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Lunes, 21 de septiembre de 2020
George Floyd

Anti-racismo y anti-autoritarismo, lo que tienen en común las protestas en EE.UU. y América Latina

Lilian Bobea
The Conversation

"Millones de estadounidenses están tomándose las calles por la misma razón que su contraparte latinoamericana, para pelear por sus vidas y por su democracia", asegura la socióloga Lilian Bobea respecto de las protestas en Estados Unidos por el asesinato de George Floyd.

Las protestas masivas que surgieron a lo largo de Estados Unidos –e incluso más allá– luego de que la policía estadounidense asesinara a George Floyd son descritas como movilizaciones anti-racistas, y lo son. Los manifestantes están denunciando violencia policial hacia minorías y están demandando que los oficiales que abusan de su poder se hagan responsables por sus acciones.

Pero también veo otras cosas en esta oleada de protestas. Como socióloga especializada en movimientos por los derechos humanos en Latinoamérica y su vigilancia, veo en las protestas en Estados Unidos un movimiento pro-democracia más común a lo que sucede al sur de la frontera.

La latinoamericanización de Estados Unidos

Normalmente, las protestas en Estados Unidos tienen pocas cosas en común con las que se desarrollan en Latinoamérica.

Las manifestaciones en Estados Unidos se caracterizan por ser perseguir usualmente metas específicas y pragmáticas, como proteger el acceso al aborto o defender el derecho a poseer armas. Reflejan, en gran parte, una resistente fe en la Constitución y en el progreso democrático. Las protestas norteamericanas rara vez son de carácter nacional, y es más raro aún que persistan por semanas.

Por otro lado, las protestas en Latinoamérica son usualmente movimientos que se sostienen en el tiempo con aspiraciones ambiciosas. Buscan un cambio de régimen o un orden constitucional completamente nuevo.

Tomemos a Venezuela, por ejemplo. Allá, durante años han protestado en contra del presidente autocrático, Nicolás Maduro, a pesar de una brutal represión policial y militar – aunque la oposición no ha logrado todavía despojarlo del poder. Incluso Chile, una democracia relativamente estable, se enfrentó a masivas protestas anti-inequidad durante el 2019, las que exigían, entre otras cosas, la completa renovación de su constitución proveniente de la dictadura.

Las manifestaciones en Estados Unidos, hoy en día, recuerdan al tipo de protesta anti-autoritario de Latinoamérica.

La famosa fe de los estadounidenses en la democracia se ha ido erosionando bajo el gobierno de Trump, un líder que, según un reciente artículo en el Journal of Democracy, está “cada vez más dispuesto a romper las protecciones institucionales y a desacreditar los derechos de sus críticos y las minorías”. Existe una creciente preocupación de que la supresión de los votantes – acción en la cual votantes que solicitan su registro en el universo de electores se mantienen a propósito en espera o derechamente no se les permite registrarse para votar –, especialmente dirigida a los electores minoritarios, terminará por socavar las elecciones de 2020.

Un estudio todavía en marcha de la socióloga de la Universidad de Maryland, Dana Fischer, descubrió que de cientos de manifestantes en múltiples ciudades, “las personas participando en dichas protestas están extremadamente insatisfechas con el estado de la democracia”. Sólo un 4% de los encuestados dijo que estaba “satisfecho con la democracia”, reportó la autora.

Y estas demostraciones se están esparciendo por todo el país, explican las investigadoras Lara Putnam, Erica Chenoweth y Jeremy Pressman – incluyendo también pueblos pequeños y en gran parte blancos, con una visión política profundamente conservadora. En términos de participación nacional, se ha eclipsado a las marchas por la mujer de enero del 2017.

Tendencias anti-democráticas

Para los latinoamericanos, mucho acerca de lo que ocurre en Estados Unidos se ha transformado en algo familiar desde que Trump asumió como presidente en enero.

Reconocen al presidente – hombre fuerte, la politización de instituciones democráticas como el Departamento de Justicia, la abierta corrupción política, el partidismo en la Corte Suprema y las reverencias del presidente a los líderes militares. Para completer la Latinoamericanización de esta democracia que alguna vez fue arquetípica, Trump hasta desplegó a las tropas para reprimir a los manifestantes civiles – algo que casi nunca se había hecho en los Estados Unidos.

Sin embargo, históricamente, Estados Unidos ha presentado pocos reparos a la hora de utilizar su fuerza militar en las políticas y sociedades de Latinoamérica. Desde los ‘60s hasta los ‘80s, gobiernos militares autoritarios gobernaron en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay con apoyo abierto y encubierto de EE. UU.

La democracia retomó Latinoamérica para el último cuarto del siglo 20, pero la recuperación de la región del autoritarismo está lejos de estar completa. Mi estudio sobre la relación cívico-militar es parte de un gran cuerpo de literatura académica que demuestra que las fuerzas militares permanecen como una presencia latente detrás de los gobiernos latinoamericanos electos democráticamente. La estudiante Cynthia Enloe llama a este fenómeno la “ideología del militarismo”.

De Nicaragua a Venezuela y Bolivia, muchos gobiernos electos en la región han involucionado a regímenes esencialmente autoritarios. Sus líderes populistas usan métodos cuasi-constitucionales como plebiscitos, supresión de votantes y enmiendas constitucionales para fortalecer su poder.

Estas tendencias anti-democráticas explican las sostenidas y regulares olas de proyectos anti-autoritarios en Latinoamerica.

De forma similar, las tendencias anti-democráticas de Trump explican algo de la energía que impulsa a multitudes jóvenes y multirraciales a las calles estadounidenses hoy en día. De acuerdo con la investigadora de la Universidad de Maryland, Dana Fischer, 45% de los manifestantes blancos encuestados contestaron que Trump los motivó a marchar, comparados a un 32% en personas negras.

Violencia policial

La violencia policial es otra característica subyacente compartida entre las protestas estadounidenses y latinoamericanas.

Como la comunidad negra estadounidense ha apuntado desde hace tiempo, la violencia policial es un instrumento de la represión autoritaria. En algunos países latinoamericanos, la policía rutinariamente ejecuta a quienes identifican como miembros de bandas delictuales, traficantes de drogas o criminales comunes, sin enfrentar ninguna consecuencia. Lo llamamos vigilantismo policial.

Brasil es cuna de una de las fuerzas policiales más letales del mundo. El año pasado, la policía en el estado de Río de Janeiro mató a un record de 1810 personas. Las víctimas eran predominantemente jóvenes negros de barrios sumidos en la pobreza.

En comparación, la policía local en Estados Unidos – país que tiene casi 100 millones de habitantes más que Brasil – mató a 1004 personas a nivel nacional en 2019, de acuerdo a un análisis del Washington Post. La mitad de ellos eran personas de color de entre 18 y 44 años. La mayoría eran hombres.

Los números, en crudo, pueden ser inferiores, pero me impacta la similitud de las víctimas y la justificación detrás de los asesinatos – así como también la impunidad que usualmente acompaña a los tiroteos de la policía.

Creo que es la superposición de la continua violencia policial con una influencia autoritaria más amplia en los Estados Unidos lo que explica estas masivas protestas. Millones de estadounidenses están tomándose las calles por la misma razón que su contraparte latinoamericana – para pelear por sus vidas y por su democracia.

Leer el artículo original en inglés.

Lilian Bobea es profesora asistente de Sociología en Fitchbur State University

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