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Martes, 22 de septiembre de 2020
Especial elecciones de 1970

Miembro del MIR que dirigió el primer GAP cuenta su experiencia con Allende

Max Marambio (*)

max marambio

Max Marambio, Ariel Fontana, jefe operativo de los miristas que conformaron el primer GAP, precede a Allende y Hortensia Bussi.
Max Marambio (Ariel Fontana) jefe operativo de los miristas que conformaron el primer GAP, precede a Allende y Hortensia Bussi.

El ex integrante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Max Marambio, relata la relación de éste colectivo con el presidente, como también detalles de la interna del "Grupo de Amigos Personales", el cual tenía la misión de brindar protección al mandatario.

(*) Tomado del libro “Las armas de ayer”; La Tercera Debate; julio de 2007.

En el MIR, desde nuestra autosuficiencia teórica, tratábamos a Allende con cierta condescendencia. Estábamos dispuestos a aceptarle algunas cosas porque estimábamos que un hombre honesto y bien intencionado, pero no le perdonábamos lo que considerábamos la tibieza de sus posiciones políticas. Allende, por su parte, nos correspondía con una mezcla de fastidio y afecto. Al margen de diferencias políticas, también creía en la pureza y honestidad de nuestros planteamientos, y nos trataba con la paciencia de un papá que tiene hijos rebeldes y díscolos, por los que siente comprensión y cariño. 

En la campaña presidencial de 1970, decidimos darle una oportunidad y dejarlo perder tranquilo. Aunque no formábamos parte de la coalición, nos habíamos convertido en un dolor de cabeza para las esperanzas electorales de la Unidad Popular. La derecha nos utilizaba en sus campañas como un símbolo del caos en que sería sumido el país si la izquierda obtenía la victoria y Allende nos pidió abstenemos de realizar acciones durante la campaña. 

Aceptamos confiados en que no ganaría las elecciones y ello aumentaría la vigencia de nuestra tesis subversiva. Así establecimos la tensa alianza de un matrimonio mal llevado. 

Quizá para tenemos cerca y podemos controlar de la manera que sabía hacerlo, nos pidió que nos ocupáramos de organizar su seguridad personal si resultaba electo Presidente. Aceptamos en la creencia de que se trataba de una quimera y fuimos sorprendidos por su llamada en la mañana de los comicios, el 4 de septiembre de 1970, para solicitarnos el grupo prometido. La tarea de proteger al hombre que representaría a la institucionalidad burguesa chilena no era considerada particularmente honorable dentro de las filas del MIR. No fui escogido por méritos especiales, sino atendiendo a que conocía a Allende personalmente y era el único que tenía alguna preparación militar. El propio nombre que la prensa opositora confirió a la escolta, "Grupo de Amigos Personales", explicaba de manera correcta la naturaleza de la relación. 

Allende me recibió en la casa de Miria Contreras Bell, la Payita, su secretaria y compañera sentimental. Las residencias de ambos se comunicaban por un patio común, al que se ingresaba por una puerta ubicada en la esquina de Jorge Isaac y Guardia Vieja. Llegué al filo del mediodía y encontré a un hombre muy relajado, que me saludó con afecto. Me presenté con un nombre recién tomado de una revista argentina: Ariel Fontana Rossa. Se rió y me pidió tiempo para acostumbrarse. Yo apenas tenía 23 años cuando el recién electo Presidente de Chile me dio a conocer ante sus colaboradores como la persona que estaría al frente de su protección personal. 

Conocí al doctor Salvador Allende en los salones del Senado, adonde a veces mi padre me llevaba a tomar té. Me llamó la atención su aire de gallo, por su forma de abombar el pecho y caminar erguido. Era un hombre de baja estatura, esqueleto poderoso, huesos anchos y manos fuertes. Sin ser atractivo en el sentido clásico del término, tenía encanto y esa dignidad especial, un poco arrogante, que muestran las personas bajitas. Al mirar, ladeaba la cabeza, como un zorzal y, detrás de la armadura gruesa de baquelita que enmarcaba unos lentes de miope, su mirada se sentía limpia y escrutadora. Aunque Allende era presidente del Senado y candidato a la Presidencia por los socialistas, mi padre simplemente lo llamaba el "compañero Allende". Tres años después ocurrió mi viaje con él a Cuba y tampoco entonces me causó especial fascinación ni motivos de reverencia. 

Allende no era enemigo a ultranza de la lucha armada. Más bien estaba convencido de que Chile era una excepción, toda vez que en el país las instituciones gubernamentales funcionaban con relativa estabilidad y una tradición democrática formal imperaba en la vida política nacional; pero reconocía la validez de la lucha armada allí donde las condiciones resultaran diferentes y tenía un vínculo muy estrecho con las fuerzas revolucionarias del continente. Es así como llegó a ocupar una de las presidencias de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), donde estaban representados los movimientos armados de América Latina. 

Lo enorgullecía la idea de hacer una revolución pacífica y tenía una suerte de rivalidad fraternal con Fidel, el Che y otros líderes defensores de la lucha armada. Aun así, arriesgó su carrera política para salvar a los sobrevivientes de la guerrilla boliviana; acogió en Chile a los revolucionarios perseguidos de todas partes y su primera decisión como Presidente de Chile fue restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba, donde era considerado uno de los grandes amigos de la Revolución y aún se le rinde un culto especial. Toda su vida mostró con orgullo un ejemplar del libro La guerra de guerrillas, que el Che le regaló con una dedicatoria que decía: "A Salvador Allende, que por otros medios trata de hacer lo mismo". 

"Su sobrino predilecto, Andrés Pascal, evolucionó de casi seminarista a subversivo y ocupaba un puesto en la dirección del MIR. Como siempre ocurre, era de los menos dispuestos a hacer concesiones políticas a su tío, por lo que Allende le regaló una pistola. Creo que era la manera de decirle, "ya que te la crees entera, entonces asume las consecuencias". 

