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Martes, 23 de julio de 2019
Civilizaciones solares

El poder que los eclipses dieron a los imperios antiguos

Ricardo Martínez

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imagen mesoamericana de un eclipse
magen mesoamericana de un eclipse

El conocimiento de los ciclos de fenómenos recurrentes, como las crecidas de los ríos, el sucederse de las estaciones del año o los mismos eclipses, proporcionaron durante siglos ventajas culturales y de carácter incluso místico a las sociedades o civilizaciones que eran capaces de dar cuenta de dichos eventos e incluso adelantarse a su ocurrencia. Muchos imperios en diferentes lugares de la Tierra debieron al menos parte su poder político e influencia ideológica a dichos saberes.

Hoy 2 de julio de 2019 se podrá contemplar en Chile un eclipse solar que ha venido siendo anunciado y promocionado incluso turísticamente desde hace años, con un peak de la cobertura alcanzado en los últimos meses y semanas, incluido un nuevo volumen de divulgación astronómica a cargo del Premio Nacional de Ciencias Exactas, José Maza.

A estas alturas ya se ha escrito mucho sobre la naturaleza del fenómeno, la capacidad de ubicarlo con precisión tanto en el tiempo como en el espacio con mucho adelanto y otras series de datos anexos -incluidas las ya tradicionales alusiones a la cultura pop, Bonnie Tyler incluida- que enriquecen los preparativos.

Pero quizá se puede dar una vuelta más al fenómeno indagando sobre la historia de la predicción de los mismos y su efecto clave en el triunfo o derrota de los imperios políticos del pasado.

Maza, los lidos y los medos

En su reciente libro arriba mencionado, Eclipses, José Maza comenta que quizá uno de estos fenómenos más recordados por sus implicancias históricas fue el que sucedió en el año 585 a.C. en la costa de Anatolia, hoy Turquía. Por aquellos días se enfrentaban en una guerra de avance territorial los medos, que venían desde el este, y los habitantes de Lidia que querían detener su avance de fuego y sangre hacia el Occidente. 

Maza señala que la leyenda atribuye a Tales de Mileto el pronóstico del eclipse solar de aquel año, para el lado de los lidios, que dejó boquiabiertos a los medos que “se sintieron sobrepasados y rápidamente estuvieron dispuestos a firmar la paz”. Ello porque habitualmente los eclipses solares se interpretan como señales de mal augurio.

La predicción de los eclipses solares (y también los lunares) requiere en primer lugar un conocimiento acabado de los ciclos de desplazamiento de los cuerpos celestes, en particular del Sol y la Luna, y para ello se hace absolutamente necesario disponer de buenas mediciones y buenas tablas de detalle de los estados futuros de dichos desplazamientos. 

Los arqueoastrónomos, los especialistas que estudian la cultura astronómica del pasado remoto, han llegado a proponer que el conocimiento de los fenómenos celestes data de varias decenas de miles de años, siendo uno de los detalles más interesantes que estos conocimientos durante milenios estuvieron fragmentados a lo largo de las civilizaciones que dominaban diferentes regiones del planeta, y, asimismo, que dicho conocimiento separaba claramente la concepción de fenómenos como los eclipses entre la gente de a pie y los iniciados más científicos, como señala Richard Carrier en un artículo académico de 1998 sobre el tema.

Así, chinos, egipcios, mayas o los mismos romanos, disponían, en sus clases más cultivadas, de extraordinarios repertorios de datos sobre la astronomía que estaban vedados a la plebe, por una parte, y también a las sociedades rivales que los circundaban.

Por ejemplo, de acuerdo con el hallazgo del antropólogo estadounidense William Breen Murray realizado en una locación del norte de México conocida como Presa de la Mula, un petrograbado que data del periodo entre 2000 y 3000 a.C., en su “serie horizontal de matrices lineales muestra propiedades numéricas de una variedad característicamente lunar. Varias cuadrículas de puntos y líneas parecen registrar no solo el mes lunar estándar que oscila entre 27 y 30 días, sino también los múltiplos de ese período. En varios casos, surge el número 207; si cada marca de trazo representa un día, la duración total es igual a 7 meses lunares, una duración que podría representar la ocupación estacional del área por parte de la tribu, o, lo que resulta menos probable, incluso podría ser un semestre lunar empleado para predecir eclipses” (Anthony Aveni, Empires of Time, 1989).

El mismo Aveni sostiene que el dominio del tiempo (esto es, del calendario) y en especial del Sol resulta un factor esencial para entender a los estados del pasado que hoy consideramos imperios: “Algunos de estos estados son imperios que crean su propio tiempo. Los clasificamos bajo ese término de imperial, e incluye a las antiguas civilizaciones inca y azteca del Nuevo Mundo precolombino. Otros se llaman ciudades estado, un término que se ha aplicado a la antigua civilización maya de América Central como forma de connotar un menor grado de hegemonía política”. 

El control del tiempo -y del Sol- no solo daba un aura mística a estas civilizaciones, sino que constituía una de las bases de la burocracia, organizada en torno a ciclos anuales de producción, celebraciones y rendimiento.

Bonus: Eclipses en otros planetas

Los eclipses fueron entendidos como fenómenos básicamente terrestres (asociados, como se ha señalado, al ascenso de los imperios y de algunas ciudades estado) hasta entrado el siglo XVII cuando Galieo Galiei describió los primeros satélites (lunas) naturales extreterrestres circundando Júpiter, a los que llamó I, II, III y IV y que luego tomarían los ahora conocidos nombres de Io, Europa, Ganimedes y Calisto.

La pregunta clave, para el caso, es si estos satélites naturales o las decenas de otros que habitan el sistema solar generan eclipses.

De acuerdo con el sitio de astronomía aficionada de la Universidad de Cornell en los Estados Unidos, para que un planeta pueda experimentar eclipses solares deben darse varias condiciones simultáneamente. 

La primera, que resulta obvia, es que el planeta disponga de al menos una luna o satélite. Este no es el caso ni de Mercurio ni de Venus. 

La segunda es que el tamaño aparente de aquel o aquellos satélites sea similar o mayor al del Sol. De no ser así, el tránsito del satélite frente al Sol provocando una sombra será muy menor, algo similar a lo que sucede en la Tierra durante los escasísimos tránsitos de Venus. Y aquí los planetas en que esto se da con más frecuencia es en aquellos que poseen lunas masivas, como Júpiter o Saturno: “las lunas de Júpiter experimentan eclipses una vez por cada órbita, y aquellas alrededor de Saturno pueden ver regularmente al Sol eclipsado por los anillos de Saturno antes y después del eclipse regular”.

La tercera es que la órbita de la luna y la órbita del sol deben coincidir en frente del planeta, lo que en algunos casos es muy infrecuente. Esta es la situación de Plutón, junto a su luna -Caronte- que, si bien es tan grande aparentemente respecto del Sol que llega a ocultarlo por varias horas cuando se cruzan en la visión desde el planeta (al punto que en estos casos más que de eclipse, se habla de ocultamiento), “debido a la gran inclinación de la órbita de Caronte y al largo año de Plutón, los eclipses ocurren solo durante un par de años [terrestres] por cada siglo”, señala Cornell. “Plutón y Caronte pasan varios años eclipsándose entre sí cada día de Plutón (6,4 días terrestres), luego no hay eclipses por los próximos 120 años”.

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