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Martes, 21 de Abril de 2026
[Revisión del VAR]

Una ilusión fantasma

Roberto Rabi González (*)

La clasificación al Mundial Sub 17 es, sin duda, una buena noticia. Pero sería un error tratarla como un triunfo en sí mismo. Es, en realidad, un punto de partida. Y  lo determinante no estará en lo que haga la Sub 17 en la cancha, sino en lo que el sistema haga con ella cuando las luces del torneo se apaguen.

Hasta que conseguimos un logro, pequeño, pero de verdad. La Sub 17 clasificó al mundial. Hay algo genuinamente valioso en ver a un grupo de jugadores jóvenes competir, sostener resultados y devolver —aunque sea en escala menor— una sensación que el fútbol chileno había extraviado hace tiempo. Pero sería un error reducirlo a eso, a la postal optimista de turno.

El equipo dirigido por Hernán Caputto no solo clasificó; mostró rasgos que escasean en el fútbol local: orden, convicción y una cierta idea de juego. En un país donde el “proyecto” suele ser una palabra decorativa, que una selección formativa tenga algo parecido a un rumbo ya parece, en sí mismo, una anomalía. Y quizás por eso mismo entusiasma tanto.

Pero ahí empieza el problema.

Chile ya ha vivido este entusiasmo antes. No es la primera vez que una generación juvenil asoma con promesas, ni será la última. Si bien es cierto la tendencia de nuestras selecciones menores en el último tiempo ha sido el fracaso, algunas Sub 17 o Sub 20 nos proporcionaron alguna ilusión en torneos sudamericanos o mundiales y, con el paso de los años, se desdibujaron hasta convertirse en una lista de nombres que alguna vez sonaron. No es falta de talento. Nunca lo ha sido. Es, más bien, la incapacidad de sostener procesos, de acompañar trayectorias, de transformar una buena noticia en una política. La pregunta entonces no es qué tan lejos puede llegar esta Sub 17 en el Mundial, sino si el fútbol chileno pretende mejorar. Pretende construir futuro.

El cuello de botella es conocido. Entre el fútbol formativo y el profesional hay un abismo que no se resuelve con discursos. La prueba más potente es la reciente Copa Libertadores ganada por Santiago Wanderers, mientras que el equipo adulto está lejos de brillar en la B. Los clubes —salvo excepciones— siguen atrapados en la lógica del corto plazo, donde el resultado inmediato vale más que cualquier desarrollo. Los jóvenes entrenan, destacan, incluso son convocados, pero luego se enfrentan a un sistema que les concede minutos como si fueran favores y no inversiones. En ese tránsito, muchos se estancan; otros desaparecen.

Y en el centro de ese problema está la ANFP, que ha sido incapaz de articular un modelo que conecte de manera coherente el trabajo de selecciones menores con la realidad de los clubes. No se trata solo de organizar campeonatos juveniles o cumplir calendarios internacionales. Se trata de algo más básico y, al mismo tiempo, más complejo: definir qué tipo de jugador quiere formar Chile y cómo va a sostener ese camino en el tiempo.

Porque lo que suele ocurrir después de estas clasificaciones es casi un ritual. Se elogia a la generación, se proyectan nombres, se instala la idea del “recambio” —esa palabra que el fútbol chileno repite como un mantra desde hace años— y, poco a poco, el tema se diluye. Los jugadores vuelven a sus clubes, donde compiten por minutos en contextos adversos, donde las figuras son jugadores que alguna vez fueron estrellas y hoy rozan los cuarenta. O salen prematuramente al extranjero, muchas veces sin las herramientas necesarias. El resultado ya lo conocemos: trayectorias interrumpidas, expectativas frustradas y una sensación persistente de oportunidad perdida.

Por eso esta clasificación más abruma que motiva. Porque obliga a hacerse cargo de esa realidad.

No basta con celebrar que Chile vuelve a un Mundial Sub 17. No basta con destacar el trabajo de un cuerpo técnico o el rendimiento de un grupo de jugadores. La verdadera medida de este logro no estará en el torneo que viene, sino en lo que ocurra después. En si estos futbolistas logran insertarse, consolidarse y competir en el fútbol profesional chileno y, eventualmente, en el extranjero. En si el sistema, por una vez, decide acompañar en lugar de obstaculizar.

La Generación Dorada —esa referencia inevitable que encarnaron, entre otros, Alexis Sánchez, Charles Aránguiz, Claudio Bravo, Gary Medel  y Arturo Vidal— fue producto de bastante suerte, un buen tratamiento de los cuerpos técnicos de estos hombres cuando apenas les salía pelo en la cara. Lograron desarrollarse en contextos más exigentes, con mayor continuidad, sin planificación ni fomento. Por sus propios méritos. Pretender que un resultado así se repita sin modificar las condiciones que hoy ofrece el fútbol chileno es, en el mejor de los casos, ingenuo.

De ahí que esta Sub 17 sea, más que una promesa, una prueba. Para los clubes, que tendrán que decidir si están dispuestos a apostar de verdad por estos jugadores o si seguirán administrando urgencias. Una prueba para los representantes, que muchas veces apuran procesos en busca de oportunidades inmediatas. Y, sobre todo, una prueba para la institucionalidad del fútbol chileno, que lleva demasiado tiempo reaccionando en lugar de planificar, preocupada de los intereses de algunos hombres que han hecho del fútbol una mina de oro.

Porque el talento está. Aparece, insiste, se abre paso incluso en contextos poco favorables. Lo que ha faltado es algo más difícil de construir: un entorno que lo cuide, lo exija y lo proyecte.

La clasificación al Mundial Sub 17 es, sin duda, una buena noticia. Pero sería un error tratarla como un triunfo en sí mismo. Es, en realidad, un punto de partida. Y  lo determinante no estará en lo que haga la Sub 17 en la cancha, sino en lo que el sistema haga con ella cuando las luces del torneo se apaguen.

Para que lo que parece una ilusión, no se transforme en más fantasmas.



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