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Jueves, 15 de abril de 2021
A 30 años de su asesinato (Parte VII)

La alianza entre Guzmán y el cura Raúl Hasbún para derrocar al gobierno de Salvador Allende

Manuel Salazar Salvo

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Raúl Hasbún y Jaime Guzmán
Raúl Hasbún y Jaime Guzmán

El abogado gremialista y el sacerdote que dirigía Canal 13 acordaron diversas operaciones políticas para terminar abruptamente con el gobierno de la Unidad Popular y llevar a los militares a realizar un golpe de Estado. 

A fines de 1971, el joven abogado que empezaba a transformarse en estrella del programa de televisión "A esta hora se improvisa" y que no descansaba en su abierta lucha en contra de la Unidad Popular, sintió la urgente necesidad de contar con una nueva ama de casa, una mujer que no sólo le preparara su comida, sino que también le ayudara a mantener el orden en la montaña de papeles que se acumulaban sobre su escritorio, que recibiera recados cuando estaba ausente de casa y que, en fin, supiera proceder rápidamente frente a sus necesidades.     

Jaime Guzmán ya era un hombre impaciente y la anciana mujer que le servía desde que había decidido independizarse de la casa materna en 1969, no podía seguir su agitado ritmo de actividades. Pidió ayuda a su madre y a sus dos hermanas. Ellas encontraron muy pronto la solución al problema: Betzy, una señora que había sido parte de la servidumbre de los Matte Edwards, tenía una amiga dispuesta a trabajar en el departamento del joven gremialista. 

Era una mujer joven, empleada en la casa de "Titín" Orrego Matte, primo de Jaime Guzmán. Había llegado de Puerto Montt a los catorce años y tenía una sorprendente habilidad para mezclar olores, colores y sabores en la cocina. Se llamaba Violeta Chipón, provenía de una familia descendiente de inmigrantes suizos y había nacido en la localidad de Chullaquén, frente a Maullín, donde se empieza a desmembrar la geografía chilena, en el golfo de Reloncaví. Violeta y Betzy solían reunirse los domingos por la noche a ver a Don Jaime por la televisión. Comentaban el parecido que tenía con alguno de sus tíos y con la señora Carmen, que tanto había influido en la formación del punzante polemista que ahora empezaba a fascinar a los opositores a la Unidad Popular. 

A los 21 años, recién egresado de Derecho, transformado en un baluarte de los segmentos conservadores que se enfrentaron al movimiento reformista en la Universidad Católica, el joven abogado abandonó el amplio departamento con vista sobre el río Mapocho, frente al Parque Forestal, que compartía con su madre y sus hermanas desde la separación de sus padres. Las hermanas habían decidido casarse y él, por sus horarios, por su rutina, por sus costumbres, había optado por adquirir un pequeño departamento en Pedro de Valdivia esquina de la calle Galvarino Gallardo, a unas cinco cuadras de Providencia. El sector estaba muy de moda. Los sábados, cientos de muchachos que vestían pantalones ajustados con vistosos rayados y "patas de elefante" se apostaban en los alrededores del Coppelia, el café de moda, a la espera de los violentos enfrentamientos entre los hippies nativos y los cadetes de la Escuela Militar. "Paja" Donald, "Carolo" Valdivieso, "El negro Bienvenido", eran algunos de los líderes de los melenudos y desarrapados que chocaban con los garbosos e impecables cadetes militares en las inmediaciones del "Drugstore".

Aquellas riñas, donde los trofeos más importantes eran los espadines o las gorras de los cadetes, fueron uno de los muchos síntomas del conflicto social que se avecinaba. 

El director de la Escuela Militar, el entonces coronel Alberto Labbé, se sentía orgulloso de la conducta de sus muchachos, pero tuvo que tomar drásticas medidas para evitar que las grescas de fin de semana se transformaran en batallas con consecuencias impredecibles. 
Guzmán se instaló en su nuevo departamento de 70 metros de superficie, ubicado en un primer piso, con ventanas a la calle, un living comedor, un dormitorio, un pequeño escritorio y una habitación para Violeta. Un sofá de tres cuerpos y dos sillones de felpa verde que nunca cambió, junto a tres mesas pequeñas -una con un ajedrez encima- eran el amoblado del living. En uno de los muros colgó el gran tesoro, el objeto más preciado: un cuadro de la coronación de la Virgen pintado por Fray Angélico, traído por uno de sus antepasados Errázuriz desde Europa. Otra pintura, una corrida de toros, ocupaba un lugar de menor jerarquía. Había también algunos cuadros de santos hincados, varios cristos crucificados y una gran virgen del sagrado corazón. 

