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Sábado, 31 de octubre de 2020
Especial Elecciones de 1970

Clodomiro Almeyda es derrotado por los tecnócratas de la Unidad Popular

Clodomiro Almeyda (*)

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Clodomiro Almeyda
Clodomiro Almeyda

Este artículo de Clodomiro Almeyda, abogado, profesor y ministro de los presidentes Carlos Ibáñez del Campo y Salvador Allende Gossens, es un extracto del libro Reencuentro con mi vida (Las Ediciones del Ornitorrinco, 1987), en el cual reflexiona sobre el triunfo de la Unidad Popular, así como los temores y desafíos que significaba la victoria.

Yo no estaba seguro del triunfo de Allende en las elecciones de 1970. La influencia del paternalismo alessandrista en sectores de nuestro pueblo políticamente retrasados, la división de las fuerzas progresistas, parte de las cuales iba a sufragar por Tomic, y la feroz y millonaria campaña antimarxista y anticomunista que ya había demostrado su impacto en los anteriores comicios presidenciales de 1964, se me hacían obstáculos difíciles de superar. Eso, a pesar del inmenso trabajo político electoral de la izquierda y de nuestro Partido, dirigido entonces por Aniceto Rodríguez.

Por eso fue mayor mi alegría cuando nos percatamos de nuestra victoria, ya a la hora siguiente de comenzados los escrutinios. Como pudimos, todos los allendistas nos fuimos espontáneamente, esa tarde de septiembre de 1970, al centro, a celebrar el triunfo. Incluso se hicieron presente en esa verdadera fiesta popular importantes contingentes de jóvenes democratacristianos que consideraban como victoria suya la derrota del candidato derechista, aunque ésta se hubiera logrado a través de Salvador Allende.

Allí, en el centro, nos encontramos todos. Los que tantos años habíamos luchado en las mismas barricadas, sin distinción de partidos ni de edades ni de sexo. Estaba todo el pueblo allendista de Santiago, estaba la Unidad Popular.

¡Qué de abrazos y de besos, a las mujeres, se entiende! ¡Qué de rostros felices, iluminados, esperanzados! ¡Qué de sonrisas y de alegría! ¡Qué de cantos, de consignas y de gritos! Allí nació, o al menos se legitimó, aquello de que "el que no salta es momio". Porque todos saltaban de júbilo. Y luego escuchamos la palabra de Allende, ubicado en el balcón del local de la Federación de Estudiantes, frente al cerro Santa Lucía. Un discurso improvisado, como era su costumbre, a la vez combativo, sereno y responsable. Un discurso de quien era consciente de la inmensa y difícil tarea que tenía por delante. Un discurso de gratitud, homenaje y estímulo al pueblo de Chile, a sus obreros, empleados y campesino, a las mujeres y a los jóvenes, "a los hombres humildes de nuestra Patria", como él decía, que habían confiado y depositado en él y en la fuerza política que lo apoyaba -la Unidad Popular- sus esperanzas. Un discurso inolvidable.

Pero poco a poco, y en la medida en que la exaltación y el entusiasmo de aquellas multitudes iban creciendo hasta llegar al paroxismo, como que comencé a tomar distancia del entorno. Como que fueron tomando forma sensible la verdad de las palabras de Allende aludiendo a la magnitud de la obra que se emprendía y a las dificultades que debería enfrentar. Fue como apareciendo en mi conciencia la otra cara de la medalla. Nuestras insuficiencias y nuestros sectarismos; nuestras diferencias internas -sobre todo en el Partido-, nuestro déficit unitario, incluso a nivel de Unidad Popular, los enfoques errados que ésta hacía de algunas cuestiones importantes. Y, sobre todo, el telón de fondo de la conciencia del enorme poder del adversario, el de adentro y el de fuera del país, que no estaba aún derrotado política sino sólo electoralmente. Y las Fuerzas Armadas, misteriosas, impenetrables, enigmáticas. (Después se supo que a esas horas ya estaban conspirando e intentando un pronunciamiento que encabezaba el Jefe de la Guarnición de Santiago.)

Toda esa otra cara de la medalla fue haciéndoseme presente. Y me fui preocupando por momentos. Y en tanto seguía contemplando, anímicamente ya no como participante sino como observador, aquella eufórica fiesta popular. me fui también entristeciendo.

