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Martes, 27 de Octubre de 2026
[Revisión del VAR]

¿Nos rendimos o seguimos jugando?

Roberto Rabi González (*)

¿Debemos aceptar que la Libertadores se transforme en una competencia en la que los brasileños disputan el campeonato y los demás intentan sorprenderlos? ¿Dónde una vez por década aparezca un Estudiantes de la Plata especialmente motivado y afortunado? ¿Hay espacio para construir una alternativa o estamos condenados a administrar nuestras propias limitaciones?

Todo hacía presagiar que los dos finalistas de la Copa Libertadores serían nuevamente brasileños, e incluso que la final del año pasado entre los portentos del gran país del sur se repetiría tal cual. Pero el “Pincha” dijo otra cosa: Estudiantes de La Plata se encargó de recordarnos que, aunque las diferencias sean cada vez más abismales, el fútbol todavía conserva cierta capacidad para rebelarse contra los pronósticos. Eliminó a Flamengo y se metió en la final, convirtiéndose en una pequeña espina en la hegemonía brasuca que amenaza con convertir la principal competencia continental en una suerte de campeonato brasileño con invitados.

¿Todavía es posible competir contra Brasil o estamos asistiendo a una transformación tan profunda que lo razonable sería aceptar que la Copa Libertadores tendrá dueños permanentes? Los números son bastante elocuentes; desde 2019, ningún equipo que no sea brasileño ha conseguido levantar la Copa Libertadores. Si tomamos las diez últimas ediciones, entre 2017 y 2026, los clubes brasileños habrán ocupado 14 de los 20 lugares disponibles en las finales. Siete campeonatos consecutivos. Flamengo, Palmeiras, Fluminense y Botafogo. Cuatro instituciones diferentes, con estructuras, presupuestos y proyectos distintos, pero pertenecientes a un mismo ecosistema futbolístico que parece haber adquirido una ventaja difícil de remontar. 

No estamos, por tanto, ante la supremacía circunstancial de un equipo extraordinario. Estamos frente al predominio de un país. Y conviene detenerse en esa diferencia. Porque cuando un club gana varias veces, podemos atribuirlo a una buena generación, a un entrenador excepcional o a una acertada política de contrataciones. Cuando los clubes de un mismo país comienzan a repartirse sistemáticamente los títulos continentales, la explicación necesariamente es más profunda.

Brasil tiene un mercado interno gigantesco, una industria futbolística mucho más desarrollada, mayores ingresos comerciales, mejores contratos televisivos, capacidad para retener jugadores y, sobre todo, recursos para salir al mercado sudamericano a contratar aquello que sus competidores producen con enorme esfuerzo. Sus principales instituciones han alcanzado una dimensión económica que para la mayoría de los clubes del continente resulta sencillamente inalcanzable.

Un informe de Sports Value sobre las finanzas del fútbol brasileño de 2025 permite dimensionar esa distancia: Flamengo registró ingresos por US$380 millones y Palmeiraspor US$308 millones. No son cifras que puedan compararse con las realidades presupuestarias de los principales clubes chilenos, uruguayos, paraguayos o incluso de buena parte de los argentinos.

El dinero, por supuesto, no garantiza los títulos. Pero permite equivocarse más veces, contratar mejor, retener talento y construir planteles capaces de competir simultáneamente en varios frentes. En definitiva, permite que la superioridad económica termine expresándose también en la cancha.

¿Y qué hacemos los demás?

La pregunta no es exclusivamente argentina, chilena o uruguaya. Es continental. ¿Debemos aceptar que la Libertadores se transforme en una competencia en la que los brasileños disputan el campeonato y los demás intentan sorprenderlos? ¿Dónde una vez por década aparezca un Estudiantes de la Plata especialmente motivado y afortunado? ¿Hay espacio para construir una alternativa o estamos condenados a administrar nuestras propias limitaciones?

En Chile, la pregunta adquiere una dimensión todavía más cruda. Nuestros clubes no solamente están lejos de los brasileños: también parecen haber perdido buena parte de la capacidad para competir regularmente con los principales equipos argentinos, ecuatorianos, colombianos y paraguayos. La distancia no es únicamente presupuestaria. Tiene que ver con infraestructura, formación, gestión, planificación deportiva y capacidad para desarrollar proyectos que sobrevivan a los cambios de autoridades y entrenadores.

Quizás lo más preocupante sea la naturalidad con que comenzamos a asumirlo. Que una final tenga dos equipos brasileños ya no sorprende. Que un club argentino, uruguayo o chileno consiga instalarse entre los candidatos parece convertirse en una noticia excepcional. Y cuando la excepcionalidad reemplaza a la expectativa, algo definitivo se pierde.

No hay ninguna razón para renunciar a la competencia. El fútbol, entre otras cosas, tiene la virtud de producir resultados que no siempre obedecen a los presupuestos. Estudiantes estará en la final de 2026 precisamente porque eliminó a Flamengo. La posibilidad de derrotar al poderoso sigue existiendo. Pero una cosa es reconocer que las sorpresas son posibles y otra muy distinta es construir un proyecto deportivo sobre la esperanza de que ocurran. 

La cuestión, entonces, no es si debemos rendirnos. Es qué estamos dispuestos a hacer para competir en serio. Porque manteniendo las mismas estructuras, administrando la escasez, celebrando pequeñas victorias domésticas, no lo vamos a lograr. Como es obvio, no se trata de desbancar permanentemente a Brasil y Argentina. Se trata, al menos, de no aceptar que ganarles se haya convertido en un imposible.

La Copa Libertadores sigue siendo una competencia sudamericana. Sería una lástima que termináramos acostumbrándonos a que eso sea apenas una formalidad geográfica.

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