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Lunes, 8 de marzo de 2021
Islas que han servido de cárcel

El dramático pasado de la isla Juan Fernández como presidio político y común en el siglo XIX

Ernesto Carmona Ulloa (*)

Prisión de Juan Fernández según Claudio Gay en 1854. Foto de Memoria Chilena

Prisión de Juan Fernández según Claudio Gay en 1854. Foto de Memoria Chilena
Prisión de Juan Fernández según Claudio Gay en 1854. Foto de Memoria Chilena

En este segundo extracto del libro “Islas-cárcel, castigo a la transgresión política”, Ediciones Mapocho Press, 2020, el autor analiza la evolución de la isla Juan Fernández como lugar de castigo para quienes se atrevieron en la historia de Chile a rebelarse en contra del poder establecido.

(*) Periodista, escritor, dirigente gremial y colaborador de INTERFERENCIA; fallecido en noviembre de 2020.

La ínsula principal del archipiélago homónimo fue isla-cárcel de España desde 1754. Era “La Bastilla” de la América Hispana, pero más dura. José Antonio Manso de Velasco (1688-1767), gobernador español de Chile (1737-1744) y luego virrey del Perú (1745-1761), confinó sentenciados comunes y políticos “altamente peligrosos” de la Real Audiencia de Santiago y Quito. “Más Afuera”, la otra isla más desvalida del archipiélago –Alejandro Selkirk desde 1966– fue utilizada para confinar disidentes políticos por el dictador Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931).

La corona y el virrey creían en rehabilitar con soledad y aislamiento a seres reducidos a “escoria humana” por las pésimas condiciones carcelarias de un cruel encierro con castigos físicos. Pensaban que el confinamiento al aire libre “curaría” la disidencia política de los “presos de Estado” y la inclinación al delito de delincuentes comunes. Los primeros colonos hispanos desembarcaron en Cumberland en 1749, fundaron el caserío San Juan Bautista y obligaron a los confinados a excavar cuevas para pernoctar vigilados.

La isla fue fortificada para disuadir visitas de enemigos de España. Una Real Cédula de 1749 ordenó que fuese poblada y defendida. Cumpliendo esa orden, el “presidente de Chile” Domingo Ortiz de Rosas dispuso su poblamiento. El 11 de marzo de 1750 zarpó de Concepción –a la sazón donde hoy está Penco– Las Caldas, con una compañía de batallón, 171 colonos de ambos sexos, 22 presidiarios destinados a las obras de fortificación de la bahía y algún ganado para alimentación. Otro buque trasladó el armamento requerido por el fuerte.

Apenas avanzaban las obras, cuando el25 de mayo de 1751 el mar arrasó con todo y hubo que empezar de nuevo, pero el hambre se erigió como la mayor aflicción de soldados y prisioneros.

La isla paradisíaca de Alexander Selkirk /Robinson Crusoe inició así cien años (1754-1854) de miseria humana, malos tratos, abusos de poder, violaciones de derechos humanos, rebeliones, crímenes, fugas masivas en naves secuestradas y… hambre, mucha hambre. Otras obras rústicas menores se edificaron cerca de la fortaleza, con escasez perenne de materiales, poca comida, pero abundantes armas, pólvora, municiones y mano de obra presidiaria. Aceleró el trabajo el esfuerzo de colonos, albañiles, funcionarios coloniales y confinados comunes, políticos y militares, de diferentes profesiones y clases sociales, aunque la mayoría provenía del “bajo pueblo”.

En ese siglo ocurrieron muchas historias novelescas, relatadas por la apasionada pluma de Vicuña Mackenna. Cuando dejó de ser penal, en 1854, la isla prisión estuvo de nuevo despoblada tras cumplir varios ciclos carcelarios. En 1754 comenzó como cárcel de reos coloniales condenados a trabajos forzados. En 1814-1817 fue confinamiento de hasta 200 patriotas relevantes, militares y partidarios de la independencia aprehendidos por la dictadura española impuesta tras la derrota de Rancagua (1 y 2 de octubre de   1814).

El tercer ciclo, menos conocido, fue como prisión de partidarios de José Miguel Carrera en 1821. Más tarde, los gobierno de José Joaquín Prieto Vial (1931 a 1841) y de Manuel Bulnes Prieto (1841 a 1851) la convirtieron de nuevo en presidio de políticos y militares liberales derrotados en las poco conocidas guerras civiles que marcaron todo el siglo 19, como el levantamiento armado que en 1851 emergió en las dos puntas del país de aquellos tiempos: Concepción por el sur y La Serena por el norte, zona ardiente de emancipación tras los primeros desarrollos de riqueza minera, que libraría una segunda guerra civil en 1859.

