Estamos donde tú estás. Síguenos en:

Facebook Youtube Twitter Spotify Instagram

Acceso suscriptores

Martes, 30 de Junio de 2026
[Revisión del VAR]

Jugar o no jugar

Roberto Rabi González (*)

Después de 1982, la FIFA creyó haber encontrado la solución definitiva: los últimos partidos de cada grupo se jugarían en simultáneo. Así ningún equipo podría especular con el resultado del otro encuentro. Era una buena idea. Pero nunca resolvió el problema de fondo, porque el problema no era el horario. Es la naturaleza humana.

Más de cuarenta años después del Pacto de Gijón, el destino volvió a reunir a dos de sus personajes esenciales: a uno de los villanos y la víctima. Austria regresaba al escenario de la sospecha. Argelia, el afectado por el acuerdo corrupto, tenía la oportunidad de demostrar integridad o confirmar la hipótesis de que “la ocasión hace al ladrón”. 

En 1982, en El Molinón, durante el Mundial de España, Alemania Federal y Austria protagonizaron uno de los episodios más vergonzosos que recuerde el fútbol. El 1-0 clasificaba a ambos y eliminaba a Argelia. Alemania marcó a los diez minutos y, desde entonces, el partido prácticamente dejó de jugarse. No hizo falta un pacto firmado ni una conversación captada por las cámaras. Bastó con que ambos entendieran que el negocio estaba hecho. Y el perjudicado, como dijimos, fue Argelia.

Por eso el partido del sábado pasado tenía una carga simbólica extraordinaria. La pregunta flotaba desde mucho antes del pitazo inicial. ¿Austria volvería a ser protagonista de un partido donde el cálculo pesara más que la competencia? Y Argelia, después de más de cuatro décadas cargando con el recuerdo de aquella injusticia, denunciándola, señalándola con todos sus dedos, ¿tendría el ánimo frío y tranquilo para hacer exactamente lo mismo si el resultado también la beneficiaba?

El encuentro terminó 3-3. No fue una reedición de Gijón. Hubo goles, cambios de liderazgo, emoción y un desenlace incierto. Pero también hubo largos pasajes en los que ambos equipos parecían más preocupados de conservar un marcador conveniente que de ir con decisión por la victoria. En algún momento el relator dijo insinuando lo peor: “¡no pasan de la mitad de la cancha!”. No es difícil imaginar que en un trabajo colectivo tal vez algunos si querían jugar en serio. Pero quizás algunos no. ¿Qué se habrán dicho?

Consideremos que esta vez la cosa era más difícil, porque a Alemania y Austria no los separaba el idioma.

En fin, bastó que la pelota sospechosamente circulara con cierta cadencia por la zona de confort  para que el fantasma reapareciera. No porque existan pruebas de un arreglo, porque tendría que haber sido bastante sofisticado dada la cantidad de goles, pese a que el resultado, en suma, fue el que les convenía a ambos: empatar.

No, la historia tuvo su revival porque todos fuimos capaces de imaginarlo. De sentirlo. De ver en los ojos de los jugadores la inseguridad, la culpa, la falta de convicción. La pregunta más manida de la literatura universal adaptada al fútbol: ¿jugar o no jugar?

Después de 1982, la FIFA creyó haber encontrado la solución definitiva: los últimos partidos de cada grupo se jugarían en simultáneo. Así ningún equipo podría especular con el resultado del otro encuentro. Era una buena idea. Pero nunca resolvió el problema de fondo, porque el problema no era el horario. Es la naturaleza humana.

Cuando un empate clasifica a los dos, cuando perder por un gol evita un rival más poderoso, cuando terminar segundo ofrece un camino más favorable que ser primero, el reglamento deja de premiar únicamente el triunfo y comienza a premiar la conveniencia. Y los deportistas, igual que cualquier persona, responden a los incentivos; eso no significa necesariamente hacer trampa. Tampoco implica que exista un acuerdo previo. Muchas veces basta con que ambos equipos entiendan exactamente lo mismo al mismo tiempo. El fútbol tiene una inquietante capacidad para producir pactos silenciosos, sin palabras. O con pocas, como las Radamel Falcao a los jugadores peruanos en la clasificatoria mundialista para Rusia 2018. O con muchos goles extraños como el recordado encuentro entre Olimpia y Sol de América en 1989, mejor recordado como el “Pacto de la Vergüenza”. O con el marcador preciso y exacto que necesitaban los dos equipos, como en el “Biscotto” entre Suecia y Dinamarca: sin gestos y sin pruebas; exactamente como ahora.

Por eso la sospecha nunca desaparece.

Somos seres humanos. Calculamos. Administramos riesgos. Buscamos ventajas. Pensar que noventa minutos de fútbol pueden borrar esos impulsos resulta tan ingenuo como creer que un reglamento puede eliminar para siempre la tentación de especular. Quizás Austria y Argelia jugaron siempre para ganar. Quizás no. Lo más probable es que al menos durante algunos pasajes del partido, no.

Lo realmente importante es que millones de personas sintieron la necesidad de hacerse la pregunta. Y esa duda ya representa una derrota para el espectáculo, para la que no tenemos respuesta ni podríamos tenerla.

Porque Gijón nunca terminó.

En este artículo



Los Más

Ya que estás aquí, te queremos invitar a ser parte de Interferencia. Suscríbete. Gracias a lectores como tú, financiamos un periodismo libre e independiente. Te quedan artículos gratuitos este mes.

En este artículo



Los Más

Comentarios

Comentarios

Añadir nuevo comentario