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Martes, 20 de agosto de 2019
Fotorreportaje

La Fiesta de La Tirana, un carnaval religioso de resistencia y rebeldía

Diego Ortiz (texto)
Tomás Ortega (fotos)

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Crédito: Tomás Ortega
Crédito: Tomás Ortega

Año a año más de 250 mil personas llegan al poblado de La Tirana, donde -salvo la semana del 16 de julio- habitan sólo unas 800 personas. Una fiesta religiosa -donde se adora a la Virgen del Carmen- que se vive en el norte que es más que bailes, disfraces y música. Un historiador, un fotógrafo y una socióloga cuentan por qué la fiesta de La Tirana es católica, pero -a la vez- lejana de la Iglesia.
 

Llámese fiesta o carnaval, lo que ocurre todos los años la semana del 16 de julio en el pueblo de La Tirana es un evento conocido por los chilenos. Sabemos que, durante esa semana, cientos de miles de personas de Chile y el mundo llegan al pequeño poblado de 800 habitantes ubicado en la comuna de Pozo Almonte. Sabemos también que se bailan diabladas y chunchos. De los disfraces -coloridos, altamente elaborados y diversos- ni hablar.

El motivo de la fiesta es también de conocimiento popular: música, bailes, disfraces, mandas y agradecimientos se toman La Tirana en honor a la Virgen del Carmen. Una fiesta religiosa, pero con un giro…

Tomás Ortega es fotógrafo y operador turístico. Viajó a la región de Tarapacá para sumarse a las más de 250 mil personas que participan de la fiesta de La Tirana. Como todos los que arriban, Ortega tenía claro el carácter religioso de la celebración. Lo comprobó al minuto de pisar el pueblo, plagado de figuras de la virgen. Pero algo llamó la atención del fotógrafo: “Es una fiesta católica, podría decirse, pero acá la Iglesia no está tan presente. Es una fiesta hecha por el pueblo”.

 

Fotografía: Tomás Ortega

Tomás Ortega
Fotografía: Tomás Ortega

 

“Salvo una misa, no hay mucha participación eclesiástica ya que es la gente la que se toma la fiesta y, obviamente, la expresión de la religión”, continúa explicando. Lo que vio Ortega -y retrató con su cámara para INTERFERENCIA- no es algo nuevo, pero siempre sorprende.

Desde la academia, Jorge Hidalgo, doctor en historia latinoamericana y premio nacional el año 2004, entrega una visión similar de lo que representa el carnaval. “Se genera una interrupción de las normas”, transformándose la fiesta de La Tirana, para el historiador, en ejemplo “de sectores populares que quieren manejar su propia religiosidad en contraste de la jerarquía eclesiástica, que quiere ostentar la masa de gente que está acudiendo a la virgen como si fuera su propia obra y no el resultado de un culto popular”.

Hidalgo ha participado de la fiesta en el pueblo nortino, siendo una experiencia que nutre parte de las clases que realiza en la Universidad de Chile. Actualmente, ejerce como director del programa de doctorado en historia de Chile y profesor del curso Idolatría y Superstición en el Mundo Andino, ramo en el que la fiesta-carnaval de La Tirana es tema obligado.

La religiosidad que se da en la fiesta de La Tirana es -de acuerdo con el profesor- una diferente a la de la Iglesia íntima. “Es una de baile de disfraces, y por eso fue profundamente criticada, pero a la vez era la religiosidad que el pueblo buscaba, que niños y jóvenes querían”, siendo La Tirana, en definitiva, una expresión de la religión más alegre y cercana que la versión eclesiástica del catolicismo. “Querían agradecer por favores concedidos, por encontrar trabajo, porque se sano la madre y querían hacerlo a su manera propia, con alegría y júbilo”, agrega Hidalgo.

 

Fotografía: Tomás Ortega

Tomás Ortega
Fotografía: Tomás Ortega

 

El académico toma una pausa y de pronto, recuerda: Mijail Bajtin. Soviético, crítico literario, ensayista y lingüista. “Él sostenía que en los carnavales hay elementos de contracultura, como disfrazarse de cura y hacer burla”, idea a la que Hidalgo adhiere cuando piensa en lo que sucede en La Tirana. “Esas actitudes existen en los Andes, muchas veces. Eso de tomar un disfraz y cumplir con el rol que cumplía el bufón en la corte, de crítica social, de decir lo que no podía decir cualquiera sin disfraz”, puntualiza.

