinueza, Andrés Almeida Farga, Ariela Almeida Gauderman, Alejandro Guillier Álvarez y Cristóbal Almeida Farga
En Valparaíso, Senado de Chile, 2014 Alejandro Guillier Farga, José Almeida Vinueza, Andrés Almeida Farga, Ariela Almeida Gauderman, Alejandro Guillier Álvarez y Cristóbal Almeida Farga

Por mi parte, a mediados de los noventas, formé nueva familia en Quito con una hermosa e inteligente mujer americana, la historiadora Kymberly Gauderman. Ella se encontraba realizando en la FLACSO de Quito una investigación doctoral sobre la importancia de las mujeres gateras (indígenas comerciantes) durante el periodo colonial quiteño. En ese entonces yo cursaba en dicho centro una maestría en Antropología y así fue como nos conocimos y enamoramos. Fruto de este amor, en 1996 nació en Quito nuestra encantadora hija Ariela. Poco después, una vez que Kimberly terminara su investigación y defendiera en USA su tesis doctoral, decidimos instalarnos en Albuquerque; esto es, luego de que Kimberly ganara una posición en el departamento de Historia de la Universidad de Nuevo México. Este giro hacia la vida y sistema americano, sin embargo, no fue para mí tarea fácil a la luz de lo que había estudiado y forjado en mi país. Mis títulos alcanzados no fueron suficientes como para insertarme en la academia antropológica local, a lo que se sumaban mis limitaciones con el idioma inglés. De modo que, para contribuir a la economía familiar, me embarqué en la UNM en empleos relacionados con el Trabajo Social y la enseñanza del castellano. Pasado un quinquenio nuestra relación empezó a naufragar y terminamos en el divorcio, no sin antes asegurar nuestra amistad  y acordar el compromiso mutuo de acompañar con cariño y devoción el crecimiento y desarrollo de Ariela. Con el tiempo, para compensar mi deslinde con mi carrera, ingresé en un duro y exigente doctorado en Antropología en la UNM, en el cual me encuentro ahora a pesar de toda dificultad, pero siempre bajo la iluminación de mis cariños y principios básicos.

Ariela mantiene una sólida relación con sus hermanos en Chile y con su familia en Ecuador. En lo personal, mi vida en Albuquerque sigue vinculada a Ecuador, Chile y Latinoamérica a través de la amistad con amigos de varios países, donde no podían faltar americanos, ecuatorianos, chilenos, argentinos y colombianos. Me urge nombrar al menos, entre otras, varias parejas y magnificas personas  que acompañan mi vida actual en esta ciudad: Mauricio Figueroa y Amy Groom, Juan Carlos Gonzáles y Liz Lilliott, Alida Dávila y Larry Larrichio, Yolanda Terán y su hijo Curi Males, así como Sabino Iturbe y su pequeño hijo Tiago. Todos llevamos en común el fino recuerdo y la esperanza de que nuestros países de origen o de adopción alcancen mejores días en estos tiempos globales de tanta incertidumbre y violencia entre individuos, poblaciones, estados y naciones a escala mundial.

Coda Final

Todo narrador conoce que cualquier escritura de memorias, más que una mera descripción de vivencias personales, constituye una búsqueda de sentido al recuento de sucesos ocurridos en el pasado, muchas veces preparándose para arribar al futuro cercano y lejano. En esta perspectiva, pido disculpas al lector por haberle abrumado con detalles sobre lo que me ocurriera en forma personal y compartida antes, durante y después del golpe. Mi idea fue narrar sucesos de mi historia personal a partir del uso de categorías descriptivas y explicativas generales, tales como “golpe”, “exilio”, “diáspora” y “retorno”. Con su ayuda, pude agrupar, entender y dar mayor sentido a todo lo narrado. La sucesión de estas series me permitió no solo recordar en detalle nombres de personas y sucesos en cada episodio, sino también poner atención a los procesos constitutivos que, con seguridad, también habrán experimentado millones de personas de otros países enfrentando situaciones similares. Las personas responden a los golpes de la vida no solo al azar o por casualidad, según su perfil individual o experiencia acumulada, sino también apoyándose en las vivencias de otros compañeros de ruta, ya sea en forma inmediata o compartiendo en forma intuitiva los procesos vividos por cada uno. En realidad, como personas debemos tanto a su compañía, aunque no sospecháramos ni siquiera un poquito lo mucho que estaban aportando o afectando a nuestras vidas e identidades.  

