En 1872, Escocia e Inglaterra jugaron el primer partido internacional de la historia del fútbol. Un empate sin goles en Glasgow que lo inició todo. Más de 150 años después, Escocia sigue siendo una de las selecciones más apasionadas y sufridas del mundo, un equipo que ha estado en ocho Mundiales y no ha pasado la fase de grupos en ninguno.
En 1974 protagonizó el hito más cruel de la historia: fue eliminada sin perder ni un solo partido. El mundo del fútbol no tiene otro caso igual.
Escocia es una nación de cuatro millones de personas dentro del Reino Unido, con su propio parlamento, su propia identidad y una relación con Inglaterra que mezcla rivalidad histórica, cultura compartida e independencia incompleta. Es el país de Robert Burns, de Sean Connery, del whisky escocés y de las gaitas. Y de la Tartan Army, —como se conoce a su hinchada—, miles de seguidores que viajan al mundo entero con sus kilts y sus camisetas azules, famosos por su buen humor incluso en las derrotas, que no son pocas.
Regresan al Mundial después de 28 años de ausencia, tras clasificar en un partido épico ante Dinamarca. En el Grupo C les tocó Brasil, Marruecos y Haití, el grupo más difícil que podían imaginar. Pero Escocia tiene argumentos: Scott McTominay, mediocampista del Napoli y figura clave de las eliminatorias con goles decisivos, es uno de los mejores centrocampistas de Europa. Lo acompañan el capitán Andy Robertson, lateral del Liverpool y referente de toda una generación, y el joven Billy Gilmour, 21 años y ya titular en la Serie A italiana. El objetivo es modesto pero histórico: pasar de ronda por primera vez. Llevan 150 años esperando ese momento.








Comentarios
Añadir nuevo comentario