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Sábado, 19 de septiembre de 2020
Serie historia

El Grito Mapuche (Una historia inconclusa) III

Aníbal Barrera Ortega

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Familia mapuche en 1910. Archivo de los sacerdotes capuchinos.
Familia mapuche en 1910. Archivo de los sacerdotes capuchinos.

El denominado “conflicto mapuche” tiene varios siglos de historia y múltiples aristas que dificultan su comprensión. Estudiosos y expertos de diversos orígenes y procedencias han escrito al respecto miles de páginas. En 1999, Aníbal Barrera Ortega, ex oficial de Ejército, periodista y cientista político, radicado en Temuco, escribió El Grito Mapuche, una descarnada visión del problema donde analizó los orígenes y el desarrollo del tema hasta fines del siglo 20. INTERFERENCIA reproduce en varios capítulos este libro publicado por Editorial Grijalbo. Hoy, la tercera entrega. 

Capítulo III - Lof, Tuwún y Kupalme

El Lof, desde el punto de vista social, es un conjunto de familias que están asentadas en un espacio de tierras muy definido, a partir del cual se funda su identidad individual y colectiva.

El sentido de pertenencia de cada integrante del Lof se funda en dos elementos básicos: el Tuwún (lugar de origen) y el Kupalme (tronco familiar). Estando claramente establecidos ambos elementos, una persona tiene definida su identidad social y territorial.

La organización social y el Lof estaban estructurados por las familias que cimentaban un istema institucional para establecer la relación entre ellas mismas.

El trabajo de la tierra, la siembra del trigo, las papas, la quinoa, y la caza de animales, eran aspectos principales que caracterizaban la economía mapuche. Los bienes tenían un valor de intercambio. La distribución y posesión de la tierra constituía un derecho inalienable y delimitado por la necesidad de cada uno. El derecho a la adquisición, posesión y transmisión de las tierras no pasaba por la controversia social, ya que el Lof era el espacio de convivencia y de unidad familiar, basado en la justicia y en la reciprocidad.

El Lof estaba regulado por un conjunto de normas que determinaban las relaciones entre las personas y las familias, y la forma de relación con la tierra, que se entendía como u8n derecho natural vinculado a su cultura y su identidad particular. Cada Lof estaba ordenado por el Nor Moguen, cuando se trataba de la relación entre personas, y el Ad Moguen, en lo que se refiere a la relación con la tierra.

El concepto de territorio en la cultura mapuche fue muy preciso: Walmapuche es toda la tierra habitada por las comunidades, es el espacio en donde nace y se funda la cultura mapuche, donde tiene vigencia el Mapudungun, habla de la tierra. Es el espacio del cual se tiene conocimiento de su orden y estructura, del Meli Witran Mapu, los cuatro puntos cardinales de las Tierra y, correlativamente, las cuatro estaciones del año. Es la simbología que lleva dibujada el kultrún, el tambor ritual de las machis.

Los títulos de merced son el resultado de la primera etapa de usurpación de tierras. Estos no reconocieron la estructura social institucional mapuche, ni las delimitaciones territoriales de cada Lof.

El Lof indica la ubicación precisa de cada persona en el Wallmapuche. En la cultura mapuche no basta con afirmar la pertenencia al pueblo, es fundamental el Tuwún, que se refiere al espacio donde se funda la identidad individual de los miembros del Lof.

Los títulos de merced son el resultado de la primera etapa de usurpación de tierras. Estos no reconocieron la estructura social institucional mapuche, ni las delimitaciones territoriales de cada Lof.Para la adquisición del derecho a la tierra dentro de un Lof, era fundamental la clara definición del Tuwún y del Kupalme de cada persona. Estando definido su Tuwún, no había ningún inconveniente para que cada persona pudiera adquirir o transmitir derechos al interior del Lof.

Las transformaciones

Las primeras transformaciones, desde el punto de vista territorial, comenzaron con la usurpación del territorio mediante la fuerza y la violencia militar.

La acción estatal produjo innumerables desajustes sociales, políticos e institucionales. Para asegurar definitivamente la opresión, durante la República se impusieron jurídicamente los títulos de merced que se entregaron a cada Lof mapuche.

Como se vio en el capítulo anterior, los títulos de merced son el resultado de la primera etapa de usurpación de tierras. Estos no reconocieron la estructura social institucional mapuche, ni las delimitaciones territoriales de cada Lof.

