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Domingo, 18 de abril de 2021
[Historias y episodios: crítica de series]

La Conjura Contra América: la bomba debajo de la mesa

Juan Pablo Vilches

En esta columna de Juan Pablo Vilches, se analiza La Conjura Contra América, estrenada seis meses antes de la última elección presidencial de Estados Unidos. Esta serie se basó en una novela de Philip Roth para mostrarle al país las cicatrices que dejó y dejará el gobierno de Trump. Y eso que la pandemia ni siquiera era un tema en aquellos días.

En 2004, meses antes de la reelección de George W. Bush como presidente de los Estados Unidos, Philip Roth publicó La Conjura Contra América, una novela histórica alternativa donde Estados Unidos opta por el aislacionismo, eligiendo al aviador Charles Lindbergh por sobre Franklin Delano Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940. Eso significó en la práctica que Estados Unidos no solo no enfrentara a los nazis, sino que paulatinamente se volviera tolerante a sus emblemas e ideología, generando en la comunidad judía estadounidense una tensión inesperada pero no desconocida, que el novelista encarna en una versión ficcionada de su propia familia y de sí mismo: un pequeño Philip Roth que a los siete años ve cómo en su entorno florece la desesperación.

Cuando David Simon (creador de The Wire) estrenó en marzo de 2020 la miniserie homónima por HBO, a la sensación de desesperación se sumó la de urgencia. Faltaban pocos meses para que Donald Trump fuera a la reelección como presidente, y los cuatro años previos habían tenido un inquietante parecido con la ficción de Roth, con la reemergencia del antisemitismo, los emblemas del Ku Klux Klan y, ciertamente el despliegue fetichista de cruces celtas, swásticas, águilas y serpientes. La serie La Conjura Contra América no es entonces una advertencia –como podría haberlo sido la novela– sino un espejo de una paulatina degradación de la democracia que pudo y aún puede culminar en el más desvergonzado totalitarismo.

A diferencia de la novela, la familia protagonista no se apellida Roth sino Levin, una familia judía cualquiera de clase media en Newark, Nueva Jersey, con un padre llamado Herman (Morgan Spector) que trabaja como vendedor de seguros; casado con Bess (Zoe Kazan, magnífica), dueña de casa; y padre de dos niños: Sandy (Caleb Malis), ya adolescente y talentoso dibujante, y el pequeño Philip (Azhy Robertson), para mirar y hablar en nombre de Roth. Por fuera de este núcleo está Evelyn (Winona Ryder), hermana mayor de Bess, y Alvin (Anthony Boyle), sobrino huérfano, veinteañero y rebelde de Herman.

Con esta gama de seis personajes y sus respectivas miradas y razones, Simon echa a andar la progresiva caída de Estados Unidos en algo muy parecido al nazismo, partiendo con la aparentemente inofensiva candidatura de una figura tan heroica como extra-política como Charles Lindbergh. La devaluación democrática corre en paralelo con la paulatina tensión y distanciamiento de los miembros de esta familia extendida a partir de los hechos públicos. Herman desprecia a Lindbergh y su simplista lema “elijan entre Lindbergh y la guerra”, mientras que sus dos hijos lo consideran un héroe; ante la inminencia de su triunfo, Alvin emigra para alistarse en el ejército canadiense (es decir, británico) para “matar nazis”; mientras que Evelyn se suma entusiastamente a la campaña de Lindbergh, principalmente por su relación sentimental con el rabino Bengelsdorf (John Turturro), líder de los judíos que se oponen a la guerra cerrando filas con confesos antisemitas. Y Bess, bueno, al centro de todo, tratando de contenerlo todo.

Muchas otras fantasías antes que esta pusieron a la familia como testigo y víctima de un ascenso totalitario (Maus, El Amanecer de un Siglo, Holocausto), y la razón más evidente es que buena parte del terror a esa aberración política descansa en su poder absoluto, capaz de disolver los vínculos más sagrados y las promesas más solemnes. Si bien la seducción totalitaria no es la primera que “no trae la paz sino la espada que enfrentará al hijo con su padre” (Mt. 10, 34), sí es la más capaz de copar un espacio grande –como Estados Unidos– y convertirlo en una trampa que se cierra lentamente ante la asincrónica sorpresa y estupor de quienes serán sus víctimas. Y la asincronía es importante aquí, porque la serie es muy eficaz en transmitir que otro motivo crucial de tensión familiar y la indeseada soledad resultante, es la percepción disímil de la amenaza en ciernes y de la respuesta adecuada ante ella: desde quienes no la ven o no la quieren ver, pasando por quienes creen que aún hay margen para responder moralmente, hasta los que solo piensan en huir, más por instinto que por conocimiento.

La serie transcurre entre 1940 y 1942, por lo que los personajes no tienen cómo saber lo que sucede en Treblinka o en Auschwitz, lo que pone al espectador que sí sabe en la siempre incómoda posición del suspenso, aquel que le gustaba a Hitchcock: saber que hay una bomba de tiempo bajo la mesa mientras vemos a un personaje que no lo sabe. Este largo suspenso va acompañado con una fotografía marrón, ya codificada como un estándar para ese período, que contrasta con la saturación de luces artificiales porque progresivamente la noche se vuelve más larga. Y con ella se alarga la angustia, a ambos lados de la pantalla.

Las manecillas de la bomba de tiempo empiezan a acelerar cuando Lindbergh (quien de hecho nunca fue candidato en la vida real) accede al poder: primero con programas para que los jóvenes judíos “salgan del guetto” y pasen una temporada en el interior rural; después con la relocación de familias judías completas en esos mismos lugares, donde son una clara minoría; después con hostigamiento a las voces opositoras, y después… dictadura, fascismo y un desenlace inesperado para quien no leyó la novela y muy elocuente para exhibir las heridas incurables que una experiencia como esta puede dejar en el tejido de una comunidad.

Así como el pequeño Philip es el espejo que usó Roth para escribir su novela, David Simon eligió reflejarse principalmente en Herman, pegado a la radio con la misma avidez con Simon y sus contemporáneos leemos Twitter para informarnos y enfurecernos a la vez. Cada uno de los insultos a Lindbergh (“that son of a bitch!”) suena como un insulto al que era el presidente en 2020 a este lado del espejo, lo que podría ser una mera anécdota si no fuera por la secuencia final de la serie: un país aparentemente reconciliado consigo mismo y con su democracia, votando al son de The House I Live In de Frank Sinatra, y con Herman de nuevo pegado a la radio esperando los resultados, anticipando en abril de 2020 (cuando se emitió el último capítulo) el suspenso de la interminable elección que tuvo lugar en noviembre, en la que parecía jugarse todo. 

Sin embargo, considerando los resultados y el bochornoso episodio del Capitolio, tenemos más de 74 millones de razones para pensar que el tic-tac de la bomba de tiempo seguirá sonando debajo de la mesa una vez que termine la pandemia.

Acerca de:

Título: La Conjura Contra América (The Plot Against America)

Exhibición: Una temporada de seis episodios (2020)

Creada por: David Simon y Ed Burns (The Wire), basada en la novela homónima de Philip Roth

Producida por: HBO

Se puede ver en: HBO Go y Cuevana 

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