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Sábado, 19 de septiembre de 2020
Archivo histórico

Este hombre inventó la música para encerar...y nadie lo sabe

Ricardo Martínez

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Interferencia
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Aunque poco se sabe de la vida y obra de Luis Gómez Escolar, se trata de una figura clave en la balada romántica latinoamericana durante los años 70, 80 y 90, período en que sus canciones dominaron la escena musical hispana.

Esta es una historia que tiene más de cuarenta años y que comienza con unos sábados eternos, canciones de protesta, música cebolla, un trágico accidente, un número 1 del Hot 100 del Billboard, un Grammy y una copa del mundo de fútbol. En ella hay baladistas italianos y franceses de los setentas, músicos latinoamericanos de los ochentas y un sonido inolvidable. 

Había algo vespertino y mortecino en esas cuatro notas que se repetían una y otra vez en el inicio de “Gavilán o Paloma” de Pablo Abraira. Algo matinal y melancólico en esas cuatro notas como de tiple que se repetían en el inicio de “La quiero a morir” de Francis Cabrel. Y algo parecido al verano perdido en el “uuu-uuu-uuu” de “Piel” de Sergio y Estíbaliz o algo similar al dolor y el silencio en la voz de Yuri y la orquesta que la acogía cuando cantaba “Maldita Primavera”.

Año tras año, en cada otoño escolar, en cada invierno colegial, estas canciones iban trazando nuestra educación sentimental en los postreros setentas y tempranos ochentas. Como dijo una vez Daniel Villalobos en su libro “El Sur”, nuestros padres no coleccionaban estos discos, raramente atesorábamos estas melodías en un cassette, pero allí estaban, como la plaza de la esquina, como el quiosco de las revistas, como el mismo clima del año en una calle cualquiera de Santiago o cualquier ciudad de Hispanoamérica.

Con ellas aprendimos del sufrimiento que nunca pudimos experimentar verdaderamente. En medio de las noticias, al ritmo de las tareas, junto con el pan y con la leche con nata, eran la banda sonora de la vida. Como si estas canciones hubieran estado siendo tocadas por el guionista de la vida, como una música de fondo de la que no nos dábamos cuenta de su existencia, como cuando el personaje de una película se aleja por la carretera y suena el tema final.

Entonces muchos nos empezamos a concentrar nuevamente en estas canciones, y nos hicimos de los vinilos, coleccionamos las carátulas, empezamos a escribir las entradas de la Wikipedia sobre estos éxitos olvidados.

Un feliz hallazgo

Y descubrimos algo: Detrás de esta banda sonora había un grupo de creadores que había estado orquestando todo. Algunos de esos nombres los conocíamos: José Luis Perales que, además de ser él mismo un cantante, era el responsable de “Por qué te vas” de Jeanette o de “La llamaban loca”; Manuel Alejandro, que había creado “Procuro olvidarte” de Hernaldo; “Como todos” de Nino Bravo; “Señora” de Rocío Jurado; “En carne viva” de Raphael o “Dueño de nada” de José Luis Rodríguez (“El Puma”); Juan Carlos Calderón, el autor de “Eres tú” el éxito incombustible de Mocedades y muchos más. 

En muchos de esos discos aparecía una y otra vez un nombre que no solía mencionarse más allá de los mismos sleeves: el español Luis Gómez Escolar, que aparecía firmando como letrista en prácticamente todas las versiones en español de los baladistas románticos franceses o italianos. ¿Ejemplos? Francis Cabrel, con “La quiero a morir”; Joe Dassin, con “A ti”; Herve Villard, con “Vuelve”; Matia Bazar, con “Sólo tú”; Ricci e Poveri – Será porque te amo; Raffaella Carrá – Fiesta y muchas otras, además de aparecer en innumerables creaciones haciendo tándem con Honorio Herrero, como en “Palabra de honor”, el primer gran éxito de Luis Miguel.

Pese a que Luis Gómez Escolar inventó la música para encerar, ni siquiera tiene su propia entrada en la Wikipedia. En ningún lado aparece su fecha de nacimiento (aunque últimamente se ha documentado que fue en 1949), ni la ciudad donde nació. Las poquísimas páginas que hablan de la carrera de Luis Gómez Escolar reiteran que uno de sus momentos más altos es cuando en 1975 con sus dos compinches Honorio Herrero y Julio Seijas armaron una banda de hueveo que se llamaba “La charanga del Tío Honorio”. 

Un ramito de violetas

Como una señal que refuerza el carácter antifranquista de Luis Gómez Escolar, a mediados de los setentas inició un noviazgo con la cantautora Cecilia que, según todas las fuentes, era considerada en aquella época la “Joan Baez o la Janis Ian española” y se resaltaba su parecido físico con Ali MacGraw.

