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Lunes, 22 de julio de 2019
Recuentos y proyecciones

Cinco tendencias políticas de 2018 que marcarán el 2019

Andrés Almeida

El auge de la derecha populista en el continente, el giro en el conflicto de Wallmapu tras el asesinato de Catrillanca, el movimiento feminista, una oposición chilena perdida en una galaxia lejana y las fake news que llegaron para quedarse, fueron las grandes tendencias del año que terminó. Y marcarán también el año que viene.

Este análisis informativo corresponde al más reciente newsletter La Semana que INTERFERENCIA envía todos los viernes -de manera exclusiva- a todos sus suscriptores y registrados.

Acelerador y freno de la ultraderecha

Este 1° de enero de 2019 será recordado por la toma del poder en Brasil por parte de Jair Bolsonaro, un ex capitán de Ejército ultraderechista que se convirtió en el presidente electo del país más grande de América Latina, obteniendo 55,1% de las preferencias, es decir, casi 58 millones de electores, que equivalen casi a la población de Italia,

¿Tendrán los pinochetistas un éxito similar al de Bolsonaro? José Antonio Kast es un líder que tiene techo. No es un ex militar ni un líder social. Es un burgués del barrio alto de Santiago, quien dificilmente obtendrá adhesión en sectores populares que a esta altura saben que nunca les convendrá un ultraliberal en lo económico y un ultraconservador en lo político.

Bolsonaro fue electo para acabar con la inveterada corrupción brasileña, y el incremento de la delincuencia, además de reformar la economía a través de una agenda ultra liberal. Evidentemente el futuro de su figura y la de sus ideas en Brasil va a depender de si logra o no cumplir estos mandatos. Pero, antes que eso, el Efecto Bolsonaro, vino para quedarse en América Latina y está produciendo -incluso antes de asumir- una especie de primavera siniestra en la región a través de la resurrección de ideas que parecían derrotadas: la nostalgia de las dictaduras y el desprecio por los derechos humanos.

Por supuesto Chile no es inmune a este fenómeno que no es solo latinoamericano (el auge de la ultraderecha huele fuerte en Europa y Estados Unidos también). Como las garrapatas ante un perro recién llegado, cientos de pinochetistas han despertado de su letargo con la aparición de un político que logra ganar una elección democrática reivindicando la dictadura y sus crímenes, además de expresar opiniones homofóbicas y misóginas.

¿Tendrán los pinochetistas un éxito similar al de Bolsonaro? 

Difícilmente. Brasil está en una crisis de grandes proporciones, incluso para ese país que ha vivido en crisis, y eso explica la desesperación de los brasileños, quienes eligieron a Bolsonaro a pesar de su ultraderechismo y no por esa característica. Chile tiene dificultades y pueden agravarse, pero la derecha influyente, Sebastián Piñera, su gobierno y sus soportes, entienden que soltar las trenzas del pinochetismo al interior de sus filas puede contener un poco la emergencia de José Antonio Kast, pero, a la larga, lesiona su vocación electoral por el centro político, que ha sido lo que le ha permitido (y le permitirá en el futuro) ganar elecciones.

Además José Antonio Kast es un líder que tiene techo. No es un ex militar ni un líder social. Es un burgués del barrio alto de Santiago, quien dificilmente obtendrá adhesión en sectores populares que a esta altura saben que nunca les convendrá ni se identificarán con un ultraliberal en lo económico y un ultraconservador en lo político, por mucho que este agite una banderita con una estrella solitaria que no le viene. Así y todo, 2019 será el año del intento de asalto del pinochetismo, postpinochetismo o neopinochetismo, o como se le llame, y coincidirá con las elecciones municipales. Ahí estará su prueba de fuego.

El despertar del Wallmapu

El asesinato de Camilo Catrillanca por parte del Comando Jungla de Carabineros que llevó Piñera a la Araucanía para combatir el terrorismo es la noticia más relevante sucedida en Chile en 2018, pues puede determinar toda la agenda política del actual mandato.

Tiene fecha de vencimiento la política del gobierno de garrote (representada por Andrés Chadwick, ministro del Interior) o zanahoria (Alfredo Moreno, Desarrollo Social), pues justamente supone dos ejes caducos de opciones artificialmente extremadas para el pueblo mapuche.

Y no es solo por la crisis desatada de Carabineros, la cual no se puede ocultar por más tiempo y que requiere de cambios profundos, la cual dominará buena parte de la discusión de 2019. 

