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Domingo, 17 de noviembre de 2019
Investigación

La oscura y secreta relación entre ciencia y esclavismo

Ricardo Martínez

Durante siglos la ciencia se ha visto a sí misma como un espacio para el progreso y la libertad. Sin embargo, la historia parece ser menos noble. Un reportaje extenso de Science relata con detalle las relaciones entre la empresa científica de la Ilustración, entre los siglos  18 y 19, y el esclavismo, hallando vasos comunicantes que hasta ahora permanecían en las sombras.

A inicios de 1712 un ingeniero francés, llamado Amédée François Frézier, y que se empinaba recién en la treintena, zarpó hacia Chile en el St. Joseph con la misión de dar cuenta como espía de las características de las costas y ciudades de aquella región del sur de América.

En su ruta, Frézier, desarrolló varios mapas sobre dicho territorio que luego serían clásicos, pero, lo más importante es que en medio de su atareada travesía se dio tiempo para recolectar diversas especies de flora nativa que luego llevaría de regreso al país galo. Una de esas especies era un tipo de fresa, de tamaño mayor al habitual y de color claro, conocida por los mapuche como quellghen, y como frutillar por los españoles de la zona. El asunto es que dichas frutillas se reprodujeron, al llegar a Francia e Inglaterra en combinación con las fresas naturales de Europa dando origen a las frutillas modernas que encontramos hoy en las góndolas del supermercado.

Historias como esta, relatada por Gabriel León en un blog de ciencias, abundan en la empresa botánica y científica de los siglos pasados. Ello, porque en una era en que las expediciones de investigación resultaban sumamente difíciles de emprender, había que encargarles a los barcos que atravesaban los océanos en misiones de diverso tipo que aprovecharan, en medio de ellas, de aportar algo a la recolección de flora y fauna, a la toma de muestras minerales y otras clases de registros que, de otro modo, habrían sido impracticables para los científicos europeos.

Muchos de aquellos barcos no eran ni expediciones de espías ni convoyes puramente comerciales, sino que navíos de transporte de esclavos.

La oscura historia de James Petiver

Un reportaje extenso publicado por Science el 5 de abril del presente, firmado por Sam Kean, aborda esta, hasta ahora medianamente, oculta historia de la relación entre la ciencia moderna y el esclavismo, deteniéndose en primer lugar en un naturalista británico llamado James Petiver.

Kean repara en que a inicios de los 1700 y en medio de las extraordinarias transformaciones culturales de la Ilustración, la ciencia europea contaba con modelos modernos de ciencia natural como la teoría gravitacional de Newton, así como los telescopios y los microscopios, mientras que a las costas del continente arribaban camadas y camadas de flora y fauna de las regiones más remotas de la Tierra.

Petiver era uno de los especialistas que se nutría de estos arribos. Curiosamente casi nunca en su vida abandonó Londres, pero las muestras que le llegaban le permitieron establecer uno de los museos de especímenes naturales más importantes de Europa, del que se aprovecharon otros estudiosos, como Carl Linneo para inventar, entre otras cosas, la taxonomía.

Kean indica que, “entre una cuarta parte y un tercio de los recolectores de Petiver trabajaban en el comercio de esclavos, en gran parte porque no tenía otras opciones: pocos barcos fuera del comercio de esclavos viajaban a puntos clave en África y América Latina. Petiver finalmente amasó la colección de historia natural más grande del mundo, que nunca habría existido sin que mediara la esclavitud”.

Se suele pensar que la historia de la ciencia es una historia de progreso y libertad, y en consecuencia durante siglos se ha hecho la vista gorda de la relación que mantuvieron, no solo Petiver, sino que docenas de otros naturalistas, con la trata de esclavos. Hoy, sin embargo, en medio de un espíritu epocal que lleva a muchos historiadores y críticos y críticas de la cultura a revisar el pasado, están emergiendo con fuerza dichas conexiones.

