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Jueves, 28 de mayo de 2020
Bajo la dictadura de Pinochet

La dura realidad del hambre en el crudo invierno de 1984

Manuel Salazar Salvo
Patricia González

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Portada de revista Cauce, junio de 1984
Portada de revista Cauce, junio de 1984

El 26 de junio de 1984 la revista Cauce, el semanario más vendido en Chile en esos años, dirigida por el periodista Edwin Harrington, publicó este artículo donde se afirmaba que el hambre afectaba a no menos de cinco millones de personas en nuestro país. Los pobladores ya no preparaban ollas comunes porque carabineros y civiles llegaban a volteárselas, y que los preescolares, entre dos y seis años, estaban recibiendo la mitad de las calorías que necesitaban. Un descarnado retrato de la realidad en aquel tiempo.

Hoy (junio de 1984), aproximadamente un millón 300 mil compatriotas se encuentran sin trabajo. Cada uno de ellos, en la gran mayoría de los casos, son jefes de familia y tienen la responsabilidad de velar por su mujer y sus hijos. Pero ¿cómo proporcionarles el sustento diario si el país en que habitan les niega la posibilidad de hacerlo?, ¿qué explicación pueden darle a sus hijos cuando éstos les piden comida y no hay?, ¿cómo educarlos?, ¿con qué vestirlos?, ¿cómo protegerlos del frío?, ¿a quién recurrir", ¿qué hacer?

Para los que le siguen inmediatamente en la escala social, la situación no es muy diferente. Son varios los millones de chilenos que ganan dos, cuatro, seis u ocho mil pesos mensuales y que deben mantener una familia de tres, cuatro o cinco personas.

Aunque no hay estadísticas que lo digan, no son menos de cinco millones de ciudadanos los que en la actualidad enfrentan serias dificultades para alimentarse, pasan hambre o están al filo de ella.

Un niño requiere a lo menos de dos tazas de leche al día, 300 gramos de carne a la semana y pescado cuatro veces al mes. Eso es lo mínimo. De no proporcionárselo, el menor comenzará lentamente a consumirse. Primero adelgazará, luego se tornará abúlico y ensimismado. Posteriormente enfrentará una anemia que empezará a agudizarse. Se tornará propenso a las enfermedades y comenzará a sufrir daños irreversibles que afectarán su cuerpo y su mente.

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Portada de revista Cauce, junio de 1984
Portada de revista Cauce, junio de 1984

El doctor Ricardo Saavedra, jefe del programa de salud en el Área Norte de Santiago, que impulsa la Fundación Misio, conjuntamente con la Vicaría de la Solidaridad, señala que se están presentando serios retrasos en el desarrollo psicomotor de los niños, apatía en sus quehaceres escolares, desmayos y vómitos por falta de alimentos, quedándose dormidos en clases un porcentaje considerable de muchachos debido al hambre. Muchos de ellos, agrega, aspiran neoprén para inhibir el apetito.

Los testimonios de las madres pobladoras son dramáticos. Muchos aún se niegan a reconocer que sean ciertos, obnubilados por la propaganda del régimen. "Hoy vamos bien y mañana mejor". ¿Quiénes son los que van bien? ¿A quiénes les irá mañana mejor? .

1.200 pesos para 12 personas 

Clementina es una pobladora de La Pincoya vive al final de Recoleta, encaramándose en los cerros. Tiene a su cargo 12 personas. Tres de ellos son sus hijos (de cuatro, ocho y once años). No tiene ningún tipo de ingreso. Vive sólo de lo que los niños logran vender o limosnear. "Cuando hay carreras de caballos en el Hipódromo, dice, ellos van con una canasta de huevos duros para venderlos. Lo terrible es cuando los carabineros los detienen porque les quitan toda la mercadería". Su situación es crítica.

Han vendido lo poco que tenían para poder comer. "Ahora que estamos en invierno la cosa se pone peor", añade. "Da pena ver a los niños, ni siquiera tienen camas y duermen todos amontonados en el suelo".

Muchas de las mujeres tienen temor de contar su experiencia. Una de ellas, Lily, da cuenta del motivo: "Ahora ni siquiera podemos recurrir mucho a las ollas comunes porque la gente tiene miedo a la represión.

Cuando se sabe que tenemos una olla, llegan los pacos y gente de civil y nos dan vuelta la comida y perdemos todo. Nos acusan de hacer política, cuando lo único que hacemos es tratar de matar el hambre. Por eso lo que hacemos ahora es juntarnos cinco o seis familias en alguna casa y cocinamos todo lo que tenemos. Generalmente la comida nos alcanza para tres días. El resto de la semana nos vamos a puro té".

