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Domingo, 19 de enero de 2020
Siglo XIX y Colonia

La 'remolienda' de Nochebuena: Cómo se celebraba la Navidad en el Chile antiguo

Francisco Oyarzún

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Noche buena en la cañada, del 'Chile ilustrado' de Recaredo Tornero, 1872
Noche buena en la cañada, del 'Chile ilustrado' de Recaredo Tornero, 1872

Antes del Viejo Pascuero, el árbol de navidad y la cena familiar puertas adentro, la Navidad en Chile era un momento de felicidad y excesos con alcohol a rienda suelta, un banquete carnavalesco y poesías populares para animar a los “empascuados”. Después de todo, la felicidad por el nacimiento del Hijo de Dios, y había que celebrarlo con todo.

Cada 24 de diciembre, la víspera de Navidad hace su anhelada aparición en el calendario. Los hogares se engalanan para ofrecer una comida familiar en espera de la Nochebuena y, llegada la hora, atestiguan el tradicional intercambio de regalos entre la concurrencia. Cualquiera sea el caso, se trata siempre de una velada familiar íntima, interrumpida sólo por los abrazos y buenos deseos suscitados con el arribo de la medianoche.

Sin embargo, dicho escenario navideño no es propiamente el tradicional de la sociedad chilena. De hecho, se trata de una tendencia surgida masivamente recién a inicios del siglo pasado, cimentada por el impulso civilizatorio y modernizador del Chile del centenario y el ingreso de Chile en propiedad a la era capitalista, en la que mandan las tradiciones nor-europeas.

Muy por el contrario, si recorremos las festividades navideñas del Chile del siglo XIX nos encontramos con una imagen que dista del recogimiento familiar característico de estos días, la que nos lleva a un Chile campesino como fue durante largos siglos coloniales.

"La Navidad de mediados del siglo XIX es una Navidad muy rural, no solamente porque Santiago no era una ciudad moderna, sino que sobre todo por la mentalidad rural de las personas, que recurrían a la naturaleza para interpretar el mundo. El pensar estaba muy asociado a los ciclos de la naturaleza, a las estaciones, a lo que la naturaleza te daba. Entonces, es una sociedad más rural y bastante barroca, en el sentido de que era muy pública, y en la que los sentidos tenían mucha importancia, los sentidos a flor de piel: el gusto, el tacto, la sensualidad", cuenta Olaya Sanfuentes, historiadora y académica de la Universidad Católica a INTERFERENCIA.

A mediados del siglo XIX, la celebración de Nochebuena era una festividad popular comparable en duración y magnitud al 18 de Septiembre. Incluso, ya desde el siglo XVII era, en palabras del historiador y académico de la Universidad de Santiago, Maximiliano Salinas, “una celebración orgiástica”, según se puede leer de su clásico libro Canto a lo divino y religión popular en Chile hacia 1900 que data de 1991. Dada la profunda raíz rural de esta fiesta -imbricada en la organización material y simbólica colonial- eran los representantes de la sociedad campesina y, posteriormente, de los sectores populares en las ciudades, quienes la celebraban con mayor fervor.

La siguiente afirmación de El Diario de Valparaíso, que data del 26 de diciembre de 1853, es ilustrativa de lo anterior: “Si hay algo que conmueva al pueblo, le entusiasme, le distraiga de sus tareas, de su vida común y monótona, es la pascua. De cuantas reconoce y celebra la Iglesia como festividades, ninguna tiene una influencia tan grande”. La cita la recoge el artículo Tensiones navideñas. Cambios y permanencias en la celebración de la Navidad en Santiago durante el siglo XIX, de 2013, de Sanfuentes.

A juicio de Salinas, hacia 1850 era ya tradicional que la Nochebuena se celebrara con elementos de remolienda (una instancia popular alegre y de abundancias y excesos en los placeres) en ramadas populares, a pocos metros de las iglesias. Ello era propiciado por este lugar de la Navidad dentro de una cosmovisión que la situaba como un tiempo de triunfo por la encarnación del Hijo de Dios.

Asimismo, Sanfuentes escribe que el verano incrementaba el sentir festivo: “La Navidad en Chile se daba en la época estival, en que la naturaleza pródiga desplegaba toda su fertilidad y bonanzas, además de la sensualidad, el gozo y las muestras de amor que ponían el tono”.

Y agrega: “Tanto la prensa como los viajeros que se acercaron y avecindaron en nuestro país, así como fotografías de época, nos muestran esta abigarrada celebración llena de estímulos y bastantes desórdenes”. 

