Estamos donde tú estás. Síguenos en:

Facebook Youtube Twitter Spotify Instagram

Acceso suscriptores

Domingo, 7 de marzo de 2021
Extracto 1° del capítulo 'A China'

Armando Uribe, embajador en China: las memorias del primer alto diplomático chileno en Pekín

Armando Uribe

'Memorias para Cecilia" (Lumen, 2016) es una obra autobiográfica del poeta y diplomático chileno, cuyo fallecimiento se conmemora por estos días. Más allá de su obra literaria, Uribe fue un funcionario observador; fue el primero en advertir de la intervención del gobierno de Richard Nixon en Chile, y también un lúcido testigo del giro político de China en el ocaso del poder de Mao Tse Tung. Sus impresiones como embajador en Pekín durante el gobierno de la UP prefiguran la relación actual entre China y Chile con notable actualidad. 

Capítulo 29

A China

[En este primer extracto se abordan los preparativos del viaje del primer embajador chileno en China, luego de que la UP estableciese vínculos diplomáticos con el gobierno de Mao Tse Tung en 1970]

El viaje a China significa dar la mitad de la vuelta al mundo. En barco sería larguísimo, pero en avión también dejaba casi exhausto al viajero, aun si pretendía hacerlo con conexión a Europa; y peor era el viaje de una vez. La compañía más regular desde Europa a Shangai, donde había que tomar ya un avión chino para Pekín, era Air France; y naturalmente la conexión se hacía en París. En ese viaje de Santiago a París comencé, como alguna otra vez en otros viajes, a hacer una especie de anamnesis, palabra que no sé por qué había aprendido, recordando y haciendo un pretendido resumen de las cosas que habían ocurrido en el período anterior.

Lo último que había ocurrido en Santiago había sido el nacimiento de mi hija menor, de nombre Catalina, y quedó ella con su madre siendo guagua de pocos meses, y con mis demás hijos, para reunirse conmigo más tarde.

Recordé también a Edwards Bello, porque sus lecturas que había hecho durante todos los 50 y los 60 en Chile en bibliotecas, según recortes de sus crónicas que todavía no estaban reunidas sino en pocos casos en volúmenes. Como decía una de ellas, en cualquier viaje que hiciera un chileno al extranjero por comisión de gobierno éste pasaba naturalmente por París.

En mi caso estaba de pasajero, pero de todos modos me quedé unos buenos días alojando en la casa de la Embajada de Chile en París, en la Avenue de La Motte-Picquet, invitado por Pablo Neruda. Hacía poco que había llegado Jorge Edwards con su familia a París como consejero, después de la experiencia traumática que tuvo en Cuba. (Edwards Bello contaba cómo un general muy conocido socialmente a principios de siglo en Santiago, el general Gormaz, había tenido una comisión en Europa para estudiar y hacer inspecciones de faros en los distintos países; pero que se lo encontraba durante su estada en París Inspeccionando faros o “cocotas” que patinaban en el Palais de Glace en París...)

Esa ciudad yo la había conocido sólo de paso por poquísimos días, en el viaje —supongo— que hice para una de las reuniones en Viena, prácticamente de un día para otro haciendo una conexión aérea. Lo único que recordaba era caminar por las orillas del Sena, deteniéndome para mirar libros en esas cajas de fierro verde donde libreros de viejo mostraban libros y a veces grabados y muy pocas veces ya, en los años 60 y 70, libros que tuvieran valor de anticuario. Los árboles en todas esas orillas del Sena y el río flotando mansamente era el único recuerdo que tenía de París.

Estuve pocos días alojando y conversando con Neruda y Edwards, y paseando con éste que me llevaba a ver algunas cosas que podían despertarme la atención en la ciudad, y hablando constantemente él de lo que le había pasado en La Habana.

