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Miércoles, 23 de octubre de 2019
La historia de un productor de armas

Por qué Estados Unidos quiere extraditar a Carlos Cardoen

Manuel Salazar Salvo

Luego de 25 años, la justicia estadounidense vuelve a la carga sobre este controvertido empresario chileno, quien jugó un relevante rol en la historia de la defensa en los 80 y quien se hizo mundialmente conocido por fabricar municiones que posteriomente fueron vendidas a Irak y otros países en guerra entre 1983 y 1990.

Por segunda vez en 25 años el gobierno de Estados Unidos inició una ofensiva legal para que el empresario Carlos Cardoen sea detenido y extraditado a la potencia norteamericana donde se pretende juzgarlo por haber exportado hacia Chile bienes y mercaderías que, luego de ser transformados en municiones, fueron vendidas a Irak y otros países entre 1983 y 1990.

El oficio, de carácter reservado, fue recibido por la Cancillería y remitido a la Corte Suprema, cuyo presidente, Haroldo Brito, designó a Carlos Aránguiz, ministro del máximo tribunal, como instructor de la causa y quien deberá analizar si la solicitud estadounidense cumple con los requisitos, y así proceder o no con la detención.

Los últimos acuerdos de extradición entre ambos países fueron firmados en 2017, pero al tratarse de hechos previos a ese año, deberá resolverse de acuerdo al Código de Procedimiento Penal y al Tratado de 1902 que abordaba las extradiciones entre los dos países.

A comienzos de los 90′, el gobierno de Estados Unidos, a través del Departamento de Comercio y el Servicio de Aduanas, presentó una denuncia en contra de Cardoen por exportación ilegal de circonio a Chile, un metal estratégico, aditivo del acero entre otros usos, que fue empleado en la fabricación de bombas de racimo. Desde 1993, Interpol mantiene una alerta roja contra el hoy empresario turístico a petición de Washington, solicitud que fue reiterada en 2009 y renovada por el organismo policial hasta 2019.

Algunos conocedores del tema sospechan que el interés de Estados Unidos por Cardoen no sólo obedece al uso supuestamente ilegal del circonio, sino a los vastos conocimientos que el empresario chileno tiene sobre el comercio de armas, en particular sobre el Medio Oriente, realizado en los últimos 30 años. Washington también buscaría examinar a fondo los vínculos que Cardoen mantenía en Cuba y los que tiene en Venezuela, países con los que efectuado variados negocios.

Otros –entre ellos el propio Cardoen- creen que el gobierno de Estados Unidos y algunos países europeos quieren dar una especie de lección al industrial chileno y de otros países en desarrollo, para que no se atrevan competir y amagar a las poderosas industrias de armas de sus propios países que controlan los mercados de todo el mundo.

Además, medios de prensa británicos  han vinculado a Cardoen y sus empresas con el oscuro asesinato del periodista inglés Jonathan Moyle a fines de marzo de 1990 en el Hotel Carrera, en Santiago. Moyle, especialista en Defensa, ex piloto de la RAF, había llegado a Chile invitado por la FACh para asistir a la Feria Internacional del Aire que se efectuaba por esos días. El o los asesinos trataron de encubrir el crimen con un supuesto suicidio del corresponsal.

Los inicios

Cardoen nació en 1942 en Santa Cruz y tiene un hermano. Su abuelo fue un inmigrante belga, ingeniero y primer gerente de Elecmetal. Su padre, Carlos Cardoen Decoene, fue ingeniero, empresario y agricultor; se casó con Ema Cornejo Loyola, ejerció como gobernador de Santa Cruz en el gobierno de Jorge Alessandri, y luego como alcalde.

Carlos Cardoen Cornejo estudió en el Instituto Regional Federico Errázuriz de Santa Cruz y luego en el Internado Nacional Barros Arana. Se graduó como técnico metalúrgico de la Universidad Técnica del Estado e  ingresó a la carrera de Ingeniería Civil en Minas en la Universidad de Chile. Luego viajo a la Universidad de Utah, Estados Unidos, donde obtuvo un doctorado en Metalurgia. Fue ayudante de Melvin Cook, Premio Nobel por el desarrollo de procesos químicos de reacciones rápida, quien nombró a Cardoen como vicepresidente para América Latina de su empresa Ireco, fabricante de explosivos para la minería, donde trabajo nueve años.

