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Sábado, 21 de Febrero de 2026
[Interferencia América Latina]

La guerra ficticia de Mario Desbordes contra el crimen organizado

Carel Fleming (desde Washington D.C.)

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Mario Desbordes.
Mario Desbordes.

Mario Desbordes parece confundir visibilidad con estrategia. Viajar, sacarse fotos y traer relatos importados no reemplaza la comprensión real del fenómeno delictual en Chile. El crimen organizado no se derrota con mitologías ajenas. Nada de eso se aprende en una visita protocolar.

La escena fue incómoda incluso para los estándares de la política municipal chilena. El alcalde de Santiago, Mario Desbordes, recibió en mayo del año pasado, con honores, a su homólogo de San Salvador, como si se tratara del gurú que inventó el manual de “cómo derrotar a las pandillas”. El problema es que el salvadoreño no llegó con un prontuario limpio, sino con un pasado marcado por negociaciones con los criminales que dice haber combatido. Todo el país centroamericano lo sabía, menos el ingenuo alcalde chileno que no googleó a su ídolo.

No es un detalle menor. El alcalde de San Salvador, Mario Durán, fue parte del engranaje político salvadoreño que terminó quedando expuesto por pactar con pandillas para reducir homicidios a cambio de beneficios carcelarios y dinero. Ese modelo, hoy vendido como “mano dura”, se sostiene sobre una falsedad incómoda: el orden no se impuso solo con policías y cárceles, sino también con acuerdos económicos bajo la mesa.

En diciembre del año 2015, la Fiscalía salvadoreña intervino los teléfonos de los líderes de las pandillas en la denominada “Operación Jaque”, descubriendo una reunión en la que se negociaban pagos entre criminales de la MS-13 y autoridades de la Municipalidad de San Salvador.

Al terminar la secreta junta, que estaba siendo observada por policías encubiertos, los delincuentes tomaron sus vehículos y comenzó de inmediato una persecución policial. Al ser detenidos, la sorpresa fue que dos de los arrestados eran identificados como funcionarios de la municipalidad de San Salvador. Uno de ellos, el entonces concejal y actual alcalde, Mario Edgardo Durán Gavidia. El mismo a quien Desbordes recibió en su despacho para “aprender” de la lucha contra las pandillas.

Aunque estos hechos son públicos desde el año 2018, el alcalde de Santiago no googleó a su ídolo. Siendo Desbordes un ex carabinero, exministro de Defensa y gran “catedrático” de seguridad en televisión, se le olvidó revisar los antecedentes de su invitado de honor. Mario Desbordes actuaba como un niño, fotografiándose, luciendo a su homólogo y escuchando un libreto extranjero que ya fue cuestionado internacionalmente, no por su eficacia, sino por su ilegalidad y falta de ética.

A Mario Desbordes le encanta predicar en los programas de televisión sobre su lucha contra la delincuencia. Sin embargo, sus amistades y acciones lo acercan más a los propios criminales, como lo delata su cercanía y blindaje al exdiputado mexicano Mauricio Toledo, investigado en su país por enriquecimiento ilícito y con una orden de extradición desde Chile. De la misma manera, Desbordes aún no aclara su relación con la exministra de la Corte Suprema, Ángela Vivanco, quien mencionó al alcalde como su gestor para que ella llegara al máximo tribunal.

El error de haber invitado al alcalde de San Salvador no es solo político, es conceptual. No se combate el crimen organizado importando experiencias de quienes vienen a “enseñar” siendo los mismos socios de pactos con delincuentes.

Nadie entendió la razón de Desbordes de invitar a su homólogo centroamericano, si cuando fue electo alcalde de Santiago, señaló: “la receta Bukele no es aplicable, porque Chile tiene otra realidad”. Pero al parecer sus discursos van cambiando según el escenario que le sirva.

Mario Desbordes parece confundir visibilidad con estrategia. Viajar, sacarse fotos y traer relatos importados no reemplaza la comprensión real del fenómeno delictual en Chile. El crimen organizado no se derrota con mitologías ajenas. Nada de eso se aprende en una visita protocolar.

Las mafias chinas no son un grupo de pandilleros cualquiera. Son organizaciones criminales con respaldo de Beijing. Y si Desbordes cree que su estrategia de salir a la calle, frente a las cámaras de televisión, con un chaleco antibalas y sacando toldos de vendedores callejeros es la solución, entonces no hay esperanza de que esto termine bien.

Los comerciantes, tanto formales como informales, saben que son los carabineros quienes protegen y ayudan, por dinero, a delincuentes chinos, venezolanos y chilenos. Hace un año, doce funcionarios de la Segunda Comisaría de Santiago fueron detenidos tras ser acusados de cometer cohecho, apremios ilegítimos, hurto, tráfico de drogas, detención ilegal y falsificación de instrumento público. Los policías cobraban a las mafias millones de pesos por protección. Luego de sus bajas, fueron reemplazados por otros carabineros, no solamente en la labor policial, sino también en lo delincuencial. Es decir, todo sigue igual.

Irónicamente, las víctimas que llegaban a las comisarías a denunciar robos o estafas eran recibidas por los mismos policías corruptos que avisaban a los delincuentes quiénes estaban declarando en su contra. Los afectados eran luego amenazados en sus domicilios. De eso nunca habla el alcalde Mario Desbordes. Su exinstitución es intocable. Si realmente quiere limpiar la ciudad de delincuentes, lo mejor es comenzar por las comisarías. Ellos tienen toda la información, no por ser buenos investigadores, sino porque son parte de las mafias.

Ese mismo patrón ya lo vimos a nivel nacional. José Antonio Kast cometió errores similares al rodearse y fotografiarse con referentes extranjeros sin evaluar a fondo sus trayectorias, creyendo que la afinidad ideológica reemplaza la verificación mínima. Tampoco habla de las corrupciones policiales ni de las de su sector. Es más, las blinda, como ocurrió con Gendarmería, su futuro subsecretario de Seguridad y el próximo ministro de Hacienda.

Ni Desbordes ni Kast parecen entender que, en temas de seguridad, Google no es opcional. Revisar antecedentes ya no es tarea de servicios secretos, es una obligación básica para cualquier autoridad responsable. Hasta los estudiantes de quinto básico lo hacen.

Santiago no necesita copiar a El Salvador. Necesita entender su propio mapa delictual, sus flujos de dinero, sus barrios vulnerables y sus redes criminales. Y para eso, la inteligencia —no el turismo político— es clave.

Desbordes, en su campaña, decía que erradicaría la delincuencia y que tendría una ciudad limpia. Nada de eso ha ocurrido. Ya en el poder cambió a un “no será rápido ni fácil”. Después, su discurso fue otro, indicando que antes de terminar su mandato se verían resultados.

En marzo comienza el examen final de su carrera política. Para aprobarlo, Mario Desbordes no necesita más viajes, gurús ni selfies internacionales, sino romper con los ídolos, asesores y amistades que hoy lo rodean y lo ciegan. También debe reducir sus soporíferas apariciones televisivas como experto en “todología” y comenzar, de una vez, a escuchar la realidad. Porque, a diferencia de Nueva York, en Santiago la tolerancia cero no la imponen las cámaras ni el marketing, sino los ciudadanos frente a un alcalde que ya parece desbordado por sus propias decisiones.



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