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Jueves, 22 de agosto de 2019
Entrevista a Johann Bórquez

Periodista chileno testigo de Chernóbil: "Nos acusaron de propaganda antisoviética por informar del desastre"

Diego Ortiz

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Johann Bórquez en Kiev, mostrando Chile
Johann Bórquez en Kiev, mostrando Chile

A 33 años del accidente nuclear ocurrido al norte de Ucrania -revisitado en el inconsciente colectivo gracias a la popular nueva miniserie de HBO, ‘Chernobyl’- un periodista chileno, comunista en ese entonces, residente en la zona aledaña relata a INTERFERENCIA cómo fue la experiencia de vivir el desastre nuclear y de cómo este fue el principio del fin de la Unión Soviética.

Johann Bórquez Bohn tenía 18 años. Llevaba seis meses estudiando en Kiev, capital de la República Socialista Soviética de Ucrania, a menos de 100 kilómetros del centro nuclear Vladímir Ilich Lenin. Para cuando se enteró de la catástrofe de Chernóbil, el reactor número cuatro de la planta llevaba más de 48 horas ardiendo, expeliendo una nube radioactiva que con el tiempo cobraría más de cuatro mil vidas.

Lo que comenzó como una prueba de seguridad en la central nuclear soviética terminó en desastre tras una seguidilla de errores cometidas en la torre de control de la planta Vladímir Lenin. El 26 de abril de 1986 a las 01:23 horas, la tapa de 2.000 toneladas del reactor de la planta voló por los cielos tras generarse una explosión al interior de su núcleo, en lo que fue el comienzo de un accidente nuclear que marcó el comienzo del fin para la Unión Soviética.

Ocurrida hace más de 30 años, la catástrofe de Chernóbil está siendo revivida por miles de personas este 2019. Chernobyl, el nuevo éxito de HBO tras el fin de Game of Thrones, cuenta los hechos que envolvieron al peor accidente nuclear de la historia. Elogiada por la crítica, la serie dirigida por Craig Mazin se está transformando rápidamente en un fenómeno mundial, al cual también colaboró la inspiradora obra de Svetlana Aleksiévich, una periodista ucraniana ganadora del Nobel en 2015 por Voces de Chernóbil, entre otras crónicas de la historia cotidiana de la Unión Soviética. 

INTERFERENCIA habló con el periodista chileno Johann Bórquez sobre su experiencia durante este hecho histórico: la censura de la prensa soviética, el miedo constante al cáncer y las similitudes del horror de Chernóbil con nuestra propia catástrofe, la dictadura.

“Por supuesto que iba a estar más seguro cerca de Chernóbil. Era más seguro enfrentarse a una bomba nuclear que a un agente de la CNI, sin duda”, cuenta este profesional quien era militante comunista al momento de desatarse el desastre nuclear.

- ¿Cómo llega un chileno de 18 años, en plena dictadura, a estudiar becado en la Unión Soviética?

- Postulé a una beca del Ministerio de Educación Superior de la Unión Soviética a través de la Jota [Juventudes Comunistas], donde militaba. Era el mejor alumno de mi promoción. Incluso recibí la medalla Los 77 de la Concepción, otorgada por el régimen de Augusto Pinochet a los jóvenes destacados. Me la entregó el ahora senador Víctor Pérez de la UDI, alcalde en ese entonces de Los Ángeles. Para mi era doble orgullo el ser condecorado por el adversario y becado por los soviéticos. Desde la clandestinidad presenté mis papeles y partí. La Jota me ayudó bastante.

Para el accidente ya llevaba seis meses allá. Entendía el idioma y ya comenzaba a tener clases en ruso de periodismo.

- ¿Cómo te enteraste del accidente en la planta nuclear?

- Como a los dos o tres días se empezó a conocer más información a través de los medios occidentales. Tuvimos la increíble suerte de que el viento soplara en la dirección contraria y se lo llevara hacia el otro lado. Se contamino Bielorrusia entera casi, perdieron muchos campos de cultivos y mucha gente resultó contaminada. Hasta el día de hoy siguen naciendo niños con malformaciones por culpa de esta contaminación.

