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Miércoles, 28 de octubre de 2020
En 1920 y 1970, respectivamente

Las fracasadas guerras que EE.UU. inició contra el alcohol y las drogas

Manuel Salazar Salvo (*)

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Los inicios de la Ley Seca.
Los inicios de la Ley Seca.

La llamada "ley seca" duró solo hasta 1933, pero dio forma a poderosas organizaciones criminales que se mantienen hasta hoy. En el caso de las drogas, los resultados fueron parecidos y el consumo, además, ha crecido explosivamente.

El 17 de enero de 1920 las radioemisoras y los periódicos estadounidenses anunciaron la entrada en vigor de la llamada "Ley Seca". El senador Andrew Volstead, promotor de la iniciativa, declaró a los cuatro vientos: "Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento, se inicia una era de ideas claras y modales limpios. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno".

La prohibición del consumo de alcohol, que se mantuvo hasta 1933, originó la formación y expansión de nuevas y poderosas organizaciones criminales, que no sólo controlaron el contrabando y la venta de licores sino que también se hicieron cargo de la administración de numerosos otros delitos, y regaron con sangre las principales ciudades de Norteamérica.

Cuarenta años después, superadas las guerras y las postguerras, las nuevas generaciones de estadounidenses comenzaron a sacudirse el pasado y a enfrentar un acelerado proceso de cambios, cuyas primeras manifestaciones se vivieron en los campus universitarios.

A comienzos de la década de los 60’ los viejos profesores de la Universidad de Harvard, en Massachusetts, contemplaron atónitos como un académico del plantel, el doctor en Psicología Timothy Leary, un ex católico convertido al hinduismo, de 40 años, atraía a numerosos estudiantes para experimentos con drogas que buscaban extender los límites del pensamiento. Desde 1959, Leary había estado consumiendo hongos y alcaloides alucinógenos. Ahora, en su búsqueda de nuevas sensaciones, el maestro y los discípulos estaban ingiriendo una droga aún más poderosa: el LSD 25, descubierta por el químico suizo Albert Hofmann, mientras exploraba con estimulantes circulatorios y respiratorios, por encargo del laboratorio Sandoz.

El científico helvético trabajaba con ácido lisérgico, nombre que había dado al núcleo común de todos los alcaloides del cornezuelo, un hongo parásito del centeno. En abril de 1943, Hofmann descubrió los efectos del LSD-25 (del alemán Lyserg Säure Diethylamid) abriendo las puertas a la psicodelia, palabra que deriva del griego y significa "algo que manifiesta la mente, el espíritu o el alma".

Durante los primeros años, el LSD se empleó casi exclusivamente con fines médicos, en psiquiatría e investigaciones sobre el cerebro. A fines de los años 50’, Sandoz regalaba ácido lisérgico a todos los psiquiatras que lo pedían. Por esos mismos años, Hofmann recibió una propuesta de la CIA para fabricar masivamente LSD con finalidades bélicas, invitación que rechazó.

Los psiconautas

Diversos intelectuales se acercaron a la auto experimentación con LSD y otras drogas psicodélicas, alucinógenas, visionarias o enteógenas ("Dios dentro de nosotros"), como las denominaba el químico suizo.

Un hospital para veteranos de guerra de California impulsó en 1960 un programa experimental que incluía ensayos con LSD. Entre las cobayas humanas que se sometieron a las pruebas estaba el joven novelista Ken Kesey quien, persuadido del potencial lúdico de la sustancia, comenzó a difundir su empleo y se transformó en un "profeta del ácido". Kesey también aglutinó a personas que anhelaban experimentar los efectos del LSD. Pronto se les conocería como los Merry Pranksters (Alegres bromistas).

Las experiencias conseguidas en Harvard por Leary y sus muchachos se extendieron como el viento en las praderas, llegando a toda California, desde Los Angeles a San Francisco. Poetas e intelectuales de la generación beat, ya habituados a la marihuana y a la mescalina, empezaron a consumir LSD y a divulgar otras drogas psicodélicas como la psilocibina y ketamina.