De este modo, todo lo que llegase a ocurrir en cada ramada popular estaba justificado por la naturaleza de la celebración. Así, al decir de Salinas, se daba rienda suelta a un conjunto de manifestaciones que eran permanentemente censuradas por las autoridades, lo que resultaba en estas “remoliendas de Nochebuena”, la que se constituía así como una experiencia festiva de liberación frente al sistema doctrinario oficial. 

En su libro Salinas recoge una serie de registros de la prensa de la época que nos permiten reconstruir cuál era el ambiente de las celebraciones navideñas no sólo en Santiago, sino que también en las provincias. Entre las características más llamativas destacan, precisamente, el excesivo consumo de alcohol que se propiciaba en las ramadas, los tintes de banquete que existían en las remoliendas, y el lugar protagónico que ocupaba la poesía popular para animar el ambiente.
  
La ingesta de bebidas alcohólicas llegaba a ser de tal nivel que, a modo de ejemplo, en 1875 la prensa de Quillota catalogaba la remolienda de Nochebuena como un “bacanal”, según rescata Salinas:

“Caras lívidas y macilentas que se ven por las calles a la madrugada del día de Pascua a consecuencia de la vergonzosa bacanal en que se ha pasado la noche anterior, pero ya es costumbre degenerada entre nosotros la tal velada de remolienda… La gente se entrega esa noche a la bacanal y a los excesos”.
 
En la misma ciudad, pero en 1881, un periódico local se quejaba de que la población llegaba incluso a estar más interesada por la juerga que por los ritos litúrgicos navideños:

“Bastante animada estuvo la Nochebuena a pesar de que no hubo misa. Es de advertir que a los empascuados muy poca falta les hizo, puesto que tuvieron ramadas, rico ponche en aloja, cantoras en arpa y guitarra y muchachas con quien bailar, que era todo lo que deseaban”.
 
Un caso similar rescatado por el historiador es el de Los Andes, donde en 1876 la prensa se quejaba de lo mismo, toda vez que el pueblo se dedicaba únicamente a “remoler” en la víspera de Navidad:
 
“Con mucho entusiasmo celebró la Nochebuena la gente del pueblo. Sin escuchar las pastorales advertencias que el señor cura hiciera en la misa del domingo, cuidándose poco en que hubiera o no misa del gallo, desde las primeras horas de la noche del domingo, cada hijo de vecino alzaba en la plaza su tienda bien provista del ponche ‘golpeado’, con su par de guitarras que para pasar bien bastan y sobran. No fue un campo de Agramante aquel: era una feria de descamisados y ‘sansculottes’, como dirían los franceses”.
 
Era, pues, al decir de Salinas, una celebración que tenía bastante de carnaval. Es por ello que la Nochebuena campesina del siglo XIX incluía un gran banquete popular, con una dieta carnavalesca apropiada a la ocasión. Al respecto, un diario de Curicó decía en 1877, según rescata:
 
“La plaza de armas lució también sus duraznos, sus peras y sus brevas, no faltando elegantes ramitos de flores, la horchata ‘arrimá’ a nieve, los helados de canela, almendras, damascos y otras menudencias. La horchata con ‘malicia’ hacía rayas y los pollos fiambres volaban de las fuentes a los estómagos, y las empanaditas fritas por no ser menos hacían otro tanto”.
 
En el pueblo de Melipilla ocurría lo propio, cuenta Salinas, según la prensa de la época: “Era artículo de primera necesidad en las ventas de Nochebuena el pescado frito y con ensalada de betarragas, los fiambres, pero más que todo un río de ponche en leche que corría en abundancia y a bajo precio”.

La sensual poesía navideña

En este ambiente de remolienda, la poesía popular gozaba de una presencia significativa para animar los festejos, como es, por ejemplo, el caso de la célebre composición ¡Viva la Pascua con todos sus paseantes!, de de la poeta popular de la época Rosa Araneda.

Maximiliano Salinas destaca con profusión estas décimas, por cuanto expresan una mezcla entre los sentimientos religiosos, como la estrella del Nacimiento o la Virgen María, con elementos profanos, como lo son las bebidas alcohólicas. El presente fragmento nos da cuenta de este elogio hacia Cristo y los brebajes festivos:

 
¡Viva la Pascua señores,
con toditos los paseantes!
¡Vivan los que son amantes
gozando de sus amores!
¡Viva la noche inmortal,
cantando les digo yo.
¡Viva la hora en que nació
nuestro Rey Universal!
¡Viva la corona real
cubierta de blancas flores!
(...)

Al fin, ¡viva la guitarra,
en manos de la cantora,
viva la baya, señora,
que es el jugo de la parra!
por ver si acaso me agarra,
me empino uno y otro vaso,
cuando se me llega el caso,
me pongo gringo en hablar,
para mi mayor pesar,
¡suelo hasta perder el paso!