El departamento del dirigente opositor era muy frecuentado por sus amigos más cercanos de aquel entonces, compañeros en la aventura para expulsar al gobierno de Salvador Allende: Eduardo Boetsch García Huidobro, Arturo Fontaine Aldunate, Arturo Fontaine Talavera, Alfonso Márquez de la Plata, Renato Irarrázaval y Felipe Lamarca, entre otros. 

Nunca programaba nada para los sábados. Ese día sólo se preparaba para ir a Malloco, a la chacra de Jorge Alessandri. Los domingos afinaba desde temprano su participación en “A esta hora se improvisa". Primero leía cuidadosamente todos los periódicos del día y más tarde, cuando llegaban Francisco Ibáñez y Raúl Lecaros, dos de sus colaboradores, ajustaba los recortes y documentos que llevaría dentro de una carpeta al programa de esa noche.

Los hábitos 

En el hogar de Guzmán no había televisión. Violeta habitualmente ignoraba la suerte que había corrido ante las cámaras su patrón. Sólo percibía el resultado a través de las llamadas telefónicas que empezaban a repetirse cerca de la medianoche, con todo tipo de recados y a veces sugerente datos o informaciones. 

-Dígale por favor que me llame. Mi nombre es... Mi teléfono es... Sé de algo que le va a interesar-, y colgaban. Eso era habitual. 
Guzmán le tenía aversión al teléfono. Sólo lo usaba brevemente y cuando le parecía indispensable. Esa costumbre la mantendría hasta el día de su muerte. Era bastante trasnochador y nunca se dormía antes de la una o dos de la madrugada. 

En ocasiones arbitraba partidos de fútbol entre sus amigos, aunque jamás se preparaba para hacerlo. Largas caminatas casi diarias hacia la parroquia San Ramón, una de sus preferidas, en la avenida Los Leones, le servían de involuntario acondicionamiento físico.
Al llegar el verano, el mes de enero lo pasaba en Santiago. Decía que le gustaba la tranquilidad de la capital en esas semanas. El primer día de febrero salía rumbo a Viña del Mar y se instalaba en el Hotel Miramar, en una habitación aislada, con vista al océano, donde podía leer tranquilo, dormir hasta bien entrada la mañana y disfrutar de largas siestas arrullado por el rítmico fragor de las olas. 

Siempre asistía al Festival de la Canción y se sentaba a veces en las galerías a observar como la multitud aclamaba o reprobaba a los artistas. Guzmán se desdoblaba: era por momentos el observador acucioso que intentaba descifrar los mecanismos que tensionaban a la muchedumbre y era también parte de esa masa humana, a la deriva de sus emociones. 

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Guzmán en el Festival de Viña junto al alcalde Edmundo Crespo
Guzmán en el Festival de Viña junto al alcalde Edmundo Crespo

En las mañanas, cerca del mediodía, se reunía con Eduardo Boetsch, con Jorge Alessandri, con su tío Rafael Vicuña y paseaban juntos por la Avenida Perú conversando en ocasiones sobre lo divino, pero casi siempre sobre lo humano. Frecuentaba también la casa de los Bulnes Sanfuentes, en Reñaca, donde cuando era pequeño, antes de los 15 años, había derrotado por primera vez al "Marqués" en una legendario justa frente al tablero de ajedrez. 

Guzmán sentía que por sus venas corría la sangre de la nobleza republicana y que en sus genes estaba la herencia de generaciones de hombres que habían urdido la trama del tejido social chileno. Era uno de los últimos caballeros que debía armarse para defender la tradición. Ya no se alineaba entre los medievalistas como a fines de los años 50; se consideraba más bien un conservador progresista, muy práctico, lo que un par de décadas más tarde se conocería como un "operador político". 