En 1977, con 50 mil dólares suyos, otros 50 mil de préstamos bancarios, el socio estadounidense Rafael Bosch y el apoyo de su padre, creó Explosivos Cardoen Ltda. Empezó a vender sus productos a Chuquicamata, La Exótica, Exxon y Mantos Blancos, entre otras mineras. A fines de año fue convocado junto a otros fabricantes de explosivos por los altos mandos de las Fuerzas Armadas de Chile para que fabricara explosivos destinados a una posible guerra con Argentina. Estaba ya vigente el embargo de armas a Chile decretado por el gobierno estadounidense y tuvo que dedicarse de manera urgente a la tarea encomendada.

Cardoen era piloto de la Fuerza Aérea de Chile, subteniente de reserva, y mantenía buenos contactos en esa rama de la defensa. Para ellos fabricó unas bombas que se lanzaban desde los aviones con la mano y que usaban una espoleta de Famae, la maestranza del Ejército. Luego inició la fabricación de minas de todo tipo y de explosivos como Anfo, Sanfo, Amón Gelatina, Nitro Glicerina y otros, que proveían a las trincheras chilenas desde el norte al extremo austral de Chile, donde las tropas se preparaban para la guerra.

Un rápido desarrollo

En julio de 1979 Cardoen compró un sitio en la calle Exequiel Fernández, en Santiago, donde levantó una planta de producción de armas, y terrenos en Antofagasta para efectuar las pruebas. Ese mismo año se iniciaron los contactos con la empresa suiza Mowag para comprar la licencia que le permitiera fabricar en Chile carros blindados en serie. Un amigo del general Augusto Pinochet, el refugiado húngaro Carlos Hontik, intervino como representante de Mowag.

Luego Cardoen volvió a expandirse. Instaló una nueva planta en Iquique y adquirió unas amplias y elegantes oficinas en la avenida Providencia. Por ese tiempo ya recibía suculentos pagos y adelantos por parte del Ejército y las otras ramas de las Fuerzas Armadas. En 1981 el ministro de Defensa era el general Carlos Forestier y ese año se gastaron cerca de 1.800 millones de dólares en la defensa nacional.

Un año después, el general Forestier renunció al Ministerio de Defensa y se transformó en asesor para asuntos militares de Carlos Cardoen, quien era el presidente del directorio de su creciente industria de armas y pertrechos bélicos.

La expansión internacional se inició con un contrato de venta de armas a Libia. El convenio lo cedió a Cardoen una empresa de la competencia estadounidense, imposibilitada de cumplir sus compromisos a causa del embargo que el Senado de su país impuso al régimen de Muamar Gadafi.

Cardoen se interesó, además, por nuevos productos y trajo desde Filadelfia, Estados Unidos, a dos expertos en la fabricación de bombas de racimo, Lynn Yoder y Barry Geic, quienes asesoraron a técnicos durante tres meses, en la planta de Exequiel Fernández, para la fabricación de estas bombas.

El 24 de febrero de 1984 se firmó el contrato por la venta de bombas de racimo de 300 y 500 libras y otros pertrechos militares por un valor de 60 millones de dólares a Irak. El contrato estipuló que la entrega se efectuara en 18 embarques sucesivos antes de septiembre. Un contingente iraquí llegaba 48 horas antes del despegue y se alojaba en una casa de Cardoen ubicada en Quilín dispuesta para recibirlos. Esos militares acompañaban el despacho de bombas hasta llegar a su destino.

Cada bomba costaba ocho mil dólares. Las rusas costaban el doble, el triple la estadounidense y muchos más las francesas.

En 1984 Cardoen también empezó a fabricar el Alacrán, un carro blindado semi oruga destinado a la exportación, carros anfibios y de combate de diversos tipos en tierra, además de una gran variedad de bombas. Cada carro blindado se vendía en unos 250 mil dólares.