También es esperable que cambie radicalmente la forma que tiene el país de mirar el llamado conflicto mapuche, el que tiene una respuesta violenta por parte de los mapuche a partir de 1997 cuando se inician las quemas de camiones de la Forestal Arauco. Entre 1997 y 2018, la discusión pública ha transitado desde ignorar el conflicto y aplacar las demandas por medio de recursos asistenciales, hasta transformarlo en un problema de seguridad, con una arista subordinada de carácter social. Hoy, la imagen del rostro de un joven Catrillanca martirizado luego de varios intentos de ignorarlo y difamarlo, es el rostro de otra Araucanía, que puede ser rebelde sin ser criminal, que no encaja en el estereotipo alimentado hasta ahora por el estado chileno que muestra inequívocamente a toda la disidencia mapuche como un grupo violentista, intransigente e ilegítimo.

Esa imagen de Catrillanca muestra un pueblo complejo, que no está constreñido a elegir entre seguir el curso de acciones violentas o aceptar mansamente su destino, pues hay otros caminos intermedios. Por lo mismo tiene fecha de vencimiento la política del gobierno de garrote (representada por Andrés Chadwick, ministro del Interior) o zanahoria (Alfredo Moreno, Desarrollo Social), pues justamente supone dos ejes caducos de opciones artificialmente extremadas para el pueblo mapuche.

Es decir, viene la hora de la política en la Araucanía.  

El día después del feminismo

2018 fue el año en que el Movimiento Feminista (o los movimientos feministas, más bien) se tomaron la agenda pública, iniciando un camino real de reivindicación de derechos y símbolos que tendrá reverberancia durante varios años, y que muy probablemente llevará a mayores grados de igualdad y respeto en la conviviencia entre mujeres y hombres.

Fue un 2018 catártico también en muchos sentidos, pues por primera vez la discusión pública se tomó totalmente en serio y como prioridad de discusión el carácter opresivo de la sociedad y la cultura hacia las mujeres, develando en breve lapso la masividad de grandes abusos y abusos cotidianos que afectan a todas las mujeres en Chile, casi sin excepción. 

Eso se expresó con claridad en la campaña #metoo que llevó a tocar a intocables del star system local, como Herbal Abreu o Nicolás López, saliendo a la luz escabrosas situaciones que por desgracia se multiplican en todas las escalas del quehacer, las que también empezaron a emerger en las esferas privadas de los chilenos y en las semi-privadas, como Facebook.

El peligro que enfrenta el movimiento feminista es convertirse en una elite ilustrada, estridente e impaciente, pero alejada de las mujeres reales y de hombres sensibilizados frente al tema, pero que se sienten cohibidos. 

En ese contexto, el feminismo también aprovechó para representar su nuevo poder a través de distintas actividades públicas, como marchas, performances o la toma de la Casa Central de la Universidad Católica, planteando una nueva agenda al país, que va más allá de los necesarios cambios legislativos en torno a temas como los derechos reproductivos, aspirando además a un cambio completo de la cultura dominante, hasta el punto en que se objetó la gramática del español por usar el género masculino en el plural genérico. 

Sin embargo, el carácter reivindicativo del feminismo, luego de su sonado éxito en 2018, empieza a topar con los propios límites de una sociedad y una cultura que son efectivamente patriarcales y que no va a cambiar radicalmente en un año ni en dos. Si 2018 va a ser recordado por el año del feminismo, también conviene recordar que es también el año del anti-feminismo, que marca una reacción violenta contra sus postulados, y que alimenta al fenómeno de ultraderecha.

De tal modo, el desafío de las feministas y los feministas para 2019 es emprender un trabajo gradual y de largo aliento, probablemente menos gratificante que el que lograron en 2018, pero más consistente. Esto, con la idea de favorecer las vidas de las mujeres que efectivamente están a favor de abrogar una sociedad de abusos contra ellas, pero que no necesariamente adhieren a la identidad política de lucha del feminismo y su oposición frente a lo masculino.

Dicho de otra manera, el peligro que enfrenta el movimiento es convertirse en una elite ilustrada, estridente e impaciente, y alejada de las mujeres reales y de hombres sensibilizados frente al tema, pero que se sienten cohibidos. 

La oposición en otra galaxia

Fue un mal año para el gobierno. Horquillado entre el asesinato de Camilo Catrillanca que derivó en la peor crisis de Carabineros en décadas, y un desempeño económico por debajo de las expectativas especialmente en cuanto al desempleo y ahora recientemente por un pobre resultado bursátil (en 2018 el IPSA cayó en un 8,25%, su peor desempeño desde 2013), Sebastián Piñera debe estar agradecido de que ya termine el 2018, con la esperanza de retomar la agenda en enero.

Sin embargo, Piñera y sus partidarios pueden estar relativamente tranquilos, pues a la oposición le fue bastante peor en este año que termina.