Cecilia fichó muchos temas clásicos del cancionero popular de protesta español, pero su mayor reconocimiento viene por una balada desgarradora llamada “Ramito de violetas” en que aborda la vida doméstica y las relaciones de pareja de hace ya casi medio siglo. “Ramito de violetas” fue cubierto en Chile por Zalo Reyes en 1985.

Escolar, entonces, en 1975 tomó el pseudónimo de “Simone” y sacó un LP homónimo. El disco tenía música de Juan Carlos Calderón. Le fue pésimo. El disco era demasiado introspectivo. Escolar dijo en algún momento posterior que “había llegado demasiado tarde” a la hora de los cantautores.

Bien entrados los ochentas, Luis Gómez Escolar fue una pieza clave en la construcción del tipo de estrella musical que empezaría a llevarla: “el cantante cazachicas”. Esto es, un baladista que además de cantar bonito, fuera muy atractivo para las mujeres y/o las lolas. Pensémoslo bien, ni Nino Bravo, ni José Luis Perales, ni Gianni Bella eran en su época un dechado de atractivo. Nada en comparación con los Ricky Martin o los Chayanne.

Esta tendencia del “cantante cazachicas” comenzó justo inmediatamente antes del auge de Miami como centro de la producción musical para la región, y fue en México donde le puso letra a Luis Miguel (cuando todavía era casi un niño) y Emmanuel. ¿Y quién estuvo allí para hacerles sus canciones-éxito? Obvio: Luis Gómez Escolar, con temas como “No me puedes dejar así” y “Bella señora”. 

Claro, uno podría pensar que todo comenzó en realidad con el Miguel Bosé que “creó” Luis Gómez Escolar, con temas como “Te diré”. Y seguro que es verdad. El punto es que en México la tendencia se volvió un modelo de producción comercial de artistas de alcance más global que la cocina latinoamericana. En efecto, una clara señal de este producto de exportación latino fue uno de los logros mayores de Escolar en su carrera, cuando ideó, en conjunto con Juan Carlos Calderón, la canción que Luis Miguel cantaría en dueto con Sheena Easton, “Me gustas tal como eres”, en 1984.

Esta canción finalmente consiguió el Grammy y señaló el camino para lo que vendría después.

La música para hacer el aseo se vuelve tecno y dance

En las innumerables líneas de fuerza de la música para hacer el aseo siempre Luis Gómez Escolar estuvo allí. De hecho, cuando el sonido “lush” quedó anticuado y aparecieron los sintetizadores, esta música se transformó en algo más similar al tecnopop en boga de los “early eighties”. Gómez Escolar facturó las letras de muchos títulos de este sub-subgénero.

Del mismo modo, mucho de lo que se llamó “la Movida” fue facturado en los laboratorios de los sellos madridistas con Luis Gómez Escolar haciendo la pega secreta, incluso para musas almodovarianas como Bibi Andersen.

Recuerdo que mi hermano me contó que una vez que estuvo en México a fines de los ochenta y le tocó ir a la casa de un productor e Televisa. Este en un momento abrió un cajón y le mostró un CD y un VHS en cuya carátula había alguien que bien podría haber sido un “cantante cazachicas”. El productor le dijo a mi hermano: “Este será el nuevo Luis Miguel”.

Aquí es donde todo se vuelve atroz, y mi infancia/nostalgia se fractura. Habría que ser muy leso para creer que esto pasaba en México a fines de los años ochenta y no en la España del “Torrelaguna Sound”. Quizá la música para encerar también fue simplemente una creación de laboratorio, y todo lo que nos evoca quizá fue ideado por mentes siniestras que lo único que querían era vender discos. Así, esa sensación de identidad que proporcionaban esas canciones, ese relato de la vida doméstica, infantil o femenina, eran un “bluff”. 

Dulce embustero

Apesadumbrado por estos oscuros presagios llamé hace un par de días a mi amigo, el crítico musical Marcelo Contreras y le pregunté cómo poder tratar lo que había descubierto.

Me contestó: “Puede ser que en realidad no podamos pensar en Luis Gómez Escolar como un héroe, sino que tengamos que hacerlo un villano. Pero, por otro, lado, es como la historia del creador de Motown -Berry Gordy-, alguien que realmente era un enorme talento y descubrió cómo hacerse rico con él. Eso no tiene por qué ser un problema”.

Me quedo entonces con esas melodías y letras de la infancia, cuando no sabíamos nada de esto, como en su canción más memorable, “Maldita primavera”, cuya letra hoy cobra otro sentido: “Fue más o menos así: / vino blanco, noche y viejas canciones / y se reía de mí / dulce embustera, la maldita primavera / pasa ligera / me maldice solo a mí…”.

Porque, finalmente, como dijo Hervey Dent: “Muere siendo un héroe o vive lo suficiente para convertirte en un villano”.

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Comentarios

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Muy importante y maravillosos hallazgos para los que nos gusta este tipo de autores que no le apuestan a la cifra el marketing o el estrellato

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