Las primeras zancadillas

A mediados de la década de los 80’ y ante el sorprendente éxito de Cardoen, aparecieron nuevas industrias de armas privadas. Entre ellas Ferrimar, Sogeco y Makina, que intentaron emular al empresario colchagüino. Una de ellas, Ferrimar, en conjunto con Famae, empezó a fabricar unas bombas denominadas Avispa, que eran una réplica casi exacta de las bombas racimo de Cardoen y que fueron vendidas a Irán, país que estaba en guerra con Irak. Hubo demandas, denuncias y querellas mutuas por copia de productos, robo de patentes y maniobras dolosas en una creciente lucha judicial.

Las simpatías de los militares estaban con Ferrimar y Famae, iniciándose un progresivo deterioro de las relaciones con Cardoen.

En 1987 Incar (Industrias Cardoen) tenía variados negocios e intereses en Argentina –una fábrica de tubos de acero-; en Irak –ventas directas y una planta de armado de bombas de racimo-; en España –una nueva empresa y planta que pretendía introducir sus productos en los países de la OTAN-; en Jordania –una exhibición permanente de una fábrica de armados modulares y de fácil traslado; en China, una avanzada comercial; en Francia, Estados Unidos, Ecuador, Suecia, Suiza, Gran Bretaña y Sudáfrica.

A fines de los 80’, Cardoen había vendido cerca de 25 mil bombas de racimo a Irak por un monto que bordeaba los 200 millones de dólares. El negocio seguía prosperando, pero el pronto retorno de la democracia en Chile, lo llevó a fijarse en los vientos de guerra en el Medio Oriente.

El 2 de agosto de 1990 Sadam Hussein invadió Kuwait y Cardoen suspendió de inmediato la venta y producción de armas para Irak. Al poco tiempo empezaron los problemas con Estados Unidos, que a comienzos de 1991 inició la Operación Tormenta del Desierto contra Irak.

El helicóptero incautado

Por esos años Cardoen estaba desarrollando en Chile uno de sus proyectos más ambiciosos: diseñar y construir un helicóptero civil de bajo costo que pudiera convertirse en uno de guerra si era necesario. Quería hacerlo en sociedad con industrias estadounidenses y comercializarlo en el mundo desde allí.

Eligió un helicóptero Bell norteamericano y proyectó las modificaciones en Chile. Luego lo llevó a Estados Unidos para que un grupo de industrias hiciera las transformaciones y enseguida pasara todos los controles de ese país. Lo logró y cuando estaba a un paso de traerlo a Chile las autoridades locales decidieron embargarlo en la Aduana.

Envió entonces, en abril de 1991, una extensa carta a cada uno de los senadores chilenos pidiéndoles que lo ayudaran en defender las iniciativas y los emprendimientos industriales chilenos. En aquella ocasión no pasó mucho.

Ahora, en enero recién pasado, por 26 votos a favor y una abstención, el Senado aprobó un proyecto de acuerdo en el que solicitan al Ejecutivo, “realizar las gestiones políticas, diplomáticas y judiciales necesarias para dar auxilio al empresario Carlos Cardoen ante Interpol, y plantee ante ese organismo su preocupación por la falta de adecuación de sus prácticas institucionales a los estándares internacionales de derechos humanos”.

La iniciativa tuvo su origen en la iniciativa transversal presentada por los senadores Letelier, Allende, Aravena, Ebensperger, Muñoz, Rincón, Von Baer, Allamand, Araya, Chahuán, Durana, Galilea, García, García Huidobro, Guillier, Huenchumilla, Insulza, Lagos, Pérez, Pizarro, Pugh, Quinteros y Sandoval.

En 1991, cuando ocurrió el problema con el helicóptero, Cardoen ya estaba ampliamente diversificado. Tenía las siguientes empresas: Cardoén; Tecnología y Fabricaciones S.A.; GMT; Petromín Ltda.; Alumcar; Las Araucarias de Linderos Ltda.; Hotel Galerías; Banco del Pacífico; Cía. Chilena de Fósforos; Mincar; Aeromet Ltda. Y Explomin. Todas ellas dedicadas a una amplia gama de rubros.

En las casi tres décadas siguientes siguió expandiéndose, incorporo a varios de sus ocho hijos a sus negocios y se transformó en el principal motor de progreso de la zona huasa chilena. Pero, esa es otra historia.

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¿Cómo la tercera vez que vengo este mes??? ¡Hoy es 1 de abril!!!

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