Para fortificar y poblar, el virreinato envió 20 criminales a Juan Fernández. Los primeros confinados fueron abandonados a su suerte en la playa, a la intemperie y con limitados recursos para sobrevivir. Pernoctaban en sus propias excavaciones en la pared del cerro, hoy las famosas “Cuevas de los Patriotas”, muy visitadas por turistas al igual que todos los penales y centros de sufrimiento del mundo que cambiaron de giro con el paso de los años.

El régimen español castigaba los delitos graves con expiación en Juan Fernández. Las faltas menores, con el “rollo”, una columna de piedra rematada en cruz o en una bola usada para el espectáculo del azote a delincuentes comunes expuestos a la vergüenza pública. También se usó para ejecuciones, como la picota, hasta su prohibición por las Cortes de Cádiz en 1812.

Los presos llegaban a la isla con una camisa, una chaqueta, un pantalón y un jergón para dormir dónde y cómo pudieran. La categoría social de los confinados variaba desde próceres patrióticos a blasfemos, desde disidentes políticos a homicidas. El presidio se internacionalizó con presos traídos en 1781, como el ladrón peruano de barras de plata Miguel Garrido; Ramón Negrete, penado a diez años por robo e incendio; Juan Pino, ecuatoriano, incendiario; Anselmo Tadillo (“Siete Cabezas”). En 1786 ingresó el capitán peruano Elías Laso de la Vega, por un motín en Cuzco; el caballero Francisco Vidal y Correa confinado por ser portugués y el sacerdote José Ciriaco Muñoz. Desde 1750 a 1810 el régimen colonial puso una docena de gobernadores en la isla. También llegaron muchos confinados inocentes. Los mínimos progresos del primer medio siglo dependieron del trabajo forzado de la población penal.

La alimentación era enviada por barco una vez al año. El navegante Antonio de Andrés Pérez describió, el 26 de julio de 1778, a “miserables afligidos presidiarios por el socorro que tanto necesitaban, habiéndolos encontrado todos macilentos y casi muriéndose de vencidos, haciendo muchos días que aquí sólo se mantenían con media libra de carne cada 24 horas, sin tener sal con que cocinarla mucho menos pan con que comerla, obligándoles la necesidad a medio sustentarse con raíces de árboles”.

En el informe que el Marqués de Avilés entregó en 1798 a su sucesor en la Capitanía General, le hizo mala publicidad al archipiélago: “Éstas [Islas de Juan Fernández] son dos: una distinguida con el apelativo de Más Afuera, que está despoblada, y la principal que se conoce con el nombre genérico de Juan Fernández o isla de Tierra. Ésta viene a ser un padrastro de este reino, pues solo sirve para incomodarle por los gastos que le origina, por el cuidado de su provisión de víveres, que se remiten sólo una vez al año en embarcación que viene destinada de Lima, cuya venida, si alguna vez se atrasa, como ya ha sucedido, pone en consternación a este gobierno… (…) Su puerto es malísimo, tanto que el navío que transporta el situado procura descargar con la mayor aceleración y hacerse a la vela inmediatamente: por esta razón y por lo demás que diré, no va algún otro de comercio. Esta isla es estéril, aunque tiene agua y leña, teniendo solo una llanura en que está situada su corta población; sin embargo, mantiene algún ganado. (…) Esta isla que sólo debiera conservarse para impedir que algún corsario enemigo hiciese en ella aguada y leña, no ha faltado quien la ha reputado de suma importancia, tanto que se han construido ocho baterías…”.

La junta de gobierno de 1810 quiso poner fin al horror y el desorden en la isla-cárcel. Un año después enviaron a Manuel Santa María y Escobedo, representante del nuevo gobierno constituido por los criollos. Se pensó en destruir el presidio y devolver su soledad a la isla, pero otros problemas relegaron a Juan Fernández al olvido en el quehacer de las nuevas autoridades. Sin recibir abastecimientos, la isla padeció otra hambruna en 1811-1812. El director supremo Francisco de la Lastra –marzo a julio de 1814— dispuso desmontar el presidio. Quedaron viviendo voluntariamente en la isla tres émulos de Robinson durante cuatro años y cuatro meses, el soldado Juan Rosas, un preso de apellido Escudero y el español Antonio López. Pero el penal se reactivó en noviembre de ese mismo 1814 con el traslado de patriotas confinados tras el desastre de Rancagua, hasta marzo de 1817. Y después, lo mantendrían activo O’Higgins y los gobiernos posteriores, hasta 1854.

