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Jueves, 2 de abril de 2020
Análisis de historia reciente

El verdadero Chilezuela: cómo la elite venezolana ignoró el estallido del Caracazo en 1989.... y lo que pasó después

Pedro P. Ramírez Hernández

No hay fórmulas ni recetas para enfrentar el futuro, así como tampoco bolas de cristal. Pero hay hechos históricos que por su parecido pueden orientar la mirada. El Caracazo de 1989 -una rebelión popular muy similar a la chilena- abrió el camino a la izquierda y a los militares en Venezuela, dejando atrás al bipartidismo corrupto que se repartió el poder durante décadas.

Cuenta la memoria popular venezolana que el 27 de febrero de 1989 una mujer embarazada increpó al chofer de una camionetica por el alza del pasaje. El conductor del bus se habría ofuscado y reaccionó de forma hostil, cuestión que bastó para que el resto de los pasajeros se alzara.

La chispa encendió la pradera y la protesta popular se esparció, bajó por los cerros hacia el centro de la capital y gestó El Caracazo, un periodo de protesta popular que culminó el 8 de marzo, dejando más 300 muertos de acuerdo a las cifras entregadas por el gobierno de Carlos Andrés Pérez y más de 3.000 según las organizaciones de derechos humanos. 

Un estallido social que quedó en la memoria del pueblo venezolano y que se convirtió en la principal narrativa de un joven oficial que tres años más tarde sorprendería a la opinión pública con un frustrado golpe de estado. Desde ese entonces, el líder de este movimiento militar, el comandante Hugo Chávez Frías, saltó a la popularidad y seis años después ganó las elecciones presidenciales de 1998, dándole un giro a la política latinoamericana que hoy la historia comienza a mirar hacia atrás.

Actualmente, una ola de movilizaciones populares vuelve a convulsionar a la región y los diferentes bandos revisan sus antecedentes. Bajo este panorama, El Caracazo vuelve a concentrar la atención como un fenómeno que inició un ciclo político que de algún modo continúa vigente, que incomoda y que en algunos casos se utiliza para definir los márgenes de lo posible. 

Recientemente, en una entrevista radial, el presidente Sebastián Piñera, consultado por el agotamiento del modelo y su relación con las movilizaciones que comenzaron en octubre, se limitó a responder que este tipo de ideas son promovidas por quienes “están hablando del modelo venezolano donde se atropellan los derechos humanos todos días”.

Bajo esa perspectiva en que las referencias a Venezuela son constantes, conviene observar el transcurso histórico de ese país tras una explosión social similar a la chilena, que explica buena parte de la historia reciente venezolana y también latinoamericana.

De Venezuela Saudita a El Caracazo

14 días antes del Caracazo, el gobierno de Acción Democrática (AD), uno de los dos partidos que hasta ese entonces alternaban en la presidencia de Venezuela, había llegado al poder en medio de una fuerte crisis económica y con un estado completamente sobreendeudado. 

Bajo estas circunstancias, Carlos Andrés Pérez se postuló a la Presidencia y conquistó alrededor del 53% de las preferencias, avalado por un primer mandato de bonanza económica que es recordado como la Venezuela Saudita, cuando dirigió al país entre los años 1974 y 1979. 

Apuntalado por la crisis del petróleo de 1973, Pérez aprovechó la decisión que tomó la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo de no venderle crudo a los países que habían apoyado a Israel durante la guerra árabe-israelí y estatizó el petróleo en 1974, creando la PDVSA, el gigante petrolero estatal venezolano. Desde entonces, el rentismo petrolero escaló hasta los cielos, de la mano de una lógica de administración privada y una cultura de corrupción política. 

Durante los primeros años las exportaciones aumentaron hacia Estados Unidos y la codependencia económica se acentuó frente a la inestabilidad de Medio Oriente. Así, Venezuela pasó a tener una importancia geopolítica trascendental, cuya oligarquía se enriqueció de forma ascendente estrechando sus lazos con los gobiernos estadounidenses. 

Esta primera fase de impulso de la economía primario exportadora de Venezuela hizo crecer al mercado interno y movilizó el consumo, pero con el paso del tiempo no significó una redistribución del ingreso y no superó la monodependencia de un solo bien exportador, hundiendo las cifras sociales hacia fines de la década de los 80. 

En un intento de rescate, AD volvió a la presidencia en 1989 con un paquete de medidas económicas aprobadas en Washington por el gobierno de Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). 

Recién re-estrenado, Carlos Andrés Pérez decretó el alza del combustible, provocó la suba de los pasajes, congeló los salarios, bajaron las pensiones, anunció un ajuste fiscal y la privatización de las empresas pertenecientes a los sectores no estratégicos. 