Los últimos abrazos de felicitaciones mutuas que nos dábamos con los amigos que encontrábamos a cada paso ya no fueron como los primeros, espontáneas expresiones de auténtica alegría y felicidad. Fueron siendo cada vez más externos y más convencionales.

Esa noche no volví a mi casa como partí. Volví meditabundo y hasta apenado. Sobre todo por ese pueblo que, enfervorizado por su gran triunfo, no imaginaba el difícil futuro por el que debería transitar. Era como un presentimiento de la tragedia del 11 de septiembre de 1973. Así fue.

Mis temores acerca de los errores que podríamos cometer los partidos de la Unidad Popular en el Gobierno -que me causaban gran inquietud- se vieron, desgraciadamente, confirmados cuando asistí a una reunión informal y ampliada en el balneario de El Quisco, a las pocas semanas del triunfo del 4 de septiembre, y a la que asistió lo que podríamos llamar la plana mayor del "equipo tecnocrático" que trabajaba con Allende y la Unidad Popular, al cual pertenecían militantes de todos los partidos de esa combinación política y un numeroso grupo de economistas y cientistas sociales independientes.

En su inmensa mayoría se trataba de gente joven formada en la universidad y cuya práctica, muchos de ellos, la habían hecho trabajando en organismos internacionales o en los propios institutos universitarios.

El primer hecho preocupante que se observaba en aquella reunión es que continuaba primando lo que ya era un hábito en los círculos tecnocráticos de izquierda: el separar lo político de lo técnico. Lo que allí se quería profundizar era el Programa Económico de la Unidad Popular, dejando de lado su interrelación con los aspectos propiamente políticos del proceso o, al menos, considerándolos sólo en términos muy generales, como por ejemplo, el que el programa económico debería ayudar a incrementar la base de apoyo social y político al nuevo régimen y abrir caminos de participación de los trabajadores en la toma de decisiones a través del diálogo con la Central Única de Trabajadores, u otras generalidades semejantes.

La tarea que se auto asignaba el equipo económico era la de concebir y luego llevar adelante determinados proyectos, dando ciertas opiniones políticas en las que ellos, se suponía, no debían intervenir pues eran materias propias de las instancias superiores gubernativas y partidarias. Esto los inducía a no responsabilizarse del contenido esencial de las políticas a realizar y a no interesarse como era su deber en sus supuestos y consecuencias políticas, produciéndose así, de hecho, un divorcio a todas luces inconveniente entre políticos y técnicos.

Ideológicamente, la mayoría del equipo tecnocrático de la Unidad Popular estaba bastante identificada con la llamada "escuela estructuralista" en materia de política económica y social; línea de razonamiento que es, a mi juicio, complementaria de una concepción "desarrollista" del proceso de transformaciones sociales de América Latina, pero que no resulta congruente con una política de alcances revolucionarios que debía partir del supuesto del agotamiento de las virtualidades del "desarrollismo" -demostrada por la frustración de la experiencia gubernativa de la Democracia Cristiana-, y debía proponerse ir sentando progresivamente las bases de la construcción del socialismo.

El plantearse este último objetivo equivalía, a mi juicio, a tener que situar los factores políticos como los decisivos, y a plantearse el problema del poder como tópico central en el desarrollo del proceso transformador. Pero el problema del poder depende de la correlación de fuerzas, y ésta de una adecuada política de alianzas, lo cual conduce a que los programas económico-sociales tienen que coadyuvar a la realización de esa política de acumulación de fuerzas. En otras palabras, en una etapa de transición como la que se anunciaba, esta dimensión estrictamente política no era asumida por el esquema estructuralista. Y esto era tanto más grave si se toma en cuenta nuestra debilidad en el aspecto militar, dado el descompromiso de las Fuerzas Armadas con los proyectos transformadores del Gobierno.

Cualquier política de alianzas correcta suponía el desarrollo paralelo de la fuerza propia de la vertiente democrática radical, de orientación socialista, o sea, en otras palabras, avanzar en la construcción de la fuerza rectora del proceso -del Partido o del Frente de Partidos- como vanguardia unitaria, como instancia política de convergencia y de conducción, incluso en relación con el Gobierno mismo, el que, en último término, debía llevar a cabo la política decidida por esa instancia unitaria y conductora.

