Fernando Riera nos enseñó a competir y condujo a Chile al tercer lugar del Mundial de 1962. Luis Álamos fue parte de esa construcción histórica y dejó su huella el Ballet Azul y Colo-Colo 73. Jozić, después de ser el campeón del Mundial Juvenil que se jugó en Chile con las estrellas de Yugoslavia en 1987, llevó a Colo-Colo a conquistar América en 1991, un logro que cambió para siempre la dimensión de lo posible para un club chileno.
Pero luego vinieron otras transformaciones.
Marcelo Bielsa transformó la manera en que una generación entendió el juego y elevó las expectativas de nuestra Selección. Jorge Sampaoli tomó esa generación y la condujo al primer título continental de Chile en 2015. Manuel Pellegrini, uno de los discípulos de Riera, desde otra dimensión, construyó una carrera internacional que lo convirtió en uno de los entrenadores chilenos más exitosos de todos los tiempos. ¿Quién fue el mejor? La respuesta depende de lo que estemos midiendo. ¿Quién ganó más? ¿Quién fue más influyente? ¿Quién cambió nuestra historia? Son preguntas distintas, y todas merecen ser discutidas.
Pero hay una pregunta que debería importarnos todavía más: ¿qué queda hoy de ellos? Porque el fútbol chileno ha tenido grandes entrenadores, grandes generaciones de futbolistas y momentos extraordinarios. Sin embargo, seguimos discutiendo las mismas carencias: la formación, la competencia, la planificación, la continuidad de los proyectos y la capacidad de competir internacionalmente. La influencia de un entrenador no debería medirse únicamente por los títulos que ganó, sino también por las ideas que dejó instaladas. Jozić no fue solamente el técnico de la Libertadores de 1991; también representa la importancia de la formación y de la construcción de un equipo. Bielsa no fue solamente presión e intensidad; también fue metodología, preparación y una manera distinta de mirar el fútbol. Sampaoli no fue solamente la Copa América; fue la capacidad de convertir una idea en un título. Pellegrini no fue solamente sus trofeos europeos; fue la demostración de que un entrenador chileno podía llegar a la cima del fútbol mundial. Recordarlos no debería ser un ejercicio de nostalgia, sino una oportunidad para preguntarnos por qué no hemos sido capaces de transformar esas enseñanzas en una política permanente de desarrollo.
Y esa pregunta adquiere una dimensión todavía más urgente cuando miramos a nuestra Selección. Chile ya no tiene los magníficos jugadores que tuvo durante buena parte de su historia. No contamos hoy con una generación comparable a la de 1962, ni con el talento extraordinario que se reunió en torno a Claudio Bravo, Gary Medel, Arturo Vidal, Alexis Sánchez y compañía; de hecho, la reciente nómina de jugadores para los amistosos frente a Canadá, Estados Unidos y México debe ser una de las débiles de toda nuestra historia. En este escenario, la elección del técnico resulta determinante.
Algunos dicen que un muy buen técnico podría hacer milagros. Que todavía existe la posibilidad de encontrar a ese entrenador capaz de convertir el agua en vino, recuperar la confianza y devolvernos la ilusión. Pero el fútbol no se construye solamente con magia. Un entrenador puede mejorar un equipo, potenciar futbolistas y darle una identidad. No puede fabricar el talento que no existe ni resolver por sí solo las carencias estructurales de un país.
Entonces, ¿existe ese mago? ¿Lo podremos tener? Quizás la respuesta sea que necesitamos un gran entrenador, sí, pero también algo mucho más difícil: volver a construir las condiciones para que el fútbol chileno produzca grandes jugadores. Porque ningún Jozić, ningún Bielsa, ningún Sampaoli, ni ningún Pellegrini puede hacer eternamente milagros si el fútbol que los rodea no está preparado para sostenerlos. Mientras discutimos quién fue el mejor entrenador que dirigió en Chile, deberíamos preguntarnos quién será capaz de enseñarnos nuevamente a jugar. Y, sobre todo, si esta vez estaremos dispuestos a aprender.





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