Lo que viví, lo vivieron muchas personas más, respondiendo a su modo y escala a los retos de un drama colectivo humano de enorme peso, dimensión y repercusión histórica. Espero que el lector, luego de leer estas vivencias personales, haya logrado formarse una idea aproximada de lo que ocurriera a escala personal lo que muchos latinoamericanos experimentaran a escala global durante los años de los cuales se ocupa esta narrativa. Los rostros y figuras que muestro en las fotografías y carteles proporcionan justamente eso: un rostro humano cotidiano con el cual ilustrar los dramas y alegrías colectivas, subyacentes a todos esos oleajes que en forma tan general los analistas describen como fríos sucesos históricos o eventos estructurales, estadísticos y formales. La vida que una persona experimenta, en realidad, es mucho más compleja y contradictoria, y espero que en lo narrado el lector pueda encontrar claves para entender una época tan desconcertante. He procurado trazar lo ocurrido usando parámetros y categorías generales descriptivas, pero procurando no perder de vista su concreción histórica, su emotividad específica, la forma particular en que esos procesos fueron pensados, encarnados y procesados por una persona y su entorno íntimo. Esto explica que mi narrativa recoja los sucesos en un doble y tenso andarivel. Por un lado, la descripción de dolorosas experiencias de discriminación, xenofobia, sectarismo y odio político; por otro, la narración de vivencias de amistad, solidaridad, apoyo incondicional, empatía y simpatía, genuino sentimiento humano entre personas de países diferentes que por un tiempo se juntaron en Chile y Ecuador. No todo lo ocurrido fue turbio así como tampoco un jolgorio permanente. Por eso busqué narrar, recordar, ubicar, honrar e incluso reconectar a las personas que estuvieron juntas en las diversas etapas de esta contradictoria ruta compartida; pero también procuré revelar los procesos subyacentes. Esta amalgama me ayudó a explicar mejor una experiencia tan paradójica como paradigmática, la que incluso sirve para comprender mejor lo que ocurre en la actualidad.

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En Albuquerque, 2019, José Almeida Vinueza, Ariela Almeida Gauderman y Kimberly Gauderman
En Albuquerque, 2019, José Almeida Vinueza, Ariela Almeida Gauderman y Kimberly Gauderman

En esta tarea, debo agradecer a varios amigos y parientes de Chile y Ecuador, quienes leyeron el texto preliminar y generosamente  lo enriquecieron con valiosas precisiones y comentarios. Especialmente, consigno mi eterna gratitud para Renato Arcos Mancilla quien me proporcionó no solo consejos y correcciones sino también material gráfico y, desde luego, detalles que solo un talento memorístico como el suyo podía albergar con tanta precisión y amplitud. En Chile, agradezco los comentarios de Cristina, de mis hijos Andrés y Cristóbal, así como de mis eternos amigos y amigas Patty, Alicia, Irene, “Tola”, Alex, “Pendulo” y Víctor Miguel. En Ecuador, abrazo en el mismo sentido por sus comentarios a Natalia, Lucy, Martita, Eulalia, María Eugenia, Lourdes, Amparito, “Mencha”, Amílcar, Eduardo, Eugenia, Soledad, Arturo, Susana y Esperanza; así como también a mis hermanos Patricio, Janeth e Inés, a mi sobrina Macarena y a mi cuñada Toya. La interacción con Fausto Campaña, el incansable y muy creativo gestor de esta memoria colectiva, fue el aliciente fundamental para emprender esta revisita colectiva y llevarla a puerto seguro.

Pido disculpas si dejé en el olvido o impreciso algún nombre, cifra, fecha, imagen o evento que eventualmente debería constar en este recuento, pero, ciertamente, el dato estadístico y documentado no eran de mi intención ni el objetivo prioritario de este relato; lo expuesto constituye tan solo el fruto de mi limitado recuento particular de los hechos. Desde luego, debo confesar mi particular posicionamiento dentro de la izquierda, logrado en gran medida “con la pequeña ayuda de mis amigos”, como reza magistralmente la grandiosa canción de los Beatles. En conclusión, mi intención fue rendir tributo a la vida de la gente nombrada y a la vez aventurar una idea sobre lo que les condujo a participar no solo en los sucesos inmediatos, sino también en los procesos estructurales que articularon y aún siguen enlazando a gente de estos dos países hermanos. 

Todos fueron y son personas que en algún momento se juntaron y siguen juntos por azar del destino, aunados en un solo pulso y corazón, aunque éste se les hubiera partido en dos, tantos años atrás, entre la laguna de Yahuarcocha y el río Mapocho. 

  Albuquerque, 24 de mayo del 2023



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