Algunas cosas me las había relatado en el período en que estuvo de encargado de negocios, abriendo la Embajada por primera vez en la historia de ruptura de relaciones con Cuba, cuando retornaba como lo hizo varias veces a informar en Santiago al Ministerio. Estaba sumamente disgustado de haber caído en lo que él llamaba una trampa que le habían hecho de nombrarlo para ser —desde el 63 ó 64—el primer chileno diplomático en ese país tan discutido. Él lo había visitado antes, en los años 60, invitado por la Casa de las Américas; y no voy a relatar lo que me decía porque lo introdujo en su libro publicado tres años más tarde, Persona non grata (lo cual efectivamente él no había sido declarado por el gobierno cubano). Pero sí me relató una parte de su conversación con Fidel Castro, cuando éste, que lo tuteaba y Edwards por su parte también, lo increpó por las amistades que había hecho y las cosas que hablaba; habían sido todas registradas por micrófonos en su propia pieza de hotel en La Habana. Edwards, creo, llegó a La Habana con la idea de que iba a ser recibido como amigo y sobre todo como sobrino del último embajador de Chile antes de la ruptura. Don Emilio Edwards Bello lo había sido muchísimos años y se había casado con una señora cubana de muy buena familia y rica. Ántes de que llegaran los barbudos de los cerros y tomaran el poder en La Habana, él había sido un personaje de primer plano durante muchos años. Pero o no recordaban a don Emilio, hermano de Joaquín, o bien lo recordaban como una persona ligada al antiguo régimen. Jorge Edwards fue recibido, como me consta a mí que sucedía en otros países llamados socialistas, en un hotel y no en una residencia especialmente acondicionada para que se abrieran las oficinas de la Embajada en espera de un primer embajador designado por Chile con anuencia del Senado. Lo que Castro le echó en cara a Edwards eran las conversaciones que éste tenía todos los días, por insistencia de su interlocutor en la noche, tomando whisky en buenas cantidades, con Heberto Padilla. Recuerdo que fuimos de la misma opinión de que Padilla, sintiéndose ya con indicios de que iba a ser perseguido y arrestado, había utilizado las conversaciones con Jorge para decir las mismas cosas contra el régimen cubano que habían provocado una reacción de disgusto en ese gobierno; y hacerlo esto en conversaciones con Edwards. Padilla estaba seguro de que ellas eran oídas a través de micrófonos que sin duda estaban en las distintas habitaciones de Edwards en el hotel; picaneando también al encargado de negocios chileno para que participara de estas conversaciones con el fin de protegerse, debido a que el representante de Chile lo era de un gobierno muy bien relacionado con el cubano, y con amistad personal con el Presidente Allende y otros personeros con Castro y su grupo gobernante. Estimo que esta interpretación es la más valedera para explicar lo que le ocurrió a Jorge Edwards en Cuba. Además me contó (y ello no aparece en su libro) que Fidel Castro le dijo: “¿Tú eres tan ingenuo como para creer que esas niñas que te iban a ver era por tu bonita cara?, ¿que te hacían gracias...? ¡Todas te las mandaba yo... tonto!”.

En el último día que estuve en la Embajada con Neruda a solas, éste se mostró muy preocupado, preocupadísimo por la verdadera obsesión en que se le había transformado a su principal colaborador y amigo el trauma cubano; y era efectivo porque en esa época no hablaba de otra cosa. Neruda me dijo: “Tú que eres tan amigo suyo aconséjale lo mismo que yo le he dicho: la manera de superar este problema psicológico que le acucia es escribir con total franqueza todo lo que le ocurrió en Cuba. Tú que eres tan amigo de Jorge, háblale en el mismo sentido: que todo eso lo escriba para guardarlo y dejarlo entre sus papeles”. Como se sabe, menos de tres años después, producido ya el Golpe, Jorge Edwards publicó el libro que había escrito con sus recuerdos bajo el título Persona non grata, con gran éxito, merecido por la curiosidad y el interés de lo que cuenta, pero en un momento que me pareció, y se lo dije, muy inoportuno, pues Cuba estaba recibiendo asilados chilenos que habían tenido que salir del país por persecuciones, y a veces o con frecuencia, después de haber sufrido torturas, vejaciones y amenazas físicas y psíquicas.

De la estada de pocos días en París me quedó impreso lo que hablé con Neruda, que se sentía no completamente “à l’aise” y cómodo, pero que confiaba, como me lo dijo, en que el segundo de su Embajada, Jorge Edwards, iba a poder llevar los asuntos de Chile con Francia a la perfección. Efectivamente, Jorge Edwards fue un buen diplomático en el puesto que tuvo, y acaso no tan bueno como jefe de Misión en La Habana. Luego, cuando Neruda dejó su cargo de embajador en París fue cabeza de la Embajada hasta el momento del Golpe, Sin embargo, cuando éste se produjo, Edwards estaba con permiso desde hacía una o dos semanas porque tenía que terminar una novela, un libro y, para realizarlo, quería estar tranquilo en Cataluña. Eso provocó que lo sustituyera como encargado de negocios a.i. un funcionario de carrera que, como otros en esa Embajada y en la mayor parte de las demás, se hizo pinochetista desde que se produjo el Golpe.

