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Domingo, 5 de Diciembre de 2021
[Sábados de streaming]

Series de TV - 'The Looming Tower': la grieta por donde se filtró Al-Qaeda

Juan Pablo Vilches

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Una escena en la CIA
Una escena en la CIA

A dos décadas del atentado de las Torres Gemelas en Nueva York, la necesidad de explicarse lo que pasó no amaina. Y digamos que la explicación es bastante incómoda, donde se muestran crudos retratos de las agencias de seguridad estadounidenses que no evitaron el ataque del 11-S de 2001. 

Hace algunos años, Harvard Business Review propuso que el mundo de la gestión adoptara una buena práctica tomada del mundo forense para analizar –por doloroso y desagradable que fuese– aquello que salió mal a fin de que no vuelva a ocurrir. El nombre elegido no podía ser otro que post-mortem

Después de la caída de la Torres Gemelas, hace veinte años ya, entre 2002 y 2004 tuvo lugar un primer post-mortem cuando el presidente y el Congreso estadounidenses nombraron una comisión conjunta para explicar a su ciudadanía cómo se pudo gestar y ejecutar semejante atentado bajo las narices de los servicios de inteligencia supuestamente más capaces y mejor financiados del mundo. 

Dos años después, el periodista de The New Yorker, Lawrence Wright, escribió un exhaustivo post-mortem llamado The Looming Tower, prestigioso y multigalardonado libro (Pulitzer incluido) que abordó al menos tres hebras que condujeron al atentado a las Torres. Una involucraba a Al-Qaeda desde su creación, a partir de La Hermandad Musulmana de Egipto; otra, al viraje de las relaciones entre Arabia Saudita y Osama Bin-Laden; y otra, en la razón del fracaso del sistema de inteligencia estadounidense para evitar el atentado. En esta última se centra la versión televisiva y ficcionada del libro, con el propio Wright como uno de sus tres creadores.

The Looming Tower proviene del galardonado libro homómimo del periodista Lawrence Wright, quien también es uno de los creadores de la serie.

Aquí no hay suspenso alguno. En el primer capítulo, el agente del FBI Ali Soufan (Tahar Rahim) declara ante la comisión conjunta que el atentado no fue evitado porque la CIA no compartió información relevante con el FBI ni con el resto de la comunidad de inteligencia del país. Entonces, lo que la serie explora es por qué la CIA no compartió lo que sabía, y el mecanismo utilizado es el relato paralelo y lineal –y muy ágil– sobre tres “clanes”: la estación Alec de la CIA, que investigaba a Bin-Laden; el I-49, la unidad antiterrorista del FBI con base en Nueva York; y, por cierto, Al-Qaeda. Cada uno con sus dinámicas, con sus tipos humanos y con sus espacios característicos.

El perfil de este último clan y sus integrantes evita a toda costa la demonización y la condescendencia, mostrando sus campamentos polvorientos y sus casas de seguridad como el entorno esperablemente austero de quienes ya renunciaron a todo, pero no a la capacidad de experimentar el amor, la amistad y el miedo. La forma en que estos personajes afrontan los sucesivos atentados –la embajada estadounidense en Nairobi y el USS Cole en Aden– que preludiaron el ataque a Nueva York, cambian de uno a otro individuo, y la serie se toma el tiempo de hacer evidente esas diferencias y de interesarse en ellas, como si tuviera el deber de combatir la deshumanización que está en el discurso oficial, y particularmente en la industria del entretenimiento, cuando se trata estos asuntos.

El I-49 del FBI se mueve en una oficina algo envejecida, propia de un cuerpo policial –más sofisticado, pero policial al fin y al cabo– donde todo gira en torno a John O’Neill (Jeff Daniels), el director de la unidad, quien ejerce una autoridad severa, pragmática y paternal a la vez. Él y Soufan –musulmán y hablante del árabe– son los primeros en comprender que Al-Qaeda está amenazando con atacar en territorio estadounidense, por lo que su periplo a lo largo de la serie involucra un apadrinamiento y un vínculo estrecho con Soufan, e incesantes disputas con la CIA por no compartir la información que obtiene; todo lo cual ocurrió en realidad. 

