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Lunes, 27 de mayo de 2019
Un conflicto de identidad

América y España: una larga historia de encuentros y desencuentros

Ricardo Martínez

Recientemente el presidente de México pidió al rey de España que este pidiera disculpas por la conquista. En paralelo, el diario español El País notaba que los autores latinoamericanos están saliendo de los aulas donde se enseña literatura en España. Pareciera que se ensancha el Atlántico.

La primera palabra de un pueblo originario americano que se incorporó al español aparece en el Diario del Primer Viaje de Colón con fecha del 26 de octubre de 1492, tan solo dos semanas después del desembarco de su expedición en América: “Dixeron los indios que llevaba que avía de ellas a Cuba andadura de día y medio con sus almadías, que son navetas de un madero adonde no llevan vela. Estas son las canoas”. 

Además de las canoas, los españoles de aquella primera expedición, se encontraron con tiburones, huracanes y el tabaco, todos vocablos entre tainos y arahuacos que engrosaron el castellano y fueron de los primeros intercambios culturales entre América y España, en una seguidilla de encuentros y desencuentros.

Los últimos episodios corresponden a un par de escaramuzas, de muchas. De un lado, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), actual presidente mexicano, envió una carta al rey de España, Felipe VI y al Papa Francisco, en la que, según sus propias palabras: "Envié una carta al rey de España y otra carta al Papa para que se haga un relato de agravios y se pida perdón a los pueblos originarios por las violaciones a lo que ahora se conoce como derechos humanos". Por el otro, el diario El País, reveló que la literatura latinoamericana ha sido abandonada por el currículo educacional español, quedando fuera de juego los cuentos de Jorge Luis Borges o Julio Cortázar, o las novelas de Gabriel García Márquez.

Del “abajo España” al “abajo Estados Unidos”

En el intercambio permanente entre América y España, uno de los problemas clásicos tiene que ver con la identidad cultural hispanoamericana. Aunque esa perspectiva no fue predominante en el continente durante la colonia de los siglos XV a XVIII, hay una honrosa excepción; la figura de Wamán Poma de Ayala, un escritor indígena peruano que proponía que América era la culminación de la cultura europea y la integración de las tradiciones de los pueblos originarios y las tradiciones judeo-helénico-latino-cristianas. Poma llegaba a asegurar que a América se le había confundido en su época con Las Indias, por un juego de palabras con in-día (lo que está en el día, a la luz del sol, cerca del cielo). América estaba, según él, en lo más alto del mundo, en el día.

Más allá de Poma, sin embargo, los agentes culturales civilizadores coloniales se sentían europeos, por mucho que el mestizaje, en la práctica, dichos agentes iban de ida y de vuelta, entre lo español y lo indígena. Al menos, en el continente americano.

A partir de la época de la independencia empieza a surgir con fuerza una antinomia clave para entender la relación entre España e Hispanoamérica; la de los Europeos vs. Criollos. A tanto llega esta tensión, que en 1815 Simón Bolívar en su Carta de Jamaica se preguntaba: ¿qué somos: indios, europeos, americanos?

A fines de 1800 la identidad latinoamericana se empieza a articular en una doble dicotomía; de un lado contra Europa, de otro contra los Estados Unidos (con intelectuales ejemplares como José Martí o José Enrique Rodó). En esos momentos es evidente para la cultura del continente que la identidad debe contrastarse contra estas dos potencias que tienen influencia política y militar sobre el territorio latinoamericano, y con especial fuerza lo antiestadounidense dada la novedad de su creciente influencia.

De hecho, la misma España entra en este conflicto. Hacia 1898 se produce la Guerra Hispano-Estadounidense, donde la primera pierde sus últimas colonias, como Cuba, Puerto Rico o las Filipinas. Un efecto de esta decadencia imperial hispana es justamente cultural: surge la Generación del 98, con figuras como Pío Baroja o Azorín, que propugnan una revisión de la identidad española, sobre el “ser de España”.

