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Miércoles, 27 de Octubre de 2021
El desarrollo del capitalismo en Chile (7° parte)

Las grandes fortunas crecieron con las industrias fundidoras de metales

Marcelo Segall

Horno de reverbero, uno de los avances tecnológicos que aceleró a la industria

Horno de reverbero, uno de los avances tecnológicos que aceleró a la industria
Horno de reverbero, uno de los avances tecnológicos que aceleró a la industria

Entregamos hoy la séptima parte de la serie de artículos sobre la historia económica de nuestro país. El autor, investigador, comunista pero integrante de las filas del trotskismo; publicó este libro en 1958 a través de la Editorial del Pacífico. La obra se transformó en un clásico sobre el tema.

En plena Guerra del Pacífico, en 1880 el presupuesto de entradas tuvo un aumento extraordinario de 10 millones de pesos, aproximadamente, derivado del impuesto de exportación del salitre, el que siguió creciendo, en volumen, hasta llegar a la cifra de 1890, $ 58.574.102. Esta cantidad será el centro de la inquietud y de las divergencias: todas las capas sociales exigían a su favor su inversión o colocación. Si recordamos que los impuestos al cobre y a la plata provocaron la sublevación de los Gallo y los Matta, es de imaginar los problemas que produjo la cantidad obtenida por el salitre.

Hasta el gobierno de Domingo Santa María, estos fondos se invertían de dos maneras: una parte, en obras públicas, gastos administrativos etc., y el resto, el mayor, en colocaciones a un bajo interés en los bancos de Valparaíso. El presidente Balmaceda y sus consejeros, que representaban intereses distintos desde luego a los de los gobiernos anteriores, variaron la política económica tradicional: suspendieron los préstamos fiscales a los bancos e invirtieron la totalidad de los fondos en gastos públicos; la cantidad mayor en obras de fomento agrario y el saldo en favorecer sus nuevos aliados, los metalúrgicos, tanto los del cobre como los del hierro.

Las polémicas en el Parlamento aclaran este punto. Un diputado opositor pronunció las siguientes frases: "Las industrias y las obras públicas no necesitan ser impulsadas por el gobierno aniquilando las fuerzas vitales del país de una manera precipitada e inconsulta; ellas se abren paso a medida que se dejan sentir de un modo imperioso". Este orador llamó fuerzas vitales a los bancos, los que son, en realidad, no otra cosa que instituciones de crédito a porcentaje y simples intermediarios. El gobierno, por medio de Arístides Zañartu, rebatió las opiniones de los agentes de la banca y expuso argumentos proteccionistas positivos. Pero se puede sacar otra conclusión distinta, mucho más grave y general: cuando la política está particularmente determinada por el destino de los fondos fiscales, es decir de su inversión, se demuestra prácticamente la existencia de una debilidad, intrínseca en las esferas sociales interesadas. En otras palabras su impotencia para sobrevivir por sus propios medios.

El hecho es que congresistas (la oposición) y balmacedistas, hicieron caudal primordial en la colocación de las entradas anuales del Fisco, demostrando, con esto, que ambos grupos opuestos no dependían de su propia energía productiva, sino de la ayuda monetaria del gobierno. La debilidad económica de una capa social, que consiste en cargar y descansar sobre la capacidad material de otras capas, es la que explica, en parte, dos fenómenos: la debilidad de la industria nacional y su dependencia de los monopolios extranjeros. En la época de Balmaceda estaban en decadencia los bancos y en ruina los fundidores de cobre. Producida la derrota de los gobiernistas, la industria metalúrgica dejó de ser subvencionada y falleció a corto plazo; igualmente los bancos porteños pasaron a ser instituciones de tercer orden.

Situación de la industria tundidora

La industria nacional tenía dos caras principales: la minera y la elaboradora. La minera comienza con la historia chilena y se pierde en el permanente futuro. La elaboradora se inicia con los primeros pasos fabriles de los jesuitas, continúa con las industrias textiles en la provincia de Concepción. Y se profundiza en las fundiciones de cobre de Coquimbo y Atacama.