Por otro lado, la rebelión tocó las puertas de su propia casa. Su sobrino predilecto, Andrés Pascal, evolucionó de casi seminarista a subversivo y ocupaba un puesto en la dirección del MIR. En confianza nos contaba que junto con el bichito de la revolución le apareció una polola que le ofuscó los sentidos y lo apartó definitivamente del servicio exclusivo a Dios. Como siempre ocurre, era de los menos dispuestos a hacer concesiones políticas a su tío, por lo que Allende le regaló una pistola. Creo que era la manera de decirle, "ya que te la crees entera, entonces asume las consecuencias". 

También Beatriz, Tati, la más cercana de sus hijas y militante socialista al igual que su padre, andaba por los caminos de la guerra. Médico, como él, había estudiado en la Universidad de Concepción, donde conoció a Miguel Enríquez y otros dirigentes del MIR, y en su contacto con la Organización influía también la estrecha relación personal que tenía con Andrés. De cierta manera, se convirtió en la madrina del MIR dentro del gobierno, pero nunca contemporizó en los conflictos con su padre cuando el MIR se convirtió en una fuerza de oposición para la izquierda de la Unidad Popular. 

Tati tenía una visión un poco romántica de la política y estaba muy marcada por la Revolución Cubana, incluso llegó a formar parte de la infraestructura de apoyo del Che Guevara en Bolivia y ello constituía uno de sus principales orgullos. Junto con la Paya, a quien Tati adoraba, empujaba las acciones más radicales dentro del gobierno. Fue a ellas dos a quienes Allende envió a Cuba apenas asumió la Presidencia, con el fin de arreglar el restablecimiento de relaciones, y desde sus funciones en la Secretaría de la Presidencia, 

Tati cumplía un importante papel como enlace con las fuerzas revolucionarias del continente. Entre hija y padre existía una relación cómplice y, aunque a veces podía ser contradictoria, dado el énfasis radical en el pensamiento de Tati, primaban en ella un respeto, un cariño y una amistad con su padre que no dejaban espacio a las indisciplinas. Aunque nos conocíamos de antes, nuestra relación se profundizó en el trabajo cotidiano al lado del Presidente. Era una mujer dulce, pero muy firme en sus convicciones, y a pesar de que en el momento del golpe tenía ocho meses de embarazo de un varón que Allende no llegó a conocer y resistió en La Moneda hasta que su padre le exigió marcharse, creo que tal vez no pudo sobreponerse al injusto sentimiento de haberlo dejado solo frente a la muerte y ello la impulsó al suicidio años después. 

Allende odiaba el arribismo; incluso se juró que, si no había una razón de Estado que se lo exigiera, no iría a casa de alguien que no hubiese sido amigo suyo antes de ser Presidente. En su relación con los partidos percibí que no les tenía particular apego, aunque admiraba y respetaba a muchas personas que militaban en ellos. 

Supongo que, por su experiencia, había aprendido a conocerlos bien y sabía que eran instituciones con las que tenía que convivir. Sin embargo, creo que se sentía como un caballo de raza metido en un potrero con un grupo de pingos. No lo exteriorizaba, pero uno se daba cuenta de la enorme voluntad que necesitaba para navegar en ese cúmulo de contradicciones. Su "muñeca", esa capacidad de negociador político de la que tanto se ha hablado, le permitía hacer lo necesario para lograr sus objetivos, pero nunca traspasó los límites de la política para degradarla con la politiquería. El Presidente fue un republicano en el mejor sentido del término y se veía a sí mismo como un reformador social. No le tenía apego al poder por el poder, pero sentía que su responsabilidad pasaba por conseguido. Era un hombre de pocos bienes materiales y no sentía la menor motivación por obtenerlos. 

Aceptó mudarse a la casa de la calle Tomás Moro, comprada por el Estado para los Presidentes de Chile, como algo temporal, que formaba parte de su función, y cuando le pedimos la compra de autos más seguros para la Presidencia, puso como condición que debían ser fabricados en Chile y no ser grandes ni ostentosos. Durante sus días como Presidente anduvo en un Fiat 125 con las rodillas topando con el asiento delantero. 

Tenía agallas y una voluntad tremenda. Lo demostró cuando sufrió un infarto, días antes del debate televisivo en la fase final de la campaña. Poca gente lo supo. Sus médicos le prohibieron levantarse y asistir al foro televisivo aduciendo que el esfuerzo lo mataría. Con mucha tranquilidad respondió: "Si no voy, pierdo la elección". Y ahí estuvo. Los médicos lo chequeaban mientras hablaba y su equipo estaba pendiente del minuto en que cayera muerto. Se sobrepuso, tuvo una intervención brillante frente a Alessandri y unos días después ganó la Presidencia de Chile. 

Ese hombre, que amaba profundamente la vida, capaz de gozarla a plenitud, poseía también una cuota de vanidad que no le importaba mostrar. A veces bromeaba sobre su trascendencia y decía, apretando los músculos del brazo, "toque, aquí hay carne de estatua". Era un burgués de origen, aunque su familia tenía una larga tradición republicana. Sus tatarabuelos fueron guerrilleros que lucharon contra España por la independencia y a su abuelo, Ramón Allende, médico también, le decían El Rojo por sus inclinaciones políticas. El primer doctor Allende llegó a ser serenísimo gran maestre de la masonería chilena y dicen que atendía gratis a los pobres e incluso les compraba las medicinas; murió en tal grado de pobreza que la masonería tuvo que ocuparse de su familia. 

Cuando Salvador, con 29 años, fue electo por primera vez diputado por Valparaíso, ya había estado entre los fundadores del Partido Socialista y cumplido varias condenas de cárcel por sus actividades políticas. Después fue senador y compitió en cuatro elecciones presidenciales como candidato de las coaliciones de izquierda que tanto ayudó a construir. Con su indestructible sentido del humor, se burlaba de su propia persistencia diciendo que en su epitafio se leería: ''Aquí yace Salvador Allende, futuro Presidente de Chile". 

El Allende que recuerdo fue básicamente un humanista. Creo que se ubicó en el Partido Socialista por ser una organización de izquierda que no excluía a la clase social que él representaba. Tal vez su especialización de patólogo le dio un mayor conocimiento del ser humano y llegó a la convicción de que su esencia está finalmente dentro de sus huesos, de sus vísceras, de su piel. Con la misma lógica con que un médico se preocupa de curar a un enfermo, sintió que debía preocuparse de curar el cuerpo social, reivindicando a sus sectores más pobres. Me atrevo a decir que Allende no era marxista, sino, más bien, un socialista utópico. 