Estas consideraciones, que deberían haber sido el telón de fondo sobre el cual se diseñaran los proyectos específicos para implementar el Programa de la Unidad Popular, estaban al margen de la discusión, por lo que lo planteado en aquella reunión de El Quisco se construía sobre un vacío político, de manera abstracta, sin tomar en cuenta el contexto político-social que rodeaba la empresa que se proponía acometer.

Caricaturizando el debate que allí se produjo, para hacer más claro lo que quiero decir, daré algunos ejemplos significativos.

Se partía allí por el conjunto de la tecnocracia, del supuesto de que la Reforma Agraria jugaría un papel importante en la lucha contra la inflación, porque las transformaciones en el régimen de propiedad de la tierra, al eliminar las rigideces institucionales todavía imperantes allí -no obstante los avances que hubo durante la Administración Frei-, iban a permitir aumentar la oferta de productos agrícolas e inducir a la baja de sus precios.

A mi juicio, ese supuesto era falso. Lo que era previsible es que ocurriera todo lo contrario, ya que una profundización de la Reforma Agraria, al desorganizar por un período el sistema productivo, originaría, mientras no se estabilizara una nueva situación (lo cual lleva años), una disminución de la oferta de productos agrícolas durante ese período, presionando los precios hacia arriba y exigiendo mayor gasto de divisas en importaciones agrícolas, sobre todo tomando en cuenta la prevista y deseada expansión de la demanda.

A la inversa de lo presupuestado por el estructuralismo, la Reforma Agraria, en el período decisivo no iba a ayudar ni a alimentar mejor a los chilenos ni a combatir la inflación ni a mejorar el balance del comercio exterior.

Otro ejemplo. Se partía del supuesto de que la creación de una vasta área de propiedad social de la economía iba a significar una fuente de ingresos para el Fisco que permitiría replantear toda la política fiscal y tributaria en esas nuevas condiciones. Igualmente falso. El área de propiedad social, durante un tiempo no iba a generar excedentes sino pérdidas, lo que se traduciría en una permanente presión para emitir dinero con el fin de resolver esos déficit de las empresas. En el período de transición, en lugar de aumentar, la eficiencia visible disminuiría, con lo cual se daría otro fuerte estímulo a la inflación.

Otro ejemplo. Se pensaba que el incremento de la demanda provocado por los proyectados aumentos de remuneraciones, al hacer posible el aumento de la producción y de las ganancias de los empresarios del área privada, constituiría un incentivo para las inversiones, ya que se incrementarían sus recursos potencialmente destinables a capitalización.

Errónea también esa presunción. Si bien era previsible un aumento de la producción y de las ganancias, por la razón indicada, durante uno o dos años, era evidente que desde el momento en que el empresariado se percatara de que las cosas marchaban en último término hacia el socialismo -no obstante las promesas que pudiera hacérsele para garantir la inexpropiabilidad de sus empresas-, desde ese momento, repito, era evidente que los excedentes económicos que obtuviera la burguesía tenderían a salir del país o se destinarían a la especulación. En ningún caso a la inversión.

El recurso a una estricta política de control de precios y de subvenciones a los mismos con el fin de atenuar las tendencias alcistas -en lo que también se confiaba-, a mi entender, a mediano plazo iba a generar una distorsión completa del sistema de precios, dando origen a un enorme mercado negro que desorganizaría el funcionamiento del sistema económico vigente, antes de haberse creado los fundamentos políticos y económicos del sistema alternativo.

En resumen, a mi juicio, el esquema estructuralista no funcionaría en el contexto político de un cambio social significativo, el que sería percibido por los sectores económicos privados como mucho más lesivo a sus intereses de lo que realmente se quería que fuera en aquella etapa de transición. Pero esa percepción determinaría su comportamiento práctico en lo económico y en lo político.

En ese contexto -y en ello insistí mucho en la reunión de El Quisco-, los desequilibrios en el terreno financiero monetario, fiscal y de balanza de pagos, tenderían en pocos años a convertirse en el talón de Aquiles de todo el proceso, e iban a crear condiciones sociales muy favorables para la desestabilización política del régimen.