La isla en 1790 en grabado de la época

La isla en 1790 en grabado de la época
La isla en 1790 en grabado de la época

Entorno político de 1814

La independencia de Chile surgió del cabildo del 18 de septiembre de 1810, animado por los criollos más ricos e influyentes de Santiago –los “patricios” como preferían referirse a sí mismos–, matizados por uno que otro español relevante. Tras una breve guerra civil por el poder (Carrera versus O`Higgins), España reaccionó cuatro años después con una guerra de reconquista. “El Dieciocho” fue una rebelión pacífica, un “golpe de salón”, propinado por todas las oligarquías criollas de las colonias hispanas de esta parte del mundo, salvo Cuba y Puerto Rico.

Pasado un mes del desastre de Rancagua, soldados de ambos bandos continuaban los saqueos y muertes en Santiago. Las nuevas autoridades no respetaban ningún derecho, ejecutando órdenes del virrey Abascal y los deseos políticos de Fernando VII. La población sufrió represión indiscriminada, allanamientos, prisión de civiles, pérdidas de derechos y de bienes. Fue el fin de las instituciones culturales, educacionales, sociales y de justicia de la Patria Vieja.

El virrey Abascal del Perú, de hecho “rey de América” mientras el otro estaba preso, ordenó entonces confinar en la isla cárcel a los participantes de la “Primera Revolución”, la Patria Vieja. El 2 de noviembre de 1814 se iniciaron en Santiago las detenciones masivas de patriotas, comenzando con aquellos ancianos y enfermos que no pudieron partir al exilio. Los días 7, 8 y 9, fueron días de terror o mejor dicho noches de terror con allanamientos y detenciones en hogares de la capital.

Los patriotas fueron transportados a Juan Fernández a bordo de La Sebastiana y El Potrillo. En la isla-prisión fueron obligados a vivir en las antiguas cuevas excavadas en el siglo 18 por los primeros prisioneros enviados allí por la corona desde todos sus dominios, de Panamá al sur.

Vicuña Mackenna describió así las horribles cuevas: “A fin de mantener la desaforada colonia dentro de los límites del posible sosiego en una isla casi inaccesible y selvática, reñida con todas las dulzuras de la vida, sus gobernadores, que eran relevados como de un penoso destierro cada cinco años, obligaron a los detenidos a trabajar sus propias mazmorras en los flancos de un cerro, y estas son las curiosas cuevas que en la vecindad de la fortaleza y del castillo llaman hasta hoy la atención de los viajeros, poniéndolos perplejos sobre su origen y su uso. Allí, en esos antros húmedos y oscuros, poblados de insectos y de inmundas sabandijas, crueles capataces encerraban aquellos desamparados del cielo, de la tierra y aun del mar, cada noche, con barrotes de hierro…”.

¿Quiénes fueron los patriotas?

Muchos confinados tenían edad avanzada. Hombres como Juan Enrique Rosales, Ignacio de la Carrera, Manuel Blanco Encalada, Manuel de Salas y casi todos los patriotas decididos que se habían retirado a sus casas, como Francisco de la Lastra, Agustín Eyzaguirre, Francisco Antonio Pérez, José Ignacio Cienfuegos, Joaquín y Diego Larraín, permanecieron en el país, creyendo que su falta de solidaridad con Carrera los ponía a cubierto de persecuciones. No se rebajaron a exteriorizar su adhesión al nuevo régimen; pero le dieron de palabra y de hecho la seguridad de su respeto y de su abstención de toda propaganda revolucionaria.

Muchos ancianos fueron acompañados por familiares y criados durante dos años y cuatro meses, entre 1814 y 1817. Relatos íntimos revelan los sufrimientos físicos y psicológicos soportados por los confinados. Juan Egaña, que fue acompañado por su hijo Mariano, escribió sobre sus padecimientos y el de otros compañeros moribundos, sometidos a un clima adverso, escasez de alimentos y precarias condiciones de vida: “A veces temo la suerte de uno de mis compañeros que se ha dementado enteramente (…) y siendo uno de los personajes más ricos de Chile, se hacen incurables sus males porque suelta la orina, no se halla un colchón ni unos pellejos que mudarle, y tiene que acostarse diariamente sobre las inundaciones de sus excrementos”.