Visto así el 2018, la oposición hubiese hecho muy bien su trabajo, pero si el país fuera Islandia.

Encontrados en el primer Congreso post binominal, la ex Nueva Mayoría (NM) se ha mostrado consternada, mientras que el Frente Amplio, errático. Y de ese modo, ninguno ha marcado agenda ni a través de negociaciones audaces con el gobierno, ni por propuestas propias en el Congreso, ni liderando los movimientos sociales.

En cuanto a la alianza que apoyó (a regañadientes) a Alejandro Guillier, todavía no se acostumbra a la quita de poder y por lo tanto no trabaja en la definición de los liderazgos que requiere para esta fase histórica, ni en el recambio de sus estilos, ni en las estrategias para relacionarse con el gobierno, con el FA o entre ellos mismos. En tanto, quienes apoyaron a Beatriz Sánchez comienzan a comprender los límites de la acción parlamentaria (en contraste con sus grandilocuentes declamaciones en campaña) y de los discursos principistas (los que niegan el carácter eminentemente transaccional de la política), luego de lanzar acusaciones contra autoridades de gobierno que no tienen destino y que van lesionando su propia credibilidad como actores de real poder en el escenario político.

De tal modo, desde la Democracia Cristiana hasta el Movimiento Autonomista, nadie supo acumular y ensanchar su espalda a partir de los tropiezos que les regaló el gobierno.

Además, la oposición ha quedado completamente off side en al menos dos temas de gran importancia. 

El primero es el debate migratorio. Mientras el gobierno obtenía pingües réditos expulsando haitianos y sacando a Chile del Pacto Migratorio, en un contexto social en que los electores enfrentan un escenario de temor por el desempleo y la baja de las expectativas de crecimiento y consumo, la oposición enfocó sus esfuerzos en discutir la injusticia abstracta de las medidas, obviando las reverberancias sociales que tienen en sus electores, las que son tan indeseables como reales, y que han hecho crecer a la ultraderecha, sin ir más lejos.

El otro caso en que la oposición ha quedado fuera de juego, fue en la discusión sobre Aula Segura. Nuevamente aquí el progresismo quedó atrapado en sus consignas, como lo fue el infumable concepto de Aula Democrática, y no supo ver que detrás del proyecto de ley había un auténtico clamor por mayores grados de seguridad en las comunidades escolares. Más allá de la discusión técnica sobre la conveniencia o no de Aula Segura para resolver temas de convivencia escolar, la oposición se vio alejada de la realidad social, en un contexto en que los padres y apoderados de los escolares simplemente renegaron de la izquierda para resolver sus problemas.

Visto así el 2018, la oposición hubiese hecho muy bien su trabajo, pero si el país fuera Islandia. Entonces, proyectando este escenario ¿cómo viene el 2019 para el progresismo?

Primero que todo, lo más probable es que la oposición siga desconectada de la ciudadanía y, por ende, desunida, al no escuchar a un electorado de sensibilidad progresista, pero no militante, que clama tanto por liderazgos nuevos y cercanos, como por un proyecto viable y con vocación de mayoría. 

Tanto la ex Nueva Mayoría como el Frente Amplio se encuentran en procesos de reconfiguración interna que los distrae de las grandes preocupaciones de los chilenos, quienes en su gran mayoría son totalmente desafectos de los problemas que aquejan a las militancias, y no han reparado aún en el gran desafío que significa enfrentar la elección municipal en 2020. Sin unidad, sin coordinación y sin un acuerdos programáticos mínimos, eso camina hacia el desastre, con la alta posibilidad de que la elección se transforme en una batalla intestina en la que quién gane sea quien menos pierda.

El 2018 ha sido particularmente violento para los medios tradicionales en Chile, y ha cobrado la forma de despidos masivos en los equipos de Paula, Qué Pasa, Cosas, The Clinic, Canal 13, Chilevisión, Mega, TVN, La Segunda y las ediciones regionales de El Mercurio.

Tal vez el único antídoto posible lo provea la propia derecha, si es que no logra contener sus impulsos pinochetistas, ofreciendo así una carta de unidad y salvación tras la cual puede rejuntarse la oposición. Así y todo, es difícil que finalmente se logre una unidad mínima como para enfrentar exitosamente elecciones de alcaldes en las que no es necesario alcanzar mayorías absolutas para ser electos, lo que obliga a pactar alianzas previas a presentar las listas.

Esto, pues el FA aún tiene en su ADN aversión a negociar y muchos plantean que colaborar con la ex NM es una traición a los principios de un sector que nace para fagocitarla. Desde la perspectiva de la ex NM, tampoco se observa voluntad de avanzar hacia una discusión programática que contente al FA, pues eso implicaría izquierdizar sus propuestas y abandonar el centro político, que está cada vez más huérfano.