Los relatos, casi todos en el mismo tono, prosiguen: "Nosotros somos cinco personas en mi casa. Recibimos 120 pesos diarios. Mi casa no tiene fonolas, sólo plástico, y se llueve entera. Cocinamos sólo papas con chuchoca, que nos conseguimos en Caritas. Compramos un kilo de pan y lo hacemos durar tres días. En la población todos hacemos sólo dos comidas diarias. Nos levantamos tarde y nos ahorramos el desayuno. Almorzamos lo más tarde posible y nos aguantamos hasta las ocho o nueve de la noche para tomar once con té y pan".

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Olla común en campamento de Macul. Foto de Nelson Muñoz.
Olla común en campamento de Macul. Foto de Nelson Muñoz.

Otra pobladora también narra su vivencia: "La ayuda que nos llega de los policlínicos del SNS es mínima. Además, la mayoría tenemos que vender esa leche para poder comer algo. Es cierto que sólo nos dan 60 u 80 pesos por kilo, pero eso nos sirve para comprar caldo y fideos. La gente que menos tiene está encerrada en sus casas. Nos enteramos de sus problemas por lo que se conversa en los almacenes y luego vamos a verlos para ayudarles.' Hay un caso, en la población, de un caballero que vivía con mil 200 pesos y mantenía a 12 personas. Agonizaba y no quería contar lo que le pasaba, por miedo".

Casos como estos se repiten y repiten. En cada población, en cada barrio e incluso ya en sectores medios y medios altos. Empleados públicos, estudiantes universitarios, dependientes de comercio, vendedores y también profesionales, sienten que cada día que pasa se hace más difícil acceder a las comidas diarias.

La crisis se diversifica porque asume diversas situaciones colaterales. El doctor Saavedra indica que "los jóvenes sin expectativas abandonan sus hogares, aumentando considerablemente la delincuencia, la drogadicción, el alcoholismo y la prostitución".

Hasta hace poco las niñas dejaban sus casas para prostituirse lejos de ellas. Hoy, sin embargo, el problema se ha agravado a tal punto que menores de 10 ó 12 años se prostituyen por comida o por algunos pesos en sus propios barrios.

En esta pendiente sin fin, la mujer es la más perjudicada. Si es niña o jovencita se da cuenta que vendiendo su cuerpo puede mantenerse sin grandes dificultades. Si es mayor o no tiene el atractivo suficiente para competir en este inusual mercado, lucha denodadamente por ayudar a su hombre.

En ese combate, cuando se logra conseguir algún alimento, siempre se privilegia a los niños y a la persona que eventualmente trabaja. Al término de los quehaceres siempre su ración será menor, casi insignificante.

¿Tierna infancia?

En 1974, el Instituto de Economía de la Universidad Católica de Chile conjuntamente con ODEPLAN elaboraron la primera parte de lo que se llamó "Mapa de la Extrema Pobreza".  En él, a partir del XIV Censo Nacional de Población y 111 de Vivienda, efectuado en 1970, se llegó a importantes conclusiones. De las 8.870.000 personas censadas se comprobó que 1.916.000 podían ser clasificadas en extrema pobreza, o sea poco más del 21% de la población. De ese total, 1.300.000 vivían en el área urbana y 616.000 en el sector rural. Alrededor de 1.110.000 se concentraban en las provincias de Coquimbo, Valparaíso, Santiago, Concepción y Cautín.

Se concluyó en la oportunidad que cerca del 50% de la población en extrema pobreza era menor de 16 años y que el 40% de los niños en edad escolar no asistía a clases. Las ocupaciones que agrupaban la mayor proporción de pobres que estaban dentro de la fuerza de trabajo eran los agricultores (29,4%), los artesanos (21,06%), obreros (8,1%), principalmente de la construcción, y vendedores (4,5%).

Con el propósito de paliar en parte los problemas de este sector, el régimen de Pinochet implantó un subsidio a la cesantía por medio del Plan de Empleo Mínimo (PEM). Se aseguró, al crearlo (Decreto Ley 603), que quienes a él ingresaran no podían ser considerados empleados del Estado y que la labor que cumplirían no excedería las 15 horas semanales.

En marzo de 1975 se habían incorporado 19.000 personas. En diciembre de ese año aumentaron a 126.000. Cinco años después, en 1980, llegaban a 190.000 y el programa ya no se trataba de un subsidio. Debían cumplir una faena de 48 horas semanales a lo menos y se les empleaba en prácticamente todas las tareas pesadas que emprendían los distintos servicios del Estado. Con ellos se construyeron caminos, se abrió la Carretera Austral, se removieron escombros y se limpiaron ríos. El tan bullado "subsidio" se transformó en verdadera explotación, pagándoles 1.300 pesos primero y dos mil pesos después. En 1983 alcanzaban a 340.000 en todo Chile.