En septiembre de 1962, Leary fundó la Federación Internacional para la Libertad Internacional (IFIF), agrupación de la que surgirían los primeros hippies. Cuatro meses más tarde fue expulsado del cuerpo docente de Harvard, pese a la férrea defensa del escritor Aldous Huxley, quien compartía con el psicólogo la búsqueda de mayores horizontes mentales. El autor de Un mundo feliz moriría de cáncer poco después, a la misma hora en que el Presidente John Kennedy fue asesinado en Dallas el 22 de noviembre de 1963.

En 1964, Leary creó la Revista Psicodélica y recibió el apoyo de los más antiguos y connotados miembros de la generación beat, entre ellos Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Borroughs, Lawrence Ferlinghetti, Gary Zinder, Ernst Jünger, Robert Graves, Gregory Bateson, Arthur Koestler, Henri Michaux, Anaïs Nin y Alan Watts, entre otros, muchos de los cuales eran habituales consumidores de marihuana y otras drogas alucinógenas.

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La represión en contra de los hippies y los universitarios.
La represión en contra de los hippies y los universitarios.

El paso siguiente fue publicar La experiencia psicodélica, una adaptación del Libro tibetano de los muertos, y Las plegarias psicodélicas, extractos comentados de un texto sagrado chino. Así, los experimentos con el ácido lisérgico se acercaron a la religión y los "viajes" se volvieron experiencias místicas.

"No estéis tristes. El verdadero Dios no ha muerto. Ni siquiera se ha perdido. Nos espera sencillamente en la profundidad de nuestro espíritu. Estoy convencido de que sólo una espiritualidad exacerbada o, mejor aún por ser más rápida, una droga psicodélica, puede conducirnos hasta el Poder Infinito. Haced como yo y conoceréis la alegría y el terror totales. ¡Os será dado mirar a Dios de frente!", predicaba Leary.

La amenaza de América

En enero de 1966 aparecieron las siete primeras comunidades hippies en San Francisco, en los bosques de pinos gigantes de California y en Nueva York. Poco después, el presidente Lyndon Johnson fue notificado de un explosivo aumento de la toxicomanía entre los jóvenes estadounidenses. El nuevo fenómeno se extendía a todas las principales universidades del país y el mandatario optó, entre otras medidas, por pedir al FBI un control más estricto sobre los estupefacientes.

A comienzos de abril, James Goddard, director de la Food and Drugs Administration, FDA, envió a los rectores de dos mil colegios y universidades una carta advirtiendo de los peligros de la "nueva y gran amenaza". En tanto, el senador Thomas Dodd presentaba ante la Cámara Alta un proyecto de ley para sancionar con penas aflictivas el consumo de drogas. Paralelamente, se organizaron campañas contra el LSD en las tres grandes cadenas de televisión del país: ABC, NBC y CBS.

Presionada desde el gobierno, la empresa Sandoz, fabricante del LSD en Estados Unidos, congeló las órdenes de compra y redujo la producción de la droga, que pasó drásticamente de ser el más prometedor hallazgo químico para la neurología y la psiquiatra a "la amenaza número uno de América".

La elaboración de la droga, sin embargo, se multiplicaba en laboratorios clandestinos. Un ejecutivo de Sandoz afirmó: "No me sorprendería que hubiera más LSD en las universidades de lo que jamás hemos fabricado".

Ese mismo mes estalló el primer drama. Stephen Kessler, un ex estudiante de Medicina, de 30 años, fue detenido en Brooklyn y acusado de haber degollado a su suegra con un cuchillo de cocina. "He flotado durante tres días con LSD", declaró al tratar de explicar lo ocurrido.

Al promediar 1966, los hippies eran ya más de 150 mil repartidos en todo el país. En septiembre Timothy Leary anunció la creación de una religión, la Liga de Descubrimiento Espiritual (LSD), sobre la base del uso sagrado del ácido lisérgico. Un ex compañero de Leary en la universidad, Arthur Kleps, fundó en Florida una religión idéntica: la Neo-American Church.

Los tribunales se vieron en apuros; otra iglesia americana ya empleaba la droga en sus rituales. "¿Se volverá legal el LSD gracias a la religión?", se preguntó la revista Science.

El 23 de septiembre de 1966, sobre el césped amarillento del Golden Gate Park de San Francisco se realizó el primer love-in (reunión de amor entre seres humanos) de la era hippie. Veintiocho mil "grandes flores" se tocaron, se besaron y copularon bajo las estrellas.