Esclavos peones de la ciencia

Como alguna vez indicó Karl Marx, durante siglos el tráfico de esclavos fue uno de los medios más horripilantes y dañinos para mantener el progreso de Occidente y, aunque data desde tiempos inmemoriales, tuvo un auge estrepitoso durante los siglos XVI a XIX. Se estima que en ese periodo alrededor de diez millones de africanos fueron secuestrados por empresas europeas y transportados particularmente a Norte y Sudamérica, en condiciones deplorables.

El mecanismo por el cual los naturalistas, en especial británicos, operaban consistía en instruir en especial a los médicos de los barcos de transporte de esclavos para que recolectaran, al llegar a los puertos, diversas especies de flora y fauna. Normalmente esto era llevado a cabo por estos hombres de la salud, pero la investigación actual de la que da cuenta Kean, también indica que los mismos esclavos participaban de esta empresa.

Ello sucedía porque justamente eran estos esclavos quienes mejor conocían el territorio y las especies nativas, y aunque no queda registro de su trabajo en los libros de los naturalistas, ahora se sabe que personajes como Petiver ofrecían pagarles “media corona (unos dieciocho dólares actuales) por cada docena de insectos o doce peniques (siete dólares actuales) por cada docena de plantas”.

En un libro escrito en 2018 por Deidre Coleman (“Henry Smeathman, the Flycatcher: Natural History, Slavery, and Empire in the Late Eighteenth Century”), se trata de la historia de este otro naturalista, Henry Smeathman, que operó a finales del siglo XVIII y que comenzó como un enconado detractor de la esclavitud cuando abordó su primer barco rumbo a Sierra Leona, pero, con el tiempo se involucró de tal manera en el sistema de la esclavitud que no solo terminó colaborando con ella, sino que siendo parte del sistema que una vez despreció.

La ciencia moderna al amparo de la esclavitud

Kean asegura que, “de todos los campos científicos, la historia natural fue la que más se benefició del comercio de esclavos, especialmente la botánica y la entomología, [pero], algunas ciencias físicas también se apoyaron en el comercio de esclavos.

La mano de obra esclava construyó el primer observatorio importante en el hemisferio sur, en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Astrónomos como Edmond Halley solicitaron observaciones de la luna y las estrellas desde puertos de esclavos, y los geólogos recolectaron rocas y minerales allí […] Incluso un campo tan enrarecido como la mecánica celeste se benefició de la esclavitud. Al desarrollar su teoría de la gravedad, Newton estudió las mareas oceánicas, sabiendo que el tirón gravitatorio de la luna las causa. Newton necesitaba lecturas de la marea de todo el mundo, y un conjunto crucial de lecturas provino de los puertos de esclavos franceses en Martinica”.

Pero las conexiones entre ciencia y esclavitud no se detienen allí. De acuerdo con el reportaje de Science, al fallecer James Petiver en 1718, su fabulosa colección de especies quedó a cargo de Hans Sloane. Sloane es recordado por la historia por suceder a Isaac Newton como el presidente de la Royal Society, en 1727, la primera gran asociación de científicos de Occidente que, para el caso de esta investigación, también invirtió en compañías de esclavos.

Y, aunque la perspectiva de Kean y Science, resulta muy novedosa por el acopio de nueva información sobre el tema, hay que recordar que ya hace décadas las y los historiadores de la ciencia vienen trazando la idea de que la empresa científica moderna tiene las manos manchadas con sangre. 

En su libro El Reencantamiento del Mundo, de Morris Berman, que fue un best-seller en Chile a fines de la década de los ochenta, el autor sostenía que la ciencia moderna resultaba un entresijo entre la dominación o domesticación de la naturaleza, el desarrollo del capitalismo y la conciencia contemporánea, y el abuso. Y si bien quizá hoy a ya treinta años de distancia de su propuesta, algunos aspectos de aquel libro deben ser fuertemente matizados, una lectura como la que propone Sam Kean, aporta luces sobre una historia que ha permanecido oculta y que proyecta muchas sombras.

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