Esa habilidad que los viejos políticos llamaban "muñeca" fue una de sus mejores herramientas a la hora de conspirar en contra de la Unidad Popular, cuando tuvo que poner de acuerdo a caciques y caudillos de los más diversos gremios y organizaciones sociales. Supo también mantener en las sombras a los poseedores de las mayores fortunas del país, los más interesados en que el experimento socialista no se consolidara. El era carne de Mattes, de Edwards, de Errázuriz, de Bulnes, de Vicuñas, de Orregos, dinastías inquietas por el advenimiento del marxismo. Guzmán no compartía el estilo político que había seguido la derecha en las últimas décadas, pero reconocía que ese era su domicilio y estaba dispuesto a remozarlo. 

-Hombres corno él, la derecha sólo los logra parir cada 50 años- diría después de su muerte el que fue en los años 60 uno de sus más enconados adversarios en los foros universitarios. 

El día del golpe militar de 1973, Jaime Guzmán fue despertado por la tía María Elvira, hermana de su madre y esposa de Rafael Vicuña, que entró corriendo a su dormitorio para informarle sobre lo que estaba pasando. Luego empezó a sonar el teléfono y llegaron algunos de sus amigos. Las fuerzas que él había ayudado a desatar estaban ahora en las calles, arrasando con quienes se atrevieran a resistir, bombardeando el Palacio de La Moneda, exigiendo la entrega inmediata y sin condiciones de los principales dirigentes de la Unidad Popular. 

Esa mañana del 11 de septiembre, Jaime Martínez Williams, el secretario de redacción de la revista Qué Pasa, salió de su casa hacia la casona de calle Suecia donde estaban las oficinas del semanario. Quería hacer desaparecer los originales de algunas colaboraciones de dirigentes de izquierda que le habían entregado para el número que saldría dos días después, dedicado a las Fuerzas Armadas. Temía que de conocerse esos artículos, sus autores podrían tener problemas, graves problemas. De allí se dirigió a los pocos minutos hacia Providencia 777, sede del edificio administrativo de la Editorial Lord Cochrane. Subió a la terraza, donde, entre otros, estaba René Silva Espejo, el director del diario El Mercurio. Juntos vieron el bombardeo de la sede de gobierno. 

A escasos metros de esa terraza, en el techo del edificio Gran Bretaña, en la esquina de Eliodoro Yáñez con Providencia, el mayordomo Ulises Salazar observaba también las gruesas columnas de humo negro que se levantaban desde el corazón del centro de Santiago. Aquel hombre que hasta los 30 años había trabajado como obrero de la construcción que había ayudado a instalar las tuberías de desagüe de los subterráneos de la Escuela Militar, y que más tarde, desde 1962, había servido como mayordomo a varias de las familias más influyentes de la derecha chilena, intuía claramente lo que ocurriría. 

Había visto cómo se estructuraban los comandos de vigilancia y defensa en cada cuadra de la comuna, había mirado de cerca los rostros temerosos de sus habitantes cuando la columnas de la Unidad Popular marchaban desafiantes por la avenida Providencia, había tenido que trasladar sacos de arena para defender al edificio de posibles ataques, ordenar la construcción de gruesas rejas metálicas, instalar gong de alarma, presenciar cómo se inventariaban las armas con las que contaban los propietarios de los departamentos. Don Ulises presentía que la revancha sería implacable. 

A las tres de la tarde empezaría a regir el toque de queda y, cerca de las dos, Jaime Martínez decidió regresar a su departamento en las inmediaciones del cerro Santa Lucía. A bordo de su automóvil no logró traspasar las barreras militares. La avenida Costanera estaba rodeada por soldados en tenida de combate. Varios cañones con retroceso se ubicaban a los pies del monumento al general Baquedano, en Plaza Italia, apuntando por Alameda hacia el centro. 

Ocasionalmente zumbaba una bala disparada por algún francotirador oculto y empezaba el ronco tableteo de las ametralladoras punto treinta que los militares tenían apostadas en el pavimento. 