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Las provincias de Malleco, Cautín y Valdivia en la década de 1940. Reunían poco más de un millón de hectáreas agrícolas divididas en unos 4.500 predios.
Las provincias de Malleco, Cautín y Valdivia en la década de 1940. Reunían poco más de un millón de hectáreas agrícolas divididas en unos 4.500 predios.

Claramente, las medidas de radicación de las comunidades obedecían a un plan de división, de resquebrajamiento de la unidad comunitaria. Las decisiones gubernamentales fueron fundamentalmente violentas y arbitrarias, porque recién se venía saliendo de una confrontación muy fuerte entre los mapuches, que defendían sus territorios, y el Estado chileno, que adoptaba medidas militares de invasión territorial totalmente aniquilantes de los Lof.

Las políticas de colonización territorial y militar por parte del Estado chileno se materializaron de distintas formas. Para conseguir sus propósitos, abrieron oficinas en Alemania, Francis, Italia y Suiza con la finalidad de traer europeos que colonizasen el ancestral territorio mapuche.

Las tierras entregadas a los colonos fueron muchas, más todo el apoyo material del gobierno chileno. En cambio, a los mapuches se les entregaron pequeñas extensiones. El propósito de la colonización territorial con extranjeros fue impulsar el rápido poblamiento de las ciudades que comenzaban a nacer sal interior del territorio mapuche con el respaldo del Ejército.

“Los conceptos de Wallmapu, como la totalidad de la tierra, y de Walmapuche, como el territorio habitado por nuestro pueblo, fueron abruptamente interrumpidos con la entrega de los títulos de merced- Esta forma de usurpación no sólo dividió a las comunidades mapuches, sino también a las identidades territoriales, y rompió las relaciones sociales del Lof y la forma de adquisición, transmisión y complementación del conocimiento que se realizaba mediante el Ngulamtuwún, cuya práctica fue impedida de continuar.

Las radicaciones

Después de la derrota militar de 1881, los primeros tiempos fueron de sumo desconcierto para el mundo mapuche. Los viejos lonkos y caciques se desplazaban frecuentemente a Santiago para hablar con el Presidente de la República y sus ministros, en la esperanza de detener la fundación de más pueblos. Durante casi 20 años, el Ejército debió alimentar a miles de mapuches que deambulaban entristecidos alrededor de los fuertes militares.

Entretanto, los chilenos discutían qué hacer con esos casi cien mil mapuches de lo que es hoy la Región de La Araucanía. El Ejército –por una obvia predisposición derivada del habitus profesional- respetó y utilizó la estructura jerárquica del mundo mapuche. Colonos, comerciantes e industriales, muy interesados en la ocupación rápida der los territorios, abogaban por las mediciones, los loteos y los remates. Este sector -dice José Bengoa en su Historia del Pueblo Mapuche- consideraba peligroso que los caciques mantuvieran su poder y buscaban la dispersión y el aislamiento de la población mapuche. Los funcionarios del Estado intentaban una rápida política de integración de los indígenas a la sociedad chilena.

Pero todos discutían la manera más eficaz de repartir tierras a los mapuches. Se optó por radicar a los jefes familiares y caciques locales, junto a sus mocetones y familias. Se reconocía al lonko principal de cada localidad y se le radicaba con toda la gente que “le pertenecía”. La familia del principal, sus allegados, vecinos y otras familias que allí vivían o simplemente eran asignadas, formaban parte de la reducción. Surgió asó la comunidad reduccional, no conocida con anterioridad por los mapuches. Será lo característico del siglo XX.

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Familia mapuche a comienzos del siglo XX. Archivo de los sacerdotes capuchinos.
Familia mapuche a comienzos del siglo XX. Archivo de los sacerdotes capuchinos.

El sistema importó un ingente cambio cultural. Los mapuches fueron socialmente transformados; sus espacios de producción y reproducción mermaron grandemente, y debieron cambiar sus costumbres, hábitos productivos y sistemas alimentarios. Quedaron transformados en una sociedad agrícola de pequeños campesinos pobres-Los cultivos pasaron a ser de subsistencia; y la ganadería a escala reducida pasaron a ser –y lo son hasta hoy. Su base de mantención.