Según un informe del CISEC, el costo de una dieta promedio mínima durante agosto de 1977 era de 17 pesos por persona al día. Una familia de cinco integrantes, durante 30 días, necesitaba 2.550 pesos sólo para alimentarse. El salario mínimo en aquel  tiempo era de 1.800 pesos. ¿Qué comían?  ¿Con qué se vestían? ¿Y la luz? ¿Y el agua? , ¿Y los medicamentos? ¿Y la educación de los niños?

Las secuelas aparecieron pronto. De acuerdo a un informe del Ministerio de Salud, en 1973 se registraron en Santiago 3.688 casos de fiebre tifoidea. En 1978 hubo que tratar 12.500 casos. En esa época el Servicio Nacional de Salud controlaba aproximadamente un millón de niños en todo el país y señalaba que cerca de un 15% presentaba problemas de desnutrición. No obstante, diversos estudios dieron cuenta que los indicadores del ministerio presentaban un 40 ó 50% de subestimación, error que surgía de la recolección, tabulación y clasificación de los datos. Un informe de CONPAN al respecto fue corroborado por una investigación efectuada en el Departamento de Nutrición de la Facultad de Medicina de la U. de Chile, asegurándose que a las cifras del Ministerio debían agregárseles entre 10 y 12 puntos.

En diciembre de 1976, el Centro de Desarrollo Cooperativo (CENDERCO) hizo un análisis en la zona rural de Talca estableciendo que la desnutrición total de niños entre cero y seis años alcanzaba al 46%. Dos años más tarde la misma entidad evaluó la zona de Lampa - Batuco, comprobando que la desnutrición de los niños en similar periodo de edad llegaba al 36,5%.

El doctor Eduardo Atalah y un grupo de colaboradores, todos investigadores de la U. de Chile, concluían en diciembre de 1976 que "los mayores déficits de dieta se presentan en los adolescentes de bajo nivel de vida, donde cubren sus necesidades nutricionales sólo el 33% de la población respecto a calorías, 78% en proteínas, 55% en vitamina A y 83% en hierro".

Ya en esos años, el Dr. Jorge Jiménez de la Jara, en un estudio sobre la desnutrición en Chile detectaba "fenómenos nuevos en el problema nutricional, tales como la aparición de la desnutrición en familias de nivel profesional y el agravamiento de la desnutrición en escolares y adolescentes".

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Población La Victoria. Foro de Héctor López
Población La Victoria. Foro de Héctor López

Gente derrotada

La doctora María Eugenia Radrigán, pediatra del hospital Roberto del Río y docente de la U. de Chile, considera que el problema de la desnutrición no es sólo médico. Cree que no se puede hacer política de salud entre gente de extrema pobreza que se siente derrotada y que no tiene ninguna esperanza de salir de la situación en que se encuentra. Asegura, además, que todos los diagnósticos de desnutrición debieran ser hechos por médicos y no por auxiliares como se practica actualmente en los consultorios y policlínicos dependientes del Ministerio de Salud.

Refiriéndose a los índices de desnutrición, mortalidad o morbilidad infantil, manifiesta que "no se procede correctamente al elaborarlos con cifras aleatorias. EI Ministerio debiera preocuparse de los sectores de extrema pobreza pues allí radican las dificultades. Si se determinasen los índices existentes en los sectores poblacionales más deprimidos es seguro que estos presentarían porcentajes muy superiores a los exhibidos. La desnutrición infantil no se soluciona atendiendo a los menores enfermos sino que eliminando las causas de ésta y la única forma es mejorar el nivel de vida de sus padres".

María Eugenia Radrigán está convencida de que los logros por los cuales se enorgullecen las actuales autoridades de la salud responden a la labor efectuada en los últimos 25 años por el Servicio Nacional de Salud que, a través de todo el territorio nacional, hizo posible el éxito de diversos programas sanitarios, entre ellos el descenso de los índices de desnutrición y mortalidad infantil.

Le preocupa que el momento de rehabilitar a los niños desnutridos se prolongue nada más que hasta los tres o cuatro años de edad. Luego, manifiesta, los daños son irreversibles. Añade que en la actualidad los preescolares (entre dos y siete años) están recibiendo menos de la mitad de las calorías que necesitan. "Ello, explica, los hace muy poco resistentes a las enfermedades, les resta posibilidades para que exploren el ambiente y reciban los estímulos requeridos para que más tarde puedan desenvolverse normalmente en la sociedad".