"Puedo dar fe de su compromiso y amor por los pobres, pero tenía una visión paternalista de su papel y no se sentía orgánicamente integrado a una clase a la que en realidad no pertenecía. No se disfrazaba de hombre humilde para ir a clavar los techos de sus casas, sino que iba elegantísimo con su sombrero de fieltro".

Puedo dar fe de su compromiso y amor por los pobres, pero tenía una visión paternalista de su papel y no se sentía orgánicamente integrado a una clase a la que en realidad no pertenecía. No se disfrazaba de hombre humilde para ir a clavar los techos de sus casas, sino que iba elegantísimo con su sombrero de fieltro. Sus gustos refinados lo alejaban de la cultura popular con la que tenía que enfrentarse a cada paso en sus campañas políticas. Por razones de seguridad, pero también para evitarle malos ratos, en un maletín Samsonite negro que parecía "bolsillo de payaso" cargábamos agua, hielo, whisky e incluso, en ocasiones, empanadas rellenas con lechuga, porque rechazaba la cebolla. Al escolta encargado de llevar la misteriosa valija le decíamos "el edecán whiskero". Esa misión anónima, pero importante, la cumplía un militante socialista llamado Jano, quien a nuestra partida fue reemplazado por el hoy dirigente de ese partido Marcelo Schilling, en ese entonces un joven GAP llamado Gastón. 

Tuvimos que aprender a estar preparados para las ocurrencias de Allende. Un político consumado, con cuatro campañas presidenciales en las costillas, era capaz de salir de las situaciones más incómodas y nosotros terminábamos siendo las víctimas. 

Inmediatamente después de elegido, organizó un recorrido de agradecimiento por los centros industriales; entre los lugares que debía visitar estaba incluido un viejo matadero, en el cual la Asociación de Matarifes quería homenajearlo. Eran inmensos galpones donde mataban a los animales y allí se respiraba el olor a miedo que emanaba de las bestias. Encaramados en una especie de tarima improvisada, escuchamos los discursos de los dirigentes obreros y a continuación tuvimos que presenciar un rito bárbaro, y participar en él: trajeron un toro inmenso y frente a nosotros le metieron un puntazo en el descabello de la nuca que lo dejó despatarrado, para después clavarle una puñalada al corazón; la sangre comenzó a fluir a chorros, cayendo directo en un cuerno de animal labrado con plata, que dentro ya contenía un aliño saborizante. 

Entonces uno de los dirigentes matarifes agarró el cacho y comenzó a empinárselo para sellar el pacto. Cuando bebió lo suyo le pasó el cuerno a Allende, que también se lo empinó dispuesto, incluso gorgoteaba como si el líquido le pasara por la garganta. Cuando terminó, se limpió con el pañuelo la boca ensangrentada y me dijo, en un tono que no admitía dudas, "el resto se lo toma usted, Ariel". El cacho estaba prácticamente lleno, el Presidente no había probado la sangre y era yo ahora el encargado de terminar con aquel manjar de vampiros. Fue como tragarme una tubería de cobre debido al sabor metálico de la sangre. Después, cuando me quejé del mal rato, me dijo, "bueno, compañero, los revolucionarios también tienen que hacer pequeños sacrificios". Y se echó a reír como un niño. 

Allende teorizaba respecto a la lucha de clases y, naturalmente, era enemigo de la oligarquía, pero tal filosofía no la llevaba hasta sus últimas consecuencias y mucho menos era favorable a desencadenar las fuerzas revolucionarias del pueblo. Un día, viajando en el auto, leyó la noticia de que había muerto un joven estudiante de Concepción cuando apoyaba un intento de toma de tierras por los mapuches y me dijo: "Mire, compañero, este muchacho lleno de vida, con un futuro por delante, dejarse matar por esos latifundistas". No esperaba ese comentario y todavía no sé si se debía al rechazo a la violencia o implicaba un juicio de valor a la toma llevada a cabo por los campesinos, por los cuales demostró que también estaba dispuesto a morir. 

Respetaba la institucionalidad y prefería avanzar paso a paso, obteniendo modestas victorias, pero evitando cataclismos. No era autoritario cuando se trataba de hacer política y trabajaba en la búsqueda constante de consenso. Después del tancazo, Carlos Prats, entonces jefe del Ejército, le indicó que era el momento idóneo para depurar de reconocidos golpistas a la jefatura de las Fuerzas Armadas; pero la oposición de algunos partidos de la Unidad Popular impidió a tal medida que esto se llevara a cabo, que optó por el plebiscito. Incluso, Allende se molestó con la gente que pedía armas e interpretó el fracaso del tanquetazo como un triunfo de la institucionalidad, sin darse cuenta de que al paralizar la movilización popular estaba condenando a muerte el proceso revolucionario chileno. 

Solo él podía encabezar la resistencia a los golpistas, ya que, más que ayudar, hicieron mucho daño las posturas radicalistas de ciertos sectores de la Unidad Popular, que demagógicamente empujaban hacia la izquierda, sin ser consecuentes con las implicaciones que de ello podían derivarse. 

Con vistas a mantener la cohesión de la Unidad Popular, un objetivo que marcó su carrera política, Allende tuvo que digerir más de un trago amargo. En una ocasión se reunió con un grupo de industriales de la pintura que reclamaba un aumento de los precios, aduciendo que, bajo los vigentes, sus producciones no eran rentables. Allende les dio una larga explicación respecto a la imposibilidad de transigir al respecto y uno de ellos le informó que, sin embargo, un alto funcionario de su gobierno había ofrecido ayudarlas a cambio de coimas para su partido. Allende, rojo como un tomate, les aseguró que investigaría el asunto y exigiría la renuncia de quien hubiese actuado de esa forma; pero cuando llamó a Rodriga Ambrosio, del MAPU, dirigente del funcionario implicado, este le enrostró que otros partidos también seguían esa práctica y que, si de renuncias se trataba, él pediría la de todos los otros también. A pesar de que nunca lo noté más enfurecido, Allende tuvo que tragarse su ira y aceptar aquella ofensa a su integridad sin poder destituir al responsable. 