Los sobrevivientes de esta situación inhumana fueron liberados tras 2 años y 4 meses... pero la isla continuó siendo utilizada como presidio. Tras la victoria de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, el director supremo Bernardo O’Higgins escribió un oficio al gobernador de Valparaíso, con fecha 7 de marzo, donde ordena: “Luego que reciba Vd. ésta, dispondrá que a la mayor brevedad se apronte el bergantín Águila incluyendo en él víveres bastantes para alimentar, por espacio de dos meses á doscientos individuos y la aguada suficiente para llegar á Juan Fernández. Cuidará Vd. que la tripulación sea de la mayor confianza, y deberán ir a bordo 25 cazadores armados…”.

El bergantín Águila, capturado a los españoles y ahora al mando del capitán Raymond Harve Morris, zarpó de Valparaíso el 18 de marzo rumbo a Juan Fernández. El 24 por la mañana desembarcó en la isla el teniente coronel realista Fernando Cacho, prisionero en Chacabuco, comisionado por el gobierno para negociar con Ángel Cid, jefe de la plaza y del campo de concentración, una rendición honorable de la guarnición española y rescatar sin lucha armada a los prisioneros de guerra.

El 31 de marzo, parientes, amigos y público general recibieron en Valparaíso a más de cien sobrevivientes. Como orgullosa muestra de la libertad recuperada, lo primero que hicieron los aristocráticos liberados fue ceñirse sus placas nobiliarias y cruces, Muchos murieron de hambre o enfermedad en las deplorables condiciones sanitarias y alimentarias de la isla-prisión.

Entre los desterrados hubo también sacerdotes. En un oficio del 13 de noviembre de 1814, el obispo José Santiago Rodríguez delata a Mariano Osorio, general en jefe realista, que entre unos 600 curas de los conventos de Chile había 64 que simpatizaban con la causa de la revolución. Es decir, más del 10% de los religiosos estaban en el bando patriota. El obispo Rodríguez confeccionó la nómina de los religiosos que debían recibir castigo. Manuel Romo Sánchez ofrece una lista con datos personales de 128 confinados y acompañantes que vivieron esta experiencia.

Prisión de carreristas

En junio de 1821 la corbeta Chacabuco llevó de nuevo confinados a Juan Fernández: los nuevos prisioneros eran partidarios de José Miguel Carrera acusados de provocar una sublevación contra el gobierno. Sus hermanos Juan José (36 años) y Luis Carrera Verdugo (27), juzgados y condenados por el delito de conspirar contra el gobierno de Chile, fueron fusilados por el gobernador de Mendoza Toribio Luzuriaga, el 8 de abril de 1818. Javiera emprendió el exilio. José Miguel luchaba clandestinamente en Argentina por volver y recuperar el poder. Las haciendas y propiedades de la familia fueron confiscadas por el gobierno de O’Higgins y al anciano padre, don Ignacio de la Carrera y de las Cuevas (1747-1819), los españoles lo confinaron a Juan Fernández por haber sido vocal de la primera junta de gobierno y participante del proceso de independencia. Murió en su hogar al poco tiempo de regresar.

En 1821 acusaron a los carreristas de fraguar en Santiago cómo derrocar al gobierno de la Logia Lautarina de O’Higgins y San Martín. Entre los leales partidarios de Carrera fueron confinados los Ureta, Manuel Muñoz Urzúa, los Benavente, los Jordán, Nicolás Barrera, Bernardo Luco, Luis Ovalle y Gregorio Allende (…) llevados junto a reos comunes y prisioneros realistas…, según la recopilación de Victorio Bertulio Mancilla, profesor e historiador, director de la Casa de la Cultura de Juan Fernández.

Estos confinados carreristas eran activos hombres de negocio, políticos y militares disidentes, bastante más jóvenes que los ancianos patriotas sometidos antes al mismo calvario. El teniente coronel y alcalde Mariano Palacios maltrató implacablemente a los confinados carrerinos durante unos cinco meses, hasta que fue despojado del poder por un motín organizado por gendarmes, confinados políticos, presos comunes y mujeres. El mando fue entregado al confinado Muñoz Urzúa. Los reclusos quedaron libres, pero dentro de la isla. La fragata Constelation, de bandera estadounidense, repuso al alcalde Palacios que volvió como si fuera otra persona, dando muestras de paternal compasión hacia los prisioneros. Este episodio puso fin a ocho meses de confinamiento de los carrerinos en 1821-1822.

Prisioneros de las primeras guerras civiles

Benjamín Vicuña Mackenna documentó cómo Juan Fernández/Robinson Crusoe siguió usándose como isla-cárcel por los gobiernos conservadores que conquistaron el poder tras las primeras guerras civiles posteriores a la guerra contra España, por ejemplo los regímenes de José Joaquín Prieto (1931-1941) y de su ministro, el comerciante Diego Portales, detentor real del poder.