Mientras las calles se llenaban de jóvenes estrafalarios, con el pelo largo, collares y vestidos multicolores, se acrecentó el debate científico. Unos advertían que el LSD deterioraba los cromosomas humanos, que se corría el peligro de concebir hijos monstruosos y que era urgente detener "la epidemia religiosa". Otros, sostenían que el LSD era un excelente medio para luchar contra el alcoholismo y que su potencial terapéutico tenía posibilidades insospechadas.

Leary, por su parte, impertérrito, declaraba: "Vendrá un día en el que los sacramentos bioquímicos, por ejemplo el LSD, serán utilizados normalmente como la música sacra, el incienso y la hostia".

En abril de 1967 una encuesta realizada en la Universidad de Princeton señaló que el 15 % de los alumnos había ingerido LSD. En las universidades de San Francisco la proporción sobrepasa el 35 % y la revista Look se atrevió a afirmar que el consumo de ácido y de otras drogas alucinógenas llegaba al 50 % entre los jóvenes.

Amor puro y mucha paz

Los hippies eran más 350 mil y nada parecía detener su crecimiento. Sin distinción de clases, muchachos y muchachas se fugaban de sus hogares y abandonaban los colegios y las universidades. Un diario calculó en 560 mil el número de adolescentes -los llamados runaways- que había abandonado sus hogares y peregrinaba hacia San Francisco.

Las revistas Time y Newsweek consagraron sus portadas al movimiento, atribuyéndoles intenciones filosóficas y religiosas. En Europa, empezaba a ocurrir lo mismo y semanarios como Combat, Lui, Aux Ecoutes y Rock and Folk., hurgaban entre los gustos y los hábitos de la nueva feligresía juvenil.

Un connotado experto en drogas, Alfred R. Hindesmith, de la Universidad de Indiana, declaró: "El mayor problema no es tanto el uso de alucinógenos, sino el de píldoras anfetamínicas o barbitúricos en nuestra sociedad, Todos estos calmantes, estos tranquilizantes, estos somníferos que hunden a la humanidad en una especie de atontamiento". Aquel año se cursaron 123 millones de recetas para downies (barbitúricos) y 24 millones para uppies (anfetaminas).

Antes de que la prensa descubriera el LSD  y una ley californiana lo prohibiera por primera vez en 1966, ciudades como San Francisco, Berkeley y Los Ángeles estallaron en una especie de alucinación colectiva. Parecía un gran momento de esperanzas e ideales, un amago de revolución que bailaba al ritmo de Greateful Dead, The Doors, Janis Joplin, Jefferson Airplane, Carlos Santana y otros grupos musicales. Era una experiencia multitudinaria, hinchada de misticismo, orientalismo y no-violencia que se reunía en la ecuación básica del Flower Power: iluminación interior, liberación de los instintos agresivos, amor  y paz para el mundo.

El 6 de octubre de 1967, sin embargo, sorpresivamente,  los hippies de San Francisco quemaron en la plaza pública todo aquello que habían amado: collares, ropajes multicolores, sombreros floreados, campanitas, ponchos mejicanos, viejos uniformes militares, blue jeans desteñidos, minifaldas arrugadas, revistas y publicaciones psicodélicas, junto a los libros de Timothy Leary, el sumo sacerdote del beat-hippismo, el gurú del ácido y la marihuana.

¿Qué había pasado?

En Chicago, en Nueva York y en Las Vegas se multiplicaban los espectáculos floridos para turistas; surgían mendigos que tenían los bolsillos llenos de dólares del papá; las fábricas producían a tres turnos sombreros hippies, camisas indias, túnicas hindúes, vasijas mayas y telas psicodélicas; en los music halls, en los teatros y en las pantallas se repetían las revistas y documentales sobre el LSD, el amor libre y la revolución de las flores.

Adormecidos, pasivos, indiferentes, sucios, conformistas y hediondos, los nuevos hippies eran un producto más de de la sociedad de consumo, la que se tomaba su revancha. Los verdaderos hippies, llenos de amargura, se desterraron en las montañas, los desiertos, los bosques y las reservas de indios; los mercaderes, los improvisados y los libidinosos tomaron posesión del templo.