Cuatro modelos de lo Hispanoamericano

Según el sociólogo Jorge Larraín, en su libro Identidad Chilena, publicado por LOM en 2001, en el siglo XX, surgen nuevos modelos identitarios en Hispanoamérica. Uno de ellos es el modelo indigenista de Luis Eduardo Valcárcel, en 1925, que aboga por un purismo indígena. Otro corresponde al modelo del hispanismo propuesto por José Vasconcelos, también en 1925, el que propone la existencia de una raza cósmica, esto es, una síntesis de las razas del continente, bajo el lema de “más españoles que los españoles”. Un tercer modelo es el del mestizaje, que propone que la mezcla de razas del continente es una virtud (donde se puede citar a Octavio Paz o a Uslar Pietri). Y, finalmente, el modelo de la hibridez, desarrollado por García Canclini y Cornejo Polar desde inicios de la década de los noventa.

Según el modelo híbrido de identidad latinoamericana, no se puede entender el Día de los Muertos sin su referente en Halloween.

Este último modelo resulta clave para entender el actual diálogo de sordos entre Hispanoamérica y España, pues, según él la actual Latinoamérica no puede ser entendida solo como un mestizaje entre lo hispano y lo indígena, sino que como un espacio en el que aparecen nuevas prácticas culturales provenientes de la tecnología, de los medios de comunicación de masas y de la (pos)modernidad. Según esta línea, un fenómeno como el Día de Muertos en el México actual, por ejemplo, no se puede entender sin su referencia a Halloween. Y lo mismo ocurre con muchísimas otras tradiciones que en realidad son más sincréticas que “puras”.

De este modo Latinoamérica y su cultura parecen más una pichanga, un salpicón, o un melting-pot que un lugar de síntesis y solución.

El Boom

En este enredo en que Latinoamérica no puede ser entendida como homogénea, sin embargo, hay un momento en el que se da una especie de respuesta cultural común: el llamado Boom latinoamericano, que consiste en la irrupción de autores como los propios Cortázar y García Márquez, que empiezan a darle a Hispanoamérica, como un todo, una solución de continuidad, enmarcada -quizá, más que nada- por el realismo mágico.

El único problema, es que el Boom no se gestó en América, sino que, en Europa, y más en específico en Barcelona, donde la editorial Seix Barral inauguró en los sesenta el Premio a la Mejor Novela en castellano. De acuerdo con el escritor mexicano Sergio Pitol en una entrevista de 2005, “los primeros cinco o seis galardones fueron a escritores latinoamericanos como Carlos Fuentes o Vargas Llosa, integrantes de un grupo muy dinámico”.

La publicación de autores latinoamericanos en España continuó después y a causa del propio Boom y una editorial como Anagrama, por ejemplo, siguió lanzando autores como Roberto Bolaño o Alejandro Zambra.

Pero esos días empiezan a culminar. Pilar Reyes, directora de Alfaguara, admite a El País que “el interés del público español por los libros del otro lado del océano no es muy grande”.

Del DRAE al DLE

Quizá uno de los jalones esenciales en el diálogo y desencuentro entre Latinoamérica y España sea, justamente, la lengua española. Por eso, quizá un hito más que significativo en aquellos ires y venires sea el diccionario. Se sigue conociendo como Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) a una obra que, en realidad, desde el 16 de octubre de 2014 pasó a llamarse Diccionario de la Lengua Española (DLE).

La razón del cambio consiste en descentralizar el origen del diccionario y darles más espacio a las academias locales de la lengua en todo el mundo de habla hispánica, aunque existen voces que indican que el cambio es más cosmético que profundo.

Así, las escaramuzas de las últimas semanas son solo un eslabón más en una cadena que tiene siglos de tensiones y encuentros y que, en una era en que las políticas de la identidad se expresan cada vez de modo más intenso, seguirán ocurriendo en el futuro.

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