Relata José Bengoa:

-Rematadas las tierras, instalados los colonos, formándose los fundos y las haciendas, desarrollándose las ciudades, se organizó una sociedad blanca en la región. Ya a fines del siglo XIX ésta había sido construida. Los mapuches pasaron a ser minoría práctica, aunque pudieran ser mayoría numérica. Se construyó un mundo cultural blanco en continuidad con el resto de Chile, que cercaba y constreñía a los indígenas, ahora encerrados en sus reservaciones. La sociedad mapuche se readecuó a los nuevos tiempos como una sociedad minoritaria, marginada, cercada por la chilena,  enclaustradas en sus reducciones. De este encierro surgió su cultura de resistencia, la fuerza interna que le permitió sobrevivir.

Versatilidad

Vemos, por otra parte, que los mapuches han sabido dar muestras de una gran versatilidad en la defensa de lo suyo, de su cultura. No siempre hicieron la guerra. A lo largo de cuatro siglos mostraron también ser excelentes negociadores. En capítulos posteriores daremos cuenta de las distintas organizaciones mapuches que se esforzaron por mantener la vigencia de la estirpe y de sus estilos de negociación.

Nos permitieron relatar un episodio anecdótico, por estimarlo ilustrativo de lo que estamos afirmando. El 9 de abril de 1999 recibimos en Angol la visita del periodista polaco Maciej Stasinski, corresponsal en viaje del diario Gaceta de Varsovia, que reporteaba en Malleco el conflicto mapuche en función de entrevistar al presidente Eduardo Frei durante su gira a Polonia.

Stasinski manifestaba no poder comprender en absoluto la altísima votación obtenida por la opción Sí en el plebiscito del 5 de octubre de 1988, entre la ruralidad mapuche de las provincias de Malleco y Cautín. El colega polaco manejaba buenos antecedentes sobre la crueldad alcanzada por la represión de la dictadura militar entre 1973 y 1975 en contra del campesinado mapuche.

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Una joven madre mapuche con su hijo. Archivo de los sacerdotes capuchinos.
Una joven madre mapuche con su hijo. Archivo de los sacerdotes capuchinos.

Se le intentó explicar que los mapuches no habían sido exactamente partidarios del general Augusto Pinochet, pero que las políticas aplicadas por la dictadura, si bien desconocieron absolutamente la especificidad de la etnia mapuche, resultaban funcionales -en una perspectiva que podríamos llamar “táctica”- a que las comunidades indígenas mantuvieran precariamente sus vínculos y que, por ende, pudieran pensar en mantener sus ímpetus existenciales y de vigencia histórica. Recuérdese que las políticas pinochetistas hacia los mapuches apuntaron al otorgamiento de títulos individuales de propiedad y al crecimiento de la electrificación rural.

En el mismo contexto, dijimos a Stasinki que la ancestral sabiduría de los lonkos los acercaba –a nivel quizás sí instintivo- más a los militares que a los tradicionales exponentes del mundo de la política chilena. Expresión de esto nos parece el fervor que suscita la conscripción militar entre los jóvenes mapuches.

A mayor abundamiento, José Bengoa afirma que inmediatamente después de la Pacificación la autoridad chilena tenía en su mano la posibilidad de mantener la estructura social, altamente jerarquizada, de la sociedad mapuche; tenía la posibilidad de entregar grandes concesiones de tierras, dominios colectivos bajo el mando de un cacique; la autoridad tuvo la posibilidad de permitirles un cierto desarrollo autónomo. Pero lo ocurrido fue justamente en el sentido contrario. Paradojalmente, fueron los militares quienes fomentaron la mantención de la estructura jerarquizada, y los humanitarios, los liberales, los educadores, los sectores más pro indígenas, quienes fomentaron la dispersión y desagregación de la sociedad mapuche.

Desde las radicaciones de los años 80’ del siglo XIX los mapuches han sabido mostrar una enorme capacidad de adaptación y de sobrevivencia cultural. Llama la atención su capacidad política. En los primeros años del siglo XX comenzaron a tener presencia en el Partido Demócrata, que representaba intereses populares. Los hijos de los caciques que han pasado por la historia, aparecieron entonces haciendo política, vestidos de terno y corbata, el pelo engominado, defendiendo los derechos de La Araucanía, realizando alianzas políticas con los chilenos. En 1910 se fundó en Temuco las Sociedad Caupolicán, defensora de La Araucanía, que tendría una enorme presencia durante más de medio siglo.

* Revisa aquí la segunda entrega de la Serie Historia. 

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