"En otra ocasión, al salir de una reunión con un dirigente de otro partido, me dijo: "Compañero, usted no se puede imaginar lo que este hijo de puta acaba de proponerme, se lo pedí por escrito a ver si se atreve". Nunca más recibió al individuo que le propuso cobrar una coima a las dos empresas que se disputaban una licitación".

En otra ocasión, al salir de una reunión con un dirigente de otro partido, me dijo: "Compañero, usted no se puede imaginar lo que este hijo de puta acaba de proponerme, se lo pedí por escrito a ver si se atreve". Nunca más recibió al individuo que le propuso cobrar una coima a las dos empresas que se disputaban una licitación, con la lógica de que igual los técnicos adjudicarían el proyecto a la mejor oferta. 

No aceptaba que alguien menoscabara la dignidad de su persona. Una vez respondió con un puñete a un tipo que le mentó la madre desde la impunidad de una multitud en Viña del Mar. 

Estábamos en la jefatura de la Zona de Emergencia después de que el Presidente había recorrido la ciudad arbitrando las medidas de asistencia a los damnificados por un terremoto. Yo iba delante de Allende, tratando de apartar a la gente humilde que se acercaba a saludarlo y de pronto se oyó una voz que gritaba, "viejo, concha de tu madre". Eran unos tipos con una pinta que los diferenciaba del resto de la multitud, rubios de pelo largo y vestidos con corbata, que presenciaban el acontecimiento en tono de burla. Allende, a quien no se le iba una, me empujó violentamente, dio un salto por arriba de la gente y le tiró un combo al hombre, que le sacaba veinte centímetros de alto y tenía treinta años menos. Me sorprendió y reaccioné detrás de él para tratar de protegerlo y se creó una refriega a golpes entre la escolta y la decena de provocadores, que resultaron ser empleados de un banco cercano. La foto del personaje, hijo de un almirante de la Armada, con la mandíbula rota, recorrió el mundo, y la derecha armó el escándalo sobre la "brutalidad" del GAP. Allende respondió que solo había sido la respuesta adecuada de un hombre ofendido. 

Tenía un carácter fuerte que no aguantaba pelos en el lomo. Se irritaba con las inconsecuencias políticas, pero se recuperaba rápido. Lo salvaba su buen humor y sus amigos eran objeto frecuente de sus bromas. Una vez que el doctor Girón, su cardiólogo, entró al despacho para chequearlo, Allende cayó muerto como un pollo. 

No obstante, el blanco preferido de sus ataques con fines de "recuperación" de vestuario era Darío Saint Marié, Volpone, el dueño del diario El Clarín, con quien tenía una amistad punzante. Saint Marié tenía un gran y bien puesto apartamento en el centro de Santiago en cuya sala había una alfombra gigantesca. Allende organizó un operativo para llevársela y ponerla en la casa presidencial de Tomás Moro. Junto con los detectives de la Policía Civil entramos furtivamente en la casa y el Presidente de Chile ayudó a cargar la alfombra enrollada, que Saint Marié nunca más pudo recuperar. 

En otra ocasión, Saint Marié regresó de Europa cargado con ropa exclusiva de temporada, incluido un sombrero muy bonito que, a juicio de Allende, Saint Marié se negaba a regalarle. Por órdenes de Allende, tratamos de distraer al escolta de Saint Marié y apropiamos del sombrero, pero el tipo, a quien le decían El Cabito, se mantenía firme en su puesto, así que a Allende se le ocurrió otro plan, que consistió en organizar una comida privada en la casa de Saint Marié en Reñaca, la cual yo debía interrumpir informándole de una supuesta llamada en el teléfono del auto. De esta manera, cuando Saint Marié quedara solo en el comedor, penetraríamos en sus habitaciones y le robaríamos el sombrero. 

Así ocurrió, apenas Saint Marié salió del comedor, Allende corrió escaleras arriba y comenzó a lanzar ropa por las ventanas para que la escolta la recogiera abajo. Saint Marié se dio cuenta de la trampa y armado de un bastón persiguió al Presidente por toda la casa gritándole improperios. No obstante, pudimos damos a la fuga y Allende obtuvo un botín de ropas finas, que superaba con creces su intención original. 

Allende era un hombre muy valiente, incluso osado y dispuesto al enfrentamiento físico, pero su valentía estaba referida exclusivamente al riesgo personal. No le temía a las consecuencias de la muerte; incluso, años antes, llegó a retar a duelo a alguien que lo ofendió. Sin embargo, su ideología, su sentido ético de la vida y su visión de la política le impedían trasladar este criterio a la acción de las masas, por lo que rechazaba desencadenar procesos populares violentos. En tal sentido, era lo contrario de Miguel Enríquez, quien fue arrastrado a la lucha armada por convicción política, sin ninguna disposición genética para la violencia física. 

Así encontramos a dos hombres colocados en los polos de la izquierda chilena, defendiendo posiciones que, de cierta manera, contradecían su naturaleza humana. 

Al Presidente Allende solo le conocí un miedo: los temblores. Al ocurrir el terremoto de 1971 en Valparaíso, se encontraba comiendo en La Moneda. Alcancé a percibir que corría hacia afuera antes de que se apagara la luz. Yo gritaba, "doctor, doctor", pero no lo encontraba. Estaba desesperado, se me había perdido el Presidente. Bajé por la escalera de Morandé y lo encontré en la calle, solo, riéndose de su propio miedo. En ese momento salió alguno del equipo de prensa y él pidió conexión por radio. No habían pasado cinco minutos de esta loca carrera, cuando lo escuché dirigirse a los chilenos pidiendo la calma que él no había tenido. 