En el viaje de París a Shangai, seguí con las rememoraciones de los años 60 e incluso del año 1959, el de mi retorno de Roma a Chile. Recordé por ejemplo el período de mi noviazgo; y luego principalmente el de las conversaciones cuando vivíamos con mis suegros durante tres años, poco más o menos. Llegué a tener una tal comprensión y curiosidad por los recuerdos y opiniones de don Juan Echeverría Vial que, cuando vivíamos con él, como después cuando íbamos frecuentemente a su casa durante los años 60, frente a problemas relativos a la Fundación Arturo lrarrázaval Correa de la que él era gerente, yo fui el más cercano a él en la familia respecto a su divergencia con otros cuñados o parientes. Había sido don Juan Echeverría también el que me relató experiencias que había tenido como alto funcionario del Senado, y otras de orden político y social, por ejemplo de ese general que miraba patinar cocotas o faros en pistas de hielo a principios de siglo; me relató que se llamaba Gormaz y que, conversando en Viña del Mar con el ministro plenipotenciario de Italia, éste, al ver una gran cicatriz en la calva del general, le preguntó “General, ¿una batalla?” (una battaglia). “No”, respondió de inmediato el general Gormaz, “una bottiglia” (una botella); y otras historias.

También pensé en mi matrimonio, que ya había cumplido catorce años; y en una conversación que tuve cuando inicié mi amistad con Mario Valenzuela sobre nuestras mujeres. Le dije de la mía que yo vivía con una divinidad, porque se trataba de una visitación de la belleza divina tanto en espíritu como en cuerpo y alma; le agregué que su perfil de héroe, cuando despierto yo en la noche, la observo durmiendo, me dejaba con el ánimo (frustrado) de transformarme en estatua viviente. Exclamó Valenzuela “¡Pero estás loco...!” Sí, del amor divino.

Recordé por último mi deseo de tener muchísimos hijos como uno de los motivos de estar casado con ella; y de mi ilusión de tenerlos, porque las de mis cuñadas, sus hermanas, habían sido entonces familias, en dos casos, de 12 hijos, en otros de 10 ó 9 ó7. En la realidad, a esa fecha del viaje nosotros habíamos tenido 7 hijos, dos de los cuales, niñas, murieron, sea en el curso de la gestación de algunos meses, sea a los pocos días de nacer.

En esos viajes, y en ése precisamente, yo llevaba siempre en el bolsillo, fuera de los que traía en el maletín, un libro pequeño pero grueso; un tomo de Don Quijote, o uno de los tres que formaban La Divina Comedia en la edición del famosísimo Tallone. Éste había publicado un libro de Neruda que, como el poeta me dijo, era el mejor editado de todos los suyos. Cuando yo le pedí a Neruda que ese tomo de “El Purgatorio” editado por Tallone
me lo dedicara, dijo “¿Pero cómo voy hacerte una dedicatoria, si es del Dante?”; para inmediatamente después poner unas líneas en la primera página, mientras decía: “Después de todo, todos los poetas son un mismo poeta”.

Así llegué a Shangai. Ahí me atendieron funcionarios de la alcaldía, en realidad todos eran “vices” durante la revolución cultural, y el alcalde se llamaba vicealcalde. La conexión se hizo desde el mismo aeropuerto, de inmediato, en un avión chino entre Shangai y Pekín; en el cual unas azafatas, por llamarlas con esa palabra española que se refiere a las doncellas que sirven las reinas o princesas, ofrecían y servían té de distintos colores, verde, rosado, oscurísimo, sin azúcar, a veces con algunas flores pequeñas; así como tajadas de sandía, y naranjas que había que pelar.

 

Ver reseña de la editorial en megustaleer.cl

Ya que estás aquí, te queremos invitar a ser parte de Interferencia. Suscríbete. Gracias a lectores como tú, financiamos un periodismo libre e independiente. Te quedan artículos gratuitos este mes.

Comentarios

Comentarios

Espero su respuesta

Añadir nuevo comentario