La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos dejó abiertas varias interrogantes que van más allá de los intereses inmediatos de Washington en la región. El propio Donald Trump sinceró que la operación estuvo motivada por el petróleo, mientras que el plan respecto del futuro gobierno venezolano quedó encapsulado en el concepto de “transición” que, presentado de manera opaca, se detalló en tres etapas sin explicarse con claridad hacia dónde conducirían ni cuál sería el desenlace político esperado.
En ese contexto, diversos analistas han elaborado hipótesis que permiten vislumbrar los intereses colaterales que el círculo interno del mandatario estadounidense habría puesto en juego con esta operación. El politólogo argentino Andrés Malamud puso el foco en lo que esta avanzada de Estados Unidos significa dentro de las propias filas del trumpismo, particularmente en la relación entre el vicepresidente J.D. Vance, el secretario de Estado Marco Rubio y el secretario de Defensa Pete Hegseth.
En detalle, cada una de estas figuras encarna una “facción”, una “ideología” o una “agenda” que orienta la forma en que se perfilan los intereses estadounidenses, tanto en política interna como en política exterior. En ese marco, el rol de Rubio tras la operación en Venezuela resulta clave. Malamud lo define como un representante del neoconservadurismo y lo vincula más estrechamente con la tradición de la política exterior de George W. Bush, que concibe a Estados Unidos como un actor intervencionista, con un rol activo en las decisiones políticas de otros países.
Para Rubio, sin embargo, la decisión de apresar a Maduro podría ser apenas un paso dentro de una ambición por debilitar, y eventualmente terminar, con el gobierno de Cuba. De origen latino y con padres cubanos, su nominación al cargo que hoy ocupa ya anticipaba que Trump pondría el foco en América Latina. Bajo esa lógica, Rubio buscaría que el descabezamiento del poder en Venezuela permita a Estados Unidos retomar el control del petróleo venezolano, cerrar el suministro energético hacia Cuba y, con ello, desestabilizar al régimen cubano, uno de los objetivos históricos de Washington desde 1959.
Este interés no sería únicamente político, sino también personal. No solo representaría una victoria simbólica para Rubio como latino ver caer al régimen cubano, sino que además fortalecería su posicionamiento como uno de los principales aspirantes a suceder a Trump, quien —según la Constitución estadounidense— no puede optar a la reelección. En ese escenario, Rubio comparte ambiciones con J.D. Vance, quien también busca convertirse en el heredero político del actual mandatario.
De hecho, hace solo algunos meses, el propio Trump señaló a bordo del Air Force One que tanto Vance como Rubio figuraban entre los nombres con mayores posibilidades de convertirse en los próximos presidentes de Estados Unidos.
No obstante, Vance representa el ala más pura del movimiento MAGA (Make America Great Again), la facción más cercana a Trump, que apuesta precisamente por evitar la participación en conflictos internacionales y promover una política exterior más aislacionista, centrada en el resguardo de las fronteras y los intereses internos. Consignas como “botas fuera de los territorios”, “no a las guerras eternas” o “ningún soldado estadounidense muerto” forman parte de ese ideario, al que Trump ya supo sacarle rédito político en el pasado.
Malamud advierte que la ausencia de Vance en la primera conferencia de prensa tras lo ocurrido en Venezuela, así como su escasa visibilidad pública respecto de la operación, serían indicios de que el impulso político del ataque estuvo liderado por Rubio. Según esta lectura, Vance incluso podría estar a la espera de un eventual fracaso para reactivar el discurso MAGA y obtener una ventaja política interna.
Entre ambos emerge un tercer actor, aunque por ahora con menor protagonismo en esta disputa ideológica, Pete Hegseth. El secretario de Defensa se alinea con el sector “America First”, que prioriza los intereses geopolíticos de Estados Unidos y actúa en función de ellos cuando lo considera necesario. Desde esa perspectiva, la operación contra Maduro —justificada oficialmente en la lucha contra el narcotráfico— resulta coherente con su visión estratégica.
El propio Hegseth lo dejó claro tras la operación en Venezuela, al declarar: “Esto es America First. Esto es paz mediante la fuerza. Y el Departamento de Guerra de Estados Unidos está orgulloso de ayudar a concretarlo. Bienvenidos a 2026".








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