Como todo hombre auténtico, Allende tenía montones de virtudes y también defectos, algunos de los cuales derivaban de los rezagos aristocráticos de su clase. Pero fue capaz de renunciar a ese mundo para trabajar y reivindicar a los pobres. Tenía la íntima convicción de que estaba haciendo lo que le correspondía. Siempre dijo que sería fiel al mandato que el pueblo le había entregado y en más de una ocasión expresó que lo tendrían que matar para sacarlo por la fuerza de La Moneda. Como era un hombre de honor, su decisión final fue consciente, murió defendiendo la institucionalidad chilena; otra cosa no formaba parte de su proyecto. 

Algunas medidas que logró concretar en su gobierno, como la nacionalización del cobre, no se han podido deshacer. Ahí está y es un ingreso fundamental para Chile. Hoy, que vivimos en un mundo de políticos sin convicciones, al pensar en Allende siento nostalgia por su ausencia y lamento muchas de nuestras incomprensiones de entonces. 

"Las campañas de la derecha convirtieron al GAP en la "bestia negra" del régimen y todo tipo de leyendas se tejieron alrededor nuestro. Mucha gente se sentía atemorizada por la presencia de aquellos jóvenes alrededor del Presidente de Chile, pero en realidad estábamos muy lejos de ser unos matones".

Las campañas de la derecha convirtieron al GAP en la "bestia negra" del régimen y todo tipo de leyendas se tejieron alrededor nuestro. Mucha gente se sentía atemorizada por la presencia de aquellos jóvenes alrededor del Presidente de Chile, pero en realidad estábamos muy lejos de ser unos matones y ni siquiera nos encontrábamos debidamente preparados para la misión que se nos había encargado. 

Recuerdo cuánto me molestó una acusación de que habíamos pisoteado los jardines de una casa colonial de Lota. Podría parecer que no tenía la menor importancia, pero la nota de prensa nos pintaba como una sarta de energúmenos y aquello era un insulto mayor para nosotros, que estábamos lejos de considerarnos como tales. 

El grupo original lo integrábamos tres miristas y un socialista que había acompañado al Presidente en la campaña electoral, porque tenía instrucción militar y la experiencia de haber colaborado con el traslado de los guerrilleros acompañantes del Che a Bolivia. En el caso de los miristas, uno se escogió por su fama de buen chofer y el otro era más poeta que guardia de seguridad. 

A falta de un conocimiento especializado para dirigirlos, me guié por cierta intuición y la dudosa experiencia que significaba haber visto a distancia cómo funcionaba el equipo de seguridad de Fidel Castro. Mi primera solicitud fue que nos consiguieran armas, ya que apenas contábamos con dos pistolas que a duras penas había podido conseguir Osvaldo Puccio, el fiel secretario privado de Salvador Allende, y Rodolfo Ortega, otro amigo del Presidente. 

Nos trajeron una hermosa escopeta de caza, española, de dos cañones con el metal labrado y exquisita marquetería. Era un arma cara concebida para cazar perdices, pero sin lástima le cortamos el cañón, justo delante de donde terminaba el guardamonte. Con aquella escopeta en su tamaño original habría sido imposible moverse dentro de los autos sin romperle la cabeza a alguien. 

Parecíamos vagabundos frente a la elegancia del Presidente y, para más detalles, llegamos en un Pontiac de 1953, al que por su facha le decíamos "la carroza". Consciente de que, con todo lo modesta que fuera la infraestructura del Presidente, aquel armatoste no podía formar parte de su caravana, de inmediato la Payita consiguió prestado un station wagon parecido al que utilizaba la Policía Civil. Ahora era al revés, la verdad es que lucía mejor que el taxi de aeropuerto que Allende había utilizado durante la campaña y que lo acompañó hasta su toma de posesión, conducido por Enrique Huerta, posteriormente intendente de Palacio, asesinado en 1973 luego de salir de La Moneda. 

Al principio, dormíamos por turno en sacos de dormir colocados en la casa de la Payita, tratando de no interferir con la privacidad de Allende y su familia, aunque la modesta casa del Presidente electo no dejaba mucho espacio para aislarnos. Tampoco ofrecía condiciones mínimas para organizar la protección, ya que estaba rodeada por otras casas pareadas y no contábamos con ninguna autoridad para establecer reglas de seguridad que afectaran a los vecinos. Decidimos salir de allí hasta que Allende asumiera el gobierno y deambulamos un par de meses por las casas de sus amigos, sin que el Presidente se quejara una sola vez de las incomodidades que esto acarreaba. Fue un período agotador y alucinante. 

Días muy tensos, porque estaba en desarrollo la conspiración de la ultraderecha para impedir que Allende ocupara la Presidencia y ello culminó con el asesinato del general René Schneider, en aquellos momentos jefe del Ejército. En esas condiciones, nuestro objetivo se reducía a crear un férreo perímetro de seguridad física alrededor de Allende. La lógica era que para matarlo tenían que matarnos a nosotros primero. No podíamos aspirar a más con los recursos disponibles. 

"Lo más duro en el trabajo de protección de Allende era el desgaste físico. En pocos momentos de mi vida me he sentido más cansado y la falta de sueño se convirtió en una obsesión cotidiana. Allende lo resolvía gracias a su enorme capacidad para conciliar el sueño y descansar siempre que se lo permitieran las circunstancias".

Sin embargo, lo más duro en el trabajo de protección de Allende era el desgaste físico. En pocos momentos de mi vida me he sentido más cansado y la falta de sueño se convirtió en una obsesión cotidiana. Allende lo resolvía gracias a su enorme capacidad para conciliar el sueño y descansar siempre que se lo permitieran las circunstancias. Aprovechaba los trayectos en auto para caer en ese trance. Lo hacía a pesar de que llegó a preocuparle tanto su falta de sueño como la nuestra. Más de una vez sorprendió al chofer medio dormido en el volante del auto y entonces decía: "ustedes me dan la garantía de que impedirán a toda costa que el enemigo me mate, pero no me dan ninguna seguridad de sobrevivir a estos viajes", y le daba mucha risa. 

Hasta entonces, los Presidentes gustaban caminar por el centro hasta La Moneda y a nadie se le ocurría pensar que se pudiera atentar contra ellos. Esta era una razón más para que el GAP no contara con un presupuesto propio, ni siquiera para salarios, y aquellos que tenían familia recibían una pequeña ayuda para su subsistencia, pero literalmente vivíamos de la solidaridad política. Gracias a donaciones de amigos del Presidente, comprábamos la comida y adquiríamos la ropa indispensable para nuestro trabajo. 

