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Martes, 21 de Julio de 2026
[Revisión del VAR]

La identidad de la U

Roberto Rabi González (*)

La respuesta no está únicamente en los símbolos. El escudo, el chuncho, la camiseta azul y el himno importan, por supuesto, pero la identidad de la U nunca descansó solo en ellos. También vive en una tradición: la idea de un club asociado a valores públicos, a cierta vocación inclusiva y laica, a una forma particular de entender la relación entre fútbol y comunidad. Esa dimensión intangible es precisamente la que muchos hinchas sienten hoy amenazada.

¿Puede subsistir realmente un club de fútbol cuando pierde aquello que le da sentido? Esa es la pregunta que desde hace años ronda silenciosamente a Club Universidad de Chile, aunque casi nunca se formule de manera directa. Porque detrás de las crisis deportivas, las disputas societarias, los problemas financieros y las investigaciones sobre controladores, existe un debate mucho más profundo: qué significa hoy ser la U.

No se trata de una discusión meramente administrativa. Tampoco de nostalgia. Universidad de Chile nunca fue únicamente un equipo de fútbol ni una marca deportiva. Desde su origen, vinculó el deporte con una idea de representación pública, pertenencia universitaria y cultura popular. Su historia no puede comprenderse separada de la identidad que construyó durante décadas junto a estudiantes, hinchas y sectores amplios de la sociedad chilena.

Por eso las sucesivas transformaciones institucionales no son irrelevantes. El club nacido en 1911, reorganizado en 1927, convertido en Club Deportivo de la Universidad de Chile en 1934, separado de la casa de estudios en 1980 y posteriormente entregado a la administración de una sociedad anónima tras la quiebra, ha atravesado demasiadas mutaciones como para fingir que nada ocurrió. La pregunta sobre la continuidad no es caprichosa: ¿qué permanece cuando las estructuras cambian una y otra vez? ¿Qué hace que la U siga siendo reconocible incluso después de tantas fracturas?

La respuesta no está únicamente en los símbolos. El escudo, el chuncho, la camiseta azul y el himno importan, por supuesto, pero la identidad de la U nunca descansó solo en ellos. También vive en una tradición: la idea de un club asociado a valores públicos, a cierta vocación inclusiva y laica, a una forma particular de entender la relación entre fútbol y comunidad. Esa dimensión intangible es precisamente la que muchos hinchas sienten hoy amenazada.

Porque el problema de los últimos años no ha sido únicamente la inestabilidad deportiva o financiera. Lo verdaderamente dañino ha sido la progresiva desconexión entre la institución y aquello que históricamente justificó su existencia emocional. Durante demasiado tiempo se intentó instalar que bastaba con ordenar balances y sostener una concesión para reemplazar el sentido de pertenencia. Pero ningún modelo administrativo puede sustituir una identidad construida durante generaciones.

Las controversias recientes vinculadas a Sartor, a Michael Clark y al complejo entramado de control societario reabrieron ese conflicto de fondo. No solo porque generan dudas sobre transparencia o legitimidad empresarial, sino porque vuelven a instalar una sensación incómoda: la de un club cada vez más distante de sí mismo. Cuando la propiedad se vuelve opaca y el proyecto institucional parece guiado exclusivamente por lógicas financieras, el deterioro excede lo económico. Lo que se erosiona es la confianza en que aún exista una idea reconocible de Universidad de Chile detrás de la concesión.

En ese contexto, resulta relevante que la propia Universidad de Chile haya decidido revisar jurídicamente su vínculo con el club. No porque la casa de estudios pueda resolver por sí sola décadas de fracturas, sino porque el debate identitario dejó de ser una preocupación marginal. La contratación de Andrés Jana expresa precisamente eso: la conciencia de que no basta con administrar símbolos; también es necesario preguntarse qué relación real subsiste entre la tradición universitaria y la estructura actual.

Sin embargo, el problema excede incluso a la universidad. La identidad de la U no pertenece exclusivamente a accionistas, dirigentes ni autoridades académicas. Pertenece también a una memoria colectiva construida por generaciones de hinchas. Y esa memoria no desaparece porque cambien los modelos de gestión. Sobrevive en la manera en que el club es percibido socialmente, en las expectativas éticas que aún despierta y en la resistencia de quienes se niegan a reducirlo a una simple sociedad anónima deportiva.
Por eso el verdadero riesgo que enfrenta hoy la U no es descender ni atravesar otra mala campaña. Ya sobrevivió a momentos deportivos peores. El peligro es otro: acostumbrarse a existir sin identidad, aceptar que la historia, la tradición y el vínculo con su origen sean solo piezas decorativas útiles para campañas comerciales o discursos ocasionales.