Empezamos a ver buses con niños evacuados. Al escuchar las noticias internacionales ya se transformó en un clamor popular. No salía en los medios, pero ya todo el mundo lo comentaba.

- Desde la mirada de un estudiante de periodismo, ¿qué opinión le generó la cobertura del desastre nuclear por parte de los medios soviéticos?

- El modelo de periodismo soviético era absolutamente funcional al régimen. Funcionaba una censura muy férrea, no se informaba de catástrofes, ni de choques, ni de accidentes ni de nada malo. Era la sociedad ideal, entonces en los medios se reflejaba que todo funcionaba. Si se descarrilaba un tren o se caía un avión, no era noticia. Había mucho control respecto a cualquier información que pudiera significar que algo no funcionaba como tenía que funcionar.

A mí lo que me enseñaron allá, en la escuela de periodismo, literalmente era que los medios de comunicación son la correa de transmisión del partido al pueblo. Eran para transmitir instrucciones.

No tenían el concepto que nosotros tenemos de derecho a la información. Y eso que yo venía llegando de una dictadura donde pasaba lo mismo. Acá los medios no contaban de los desaparecidos, ni de la tortura política, ni de la cesantía. Eso no salía en los medios de comunicación.

- ¿Pero anunciaban medidas de protección para resguardarse de los efectos de la radiación?

- A nivel de medios seguía silenciado. Se daban de manera institucional. A nosotros la persona que nos instruyó fue la encargada de la clínica de los estudiantes. Pero no nos decían nada sobre lo que estaba pasando. Sabíamos que hubo un accidente, pero no informaban nada más.

Había polvo radiactivo en la atmósfera, si bien al principio se fue hacia Bielorrusia, después comenzó a circular por los alrededores de Chernóbil, llegando a Kiev. Pasó por encima de nosotros. Nos recomendaban mantenernos dentro de casa, usar siempre gorro, porque el problema era el polvillo radioactivo, no el aire. Si tú te lo quitabas no había problema. No podías andar con la cabeza descubierta en la calle. Si tú llegabas a tu casa, te tenías que sacar toda la ropa y luego debías ducharte. Esa ropa tenías que dejarla solo para salir y sacudirla bien.

Seis meses después nos sometieron a exámenes de radiación, donde comprobamos que fuimos expuestos, pero, por supuesto, nadie tenía nada. Yo viví siempre con el temor de desarrollar algún cáncer, o que mi descendencia tuviera alguna malformación. Afortunadamente hasta ahora no ha sido el caso, tengo tres hijas y no tienen ningún problema y yo estoy aquí sanito todavía.

- ¿Les comentaban algo desde la escuela de periodismo?

- Nada. La información salía de las personas. Yo vivía con un estudiante venezolano, que allá trabajaba como dibujante de Disney. Entonces con él comenzamos a elaborar un boletín, hecho a mano, que informaba lo que escuchábamos en las radios occidentales para que el resto de los estudiantes se enterara de lo que estaba pasando, cómo protegerse. Tuvo gran éxito en nuestros compañeros. Estaba cubriendo una necesidad importante en ese minuto. Alcanzamos a hacer ocho.

"Nos acusaron de hacer propaganda antisoviética por informar lo que decían las radios occidentales. Nosotros al entregar esta información de forma no autorizada estábamos haciendo un daño al estado soviético".

- ¿Los tienes todavía?

- No, esos boletines los confiscó la KGB. Llegaron a manos de ellos y ellos los confiscaron todos, los tradujeron al ruso y nos llaman a nosotros. Nos acusaron de hacer propaganda antisoviética. Nosotros al entregar esta información de forma no autorizada estábamos haciendo un daño al estado soviético y por tanto siendo acusados de propaganda antisoviética.

Como éramos extranjeros, lo que correspondía era que nos deportaran o nos metieran presos. En mi caso, ser deportado a Chile, desde la Unión Soviética, en 1986, era una sentencia de muerte. La gente que regresaba de países socialistas acá en Chile la estaban matando. Mataron a varios que habían vuelto de Bulgaria, de Cuba, de Alemania Democrática. La CNI los secuestraba y aparecían muertos. Entonces, básicamente me estaban amenazando de muerte.