Las fundiciones de cobre aportan un interesante ejemplo de la forma en que se desenvuelve, históricamente, el capitalismo industrial en Chile. Su proveedora, la minería, tiene su prehistoria en la cultura atacameña y en la invasión incaica; una historia primitiva, que cruza el período de la colonia y una historia moderna, en su etapa industrial. El abate Molina, refiriéndose a las minas y fundiciones de cobre del Norte Chico, en 1782, escribió: "Sólo se benefician aquellas minas de que se esperaba sacar puro y neto la mitad de todo el mineral extraído, pues de otro modo, creerían perder el tiempo y el trabajo".

Este desarrollo comienza con los ingenieros franceses Lambert, padre e hijo, que introdujeron, primero, el horno de reverbero y después el de soplete. Continúa con los hermanos Matta y llega a su culminación con las fundiciones levantadas por José Tomás Urmeneta, Maximiano Errázuriz y Matías Cousiño.

Manuel Antonio Matta

Manuel Antonio Matta
Manuel Antonio Matta

José Tomás Urmeneta fue un agricultor modesto que, víctima del proceso de concentración capitalista de la agricultura, tuvo que dirigirse al Norte Chico en busca de la quimera del cobre. Enriquecido con el antiguo mineral de cobre morado o sulfuroso "El Tamaya", pudo levantar la fundición de Tongoy, la muy grande de Guayacán y la de Huasco; industrias que, ampliadas por su yerno Maximiano Errázuriz Valdivieso, llegaron a ser las más conocidas del orbe. Cuenta Vicuña Mackenna, el gran historiador de la minería, tan saqueado como puesto en la picota, que "tenía la de Guayacán 40 chimeneas, y que sólo en un año dio embarque a 61 vapores y 64 veleros".

En otras palabras, el aumento de la producción y de la técnica fabril envuelve tanto la: disminución del número de industrias menores como la centralización de su propiedad en pocas manos, y revela que la capacidad elaboradora está determinada por el nivel técnico industrial o sea por la proporción entre el capital constante y el variable.

Una sugerencia especial se desprende de la evolución de la metalurgia cuprífera. Está en la forma de su trayectoria: da una proporción inversa entre la cifra de establecimientos y el volumen del tonelaje fundido. Esta característica es de extrema importancia, pues está relacionada con la ley económica de la tendencia a concentrarse del capital. En otras palabras, el aumento de la producción y de la técnica fabril envuelve tanto la: disminución del número de industrias menores como la centralización de su propiedad en pocas manos, y revela que la capacidad elaboradora está determinada por el nivel técnico industrial o sea por la proporción entre el capital constante y el variable.

Como este problema es uno de los factores principales que dio origen a la conflagración de 1891, le dedicaré una atención particular.

En 1860 existían 250 fundiciones con una elaboración total de 24.393 toneladas anuales. Veinte años después, el número de establecimientos se redujo a 69; pero su producción creció a 43.860 toneladas y en 1886 a 53.308. Este notable aumento de volumen va unido a una declinación del número de fundiciones. Crecimiento y declinación, que corresponde también al refinamiento y desarrollo de la técnica industrial. En 1952 este proceso pareció haber culminado: cuatro fundiciones gigantes tenían una producción arriba de 550.000 toneladas anuales desaparecieron totalmente las menores.

El origen de la centralización se encuentra en una característica económica del sistema vigente: la baja tendencial de la llamada "tasa de ganancia". La "tasa de ganancia" es el porcentaje de utilidad media de una mercadería -en este caso el mineral fundido-. Para explicar la relación de estas observaciones teóricas de la economía política con la metalurgia cuprífera, tomaré la historia chilena de esta industria.