Martínez logró eludir los disparos y llegó a pie a su departamento. En las horas siguientes todo su vecindario fue acordonado. Los soldados estaban sitiando una casa que pocos días antes había sido ocupada por el MIR. 

Jaime Guzmán seguía en su departamento sintiendo una extraña mezcla de alegría y tristeza. Una de sus últimas operaciones políticas había sido llevar al programa" A esta hora se improvisa" al recién renunciado ex comandante en jefe de la FACh, el general César Ruiz Danyau, que vestido de uniforme había contado ante las cámaras cómo había sido desplazado de su institución en agosto. 

El día 29 de ese mes, Guzmán escribió una carta a su madre, de viaje por Europa. En algunos de sus párrafos le decía: 

-Aparte de nuestra catástrofe económica (hemos llegado al 300% de inflación anual) el país se encuentra paralizado por una protesta gremial más dura que la de octubre, en resistencia contra el caos gubernativo. 

Como en los hospitales no hay suero (se "tomaron" el laboratorio que lo produce, y fue intervenido por la UP). Como no hay instrumental ni remedios, se encuentran en paro los médicos. 

Los comerciantes están en paro total por los motivos de siempre. Numerosos otros gremios también participan, pero sin duda la voz cantante la llevan los transportistas y, en especial, los camioneros. Vilarín ha surgido como el adversario más indomable para el gobierno, que nada ha podido contra él a pesar de todas las amenazas de las penas del infierno. Ahora ha arrastrado a buena parte del transporte (sólo hay algo de movilización colectiva en Santiago; el resto está entero paralizado), pero él lleva con sus camioneros más de un mes de paro. Claro está que eso se ha convertido en una falta total de combustibles, que tiene a todo Santiago sin otra calefacción posible que pequeñas estufas eléctricas y para gran parte, sin agua caliente (a mí me faltó durante una semana). Como los fusibles no están preparados para tanta carga eléctrica de estufas, suelen reventar y nos quedamos sin luz... y sin posibilidad alguna de calefacción. Muchos tienen problemas de gas o parafina, y tampoco pueden cocinar. Todo ello para no mencionar la falta de bencina, que exige colas de varias horas para comprar 10 litros. El cuadro de efectos descritos hace en primera instancia muy poco popular el paro, pero felizmente es cada día más mayoritario el sector de chilenos que comprende que el verdadero culpable es el gobierno, de cuya política no son más que unas víctimas los vilipendiados camioneros. 

Los ataques de Hasbún

Otra de las acciones claves desempeñadas por el joven abogado en las semanas previas al golpe, había sido la de convencer junto a Eduardo Boetsch al sacerdote Raúl Hasbún, director de prensa de Canal 13 para que en un comentario ante las cámaras pidiera la renuncia a Salvador Allende. 

Durante 1973, en el fragor de la lucha ideológica, la palabra de Hasbún había tenido tanto peso como la de todos los obispos. El tono de sus prédicas empezó a aumentar en marzo de ese año, cuando el gobierno de la Unidad Popular se negó a autorizar la salida del Canal 5 de Talcahuano. 

Jaime Guzmán puso en contacto a Hasbún con Michael Townley, un estadounidense que por esos días era miembro de Patria y Libertad, para que éste dirigiera a un comando que viajaría a Concepción y eliminara las intercepciones a la filial de canal 13. En aquella operación fue asesinado un trabajador.

El 1 de abril, Hasbún lanzó un fuerte ataque al periodismo de izquierda y al marxismo en una entrevista en Canal 13 que fue ampliamente difundida por otros medios de prensa: 

-Al marxismo le es consustancial la mentira... necesita como las moscas nutrirse de la mugre, de la basura... es como un cáncer que necesita de un organismo gangrenado. Es una lucha espiritual, y quiero que en ella estén incorporados todos los hombres que siguen creyendo que Chile es Chile. 

Sobre los periodistas de izquierda agregó: 

-Esa gente sin alma es lo que está sobrando a Chile. 

