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Jueves, 9 de abril de 2020
Resisten en zona cero

Los bares que optaron por apoyar a los manifestantes alrededor de Plaza Dignidad

Lissette Fossa

Mientras algunos locales han cerrado, otros han decidido ser un soporte para los manifestantes, ayudando con limones, espacio para cabildos y apoyando las huelgas. INTERFERENCIA conversó con responsables de tres locales alrededor de la Plaza Dignidad. Todos coinciden en que lo que más ha perjudicado sus ventas es la represión policial y las lacrimógenas y que seguirán apoyando las demandas sociales, a pesar de los números.

Entrando desde Bellavista a calle Constitución, el Bar Dirty Deeds destaca por un logo luminoso arriba de una puerta angosta. El dibujo es una mujer con sombrero en un círculo, todo en blanco con negro. Algunas mesas con sus respectivas sillas se encuentran en la vereda, vacías, mientras a menos de una cuadra la denominada "primera línea" comienza a protestar en el epicentro de las manifestaciones, en Plaza Dignidad. Algo de los gritos de los manifestantes contra efectivos de fuerzas especiales de carabineros se escuchan, a lo lejos. Al entrar al local, se notan los adornos rockeros.

David González, el administrador y uno de los tres socios fundadores del bar, atiende en la barra, justo frente a la entrada de la casona antigua adaptada como local. Ahí se pueden ver las cervezas que ofrecen, las marcas artesanales chilenas y extranjeras, mientras se escucha fuerte la música rock, que suena todo el día. También, a un costado de la caja, una pañoleta del perro Matapacos cuelga en la pared.

Aunque han bajado sus ventas tras el estallido social en más de la mitad del ritmo que llevaban antes del 18 de octubre, David González dice que va a seguir apoyando a los manifestantes. En los últimos meses, Dirty Deeds se transformó en un refugio para protestantes que escapaban de la represión, así también como para algunos integrantes de la "primera línea". Allí González les da un vaso de agua o limones, para paliar los efectos de las lacrimógenas.

"Si bien la mayoría de los que trabajan acá también apoyamos el movimiento, empezamos a reaccionar cuando la gente pasaba corriendo por acá y nos pedía el baño, después una cosa llevó a la otra, la gente arrancaba y los hacíamos pasar. Fue un tema humano, jamás lo hemos hecho esperando nada a cambio, es nuestra manera de poder ayudar a la gente que está hablando por todos en las calles, queremos que la gente pueda seguir manifestándose en la calle, aunque nos duela un poquito que el movimiento esté tan cerca de nosotros, que nos afecta directamente en cuanto a ventas, pero mientras esta cuestión siga vamos a seguir ayudando a la gente", comenta González a INTERFERENCIA.

Mientras algunos negocios del sector aprovechaban la gran asistencia de personas a las manifestaciones para cobrar por el uso de baños, Gonzaléz dejaba usar el baño libremente y regalaba agua con bicarbonato a quienes le pedían ayuda. Ahora ya se acostumbró. Cree que lo importante es transmitirle a la gente que puede confiar en él y sus trabajadores y que se sientan "cómodos, como en el living de su casa". De fondo, se escucha a Ozzy Osbourne, mientras González agrega: "quizás es nuestra forma de ser primera línea, ayudar a los que sí están en las calles".

Para él, colaborar con los manifestantes derivó de la misma esencia del bar: el rock, la rebeldía y "no ser empaquetado". Sin embargo, no niega que las ventas han bajado tanto que las ganancias solo le permiten un estado de sobrevivencia, lo que es delicado para un local que recién abrió sus puertas en marzo del 2019.

Para González, la baja afluencia de público solo tiene como responsables a Carabineros. 

"Son los carabineros los que no dejan trabajar, hay veces que no me han dejado ni cruzar el puente Pío Nono, tiran lacrimógenas en la esquina cuando no hay ni marchas por acá ¿a quién le tiran lacrimógenas? ¿tiran por tirar o por que les entretiene?", comenta.

Aunque advierte que nunca le ha hablado a la policía con insultos, los cuestiona y los enfrenta. Y eso le ha pasado la cuenta: el viernes 7 de febrero, mientras discutía con unos efectivos de carabineros, uno de ellos le tiró en el rostro gas pimienta. Estaba en la esquina de Bellavista con Pío Nono y corrió a su local para recibir ayuda.

"Me echan gas pimienta directo a la cara, de cerca, fue mucho, como cuando uno tira Raid a una araña. Me quemaba el cuerpo, no podía respirar, fue fuerte. Recuerdo también, que una vez nos tiraron una bomba lacrimógena en la puerta del local, adentro, pero no alcanzó a explotar”", recuerda.

A unas cuadras de Dirty Deeds, pero hacia el sur de la Alameda, por parque Bustamante, se encuentra el restaurant y bar Amadeus. Ellos se sienten como "una isla" en un barrio donde muchos locales han cerrado o suspendido sus actividades. Amadeus no solo sigue abierto, sino también ha facilitado su espacio para cabildos, debates, tocatas y encuentros. 

"Nosotros nos sentimos abandonados, esa es la realidad, nos dejaron caer, no sé si la intendencia o qué autoridad que esté a cargo, pero nos dejaron con el discurso de ‘sálvense solos’", cuenta a INTERFERENCIA Carlos Arellano, dueño de Amadeus.