El preso más ilustre en esta etapa de la isla-prisión tal vez fue Ramón Freire Serrano (1787-1851), general que varias veces fue director supremo y presidente de Chile. En enero de 1826 sometió a los realistas españoles que aún controlaban Chiloé, pero perdió el enfrentamiento con las facciones chilenas que llegaron a disputar el poder en guerras civiles poco conocidas. Derrotado el 17 de abril de 1830 en la batalla de Lircay por el bando conservador del comerciante Diego Portales Palazuelos, devenido en poderoso político golpista, fue enviado al destierro en Lima. En 1836 consiguió arrendar dos buques de guerra de la Confederación Perú-Boliviana, el Orbegoso y el Monteagudo, para derrocar al gobierno de José Joaquín Prieto Vial (1831-1841).

La expedición pretendía establecer un gobierno en la Isla Grande de Chiloé y desde allí someter al territorio continental, confiando en el apoyo forjado por la gran resistencia que generaba el régimen despótico impuesto después de Lircay. Empero, tras capturar un importante fuerte en Chiloé, Freire fue traicionado por la tripulación del Monteagudo, hecho prisionero el 30 de agosto 1836 y condenado a muerte. Se redujo la sentencia a 10 años de destierro en Juan Fernández ordenados directamente por el poderoso Portales, quien desempeñaba tres de los cuatro ministerios existentes (Interior y Relaciones Exteriores; Justicia, Culto e Instrucción Pública; Guerra y Marina, es decir, todos excepto Hacienda).

La isla Juan Fernández estaba atestada de presos políticos cuando el 14 de noviembre de 1837 su guarnición se rindió sin combatir ante la inesperada presencia del general peruano Trinidad Morán, héroe de la independencia americana nacido en Venezuela, quien apareció con tres naves de guerra y alguna tropa de la Confederación Perú Boliviana.

Vencidos en la Guerra Civil de 1851

La isla-prisión renació como el Ave Fénix cuando el presidente Manuel Bulnes la habilitó para recibir a los perdedores de la guerra civil de 1851 capturados tras las poco conocidas batallas de Loncomilla y de La Serena. La guerra civil se extendió hasta el 31 de diciembre de 1851. Su objetivo era derrocar el gobierno de Montt y derogar la Constitución de 1833, elaborada por los conservadores portalianos.

Al volver a usarse como presidio, Juan Fernández pasó a ser subdelegación de la provincia de Valparaíso. Nombraron subdelegado a Juan Antonio Soto, hombre bonachón y de origen chilote, según relatos de la época. Pero de nuevo la isla concitó el odio político, oprimió ideales tronchados y castigó la esperanza fallida de quienes decidieron luchar por un mundo mejor.

El subdelegado civil Juan Antonio Soto pasó a ser alcalde de Juan Fernández. Poco se avenía con su bonachonería el papel de carcelero de aquellos compatriotas que formaban la elite política, social y empresarial de los confinados políticos, a quienes trató de hacerles más llevadera la vida. Los luchadores por más libertad la habían perdido por completo. Ahora participaban en partidas de caza, organizadas por Soto que invariablemente terminaban en comilonas de cabro asado y alegres fiestas campesinas. El alcalde evitó que los confinados pasaran hambre e incluso comenzó a rotar en su mesa a los más notables, como el anciano don Juan María Egaña, ex intendente de Santiago; Jacinto Lermanda, el capitán Jacinto Nitio, Francisco Pozo, Jacinto Carmona, doctor Miguel Guzmán, Agustín 2º Ovalle, Andrés Argandoña, el capitán de milicias Silvestre Lazo, Flores y Santos Cavada.

Enseguida, Juan Fernández recibió cerca de 200 presos trasladados desde Magallanes después de la espectacular rebelión protagonizada por el oficial Cambiaso, partidario del bando liberal en la guerra civil de 1851.

La lápida de la isla-presidio se le puso el 16 de marzo de 1854 cuando abandonó el mando del lugar el comandante Ignacio Navarrete, dejando en su lugar al capitán Ávalos, quien a su turno y en breve se dirigió al continente con los últimos confinados ya cumplida su condena. El presidio moría así de inanición. Quedaron de esta suerte en pie pero esparcidos en la playa del peñón, como tablas sueltas de un naufragio, sólo algunos dispersos colonos…, escribió Vicuña Mackenna.

En 1927 sería restablecida como penal por el dictador Carlos Ibáñez del Campo.

 

Mañana: El penal de Juan Fernández en el siglo XX.

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Comentarios

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hola, dónde se puede comprar este libro? gracias!

muy interesante la historia de la hisla juan Fernández.

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