Contra todo pronóstico, el paquetazo se les fue de las manos y en Guarenas, una ciudad dormitorio ubicada a 40 kilómetros de Caracas, una mujer se alzó en un bus y dio inicio a 11 días de protestas, saqueos y enfrentamientos con la policía y los militares que marcarían profundamente la vida democrática de Venezuela y de un presidente que terminó su mandato bajo cargos de corrupción en mayo de 1993 y puso fin a décadas de bipartidismo. 

El Caracazo como narrativa bolivariana

En uno de los tantos actos conmemorativos de El Caracazo a los que acudió Hugo Chávez durante sus años en la presidencia, plantado frente a una multitud que ocupaba decenas de cuadras, explicó vestido con su tradicional chaqueta con los colores de la bandera venezolana, la importancia de las protestas del 89 en la consolidación del movimiento boliviariano.

“¡¡Ese 27 de febrero!!”, exclamó Chávez estirando las palabras, “aceleró, disparó y catalizó la rebelión del pueblo y nos impulsó a los militares patriotas, quienes el 4 de febrero de 1992 salimos a responderle al pueblo mártir”.

Con estas palabras, el líder de la revolución transmitía su discurso a las bases bolivarianas y se refería al golpe de estado que intentó dar en 1992, cuyos orígenes se remontan mucho antes del mismo Caracazo

Previo a las protestas que sacudieron el país en el 89, la izquierda venezolana se encontraba marginada de la política institucional y la vida interna era manejada por dos grandes conglomerados: Acción Democrática, de tendencia socialdemócrata y el COPEI de tendencia católica conservadora. Ambos constituían lo que se conoció como el Acuerdo de Punto Fijo, destinado a congelar la competencia política a esas dos alternativas.

Dentro del contexto de auge del petróleo, el bipartidismo logró sostenerse en el poder, pero con la entrada de la crisis económica su fuerza hegemónica comenzó agotarse y el levantamiento popular le entregó a la izquierda las herramientas necesarias para fortalecer su crecimiento. 

Años antes del estallido las organizaciones sindicales habían salido fortalecidas durante los gobiernos socialdemócratas de AD y por otro lado crecían entre el mundo militar, cuestión que no se cristalizó durante la protesta popular, pero que luego generó las condiciones necesarias para unificar a la izquierda en torno a un liderazgo militar.

En 1982 Hugo Chávez ya se encontraba trabajando con un grupo de oficiales de rango medio en la construcción del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR200), quienes vieron con decepción la represión que ejerció el Ejército en 1989. Tras estas protestas, un vacío de representatividad quedó entre la población y los partidos políticos tradicionales de Venezuela, algo que podía aprovecharse a través de una intentona militar. 

Dentro de ese contexto fue que Chávez impulsó el golpe de estado de 1992, recogiendo las banderas y demandas que habían nacido en El Caracazo. Desde ahí, la vida interna venezolana comenzó un proceso de politización que fue capitalizando Chávez desde la prisión. 

En este rol jugó vital importancia su rendición televisada en la que llamó a sus oficiales aliados a dejar las armas en Maracaibo, Caracas, Valencia y Maracay, para “evitar un mayor derramamiento de sangre”. Desde allí asumió la responsabilidad, se entregó a la justicia y depuso sus intenciones, “por ahora”, en una frase que calaría hondo en el imaginario venezolano. 

Una vez dentro de prisión su figura creció y llenó el vacío que dejó el bipartidismo incapaz de procesar las demandas de los sectores más pobres de la sociedad, quienes ocupan una porción mayoritaria dentro de la composición social venezolana. 

Desde allí las bases bolivarianas se afianzaron y logró generar una estructura política capaz de disputar las elecciones, las que terminó ganando en 1998. Un año más tarde y diez años después del Caracazo, Chávez anunciaría la realización de una primera asamblea constituyente que sentaría las bases del modelo bolivariano y que abriría el ciclo progresista que terminó hace unos años con el ascenso de las derechas al interior de la región. 

La historia posterior a 1998 es controvertida, pues abundan fuertes críticas a la Venezuela bolivariana, tanto desde la izquierda como por la derecha, debido a sus casos de corrupción, su déficit en el manejo económico y por el acoso político que ha efectuado en contra de su disidencia. 

Estas críticas han tenido al proceso complicado, en gran medida por el bloqueo económico que le ha impuesto Estados Unidos y que vivió su punto más crítico este mismo 2019, en el verano, cuando los norteamericanos lograron alinear a varios países de la región para presionar junto a la oposición venezolana la salida del poder de Nicolás Maduro, via golpe o quiebre militar. Algo que finalmente no sucedió, pero que le ha restado fuerza a Venezuela para liderar a la izquierda latinoamericana. 

Es una historia controvertida, sí, pero también es otra historia en relación a los hechos de febrero de 1989.

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