Arellano coincide con las palabras de González y advierte que lo que termina espantando a los clientes, más que las manifestaciones, son los métodos represivos de la policía: "La represión acá es excesiva y cuando hay manifestaciones pacíficas a nosotros no nos pasa nada. Nos hace mucho más daño la represión, que la manifestación", consigna.

Asume que todo el proceso de manifestaciones les ha hecho "muy mal". Han reducido su equipo en la mitad y las ventas han caído en un 80%, en comparación con lo que ganaban a principios de octubre. Agradece que el último mes han tenido "un poco más de calma", pero su voz expresa preocupación al afirmar que el negocio se mantiene con poco público.

Los sábados Amadeus ofrece música en vivo y en la semana, siguen organizando actividades y promociones para atraer clientes. Su fuerte son las pizzas, las pastas, el vino y la cerveza artesanal. Y también el apoyo de los vecinos con quienes Carlos dice que se han "integrado mucho más tras el estallido social, porque compartimos las demandas de la gente".

La cerveza y las demandas sociales no solo unen a Dirty Deeds y Amadeus. Unas cuadras hacia el poniente, en barrio Lastarria, otro bar cervecero se ha transformado en un refugio para los manifestantes. Se trata de bar Spoh, proyecto de la cervecería artesanal del mismo nombre. Su nombre viene de la plabra lúpulo en inglés, (hops). El bar es pequeño y se inauguró en mayo de 2019. Al entrar al espacio, además de las sillas y mesas que componen el local, se puede apreciar una barra y sobre ella, un poster que dice "Anti Piñera Social Club". Cerca de la cocina, un sticker del Matapacos también adorna el bar.

"En realidad así partió todo nuestro aporte, desde el día cero sacando limones, parándonos afuera a ofrecer agua, baño. La gente agradecida, fue buena onda de inmediato, salíamos a darnos una vueltita a la esquina a repartir limones", comenta el chef de Spoh, Mario Salazar.

"Adherimos al paro porque nos pareció que las demandas eran justas y bueno, pensábamos que era tan masivas que el gobierno pudo haber hecho caso a las demandas de la gente y podríamos haber avanzado rápido y todos salir a celebrar. Pero como eso no ha pasado y siguen las marchas, nos vimos en la necesidad de revisar toda nuestra estructura de costos, la carta, el personal, inevitablemente tuvimos que sacar gente que trabajaba con nosotros", agrega William Flores, dueño del bar.

Para ellos, también ha sido impactante ser testigos de lo que llaman "encerronas de carabineros", entre Lastarria y el cerro Santa Lucía, así como también del incendio de la iglesia que está al frente de su local y de golpizas a jóvenes por parte de la policía. Mario recuerda con especial desazón cuando efectivos de la policía golpearon a un hombre y éste perdió masa encefálica, frente a su local.

"Acá en el barrio no pasa nada hasta que se meten los carabineros, es la policía la que genera todo el problema, acá estamos todo normal hasta que empiezan a tirar lacrimógenas, un zorrillo, un guanaco, fuerzas especiales siguiendo a la gente, la gente no sabe qué hacer y se pone a tirar piedras", comenta Flores.

Ante estos hechos, decidieron adherir al paro nacional convocado en noviembre y advirtieron a su público que mantendrían cerrado hasta que terminara el estado de emergencia y los militares volvieran a los cuarteles. Y así lo hicieron.

En Spoh asumen que los costos son una baja de hasta un 60% de sus ganancias. Ya entre enero y febrero, afirman que las ventas han subido un poco.

"Económicamente te pone la pata encima y quedas con miedo a que esto se venga feo en la economía, pero nos tienen con la pata encima hace cuarenta años a todos los chilenos, entonces, en algún momento dije ‘filo, este movimiento es tan importante, que hay que adaptarse’. Hicimos campañas de publicidad, revisamos los gastos, nos adaptamos un poco", reflexiona Flores.

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William Flores y Mario Salazar
William Flores y Mario Salazar

Para ellos, lo importante es que de a poco el público se sienta cómodo en el lugar. El Matapacos y el póster, además de los limones para los manifestantes, son maneras de generar complicidad con la gente, ya que afirman que el público se identifica. Por otra parte, son porfiados: casi todas las tarde y noches mantienen abierto Spoh, a pesar de las marchas.

Carlos Arellano, de Amadeus, coincide con los cerveceros: "es una manera de sobrevivir también que tenemos, integrarnos con los vecinos. Y acá la gente está segura, las manifestaciones se han movido a otras calles".

Los tres comerciantes coinciden en que no han sufrido saqueos. A David González solo trataron de sacarle unos maceteros que tiene en la entrada, para hacer barricadas, pero cuando salió a decirle a los manifestantes que eso era de él, los dejaron intactos. Afirman que el principal problema son las lacrimógenas, sobre todo en un barrio donde los turistas abundaban y donde se han cancelado cientos de reservas hoteleras.

"Yo jamás he temido que nos saqueen, tengo más miedo que carabineros nos destruya el local, nunca le he tenido miedo a la gente", dice David González. Tras terminar de hablar, unos clientes comienzan a estornudar. El efecto de las lacrimógenas entra a Dirty Deeds, pero González no siente nada, sigue sirviendo shops. "Es que ya estoy acostumbrado", dice riendo.

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