Un club puede cambiar de administración, de estructura jurídica e incluso de época. Lo que no puede perder indefinidamente es la razón emocional y cultural que hace que su comunidad todavía lo reconozca como propio. Y mientras siga existiendo gente dispuesta a defender esa idea de Universidad de Chile —imperfecta, conflictiva, pero profundamente viva— la discusión sobre su identidad seguirá siendo no solo legítima, sino indispensable.

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Leí su columna con atención y coincido con su planteamiento central. La pregunta sobre la identidad de la Universidad de Chile no es un asunto menor ni una simple nostalgia. Se trata de una reflexión legítima y necesaria. Un club que ha atravesado múltiples transformaciones institucionales - desde su fundación, su reorganización posterior, la separación de la casa de estudios, la quiebra y la llegada de las sociedades anónimas - tiene derecho a preguntarse sobre qué permanece de aquello que le otorgaba un sentido emocional profundo. Dicho esto, la columna aborda el riesgo de la desconexión y la erosión identitaria, pero queda en deuda al no definir con mayor precisión en qué consiste concretamente esa identidad en la actualidad. Conceptos como “valores públicos”, “vocación inclusiva y laica” o “vínculo con la comunidad” poseen un valor real, pero también corren el riesgo de convertirse en expresiones algo genéricas que podrían ser usados por otros clubes del fútbol chileno. En Chile, a diferencia de países como Argentina o Inglaterra, la identidad futbolística rara vez nace de manera estricta en un territorio o barrio específico. La adhesión a un equipo suele responder más a la tradición familiar, a un momento emblemático, a un jugador que marcó una generación o, en muchos casos, al azar. Esto hace que nuestras identidades sean más construidas narrativamente y, por ello, más frágiles y sujetas a reinterpretación. La U no escapa a esta dinámica nacional. Gran parte de su identidad surge tanto en lo que representa como en lo que históricamente ha rechazado. No ser ColoColo, no ser Universidad Católica. Esa definición por contraste ha sido, para bien y para mal, uno de sus ejes emocionales más potentes. Los símbolos - el chuncho, el color azul, el himno - conservan su fuerza, pero, como bien señala, no son suficientes por sí sólos. Lo que genera mayor inquietud en los últimos años es la percepción de que el club se ha ido alejando de esa imagen romántica y cultural que muchos hinchas proyectaban en él. Un equipo grande, popular, con cierto carácter y vinculado, al menos simbólicamente, a su origen universitario. Las controversias sobre la propiedad y la gestión no inquietan solamente por razones económicas o de transparencia. Lo que generan es una sensación de vacío. La impresión de que detrás de la concesión ya no existe con claridad un proyecto institucional reconocible, sino principalmente una lógica empresarial. Ese distanciamiento es el que más cuesta llenar. Recuperar o fortalecer la identidad no pasa por un regreso al pasado ni por exigir que la Universidad de Chile recupere el control total. Más bien, requiere construirla en el presente: en el modelo de formación de jugadores, en el estilo de juego que se promueve, en la coherencia dirigencial y en la capacidad de generar nuevos hitos que refuercen el relato. Es posible mantener un carácter “universitario” en un sentido amplio - asociado al mérito, a la exigencia y a cierta apertura - sin que ello dependa necesariamente de la propiedad directa. Mientras existan hinchas que se resistan a reducir el club a una sociedad anónima más con un escudo distintivo, esta discusión seguirá siendo indispensable. La U puede sobrevivir a campañas difíciles y a limitaciones económicas. Lo que resulta más complejo es subsistir convertido en algo que sus propios seguidores ya no reconozcan plenamente como propio. Ojalá esta reflexión contribuya a que el club, con honestidad y sin romanticismos vacíos, sea capaz de contarse una historia coherente y atractiva para las nuevas generaciones de hinchas. Esa es, sin duda, una de las tareas más importantes que tiene por delante.

Clave en este proceso es la desconocida historia del estadio que la "U" iba a tener antes que todo el resto y que se arruinó con el golpe de estado de 1973. El abogado Nicolás Vidal lo cuenta con precisión incomparable en su libro: "El Estadio de "La U". Un Sueño Arrebatado por la Dictadura" (2023)

Sumaría a tu respuesta Rodrigo algo sustancial, nada baladí. La "U" es el club de fútbol mas representativo de Chile por lejos. Baste decir que es el único que tiene el nombre de "Chile" en su nombre oficial. Hablando un poco de fútbol, creo que hay que terminar con elegir solo entrenadores argentinos, hay que acabar con esa moda,; hay chilenos capaces y de otras nacionalidades también, no solo argentinos.

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