El punto culminante de su campaña se dio el 4 de septiembre, cuando pidió la renuncia de Allende, condenó el proyecto socialista como contrario al hombre, y suplicó a Dios para que hubiese un nuevo gobierno. 
Hasbún describió la situación de Chile como la de un barco que se hunde y culpó "al piloto Presidente", exigiéndole que renunciara. Afirmó: 

-Un pueblo entero no admite seguir siendo sacrificado a una sangrienta ideología... violatoria del genuino patrimonio humanista y cristiano... con una obsesión totalitaria... y esa lógica de mentira y violencia que históricamente la han caracterizado siempre. 
El sacerdote convocó también a la tarea de crear una fuerza espiritual que culminara con un cambio de gobierno: 

-Una fuerza espiritual es la que corresponde ahora liberar para convertir nuestra noche en promisorio amanecer... El (Dios) será también capaz de damos gobernantes. 

Una semana después, los militares llegaban al poder. 

Esa verdadera cruzada religiosa es la que explica probablemente la conducta de algunos sacerdotes el mismo día del golpe y en los meses siguientes. Poco antes del mediodía del martes 11 de septiembre de 1973, en el quinto piso del Ministerio de Defensa, el capellán español Felipe Gutiérrez no lograba controlar su nerviosismo. Temprano, había solicitado autorización al general Herman Brady para participar como combatiente en el asalto a La Moneda. Brady rechazó su petición y lo envió al quinto piso del Ministerio a la espera de ser requerido como sacerdote. Admirador incondicional, el capellán Gutiérrez creía estar en uno de esos escasos instantes en que se combatía contra el demonio. Impaciente, logró hacerse de un fusil SIG y acomodándose en una las ventanas, empezó a disparar en contra de los francotiradores ubicados en las ventanas de los edificios situados en la acera norte de la Alameda Bernardo O’Higgins.

Cuatro años después, mientras se efectuaba el curso básico de la Escuela de Inteligencia de Nos, el capellán Gutiérrez fue un eficaz colaborador del entonces jefe del departamento de Servicio Secreto del CIE -Cuerpo de Inteligencia del Ejército-, teniente Julio Corbalán Castilla, en la elaboración de un video ilustrativo sobre la estructura de la Iglesia Católica de Chile. 

Cuando tal video fue presentado a los alumnos de uno de los cursos especializados de Inteligencia, uno de ellos, el teniente del ejército de Uruguay, Carlos Veracochea, no pudo evitar manifestar su sorpresa y comentó: 

-¿Cómo es posible que un sacerdote se preste para esto?  

El entonces teniente del Servicio Religioso del Ejército, Felipe Gutiérrez, al culminar su Curso Básico de Inteligencia, escribió la correspondiente memoria de requisito sobre el tema "Aspectos Éticos de la Inteligencia Militar". 

En las semanas siguientes al derrocamiento de Salvador Allende el director de prensa del Canal 13 de la Universidad Católica se transformó en el portavoz religioso del régimen militar y de los grupos sociales que lo apoyaban. Sin embargo, el 6 de octubre el obispo Fernando Ariztía, luego presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, difundió una breve nota en parte de la cual expresaba: 

-Quiero decirles que ni el Canal 13, ni ningún otro medio de comunicación representa la voz oficial de la Iglesia Católica.

Jaime Guzmán, en tanto, había sido convocado por el general Gustavo Leigh para que empezara a estudiar algunas reformas a la Constitución, junto a expertos como Sergio Diez Urzúa, Jorge Ovalle Quiroz, Enrique Ortúzar y Alejandro Silva Bascuñán. Leigh formó, además, un comité de opinión pública al que asistían Eduardo Boetsch y el periodista deportivo Julio Martínez, entre otras personas.

También llamó a Guzmán el coronel Pedro Ewing, nombrado ministro Secretario General de Gobierno, y que le pidió asesoría para encauzar y reforzar el apoyo civil al gobierno creando la Secretaría de la Mujer, la Secretaría de la juventud y la Secretaría de Organizaciones Civiles. 

Ewing formó un comité asesor en el que reunió al publicista Álvaro Puga, a Gastón Acuña, a Boetsch y Guzmán. Se sumó también como asesor en materias culturales, el escritor Enrique Campos Menéndez. Guzmán empezó a desarrollar una agotadora tarea, redactando declaraciones, discursos, informes… 

Continúa mañana

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