La serie también se detiene en la monógama y apolínea vida afectiva de Soufan y en la frenética trigamia de O`Neill, un poco como contraste, y otro poco para referirse a los gigantescos costos personales de velar por la seguridad de un país; para los agentes mismos y sus cercanos. Si a eso sumamos el elogio del trabajo policiaco basado en el conocimiento de las personas, cierta fatiga crónica por el envejecimiento, las potentes ráfagas de culpa católica y el desengaño por el actuar negligente de muchas autoridades estadounidenses, tras la figura de O`Neill cada cierto tiempo vemos asomarse las resplandecientes siluetas de Graham Greene y John le Carré.

La estación Alec de la CIA, por el contrario, se mueve en un gris, moderno y deshumanizado bunker donde no llega la luz del sol; una cueva hi-tech, a fin de cuentas. Aquí las figuras centrales son su director, Martin Schmidt (Peter Sarsgaard, escalofriante) y su segunda de a bordo Diane Marsch (Wrenn Schmidt, ídem), quien es a la vez la líder de la cohorte de analistas mujeres de la unidad, quienes profesan por el director una devoción insana, propia de una secta. Este entorno parece más tóxico que cualquiera de los refugios de Al-Qaeda, pues lo que se retrata acá es un rebaño sumiso que obedece ciegamente a una pareja de psicópatas, que lidian con datos porque son incapaces de lidiar con las personas y que obedecen acríticamente la “regla de oro” que proviene de la más alta dirección de la CIA. 

La serie aborda las falencias de seguridad que permitieron el 11-S y gira entre los departamentos del FBI y la CIA, que no compartieron información, generando intensos retratos de ambas unidades.

Uno de los creadores de esta serie es el célebre documentalista Alex Gibney (Client 9, The Armstrong Lie), quien suele relatar la caída de personas atrapadas por la narrativa que se inventan sobre ellas mismas y sobre su labor. En este caso, el director de la CIA George Tenet (Alec Baldwin) no es un psicópata pero está forzado a impulsar una especie de doctrina que obliga al secretismo hacia el resto de la comunidad de inteligencia y que está arraigada en un imperdonable extravío de esa agencia respecto de sus deberes y lealtades con sus propios conciudadanos. El espectador sabrá detectarlo, y comprenderá también que el origen de esta tragedia no fue la incompetencia sino la conjunción de todos los factores recién mencionados, cocinados a fuego lento en los pasillos de una burocracia que tiende a eludir el control político.

Los perfiles del grupo Alec y del I-49 son extremados al borde de un maniqueísmo que debilita a la serie como obra de ficción, pero que los creadores parecen valorar como herramienta de denuncia. ¿Denuncia de qué? El personaje de Diane Marsch está basado en Alfreda Frances Bikowsky, alta agente de la CIA conocida como la reina no identificada de la tortura y que dirigió sesiones con “técnicas mejoradas de interrogatorio” de prisioneros de Al-Qaeda, las que también han sido objeto de escándalo e investigación por parte de las autoridades de Estados Unidos. Por el contrario, Soufan (persona que existe en la vida real) logra vincular a Al-Qaeda con el atentado del 9/11 a través de un interrogatorio donde apela a su conocimiento del Islam y a la conciencia moral del interrogado, hábilmente manipulado y dirigido desde el oficio policiaco derivado de tratar todos los días con personas. 

El abismo que separa a estos personajes y su respectiva manera de hacer las cosas no solo funciona como explicación de la desinteligencia que llevó al atentado de las Torres, sino también como una píldora con que los autores se convencen a ellos mismos y a sus compatriotas de que Estados Unidos puede seguir cumpliendo su rol en el mundo sin la necesidad de descansar en la crueldad de sus procedimientos y la psicopatía de algunos de sus agentes.

Se rumorea que vendrá una segunda temporada de The Looming Tower, y que esta comenzaría con la figura de Sayyid Qutb y la Hermandad Musulmana en Egipto, en la que participó Ayman Al-Zawahiri, quien después fue el mentor de Bin-Laden y su sucesor a la cabeza de Al-Qaeda. Si bien esto ya fue contado competentemente en el documental The Power of Nightmares (Adam Curtis, 2004), sería interesante ver su ficcionalización como complemento del bestiario que resultó ser la primera temporada de The Looming Tower, ¡inshallah! (¡Si Dios quiere!?)

Acerca de

Título: The Looming Tower

Exhibición: Una temporada de diez episodios (2018)

Creada por: Dan Futterman, Alex Gibney y Lawrence Wright (autor del libro)

Producida por: Hulu

Se puede ver en: Prime Video
 

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