La subestimación, por parte del pensamiento estructuralista de la importancia de los aspectos financieros y de los efectos desestabilizadores de los desequilibrios en esa área, se confirmó ampliamente en aquella reunión.

El hablar allí de los peligros de la inflación, por ejemplo, era casi decir malas palabras, ya que ése y otros problemas similares eran solucionables -a juicio de la tecnocracia- a través de la política de reformas estructurales. Todo lo contrario 'de lo que yo pensaba, en el sentido de que precisamente esas reformas estructurales constituirían el motor de los desequilibrio s financieros y del comercio exterior.

Es obvio que no objetaba que se pusiera en marcha el proceso de reformas estructurales, pero lo que yo reclamaba era la necesidad de tener conciencia de los efectos económicos, sociales y, sobre todo, políticos que iban a producir, de manera que en su implementación debería procurarse minimizar sus efectos perversos, recurriéndose, para controlarlos, a los instrumentos más idóneos para ello, previéndose las contramedidas más eficaces para enfrentar los desequilibrios que necesariamente se producirían, si éstos alcanzaban un determinado nivel: una reforma monetaria o una política de racionamientos, si era necesario, lo cual exigía una larga y eficiente preparación política e ideológica, que debería contemplarse desde el comienzo. Ello suponía la conquista plena del poder, lo que estábamos lejos de alcanzar, y que por lo tanto debería ser nuestro objetivo supremo, subordinando todo lo demás al mismo.

Como era previsible, en ese ambiente de la reunión de El Quisco, abrumadoramente favorable a los esquemas estructuralistas, mis opiniones no sólo fueron minoritarias, sino que fui el único disidente total de lo que allí se decía, porque el enfoque para apreciar la realidad era también totalmente distinto y el elenco de ideas que me servían de parámetros teóricos tampoco era compartido por los demás.

Fue un diálogo de sordos. Más de alguien me dijo en privado que estaba prisionero de los conceptos económicos convencionales -monetaristas- y que ahora era necesario mirar las cosas de otro modo, totalmente distinto...

La subestimación de los factores políticos -fortalecimiento de las instancias partidarias, conducción única, política de alianzas, etcétera- y, en lo económico, la subestimación de los aspectos financieros y monetarios, unida a una sobrevaloración del efecto positivo inmediato de las reformas estructurales, se explicaba, a mi entender, por la introducción en toda esa visión del proceso de los estructuralistas de una variable tácita omnipresente.

Esa variable tácita era la fe en una supuesta e innata racionalidad en el comportamiento de los actores sociales y de las masas. Estas últimas desarrollarían rápidamente y de manera extraordinaria su conciencia política, lo cual las haría actuar espontáneamente en una forma congruente con las finalidades deseadas por la conducción. Sobre la base de ese ingenuo y providencialista supuesto, es claro que el papel de la instancia y la conducción política pierde relevancia.

A juicio de aquellos economistas, incluso las masas serían más sabias que los partidos políticos. Igualmente, sobre la base de ese supuesto, esa conciencia espontánea y de superior nivel político, las convertiría en eficaces y lúcidos puntos de apoyo para favorecer la acción gubernativa y para ayudar a corregir los desequilibrios que se pudieran originar en algunos ámbitos económicos. Incluso, muchos pensaban que esas masas, iluminadas por la Divina Providencia, estaban en condiciones de generar un poder alternativo al del Gobierno, destinado a absorber, copar y sustituir por último el aparato del Estado democrático burgués. Para mí, todo eso era y es pura fantasía.

Sólo una instancia política orgánica y una conducción fuerte, unitaria y coherente podían orientar y ser vanguardia del movimiento de masas, encauzando sus energías y su combatividad en una dirección convergente con la del Poder Político. La ausencia de una instancia política que cumpliera eficazmente esa función no se puede suplir con nada. Y la espontánea concientización de las masas a través de su propia experiencia, sin el concurso determinante de la experiencia internacional y nacional, cristalizada y "capitalizada" en partidos de vanguardia, es un proceso largo y accidentado. El enemigo de clase no va a esperar a que las masas por su propia experiencia alcancen los niveles de conciencia que se supone deben radicarse e irradiarse en y desde los partidos. Por el contrario, los enemigos van a actuar antes de que ese nivel se haya alcanzado, precisamente en el momento de mayor debilidad en el decurso de ese proceso de espontánea maduración de la conciencia popular.