Un día surgió, al parecer, la solución al problema de la falta de armamento. Allende, fiel a su discurso de campaña, había anunciado el interés por mantener relaciones con todos los países del mundo, entre ellos China, Vietnam y Corea del Norte, considerados parias y rechazados por Occidente. Delegaciones de esos países llegaron a Chile y se establecieron como una especie de delegación diplomática informal permanente, en casas que les brindó la Secretaría Presidencial. Allende quería acercarlos al proceso chileno en condición de amigos y buscaba fórmulas de cooperación mutua, la cual se presentó cuando los coreanos manifestaron su disposición de apoyarnos con algunos recursos. Propuse al Presidente solicitarle un "modulito" de armas y municiones para la escolta y Allende aceptó sin darle mucha importancia. 

Aprovechando la visita de un vicepresidente coreano, hice una lista donde pedía un par de decenas de fusiles AKM, municiones, cargadores y cosas por el estilo. Se la mostré al Presidente y en cuanto la aprobó corrí a ver a los coreanos. Me recibieron en un living que ya habían convertido en una especie de altar con banderas y retratos de Kim Il Sung. El traductor, seguramente un oficial de inteligencia que se había formado en Cuba y que con ingenua frescura se refería a Allende con el sobrenombre familiar de Chicho, trasladó la solicitud y el vicepresidente me aseguró que a su vez sería trasladada a la máxima dirección de su gobierno. 

Apenas un mes después me llamó el sonriente coreano para comunicarme que, por decisión expresa del camarada Kim Il Sung, me hacía entrega del bill of landing, donde se especificaba que el barco cubano Victoria de Girón había partido para Chile con un cargamento de miles de fusiles AKM, millones de cartuchos, cientos de lanzacohetes RPG-7 con sus proyectiles, y quién sabe cuántas cosas más. Se me pararon los pelos, pero aguanté la noticia con estoicismo, hice de tripas corazón, agradecí a los coreanos y salí corriendo para hablar con Allende, consciente del enredo en que estaba metido. Cuando vio la lista, al Presidente por poco le da un infarto. 

-¿Qué es esto? -preguntó con perplejidad e ira reflejadas en el rostro-. -¿Qué fue lo que usted le pidió a esta gente?- 

-Lo que usted aprobó, Presidente -le respondí apresurado-. Tampoco entiendo lo que significa la entrega de este arsenal. 

-Guarde este papel donde nadie pueda encontrarlo, porque nos cuesta el gobierno, por esto nos echan abajo -me dijo más sorprendido que molesto-. Vaya a hablar con los cubanos para que ellos se ocupen de ese barco-, ordenó para sepultar la "iniciativa" coreana. 

El buque no puso proa a Chile, sino que fue directo a Cuba. Los cubanos se sacaron la lotería sin haber comprado billete y nosotros perdimos hasta la mísera solicitud inicial, contenida en nuestra modesta listita. 

Fue un tiempo de intimidad forzada con Salvador Allende y su familia. Aunque yo no formaba parte del grupo de poder ni integraba el círculo de sus amigos más cercanos, compartimos muchos asuntos reservados que permanecen en esa esfera. Me hablaba de política, de problemas del país, hasta de cosas personales, con la lógica de que yo era un hombre discreto y leal, con el que se podía dar el lujo de transparentar sus pensamientos. La razón no era que tuviera un aprecio especial por mi capacidad política. Yo era como el asistente de la esquina, ante quien el boxeador baja la guardia para tomar agua y para que le sequen el sudor. 

Llegar a la Presidencia no impidió que Allende continuara viviendo ciertos momentos privados, políticos y personales. Pero hacerlo desde su nueva posición resultaba sumamente complicado, ya que sus autos eran conocidos por todos los chilenos y no existían condiciones para tener una reserva clandestina. De tal manera que no había otra alternativa que pedir carros prestados: funcionarios y secretarias resultaban en ocasiones afectados por nuestra sorpresiva solicitud y en medio de un gran secreto se iban en micro para sus casas. Entonces nosotros salíamos en disimulada caravana, compuesta a veces por los cacharros más destartalados, con el Presidente de Chile en el asiento de atrás, llevando el sombrero puesto. Creo que Allende ha sido el único mandatario chileno dispuesto a correr tales aventuras, y ello solo lo explica su pasión por la vida. 

Al lado del Presidente viví experiencias únicas, que por lo general pasaban inadvertidas al resto de la gente. En una ocasión, le tocaba presidir la primera graduación de cadetes dentro del período de la Unidad Popular. El director de la Escuela Militar era el coronel Labbé, uno de los más declarados golpistas, y la situación se tornó más tensa cuando le comunicaron al Presidente que no aceptarían el ingreso de su escolta a la actividad. Aunque Allende aceptó la condición, Tati y la Payita me insistieron en que no lo dejara solo en aquel lugar. En la puerta lo recibió el general Prats, como correspondía a su condición de jefe del Ejército, pero cuando traté de entrar con el Presidente, la guardia cruzó los fusiles impidiéndome el paso; los empujé y traté de seguir mi camino y, para mi alivio, sentí la mirada cómplice de Prats, y escuché su voz dando la orden de que me dejaran pasar, "Venga, Ariel, venga", me dijo. 

El aire podía cortarse con un cuchillo cuando, junto con un capitán que se presentó como jefe de seguridad de la Escuela, entramos al gran hall de ceremonias, donde estaban los cadetes con sus familiares. Reinaba un silencio sepulcral cuando, sin previo aviso, se apagaron todas las luces. Temiendo lo peor, solo atiné a sacar la pistola y con el brazo libre tomar a Allende por el cuello y empujado hacia una pared protegiéndolo con mi cuerpo. Él, por su parte, me pegaba patadas y codazos, enfurecido por lo que sentía como una situación vergonzosa. Cuando se prendió la luz, me dijo con los ojos llameantes: "No se me acerque, después hablaremos de esto". Más tarde se le pasó el enojo, pero de todas formas me echó una bronca por el supuesto ridículo al que lo había sometido. 

