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Viernes, 7 de agosto de 2020
Autor de 'El Canon Occidental'

Harold Bloom: el olvidado

Ricardo Martínez

Polemista de fuste en los debates de fines del siglo XX, Harold Bloom, quien acaba de fallecer, ejerció como crítico y erudito literario. Desde su tribuna defendió una lectura no posmodernista de la cultura, lo que le valió encarnizados detractores y un lugar en la historia del pensamiento.

Hay una idea que fue planteada por diversos humanistas a lo largo del siglo XX de maneras diferentes, pero con la misma agudeza. Se puede esbozar aproximadamente así: para poder interpretar la historia de la cultura hay que prestar atención a las personas que elaboran la cultura y sus antecesores y antecedentes. Dicho en sencillo, que cada momento de la cultura responde, dialoga y debate con los momentos previos, en especial los más inmediatos. 

Esta idea fue propuesta de manera muy elegante por el psicólogo suizo Jean Piaget, quien en uno de sus textos menos conocidos sostenía que no se podía entender a Platón sin atender a la geometría pitagórica (Platón pensaba que las ideas eran la realidad, porque los triángulos que describe la geometría matemática son perfectos, mientras que en el mundo concreto no hay triángulos ideales). Del mismo modo, Piaget sostenía que la filosofía de Immanuel Kant no se podía explicar si no se hacía referencia a la física de Isaac Newton. Y así.

Otro pensador que sostuvo una idea similar fue Ernst Gombrich, el estudioso del arte austriaco, que defendía que “no existe el arte, solo existen artistas”, y que cada momento de la historia del arte responde a los problemas que dejó instalados el momento previo. No se puede pensar, dice Gombrich, en el post-impresionismo de Cézanne o Van Gogh o Gauguin o Toulouse-Lautrec, sin atender al impresionismo previo de Monet o Pissarro.

Un arte angustiado

Harold Bloom, el crítico y experto literario estadounidense que ha fallecido este lunes a la edad de 89 años fue uno de los principales cultores de aquella idea acerca de la historia del conocimiento y el arte. 

En su primer libro de mayor importancia, La angustia de las influencias, publicado en 1973, argumenta que cada poeta o narradora debe entrar, cuando emprende la tarea de escribir, en una lucha con sus antecedentes. Estas y estos antecedentes han roto el silencio antes que ellos -para ocupar una imagen debida a Mijaíl Bajtín, que sostenía algo similar- y, que, en consecuencia, cada obra es una respuesta a, y diálogo y disputa con, las obras previas, en especial de los maestros. 
Habitualmente, indicaba Bloom, en la lectura que los autores más jóvenes hacen de sus antecesores hay no solo una angustia ante la monumentalidad de la obra previa, sino que errores de lectura (misreadings) que hacen avanzar a tropiezos la historia literaria.

Defendiendo el Canon

En su obra más conocida no solo en los Estados Unidos, sino que, a nivel mundial, El Canon Occidental (1994), Bloom avanza sobre la idea de la angustia de las influencias para proponer una lista de veintiséis autores que corresponderían a dicho género de maestros. En la lista se incluye a Shakespeare, Cervantes o Montaigne, en una primera fase, luego se van incorporando plumas como las de Whitman o Dickinson, para ir cerrando con Kafka, Joyce o Borges.

Bloom acota que lo que hace a un autor canónico es su extrañeza, que, tal como plantea en su anterior obra mayor, consiste en la dificultad para abordar sus obras: la imposibilidad de explicarlos completamente es lo que les hace grandes.

La lucha contra el Contracanon

La idea del canon la toma Harold Bloom de razonamientos del mismo Kant o de Giambattista Vico y es, antes que nada, una reacción al estado de las cosas en la academia estadounidense.

Bloom, como profesor universitario en Yale, había colaborado décadas antes a la promoción y el conocimiento de diversos autores europeos que estaban problematizando la teoría literaria. Esta problematización cuestionaba la idea misma de un Canon. En especial, a lo largo de la década de los ochenta habían emergido voces desde el posmodernismo, el poscolonialismo, el feminismo, la deconstrucción, o los estudios culturales, que sostenían que todo el Canon no era otra cosa que un enorme monumento a los hombres blancos occidentales y muertos. El Canon no parecía aceptar la diversidad étnica, de género, de cultura, y había que derrumbarlo o deconstruirlo.

En el epílogo de El Canon Occidental, Bloom quiebra una lanza defendiendo su postura a contracorriente:

“No creo que los estudios literarios como tales tengan futuro, pero esto no significa que la crítica literaria morirá. Como rama de la literatura, la crítica sobrevivirá, pero probablemente no en nuestras instituciones de enseñanza. El estudio de la literatura occidental también continuará, pero en la escala mucho más modesta de nuestros departamentos clásicos actuales. Los que ahora se llaman 'Departamentos de Inglés' pasarán a denominarse departamentos de 'Estudios Culturales' donde los cómics de Batman, los parques temáticos mormones, la televisión, las películas y el rock reemplazarán a Chaucer, Shakespeare, Milton, Wordsworth y Wallace Stevens”.

“Las universidades y colegios alguna vez elitistas seguirán ofreciendo algunos cursos sobre Shakespeare, Milton y sus colegas, pero estos serán impartidos por departamentos de tres o cuatro académicos, equivalentes a los maestros de griego y latín antiguo. Este desarrollo apenas necesita ser deplorado. Solo unos pocos estudiantes ingresan a Yale con una auténtica pasión por la lectura. No puedes enseñar a alguien a amar la gran poesía si viene a ti sin ese amor. ¿Cómo puedes enseñar la soledad? La lectura real es una actividad solitaria y no enseña a nadie a convertirse en un mejor ciudadano. Quizás las edades de la lectura -aristocrática, demócrata, caótica- ahora llegan al final, y la era teocrática renacida será casi totalmente una cultura oral y visual”.

La derrota

Bloom siempre razonó que los autores jóvenes, que las nuevas generaciones, caían derrotadas una y otra vez ante los clásicos, en especial ante su favorito: Shakespeare. Que el oficio de las letras era un camino destinado al fracaso ante aquellos monumentos. Que lo natural en la escritura era salir vencido. Y quizá ese fue su mismo sino. Su empeño en defender la tradición occidental, fue también un fracaso y lo que vaticinó acabó ocurriendo.

En Latinoamérica -y en especial en Chile- Bloom tuvo a fines de los noventa e inicios de los dos mil muchas y muchos lectores. Estas lectoras se hacían de la traducción de El Canon Occidental, un mamotreto de varios centenares de páginas en formato de tapa blanda editado por Anagrama con unas vistosas tapas y lomo rojo.

Otro mamotreto de varios centenares de páginas en ese mismo formato editado por Anagrama con unas vistosas tapas y lomo rojo pronto reemplazó a dicha obra en los anaqueles de las librerías latinoamericanas. Se llamaba Los Detectives Salvajes y estaba escrito por el chileno-mexicano-barcelonés Roberto Bolaño, quien, desde el interior de su novela demostró que otro canon era posible, uno de autores olvidados y misteriosos. Y los departamentos de literatura mutaron en estudios culturales y la idea de Canon quedó arrumbada en una esquina a espera de mejores vientos.

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