Igualmente advertí en la reunión de El Quisco una subvaloración del factor eficiencia técnica y administrativa en todo lo relativo a la gestión de la política económica, a nivel público y a nivel de empresa. En verdad, durante un proceso revolucionario, la eficiencia no es lo fundamental. Está subordinada a lo político; pero para que este nivel político sea en sí eficiente, supone un umbral de eficiencia en la gestión económica que, si no se alcanza, produce consecuencias nefastas. La aceptación tácita por parte de la tecnocracia del absurdo sistema del "cuoteo político partidista" de los cargos públicos es una demostración de la insensibilidad frente a esta cuestión capital. El "cuoteo" conducía, necesariamente, a que la estrecha racionalidad partidista primara decisivamente por sobre la eficiencia política y técnica, como criterio para la designación de funcionarios.

La crítica de fondo que puede hacerse a la escuela estructuralista es que, con un punto de vista no dialéctico (teniendo razón en que el contenido de la política revolucionaria está constituido por las transformaciones estructurales), la forma en que ella se expresa en el plano monetario-financiero y en el de eficiencia en la gestión de los negocios públicos y del área social de la economía, eran subestimados y definidos como un simple epifenómeno trivial. Y no es así. La dimensión monetario-financiera y la mayor o menor eficiencia en la gestión económica reaccionan y afectan el contenido del proceso, de manera que su resultante es producto de esa interacción dialéctica.

Se trata de algo homólogo a las relaciones que en un plano más general se dan entre la estructura económica de la sociedad y la superestructura ideológica. Esta última está condicionada y se mueve en los límites marcados por la primera, pero goza de relativa autonomía y reacciona sobre la base económica, de manera que la sociedad tal como es expresa la resultante de esa interacción entre base y superestructura.

No he pretendido ahora sino dar una idea general de la problemática debatida en la reunión de El Quisco, y he intentado, no sé si con éxito, bosquejar solamente un cuadro aproximado del clima ideológico que allí primaba y de la índole y la profundidad de mi disenso con la tecnocracia estructuralista. El esclarecimiento riguroso de toda esta problemática, es claro, amerita consideraciones mucho más profundas.

Dos consideraciones finales sobre la materia. Pienso que ya a mediados de 1973 se estaban creando las condiciones para superar, sobre la base de la experiencia vivida, buena parte de los errores que se habían cometido en el área económica en los primeros tiempos, producto del equivocado enfoque que aquí he cuestionado. Y lo que es más importante, por significativos que hayan sido esos errores, no fueron en modo alguno los factores decisivos en la emergencia del golpe militar contrarrevolucionario.

La razón última del golpe militar está en que los intereses económicos y políticos afectados por la política del Gobierno Popular no podían ser tolerados por las clases dominantes ni por el imperialismo. Y en Chile, como en todas partes del mundo, ante una situación semejante, necesariamente esas clases recurren a cualquier medio con el fin de salvar el sistema de dominación del que usufructúan. Desde luego, echando por la borda la democracia y sus instituciones, y recurriendo -como en nuestro país- a las Fuerzas Armadas para promover la contrarrevolución, cuando éstas están en disposición de hacerlo. Es lo que ocurrió en Chile. Y el Gobierno Popular no estaba preparado para defenderse. He ahí la esencia de lo sucedido.

Nuestros errores políticos y económicos facilitaron el éxito de la contrarrevolución al predisponer a gran parte de las capas medias en contra nuestra. Jugaron, en consecuencia, un papel negativo muy importante en el desenlace final, pero no fueron la causa determinante ni última del golpe contrarrevolucionario.

(*) Tomado del libro “Reencuentro con mi vida”, de Clodomiro Almeyda; Las Ediciones del Ornitorrinco; marzo de 1987.

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Comentarios

Comentarios

Yo estoy suscrita pero no me reconoce

Extraordinario análisis Lamentablemente, y digo con cariño, Don Cloro no da nombres de los miembros del equipo de tecnócratas!!!... Pega pa el equipo de Interferencia!!! No desmayen. No desmayemos

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