A veces teníamos que cuidarlo contra su voluntad. A él le gustaba el contacto con la gente, que entonces no tenía la costumbre de guardar cierta distancia de las figuras políticas. Era algo común en Chile, solo que hasta ese momento ningún Presidente estaba condenado a muerte por designio, como era el caso de Allende. 

"La mejor manera de protegerlo, cuando caminaba entre la multitud, era que algunos de nosotros marcháramos delante de él para interponemos a una eventual agresión, pero aquello le molestaba".

La mejor manera de protegerlo, cuando caminaba entre la multitud, era que algunos de nosotros marcháramos delante de él para interponemos a una eventual agresión, pero aquello le molestaba: "Esto no garantiza nada, en definitiva ustedes no pueden cuidarse ni ustedes mismos", me decía y, para demostrarme la validez de su punto de vista, un día me devolvió la billetera y otras cosas que había hurtado de mi ropa, mientras avanzábamos en medio de una muchedumbre. 

En estos casos, los peores eran los fanáticos. Todavía se me enfrían las tripas cuando recuerdo una concentración de mujeres en el estadio Santa Laura. Nos situamos en un inmenso palco enrejado, pero algunas mujeres querían entrar de todas formas a saludar al Presidente. Al darme cuenta de que la multitud delirante sobrepasaba a los muchachos de la escolta, corrí para allá y con toda la autoridad que podía demostrar les grité que no podían pasar. 

Entonces, un par de mujeres enardecidas me encararon armadas de cuchillos, "¿A quién vai a parar, concha de tu madre, ah?", me decían, con esas boquitas que comen pan, mientras me amagaban. Sin recursos para enfrentar la situación y ante la superioridad evidente del "enemigo", no tuve otra opción que replegarme a toda velocidad y cerrar la puerta, por fortuna, antes de que nos alcanzaran las enloquecidas pobladoras allendistas. 

Con Allende, nos sumergimos en las aguas de Valparaíso dentro del submarino Simpson de la Armada; el aire se sentía viciado y había que sobreponerse a la claustrofobia que producía estar metido en ese tubo de fierro, donde no se podía caminar sin golpearse con algo. El Presidente tenía una paciencia estoica y hasta disfrutó la aventura. Los marinos lo despidieron con honores de pito. 

También en el buque insignia de la Armada navegamos por el sur hasta Puerto Williams. Una falla técnica impidió a Allende comunicarse con La Moneda y el periodista “Perro” Olivares, gran amigo del Presidente, que formaba parte de la pequeña comitiva, llegó a la conclusión de que estábamos secuestrados. Allende no le hizo mucho caso y buena parte del tiempo lo dedicó a dispararle con su fusil AKM a un avioncito de control remoto que los marinos utilizaban para sus prácticas y que hizo todo lo posible por derribar, ante la mirada preocupada de la oficialidad, que con seguridad no tenía otro de repuesto. 

Sin embargo, el más aparatoso de todos los accidentes ocurrió durante un viaje en helicóptero a Viña del Mar, para la inauguración de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Desarrollo que se celebró en Chile. Contrario a una opinión entonces bastante generalizada, yo consideraba que los helicópteros eran más seguros para los viajes largos, dado el estado de las carreteras y nuestra imposibilidad de controlar los movimientos por ellas. Fue por eso que solicité prestado a un colegio de monjas que estaba situado junto a la casa de Tomás Moro, un pedazo de terreno para construir un helipuerto y pedimos a la Fuerza Aérea que asignara un aparato al Presidente. Lo hicieron y destacaron un UH bajo el mando del comandante Maza, un piloto instructor muy experimentado, cuya pericia nos salvó la vida. 

Salimos temprano en la mañana de Santiago. Además de la tripulación y el Presidente, viajábamos el edecán militar -comandante Mella-, uno de los muchachos de la escolta y yo. A la altura de Curacaví, pasada la primera cadena montañosa, sentimos un impacto, se prendieron las luces rojas del aparato y comenzaron a sonar los pitos de alarma. El edecán militar me hizo una seña indicándome que habíamos chocado con un pájaro, pero ese no era el problema. El Presidente, que venía trabajando en su discurso con un maletín puesto sobre sus rodillas, levantó la vista y palmoteó por la espalda al piloto para que le explicara lo sucedido, pero el hombre no le hizo el menor caso y continuó concentrado en el manejo de la emergencia. Para su seguridad, le quité el maletín de sus piernas y el bolígrafo de la mano, y le indiqué que estábamos en problemas. La verdad es que, quizá por ignorancia, todos los pasajeros mantuvimos la calma mientras el aparato descendía en caída libre, sin motor, hacia el valle que se aproximaba de manera vertiginosa. La turbina prácticamente había explotado y el piloto hacía una maniobra de auto rotación, que consiste en obligar a las aspas -ya sin fuerza mecánica que las impulse- a continuar moviéndose gracias a la resistencia que ofrece el aire a la nave en brusco descenso. Era impresionante notar que el aparato se desplazaba con la velocidad que le imponía la fuerza de gravedad, esquivando los cables de alta tensión que aparecían por todos lados. 

Gracias a esta maniobra espectacular, el piloto logró un aterrizaje perfecto en medio de un sector inundado por una espesa neblina que nos impedía distinguir bien la carretera, ubicada a unos doscientos metros. 

Un alambre de púas echó a perder mi único traje protocolar, de franela gris, que vestía para la ocasión de reunimos con personalidades de todo el mundo. Terminamos haciendo autoestop para el Presidente de Chile, pero los ministros y dignatarios que se dirigían hacia la conferencia en sus autos, continuaban de largo debido a la imposibilidad de distinguimos en medio de la niebla. Entonces vimos un camión de combustible que, obligado por el peso, bajaba la montaña lentamente. El chofer tampoco tenía intenciones de parar, pero ordené al muchacho de la escolta detenerse en medio de la carretera con su arma a la vista. El frenazo del camión lo dejó atravesado en el camino, convirtiéndose en una barrera para los autos que venían detrás. 

