En Catar 2022, algo que nadie esperaba ocurrió partido a partido, eliminación tras eliminación. Marruecos dejó en el camino a Bélgica, España y Portugal, —tres de las selecciones más poderosas del mundo—, y llegó a las semifinales. Nunca antes un equipo africano había llegado tan lejos en un Mundial. Las imágenes de los jugadores llorando y arrodillándose al final de cada partido, y de sus madres ingresando al campo a celebrar con ellos, dieron la vuelta al mundo. No fue suerte. Fue sistema, colectivo y una identidad táctica construida con paciencia.
Marruecos es una monarquía constitucional gobernada por el rey Mohamed VI desde 1999. Un país en el cruce entre el mundo árabe, el África subsahariana y Europa, con Casablanca como su capital económica y Rabat como sede del gobierno. Es también una de las grandes potencias del fútbol africano: acumula dos Copas de África, tres Campeonatos Africanos de Naciones y dos Copas Árabe de la FIFA. Y en 2030 será sede del Mundial junto a España y Portugal, lo que convierte a 2026 en el ensayo general antes de jugar en casa.
El capitán es Achraf Hakimi, nacido en Madrid y criado entre dos culturas, que eligió representar a Marruecos, el país de sus padres, y hoy es considerado uno de los mejores laterales derechos del mundo. Es titular indiscutido en el PSG campeón de Europa y el gran emblema de una selección que tiene algo muy particular: en Qatar 2022, 14 de sus 26 jugadores habían nacido fuera de Marruecos. Hijos de la diáspora marroquí en Europa que eligieron volver, —al menos en camiseta—, al país de sus familias. Esa mezcla de identidades es exactamente lo que hace a Marruecos tan difícil de descifrar.
En el Mundial 2026 juegan en el Grupo C junto a Brasil, Haití y Escocia. El objetivo declarado por su entrenador Walid Regragui es claro y sin rodeos: “No queremos esperar al Mundial 2030 para ser campeones del mundo. Marruecos lo va a intentar en 2026”.







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