Los métodos utilizados en este país para fundir cobre tienen su desenvolvimiento regido por las tres fases enumeradas: la centralización del capital, la baja de la tasa de ganancia y el progreso técnico. Primitivamente se beneficiaba en pequeñas fundiciones de hornos rústicos, calentados a leña, cuyos elementos técnicos eran, prácticamente, de fabricación casera y el combustible de simple recolección, por lo tanto, fáciles de adquirir y relativamente abundantes. Posteriormente algunos mineros enriquecidos y comerciantes habilitadores importaron hornos del sistema llamado de reverbero. Esto exigió un capital determinado lo cual constituyó la primera selección industrial. El horno de reverbero era de mayor calidad científica, más rápido para trabajar pero a la vez más caro de instalar, resultando este progreso una centralización en un número menor de fundidores. La segunda eliminación fue la producida por el horno de soplete, el cual requiere instalaciones más completas y mayores capitales, el uso del carbón de piedra y un número superior de obreros. La competencia que crearon los propietarios del nuevo sistema de fundición liquidó a los industriales más modestos, incapacitados para producir con la perfección y baratura del horno de soplete.

Horno de reverbero

Horno de reverbero
Horno de reverbero

Los fundidores más pequeños bajaron el precio de su trabajo y como consecuencia sus rivales hicieron lo mismo; pero, con su mayor capacidad fundidora pudieron resistir sin riesgos y con buenas utilidades. Esto, a la larga, produjo una constante competencia en los precios, pues el proceso de nuevos métodos industriales y nuevos aportes de capital, que se repetían permanentemente, ahondó el problema, Con el fin de abaratar el costo de fundición, algunos industriales descubrieron que era conveniente transportar el mineral de cobre a las fuentes mismas del combustible para los hornos, pues resultaba más comercial el traslado del cobre que el del carbón.

Los Cousiño levantaron fundiciones de cobre en Lota y Coronel, establecimientos vecinos a las minas de carbón. Todo esto era producto de la baja constante de la "tasa de ganancia", concretamente del costo de fundición. Y a la vez esto producía una mayor necesidad de capitales. En suma, una eliminación permanente de fundidores. Proceso eliminatorio que unifica la centralización del capital, el progreso técnico y el mayor volumen de producción. Hoy (en 1958), la fundición del cobre en Chile (la segunda del mundo) está concentrada en un puñado de empresas, y de las cuales, sólo una es netamente chilena: la Fundición Nacional de Paipote.

Contribuyó a esta centralización y mayor producción la calidad técnica, cada vez más perfecta de la maquinaria moderna, la que rinde un producto más purificado, en un proceso rápido de elaboración. Y así fue como el horno de reverbero permitió la extracción comercial de minerales de menor ley, y el horno de soplete la calidad llamada sulfuro (con los sistemas primitivos sólo se extraían los cobres óxidos y de alta ley). Conectadas con el cobre, están dos industrias importantes: el carbón y el transporte marítimo y ferroviario.

La historia del carbón de piedra comienza en Lirquén en 1843, fecha en la que el inglés Tomás Smith descubrió varias bocaminas para proveer de combustible a las fundiciones de cobre del Norte Chico y abastecer a la instalada por Joaquín Edwards Ossandón en la misma zona. Posteriormente, otro británico, Juan Mac Kay, explotó en Lebu y Andalién otros yacimientos que después vendió al fundidor Errázuriz Valdivieso.

Más importante fue el establecimiento de la Compañía de Lota organizado por Matías Cousiño, con la fortuna dejada por Miguel Gallo a su viuda. Los Gallo fueron mineros, aún en la Colonia. En cambio, los Cousiño estuvieron ligados a los negocios del cobre, a partir del matrimonio de Matías con la viuda del gran minero Miguel Gallo. Los Cousiño eran famosos, en su época, por su belleza física y ambición.