Al mismo tiempo, las estrellas del rock se aturdían con el festín de lujo y evasión que la industria del entretenimiento le había entregado en bandeja de oro a cambio de sus lucrativas canciones y conciertos. Truman Capote escribió sobre los Rollings Stones: "Yo encontré a los Stones verdaderamente perversos. Bebían a todas horas un  brebaje llamado Tequila Sunrise y tenían a una chica desnuda que les ofrecía una bandeja con todas las píldoras disponibles. Y un tipo filmándoles mientras tenían relaciones sexuales con completas desconocidas".

Y también llegaba la hora de los traficantes, pese a los seis años de cárcel y a los 150 mil dólares de multa prometidos por la justicia a los expendedores de LSD.

"Soy la droga, soy el rock"

Nadie hizo caso cuando algunos especialistas lo habían advertido, como el doctor Humphrey Osdmond: "Si se votan leyes demasiado estrictas contra la droga, será una manera de volverla aún más fascinante para todos como sucedió con el alcohol durante la Prohibición, época en la que, como todos recordamos, se vieron más beodos y enlizados que nunca".

Se acababa la paz y retornaba la violencia. La contracultura hippie veía morir a sus principales iconos y caía víctima de su propia lógica. Los consumidores de alcohol y drogas, que vivieron una realidad alternativa, muy pronto se tornaron en adictos sin alternativa. Cuando la década de los 60 llegaba a su fin y emergían los albores de los prometedores años 70, los drogadictos - como una resaca - estaban tristemente a la orden del día, pidiendo a gritos rehabilitación.

A la confusa muerte de Brian Jones, miembro de los Rolling Stones, quienes hicieron masiva la consigna de sexo, drogas y rock and roll, se sumaban caso tras caso las sobredosis. Skip Spence, en un tiempo miembro de la banda Jefferson Airplane, pasó de las clínicas a un estado psicótico permanente, donde algunos días hablaba con Juana de Arco y otros días era visitado por Clark Kent.

Spence, quién sufrió un caso de locura severa, al igual que el fundador de los Pink Floyd, Syd Barret, dejó frases delirantes para el bronce: "soy un mal adaptado, soy el salvador del mundo, soy la droga, soy el rock n' roll".

Como si no bastara, en agosto de 1969 los estadounidenses pisaron el vestíbulo del espanto. Charles Manson, un lunático que se había autoproclamado líder de una extraña secta satánica, y sus secuaces asesinaron salvajemente en California a varias personas, entre ellas a la embarazada Sharon Tate, esposa del cineasta Roman Polanski. Todos los criminales eran consumidores de LSD, marihuana y otras drogas psicoactivas.

Más allá del drama y según aumentaron las restricciones sobre la marihuana y el LSD, un grupo de personas que los médicos toxicólogos describen como "usuarios circunstanciales", acudió cada vez más a la cocaína.

Los "circunstanciales" son personas con trabajos muy exigentes que alegan que deben usar drogas para ser eficaces. Como muchos son deportistas profesionales, músicos populares o actores de cine, ellos marcan la moda. A partir de 1969, los "circunstanciales" empezaron a enaltecer la cocaína.

John Lennon, Steppenwolf y Jefferson Airplane se contaban entre quienes cantaron sobre su propio uso de cocaína. En Nueva York un popular programa de radio se llamó Kokaine Karma. En California, actores como Peter Fonda y Dennis Hopper repartían cocaína en sus fiestas. Phil Spector, un connotado productor de discos, envió tarjetas navideñas que decían: "Un poco de nieve en Navidad nunca hizo mal a nadie". En la industria del cine, en tanto, las escenas con cocaína eran tan obligadas como las de sexo explícito.

Al comenzar los años 70, el New York Times publicaba más artículos sobre la cocaína que sobre cualquier otra droga y el Congreso aprobaba leyes que amenaza a los traficantes de droga con cadena perpetua. En 1974, la Encuesta Hogareña Nacional informó que 5,4 millones de norteamericanos habían probado la cocaína al menos una vez.

Las organizaciones criminales ítalo norteamericanas, colombianas y mexicanos, mientras, se dieron cuenta que la demanda de los nuevos consumidores los superaba y que era necesario aumentar la producción y ampliar las redes de distribución.

La mal llamada "guerra contra las drogas" recién comenzaba.

(*) Artículo tomado del libro "Conexiones mafiosas", Momentum, 2008.

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