El desvelo de los profesionales de la salud tuvo como contrapartida la decidida acción del Gobierno por reducir la inflación a cualquier costo.

Opción Gubernamental

A partir de los primeros años de la dictadura se redujo drásticamente el valor real de los salarios. En 1981, cuando los sueldos recuperaban el poder adquisitivo que habían tenido en 1970, los conductores económicos no encontraron mejor receta para combatir la recesión que volverlos a reducir.

Paralelamente, los niveles de cesantía en los últimos 10 años han sido los más altos en la historia del país; los cultivos básicos cayeron abruptamente debiéndose importar cada vez mayores cantidades de alimentos. De las 697 mil hectáreas de trigo cosechadas en la temporada 75-76, por ejemplo, se cayó a las 374 mil en el periodo 81-82. Igual cosa ocurrió con las oleaginosas, con el azúcar, con gran parte de los cereales y con la leche.

En 1982, cuando los grupos más afectados por el modelo económico desarrollaban serios esfuerzos para poder alimentarse, el Gobierno decidió alterar la política cambiaria y los precios de los alimentos básicos como el pan y la leche se dispararon abruptamente.

El año 1970 se importaron 165 millones de dólares en alimentos. Diez años después, la cifra alcanzaba a los 1.103,5 millones. La Sociedad Nacional de Agricultura destacaba poco antes del golpe militar de septiembre de 1973 "el desembolso que significa a los chilenos financiar el ritmo de importaciones. Es decir, el dinero que irá a los agricultores de otros países a un promedio diario de 1,5 millones' de dólares".

En 1982, la misma S.N.A. nada dijo cuando se llegaron a importar tres millones de dólares en alimentos al día. Incluso Alfonso Márquez de la Plata, en diciembre de 1980, pocos días antes de dejar su cargo de Ministro de Agricultura, declaró a la revista Ercilla que "la agricultura está pasando por el mejor momento de su historia".

Hasta ese instante el régimen hacía alardes de los logros obtenidos en los rubros frutícola y forestal. Nadie mencionaba que tal éxito se debía a los esfuerzos realizados durante 15 años por CORFO, las universidades y los diversos ministerios. Los militares sólo habían llegado a cosechar el esfuerzo de varias generaciones de profesionales.

En 1978, según cálculos efectuados por el Programa a de Economía del Trabajo (PET) de la Academia de Humanismo Cristiano, el 58,7% de la población no alcanzaba a consumir las calorías mínimas necesarias para un desarrollo físico y mental normal. El régimen militar, no obstante las voces de alerta dadas a poco andar el modelo económico neoliberal, se hizo ciego y sordo. Habló exclusivamente para destacar los "logros nunca vistos en el país", y el "cada vez mejor nivel de vida de los chilenos".

Se culpó a los regímenes anteriores de todos y cada uno de los males presentes en el territorio. La soberbia de las autoridades militares y civiles, respaldada por la fuerza de las armas, pudo más que las advertencias hechas por amplios sectores de la ciudadanía,

Hoy, cuando decrece la arrogancia y sólo algunos mantienen la tozudez, el país está casi completamente postrado. No obstante ello, aún se recurre al manejo de las estadísticas para tratar de demostrar lo indemostrable, Ya nadie ignora que el 20% de la población de más altos ingresos ha distorsionado gravemente los índices de consumo alimentario respecto a los otros sectores, y muy especialmente el relacionado al 30% de la población de menores ingresos,

Según el economista Sebastián Piñera, en su libro "¿Se benefician los pobres del crecimiento económico?", el porcentaje de pobres bajó de un 55% en 1940 a un 15% en 1968. De acuerdo a cifras oficiales, los índices de gasto social y de inversiones que beneficiaron a los estratos más desprovistos siguieron aumentando hasta 1973. Las políticas de salud, vivienda, educación y otras, permitieron que cada vez disminuyera en mayor medida la diferencia entre ricos y pobres, indicador principal del progreso de un país.

Pareciera necesario preguntarse entonces si el régimen militar siguió la tarea emprendida por los gobiernos que le antecedieron y que, pese a tener grandes diferencias entre ellos, se ciñeron siempre al interés de los grupos mayoritarios de la población.

Si los militares no han beneficiado a los estratos más modestos, ¿quiénes son los favorecidos?

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Obreros del PEM. Foto de Nelson Muñoz
Obreros del PEM. Foto de Nelson Muñoz

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