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Martes, 21 de Julio de 2026

Leí su columna con atención y coincido con su planteamiento central. La pregunta sobre la identidad de la Universidad de Chile no es un asunto menor ni una simple nostalgia. Se trata de una reflexión legítima y necesaria. Un club que ha atravesado múltiples transformaciones institucionales - desde su fundación, su reorganización posterior, la separación de la casa de estudios, la quiebra y la llegada de las sociedades anónimas - tiene derecho a preguntarse sobre qué permanece de aquello que le otorgaba un sentido emocional profundo. Dicho esto, la columna aborda el riesgo de la desconexión y la erosión identitaria, pero queda en deuda al no definir con mayor precisión en qué consiste concretamente esa identidad en la actualidad. Conceptos como “valores públicos”, “vocación inclusiva y laica” o “vínculo con la comunidad” poseen un valor real, pero también corren el riesgo de convertirse en expresiones algo genéricas que podrían ser usados por otros clubes del fútbol chileno. En Chile, a diferencia de países como Argentina o Inglaterra, la identidad futbolística rara vez nace de manera estricta en un territorio o barrio específico. La adhesión a un equipo suele responder más a la tradición familiar, a un momento emblemático, a un jugador que marcó una generación o, en muchos casos, al azar. Esto hace que nuestras identidades sean más construidas narrativamente y, por ello, más frágiles y sujetas a reinterpretación. La U no escapa a esta dinámica nacional. Gran parte de su identidad surge tanto en lo que representa como en lo que históricamente ha rechazado. No ser ColoColo, no ser Universidad Católica. Esa definición por contraste ha sido, para bien y para mal, uno de sus ejes emocionales más potentes. Los símbolos - el chuncho, el color azul, el himno - conservan su fuerza, pero, como bien señala, no son suficientes por sí sólos. Lo que genera mayor inquietud en los últimos años es la percepción de que el club se ha ido alejando de esa imagen romántica y cultural que muchos hinchas proyectaban en él. Un equipo grande, popular, con cierto carácter y vinculado, al menos simbólicamente, a su origen universitario. Las controversias sobre la propiedad y la gestión no inquietan solamente por razones económicas o de transparencia. Lo que generan es una sensación de vacío. La impresión de que detrás de la concesión ya no existe con claridad un proyecto institucional reconocible, sino principalmente una lógica empresarial. Ese distanciamiento es el que más cuesta llenar. Recuperar o fortalecer la identidad no pasa por un regreso al pasado ni por exigir que la Universidad de Chile recupere el control total. Más bien, requiere construirla en el presente: en el modelo de formación de jugadores, en el estilo de juego que se promueve, en la coherencia dirigencial y en la capacidad de generar nuevos hitos que refuercen el relato. Es posible mantener un carácter “universitario” en un sentido amplio - asociado al mérito, a la exigencia y a cierta apertura - sin que ello dependa necesariamente de la propiedad directa. Mientras existan hinchas que se resistan a reducir el club a una sociedad anónima más con un escudo distintivo, esta discusión seguirá siendo indispensable. La U puede sobrevivir a campañas difíciles y a limitaciones económicas. Lo que resulta más complejo es subsistir convertido en algo que sus propios seguidores ya no reconozcan plenamente como propio. Ojalá esta reflexión contribuya a que el club, con honestidad y sin romanticismos vacíos, sea capaz de contarse una historia coherente y atractiva para las nuevas generaciones de hinchas. Esa es, sin duda, una de las tareas más importantes que tiene por delante.

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