Miguel Gallo Goyeneche

Miguel Gallo Goyeneche
Miguel Gallo Goyeneche

Esta compañía se organizó con el fin comercial de proveer de carbón a la fundición de cobre levantada por el marido de la viuda Gallo en el mismo sitio en 1857. Fundición que llegó a beneficiar 5.000 quintales de metal al año, hasta contar, en 1881, con 38 hornos a soplete y ser después de la de Guayacán, una de las más grandes del mundo.

Igualmente el auge marítimo y la construcción de los primeros ferrocarriles son el resultado del comercio cuprífero. La historia de las compañías navieras nacionales y de la "Pacific Steam Navigation" está unida a la minería de la plata, a la exportación de cobre a Europa, al transporte de minerales al Golfo de Arauco y de carbón, a las fundiciones de Atacama y Coquimbo. La marina mercante, cabotera o interoceánica, contaba en 1866 con 258 naves que sumaban 68.218 toneladas; y en 1890, con 150 barcos con un total de 72.003 toneladas. Los ferrocarriles de Norte Chico tuvieron igual sentido y origen comercial. El de Copiapó a Caldera, el de Puquios y el de Coquimbo, eran dedicados al transporte de mineral. La suma de líneas férreas mineras, en 1862, tanto en longitud como en importancia de inversión, era la más elevada de Sudamérica. Más adelante, el Sur logró superarla; pero, costeados con los derechos y entradas del cobre y el salitre.

Conocidos los antecedentes históricos de la industria fundidora, debo entrar en la materia exacta: la situación del cobre en 1889.

El cobre

Distribuido el metal por un sindicato francés, se había logrado hacer subir el precio de venta normal de 35 y 40 libras esterlinas a 80 libras. Este precio había sido obtenido gracias al verdadero control que ejercían los cupreros chilenos en el mundo. Con el uso de la "ley tendencial de la concentración capitalista", los fundidores Lambert, Errázuriz y Cousiño habían logrado eliminar primero a sus competidores pequeños y finalmente absorber la mayor parte de la capacidad de los mercados internacionales.

El precio mundial del cobre retrocedió con igual velocidad. El sistema chileno de explotación basado en un gran uso del capital variable, o sea gran número de trabajadores, no pudo resistir la competencia de los yanquis y orientales. Los nuevos cupreros utilizaron un sistema superior, de menor costo humano unido a una mayor inversión en maquinarias e instalaciones. Con el mayor capital constante pudieron, con ventaja, disminuir el costo medio total de explotación industrial.

Pero, como diría Sancho a Don Quijote, pronto estos grandes industriales también recibirían "la medida de la vara con que habían medido". La derrota de sus antiguos rivales los pequeños fundidores compatriotas, fue el modelo fiel de su futura derrota. El extraordinario precio conseguido facilitó la posibilidad de utilidades a nuevos empresarios americanos y japoneses. Estos residían en naciones con una mayor acumulación de capital, un nivel técnico y cultural más elevado y un mercado interno propio que aseguraba las inversiones y por último tenían una exigencia menor de tasa de ganancia. Y como consecuencia, con gran rapidez iniciaron la explotación de nuevos yacimientos, hasta lograr saturar los mercados.

El precio mundial del cobre retrocedió con igual velocidad. El sistema chileno de explotación basado en un gran uso del capital variable, o sea gran número de trabajadores, no pudo resistir la competencia de los yanquis y orientales. Los nuevos cupreros utilizaron un sistema superior, de menor costo humano unido a una mayor inversión en maquinarias e instalaciones. Con el mayor capital constante pudieron, con ventaja, disminuir el costo medio total de explotación industrial. Todo esto, unido a la situación general, pues, la crisis mundial de la época había paralizado gran parte de la actividad internacional, produjo la suspensión de las faenas mayores, la ruina y la cesantía.

La demanda de auxilio de los fundidores nacionales fue inmediata, ante la perspectiva de su quiebra.

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