“La religión tiene mil variantes, donde también hay espacio para la diversión y el puro juego”, agrega, subiendo el tono como anticipando algo importante. “La vida no es un juego, pero es muy difícil vivir sin jugar. Entonces eso hace que la gente necesite desahogos personales de la institución, desahogos que finalmente se transforman en colectivos, como un carnaval”, finaliza el historiador.

 

Fotografía: Tomás Ortega

Tomás Ortega
Fotografía: Tomás Ortega

 

LA TIRANA TAMBIÉN ES RESISTENCIA

Isabel parte excusándose. En el hostal donde aloja en El Salvador, país donde reside hace más de diez meses, no hay buen internet y no pudo contestar su teléfono. A los pocos minutos llama de vuelta y la entrevista comienza con sus disculpas; un sábado, después de una larga jornada laboral, con jaqueca e interrumpiendo su almuerzo.

Isabel Ugalde es socióloga y pasó por la fiesta de La Tirana cuando cursaba tercer año de carrera en la Universidad Católica. Hoy se encuentra lejos de Chile realizando un voluntariado profesional para América Solidaria, mas los recuerdos del carnaval están latentes.

“Más que un carnaval, es una fiesta orientada a adorar alguien, en este caso a la virgen”, explica. Ugalde fue hospedada por una familia proveniente de Alto Hospicio, quienes recorrieron los 66 kilómetros entre el pueblo andino y la ciudad costera para ganar dinero en medio de una fiesta de miles de personas. En su opinión, el aspecto comercial de la festividad es casi o más importante que la religiosidad para algunas personas que viajan al pueblo, pero eso es otro tema.

 

 

Fotografía: Tomás Ortega

Tomás Ortega
Fotografía: Tomás Ortega

 

Lo que apasionó realmente a la socióloga fue el distanciamiento de la religión impuesta por Europa en favor de acercarse a la cosmovisión indígena. Lo que apasionó a Ugalde aún más -consecuencia o casualidad- es la presencia femenina dentro del "ritual-fiesta".

Claro, es una fiesta católica. Su origen no proviene de los pueblos quechua o aymara. Pero sí tiene mucho que ver con ellos, con su forma de vivir la cosmovisión. “Compara La Tirana con la veneración a la Virgen de Andacollo: Son muy diferentes. En La Tirana la presencia indígena sigue viva, porque el pueblo está muy lejos y a la Iglesia le costó llegar, entonces al contrario del gris y la culpa que puede rodear las actividades relacionadas a la Virgen de Andacollo, tienes esos elementos indígena relacionados a los colores, la naturaleza y, en definitiva, la alegría”, explica.

Contrario a Europa, en América Latina se venera con mayor devoción a la virgen. Ugalde explica que somos ‘marianos’, en parte, por nuestra raíz indígena. “Los pueblos lograron agarrar esto de la mujer, de la pacha mama y madre tierra, e hicieron un sincretismo con lo que nos metieron acá, que es la institución y la Iglesia”, explica, siendo una especie de acople al catolicismo, por la que en todo el continente se venera a la virgen, sea de Andacollo, del Carmen o de Guadalupe.


Fotografía: Tomás Ortega

Tomás Ortega
Fotografía: Tomás Ortega

 

“Hay gente que habla del encuentro de dos mundos, de choque de dos culturas o, como dije antes, de sincretismo. Pero fácilmente puede llamarse resistencia y eso es lo que se ve acá”, asegura acelerando el ritmo y subiendo el tono de voz. “Es muy bonito como la balanza entre lo europeo y lo indígena se inclina mucho más por lo autóctono en estos casos, independiente de que en su esencia es una fiesta católica”, finaliza, ahora si con orgullo.

Desde hace más de un siglo, la fiesta de La Tirana viene acercando a las personas para adorar a la virgen y vivir su religiosidad. Pero también, y quizás sin saberlo, le permite al pueblo en su amplio espectro un desahogo. Resistencia o rebelión, La Tirana entrega a sus participantes más que diabladas, chinos y disfraces.

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