 

Llegada la segunda mitad del siglo XIX, las autoridades civiles y eclesiásticas comenzaron a denunciar mediante la prensa los abusos en el consumo de alcohol durante las vísperas de Navidad. Olaya Sanfuentes explica así esta nueva actitud contestataria de las elites frente a las celebraciones populares:
 
“Podríamos decir que, entre todos los desórdenes que una fiesta traía consigo, el de la embriaguez era concebida -tanto por la prensa católica como la liberal- como el peor de los vicios y el enemigo mortal de la moral y el orden. El beber llevaba a otras indecencias, propiciaba el gasto innecesario y terminaba con hombres tirados en las calles sin cumplir con sus deberes laborales y cívicos. Esto atentaba directamente contra los valores ilustrados del trabajo, el ahorro y el comportamiento ciudadano responsable que se quería inculcar entre el pueblo”. 

Sanfuentes añade luego que en Santiago varios diarios conservadores comenzaron a quejarse cada vez más de los excesos, las acciones inmodestas y la inmensa cantidad de borrachos que se veían en la Alameda cada 24 de diciembre. Un caso peculiar, en 1885, es la denuncia que realiza El Chileno de las orgías báquicas celebradas durante Nochebuena: “Fiestas no sólo paganas sino irracionales y directamente impías, por profanar un día santo… Escándalos públicos de embriaguez y de lujuria que habrían hecho enrojecer a un pagano acostumbrado a las bacanales”.

A ello se suma que, según Salinas, la remolienda de Nochebuena comenzó a ser reprimida en las últimas décadas del siglo XIX. Ilustra aquello que por estos años la cantidad anual de detenidos en Navidad bordeaba las quinientas personas.

Sumado a lo anterior, la prensa también inició un conjunto de campañas para cambiar el estilo de las celebraciones de Nochebuena y adecuarlas a la nueva ética burguesa que se implantaba en el país.

A partir de 1890, según rescata Salinas, El Mercurio de Valparaíso comenzó a instalar la idea de que la Nochebuena es una “noche para dormir” y así reparar fuerzas para el trabajo: “Los vecinos necesitan dormir para acudir oportunamente a sus ocupaciones. Además [en las remoliendas] se distrae y entretiene a los trabajadores hasta horas muy avanzadas de la noche, haciéndolos faltar a sus obligaciones”.
 
Finalmente, Salinas remarca que la campaña de El Mercurio resultó triunfadora, ya que en 1892 se prohibieron las chinganas (centros festivos populares) de las recovas, y los cantos y bailes después de la medianoche.

Por su parte, en Santiago El Mensajero del Pueblo promovía de lleno una celebración mucho más recatada, conforme se puede leer del artículo de Sanfuentes: “Celebra el nacimiento del niño Dios, yendo al templo, a tomar parte en esas hermosas fiestas de la noche y de la mañana. Júntate con buenos cristianos, pasa un día tranquilo con tu esposa y tu familia”.

Ya en 1870, según cuenta Sanfuentes, las revistas católicas empezaron a promover que la celebración de la Navidad de las familias “verdaderamente cristianas” es aquella en la que el padre, la madre y los hijos, arrodillados delante de una imagen del niño, recitan oraciones y villancicos. De esta manera, puntualiza la historiadora, “van surgiendo a finales del siglo XIX nuevas formas de celebrar la Navidad que también hablan de un cambio de foco y de aspectos tendientes a la privatización de las prácticas votivas, así como a una segregación social en el espacio urbano”. 

“Con el movimiento civilizatorio que comienza a fines del siglo XIX y principios del XX, tanto el Estado quiere tener buenos ciudadanos, como la Iglesia quiere tener mejores cristianos. Pero la Iglesia no quiere que haya desórdenes por otras razones: no quiere que la gente falte a la moral, que esté ebria, o que los hombres estén más cerca de las mujeres porque pueden incurrir en pecado. Ahora bien, la Iglesia siempre tiene un doble discurso, porque por un lado trata de que la Navidad sea lo más popular posible, pero por el otro lado trata de que no se le desbande. Entonces es un equilibrio muy precario que siempre trata de mantener”, cuenta Sanfuentes en conversación con INTERFERENCIA.

Con la adopción de nuevos valores modernizadores en un Chile que supuestamente se dispone a progresar, las manifestaciones culturales propias de una sociedad rural que valora la experiencia comunitaria comienzan a ser desplazadas para dar paso a nuevas prácticas en torno al sujeto individual y la privacidad. Así, la antigua remolienda de Nochebuena quedará sólo como una imagen del pasado y un nuevo imaginario navideño asociado al progreso material marcará las nuevas “tradiciones” de la víspera de Navidad.

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