Maximiliano Luksic Lederer, ya comenzó, sin decirlo, su carrera presidencial para 2029. No hay afiches ni comandos oficiales, pero el clima está instalado. Se siente en el tono, en las apariciones, en la narrativa cuidadosamente construida para que su nombre empiece a sonar como destino y no como ambición.
El actual alcalde de Huechuraba, conocido como Max, últimamente se ha visto mucho en redes sociales y en entrevistas como nunca antes. La imagen no es casual. Humilde, cercano, casi accidentalmente poderoso. Un heredero que intenta parecer ajeno a la herencia. Un empresario que habla como ciudadano común. Esa estética se diseñó hace años, cuando todavía estaba como director ejecutivo de Canal 13, aprendiendo a comunicar sin parecer político, pero actuando como tal.
Nada de esto ocurre en el vacío. Quiñenco está detrás, aunque no aparezca en escena. El músculo económico, mediático y relacional del grupo es parte del silencioso ensayo general. En Chile, las campañas largas no se anuncian: se ejecutan.
La estrategia presidencial de Max Luksic parece clara: venderse como una figura de centro derecha, moderna, amable, capaz de ordenar sin provocar. Una derecha con sonrisa, menos ideológica, menos extrema y más gerencial, diseñada para tiempos de fatiga política.
El error, de la mano del grupo Luksic, se notó al sugerir como canciller de Kast a uno de sus ejecutivos. Esa torpe señal básica y de país bananero ensucian a Max, que tiene la sombra de su padre y sus asesores y que poco puede hacer para independizarse. Tal como ocurrió en la serie Succession, cuando el hijo del magnate de las comunicaciones quiso ser presidente.
Pero el apellido pesa. Y pesará más a medida que el proyecto avance. Su padre no es solo una figura empresarial: es un símbolo del modelo económico que muchos dicen querer superar, pero que otros tantos siguen defendiendo en privado.
Max Luksic entiende que el poder hoy no se grita, se susurra. Por eso evita la confrontación directa, el exceso ideológico y el lenguaje duro. Se presenta como una alternativa moderna, dialogante, casi técnica, en un país cansado de trincheras.
A eso se suma el entorno. Su padre, parientes como el empresario Oscar Lería, periodistas y asesores que circulan Quiñenco y que orbitan el mundo de los negocios y la política tradicional podrían transformarse en un lastre más que en un respaldo. En campañas presidenciales, los vínculos importan tanto como las ideas.
Especificamente el Caso Audio-Factop dejó de ser un conflicto financiero para transformarse en un problema político y de imagen. En el centro del caso se encuentra el Grupo Patio, con una disputa penal abierta entre fundadores y nuevos socios que cuestiona la forma y estándares éticos. Es ahí donde Max Luksic tiene que evitar que su tío Oscar Lería, siga creando problemas para la familia ya que es identificado como uno de los principales líderes en la ejecución de la cuestionada operación y que ha derivado en conflictos penales, que amenazan con arrastrar reputacionalmente a los Luksic cuando en el juicio salgan detalles de negocios de la familia. En política, la responsabilidad no es solo legal, sino que también simbólica.
El tío, Oscar Lería, también puede causar daños a la imagen de Max y a todos los Luksic, con su cuestionado proyecto Maratué, una inversión de 2 mil millones de dólares que es resistido por las comunidades locales por el impacto ambiental. Pareciera que a Lería no le llegó el memorándum de sus parientes en que su sobrino postularía a la presidencia del país.
En los pasillos políticos se sabe que el gobierno de José Antonio Kast será un elefante en una cristalería. Se espera un escenario incómodo: Si Kast no logra terminar su mandato, debido a sus promesas incumplidas o los excesos de represión en las calles y los infaltables actos de corrupción que cometerá su círculo más cercano, terminarán erosionando la gobernabilidad, y el sistema buscará una salida ordenada. Y en ese escenario estará esperando Max Luksic su opción. No como ruptura, sino como continuidad corregida. No como refundación, sino como administración eficiente del desgaste ajeno.
La estrategia presidencial de Max Luksic parece clara: venderse como una figura de centro derecha, moderna, amable, capaz de ordenar sin provocar. Una derecha con sonrisa, menos ideológica, menos extrema y más gerencial, diseñada para tiempos de fatiga política.
Sin embargo, el apoyo de Max Luksic a José Antonio Kast fue un error que todavía no termina de decantar. Su respaldo a Kast comunicó: alineamiento con un proyecto duro, polarizante, que contradice la imagen dialogante que hoy se intenta instalar.
Ese pasado reciente obliga ahora a un delicado equilibrio. Distanciarse sin renegar. Moderarse sin parecer oportunista. Una coreografía compleja que el electorado chileno suele observar con lupa.
La campaña, aunque no declarada, es constante. Entrevistas, gestos, silencios calculados, apariciones selectivas con el pueblo, ya que la élite la tiene en su bolsillo. Todo suma. Todo construye. Todo deja huella para cuando llegue el momento de decir “sí, voy”.
En los pasillos políticos se sabe que el gobierno de José Antonio Kast será un elefante en una cristalería. Se espera un escenario incómodo: Si Kast no logra terminar su mandato, debido a sus promesas incumplidas o los excesos de represión en las calles y los infaltables actos de corrupción que cometerá su círculo más cercano, terminarán erosionando la gobernabilidad, y el sistema buscará una salida ordenada. Y en ese escenario estará esperando Max Luksic su opción. No como ruptura, sino como continuidad corregida. No como refundación, sino como administración eficiente del desgaste ajeno.
Chile ha visto antes este libreto. Empresarios que se convierten en salvadores moderados cuando la política se incendia. La pregunta no es si Max Luksic quiere ser presidente, sino si el país, llegado el momento, estará dispuesto a creer nuevamente en ese relato.
Por ahora, la campaña sigue. Sin slogan oficial, pero con una sensación que se instala lentamente. Se siente, se repite, se prueba en voz baja: Max Luksic presidente.








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