Así detuvimos a un Austin Mini, donde apenas cabían dos personas, y a un Opel Kadet Coupé, un auto importado que no había visto antes. Este transportaba a una pareja de mediana edad que en el asiento trasero llevaba una torta de novia. Le expliqué al hombre lo del accidente y le pedí que trasladara al Presidente de la República, a lo que se mostró dispuesto. Pero la idea le gustó mucho menos cuando le dije que con el Presidente iríamos el edecán y yo, y que la torta tendría que irse en el maletero, donde por cierto no cabía muy bien y tuvimos que "forzarla" un poco... 

Para colmo, muy cortésmente le pedí el volante y le indiqué que yo sería el chofer a partir de ese momento. 

La mujer, ubicada atrás junto al Presidente, resultó ser sumamente impertinente y maleducada. Se dedicó a lanzar indirectas de mal gusto, que Allende asumía con absoluta frialdad. "Seguro que usted prefiere que le digan compañero Presidente", le dijo con ironía mal disimulada, a lo que Allende respondió: "no, da igual, puede llamarme Salvador si quiere". Por su parte, el hombre, que era médico y aunque más educado era igual de pesado, insistía en que se conocían de la escuela y mencionaba nombres de supuestos amigos comunes, que Allende fingía recordar. Al tipo le tocó sentarse entre el edecán y yo, casi encima de la palanca de cambio, y podía olerse su pánico cuando, urgido por Allende, descendíamos a gran velocidad por aquella carretera de cerro, donde el único referente que permitía la neblina era la línea separadora central, por sobre la cual nos movíamos. Así llegamos a Viña del Mar, a tiempo para inaugurar la Conferencia. Allende se bajó del Opel como si fuera una limusina y se despidió con amabilidad del insoportable matrimonio que, sin quererlo, con seguridad había vivido la aventura más sensacional de su vida. Nunca pudimos esclarecer si la falla del helicóptero fue fruto de la mala suerte o si alguna mano criminal quiso apurar el destino; de hecho, ni siquiera lo investigamos. En cualquier caso, si hubiese sido un plan para eliminar al Presidente había fracasado y ello, por sí mismo, ya era motivo de felicidad para mí, que vivía cada día como si fuese el último de mi existencia. 

"El GAP fue creciendo junto con las amenazas y decenas de personas más se integraron a los perímetros de seguridad, cada vez más amplios y sofisticados, aunque los recursos continuaron siendo precarios. Por ejemplo, para trasladamos -que siempre es el momento más peligroso- apenas contábamos con dos equipos de tres autos Fiat 125".

El GAP fue creciendo junto con las amenazas y decenas de personas más se integraron a los perímetros de seguridad, cada vez más amplios y sofisticados, aunque los recursos continuaron siendo precarios. Por ejemplo, para trasladamos -que siempre es el momento más peligroso- apenas contábamos con dos equipos de tres autos Fiat 125, que técnicamente habíamos mejorado un poco, fortaleciendo los amortiguadores y modificando el sistema de carburación para que tuvieran mayor capacidad de respuesta, ya que la velocidad estaba vinculada con nuestro criterio de seguridad y por eso siempre andábamos muy rápido. Además, aumentamos la altura del respaldo de los asientos traseros y les colocamos un blindaje de acero bastante artesanal. Lo demás era pura lógica, como modificar el orden de marcha, para que ningún auto fuese identificado como el auto presidencial, y realizar algún estudio previo de las rutas que íbamos a seguir. Si notábamos algo sospechoso no teníamos autoridad legal para intervenir, no podíamos detener a nadie, ni siquiera cerrar una calle o interrumpir el tránsito. Por eso, la policía motorizada iba delante de la caravana y algún auto de la policía civil iba detrás; ellos eran los encargados de actuar si la situación lo requería. 

Como finalmente quedó demostrado en la defensa de La Moneda, este grupo de la policía civil, seleccionada por Coco Paredes, resultó muy leal al Presidente, aunque se trataba de un órgano institucional tradicional. Contrario a la creencia de mucha gente, el gobierno cubano no tuvo nada que ver con esta organización y nunca existió un asesor cubano para la escolta de Allende. Dos o tres participaron en la preparación física de los hombres y en una ocasión mandaron a un especialista en armamento, pero hubo que regresarlo de inmediato, porque por poco se muere de frío. Un poco después de que Allende asumiera la Presidencia, se sumaron al GAP militantes del Partido Socialista. Aquello aumentó las tensiones, toda vez que reclamaban su mejor derecho y cuestionaban mi condición de jefe del equipo. Con cierta razón, se sentían desplazados de una actividad que les correspondía y, aunque traté de atenuar el conflicto brindándoles confianza y autoridad, el sectarismo de muchos de ellos y las diferencias culturales respecto al entorno del Presidente, creó barreras en ocasiones insuperables. 

Por lo general eran jóvenes de origen humilde, pobladores de los barrios pobres de Santiago, no proclives a entender las reglas de ese tipo de vida y a adaptarse a ellas pero de su entrega y abnegación da cuenta el número de ellos que combatió heroicamente en La Moneda y otras dependencias, y la larga lista de los que fueron asesinados luego de su captura. 

Al GAP también se agregó un grupo operativo del MIR que no estaba bajo mi mando. Su función no era escoltar al Presidente, sino aumentar la capacidad de respuesta armada ante la eventualidad de una asonada, pero su existencia provocó muchos desacuerdos. En realidad, la formación de este grupo fue una excusa para entrenar a los hombres del MIR bajo la sombrilla de la Presidencia, ya que los cubanos se negaban a hacerlo si Allende no lo autorizaba. Este grupo no se sentía subordinado al Presidente, actitud que provocó mi rechazo y fue causa de constantes contradicciones entre nosotros.

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Comentarios

Comentarios

Excelente texto! Ha sido un gran placer leer los artículos de Interferencia sobre el presidente Salvador Allende y la Unidad Popular. Gracias, mis felicitaciones!

Max Marambio ? El que después de 1973 fue a vender leche frelatada para los niños cubanos ( y por lo cual fue expulsado de Cuba) ?.

El mismo Max Marambio, pero el texto está bastante interesante y aporta mucho al conocimiento de una época, Un gran placer leer este especial.

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