Además, 2019 será un año de fuego para aquilatar liderazgos en miras a las elecciones presidencial y parlamentarias de 2021, y eso siempre es un elemento de conflicto y confusión, más ahora en que el escenario está totalmente abierto y la reflexión estratégica descaminada.

Esto, pues la ex NM, que todavía no tiene ni nombre, comienza a buscar cartas dentro de los círculos de su elite, como Heraldo Muñoz o Máximo Pacheco, sin reparar en la impopularidad de ese método y sin abrir una discusión de contenidos y propuestas.

El FA, por su parte, guarda la carta de Beatriz Sánchez en el refrigerador, con la vaga esperanza de que el electorado los premie por el mero hecho de no ser la vieja NM. Pero, en paralelo, calienta disputas por los liderazgos internos, las que son perfectamente normales, pero que, dados los estándares incumplibles que ellos mismos se autoimpusieron al tratar de imponérselo al resto, parecen peleas degradantes de la política.

Sucedió con la elección de Jair Bolsonaro en Brasil, quien ocupó WhatsApp como una eficiente arma de desinformación, que hoy tiene de cabeza a quienes buscan crear y proteger las atmósferas de conviviencia democrática,

La era de la posverdad y los medios

La fórmula ganadora de elecciones se consolidó este 2018 a punta de noticias falsas, minería de datos e hipersegmentación. La era del marketing digital, que entró con todo a la política de la mano de Barack Obama en 2012, hoy es utilizada por la ultraderecha para sacudir el panorama electoral internacional, dejando impávido a un liberalismo demócrata, que no ha podido hacerle frente. 

Sucedió con la elección de Jair Bolsonaro, quien ocupó el WhatsApp como una eficiente arma de desinformación que hoy tiene de cabeza a quienes buscan crear y proteger las atmósferas de conviviencia democrática, para las cuales es clave que la información sea relevante, veraz y fluya por todos los nodos de la sociedad.

Con esto se está en el pleno de una época en que la humanidad ha creado -según Martin Hilbert, un experto de la University of Southern California- suficiente información como para levantar 4.500 pilas de libros capaces de llegar al sol, cifra que se duplica cada dos años. En tal contexto, la desinformación crece ingentemente y alimenta a los monstruos del miedo, y estos, a su vez, adquieren distinta forma de acuerdo a los problemas específicos de cada sociedad, pero coinciden en hacer crecer discursos que levantan banderas de pertenencia a grupos excluyentes, los cuales fácilmente ceden ante los impuslos de odio.

Sin una solución a la vista, esto coincide, y hasta cierto punto se explica, por la feroz tormenta que afecta a los medios de comunicación, los que se van cerrando, achicando o desinvirtiendo, año tras año, sin que puedan responder adecuadamente a procesos brutales de transformación digital que han hecho insostenible que se financien principalmente por ingresos publicitarios.

El 2018 ha sido particularmente violento para los medios tradicionales en Chile, y ha cobrado la forma de despidos masivos en los equipos de Paula, Qué Pasa, Cosas, The Clinic, Canal 13, Chilevisión, Mega, TVN, La Segunda y las ediciones regionales de El Mercurio.

Este oleaje también ha cobrado en la calidad general de la información, pues ha hecho que muchos medios se rindan ante la pesca de clicks, lo que implica apuestas de contenidos diseñadas para alimentar a los algoritmos de Google y Facebook, los que promueven la cantidad por sobre la calidad de los artículos, a cambio de un avisaje ultrabarato, orientando las pautas noticiosas hacia temas que son populares, pero no necesariamente relevantes. Dicho de otro modo, por primera vez los medios contribuyen más al ruido, en el que nada como pez en el agua la desinformación, que a la pausa necesaria para ayudar a discriminar lo que es cierto y relevante.

En este contexto, 2019 puede ser el año de la profundización de la crisis o del repunte.

En cuanto a los medios tradicionales, El Mercurio y el Diario Financiero ya en empezado a cobrar por sus contenidos digitales, y prontamente lo hará La Tercera. Su éxito o fracaso dependerá de cuán necesaria es efectivamente su información y de la credibilidad de sus marcas. En simple, se trata de hacer lo que han logrado hacer, por ejemplo, The New York TimesFinancial Times, en la anglosfera. 

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Mil gracias por el artículo. Soy colombiana y vivo en FL, USA hace ya 20 años. Aparte de las idiosincrasias y particularidades, su análisis es uno excelente que puede extrapolarse a cada uno de nuestros países. Vienen tiempos interesantes para América Latina, no cabe duda!!

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