Después nos hicieron redactar un texto, una carta de puño y letra, pidiendo disculpas por haber hecho esto y prometiendo que nunca más lo haríamos. Con esa carta nos perdonaron. Pero nos tuvieron amenazados un día entero porque estábamos haciendo según ellos propaganda antisoviética. Desde nuestro punto de vista era información que era urgente.

- La radiación, las amenazas de la KGB… ¿sentiste miedo?

- Yo pasé miedo, pero ya tenía mi propio síndrome de estrés postraumático causado por la dictadura. Vivía con miedo en Chile, entonces este miedo allá la verdad es que no me afectó tanto. De hecho, de los miles de estudiantes que se fueron, yo preferí quedarme. Iba a estar más seguro donde estaba que corriendo por Europa occidental.

" Por supuesto que iba a estar más seguro cerca de Chernóbil. Era más seguro enfrentarse a una bomba nuclear que a un agente de la CNI, sin duda".

También sabía que iba a estar más seguro allá que volviendo a Chile. Una partícula radioactiva no te persigue para matarte. Si te cruzas en su camino y te la dejas encima, te puede matar o hacer daño. Pero acá en Chile había personas que usaban su voluntad y todos los medios del Estado para perseguir y matar a los opositores. Por supuesto que iba a estar más seguro cerca de Chernóbil. Era más seguro enfrentarse a una bomba nuclear que a un agente de la CNI, sin duda.

- Entonces ¿nunca pensaste en huir de Kiev?

- Yo no me fui porque en ese minuto no tenía donde ir, pero la gran mayoría de los extranjeros se fueron. Lo curioso es que pensaban huir del peligro, pero regresaban a sus países que eran justamente los lugares a donde viajaba la nube tóxica: Francia, Alemania, Polonia. Por escapar, se ponían delante del peligro. 

Cuando llegó la información, todos comenzaron a irse. Y aquí viene lo curioso, nosotros los estudiantes extranjeros, para poder salir de la Unión Soviética, necesitábamos una visa. Una visa tanto para entrar, como para salir. Esta visa solo te la daban si tú habías cumplido con tus objetivos académicos. Si habías dado tus exámenes, tenías derecho de solicitar la visa para salir de la Unión Soviética. Esto ocurrió en mayo, a mitad de semestre de clases. Aún así, aunque seguían las clases ya que no se suspendió nada después del accidente, nos ofrecieron visa a todos los que quisiéramos irnos. Sin haber completado nada. Si te puedes ir, ándate.

"La gente se dio cuenta de que su gobierno, que tenía el discurso de que lo hacía todo por el pueblo, en realidad no estaba ni ahí con el pueblo. Porque no fueron ágiles en avisar del peligro y una vez que pudieron hacerlo, en realidad decidieron protegerse más a ellos mismos que a la población".

- ¿Fue éste el comienzo del fin para la Unión Soviética?

Sí claro, se empieza a sentir a partir del accidente. La gente se dio cuenta de que su gobierno, que tenía el discurso de que lo hacía todo por el pueblo, en realidad no estaba ni ahí con el pueblo. Porque no fueron ágiles en avisar del peligro y una vez que pudieron hacerlo, en realidad decidieron protegerse más a ellos mismos que a la población. Hubo una deslegitimación muy grande del sistema, del partido. O sea, si no nos van a proteger a nosotros de este tipo de peligro ¿de qué nos sirven? La gente perdió el miedo. Chernóbil fue el principio del fin de la URSS.

La gente estaba muy angustiada y no recibieron un consuelo oportuno. Tú haces todo lo que te dicen: no fumar, consumir una tableta de yodo, tomar leche, pero igual te queda ese temor.

Igual tú tienes que pensar que estos son pueblos que se han enfrentado a la guerra. Toda esta gente, los adultos de este tiempo, recibían instrucción militar en 3° y 4° medio. Parte de esa instrucción militar era qué hacer en caso de guerra nuclear, la que se podía desencadenar en cualquier minuto. Entonces, la gente estaba preparada para salir arrancando y sabían lo que pasaba con la radiación, pero estaban asustados. El miedo que vivimos con el terremoto es una sensación similar.

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