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Domingo, 18 de abril de 2021
Cultura

La utilidad de la literatura

Ricardo Martínez

Créditos: Cambridge blog

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Créditos: Cambridge blog

En un reciente artículo para The Smithsonian, el académico Angus Fletcher muestra algunos dispositivos literarios que a lo largo de la historia y de diversas culturas han ayudado a las personas en su salud mental y, también, a la organización social. La Literatura como una serie de artefactos útiles para la vida humana. ¿Es para tanto?

Series de Netflix que en este último bienio se han visto en maratones (binge-watching) mucho más incluso que hasta 2019. Audiciones de podcast que han llevado a este formato a experimentar su mejor momento desde su origen. Escuchas de Spotify que han aumentado hasta sus máximos históricos. Lectura de libros en PDF como nunca había sucedido antes. Parece ser que el confinamiento de los ya largos últimos meses ha volcado a la sociedad como un todo y a las personas en particular al disfrute de la creatividad y las ficciones no solo como una válvula de escape ante la incertidumbre de estos días, sino que también como el encuentro con ciertos mecanismos narrativos para lidiar con, y, más, explicar el presente.

Eso es algo que se puede desprender de una reciente publicación de The Smithsonian (“Eight of Literature’s Most Powerful Inventions—and the Neuroscience Behind How They Work”), donde Angus Fletcher, especialista en ciencias cognitivas y literatura comparada de la Ohio State University resume su libro Wonderworks: The 25 Most Powerful Inventions in the History of Literature (Simon & Schuster, marzo 2021).

Algunos dispositivos literarios útiles para la vida

Tanto en el artículo como, en mucho más detalle, en el volumen publicado por Simon & Schuster, Fletcher acomete el intento de dar cuenta de cómo diversos dispositivos literarios y narrativos han acompañado la existencia humana desde hace ya varios milenios.

Por sus páginas transitan el giro de la trama (presentes no solo en la tragedia griega, sino que en los bíblicos episodios de David contra Goliat, o la resurrección de Lázaro); el retraso del dolor (donde la audiencia conoce de antemano lo que va a suceder, antes incluso que Edipo reconociendo que ha dado muerte a su padre y ha tomado como esposa a su madre, o los indicios del desarrollo posterior que incluso se pueden reconocer en Bajo la misma estrella, el reciente best seller de John Green); y el cuento contado desde el futuro (donde un narrador o narradora omnisciente que viene desde tiempos posteriores, que se halla tanto en la literatura africana de La Epopeya de Sundiata, como en Las Minas de Rey Salomón de H. Rider Haggard en el tan ávido de aventuras siglo XIX).

Todos estos dispositivos y muchos más, muchos más incluso que los veinticinco que se exploran en Wonderworks (como aquel sinnúmero que es cubierto por TV Tropes, una página que consolida prácticamente todos los clichés habidos y por haber de la narrativa tanto audiovisual cinematográfica, de series, de animé, hasta relatos escritos o cómics), Fletcher sostiene que cumplen funciones relacionadas con la salud mental y con la cohesión social.

Partiendo por explicar que ya el primer ejercicio de teorizar sobre la literatura, aquel llevado a cabo por Aristóteles en su Poética, sostenía la idea de la utilidad de la literatura, al establecer que uno de los efectos del visonado del teatro o de la audición de las epopeyas era la catarsis, Fletcher se aventura en que la narración y todos sus recursos siempre han estado al servicio de la sociedad, más allá de su naturaleza claramente estética.

Fletcher señala que la idea de la catarsis aristotélica fue alguna vez recuperada como método para entender la literatura por la Escuela -Literaria- de Chicago y que, en el último tiempo, esta línea de trabajo ha seguido siendo desplegada por el equipo al que pertenece en Ohio:

Project Narrative es el grupo de expertos académico líder en el mundo para el estudio de historias, y en nuestros laboratorios de investigación, con la ayuda de neurocientíficos y psicólogos de todo el mundo, hemos descubierto docenas de invenciones literarias más en letras de la dinastía Zhou, óperas italianas, épicas del oeste africano, libros infantiles clásicos, grandes novelas americanas, ficciones policiales de Agatha Christie, mitos mesoamericanos e incluso guiones de televisión de Hollywood”.

Un tiempo y un mundo más amplios

Durante milenios los estudios literarios desarrollados en Occidente adolecieron de eurocentrismo ombliguista. Esto llegó incluso a las escuelas de literatura en todas partes de Europa y América en que la historia de la literatura, y en consecuencia, la documentación de sus usos, tradiciones y efectos, se jalonaba en una secuencia que se iniciaba con Homero, seguía con los comediógrafos latinos, se detenía al menos un poco en las narraciones medievales, alcanzaba un punto alto en la cobertura del Renacimiento, atendiendo en ese apartado tanto a Dante como a Shakespeare y luego se extendía, en el caso de mundo hispano, al Siglo de Oro Español, para luego pasar a abordar textos de la Colonia Latinoamericana.

Con más o menos digresiones, esta era la trayectoria habitual y, como efecto de la recurrencia año tras año y década tras década de dicha línea de progresión, no había mucho espacio para otras interpretaciones acerca de lo literario que las que pasaban de generación en generación al menos desde que los teóricos literarios del Romanticismo Alemán, como los Schlegel, instalaron esta secuencia.

El advenimiento de la interdisciplina en las humanidades, que le debe tanto a las nacientes Humanidades Digitales, como a las intersecciones de las humanidades con las Ciencias Cognitivas, ha cambiado por completo aquel panorama y recorrido.

Autores como Franco Moretti -que sostiene que hay que trabajar sobre miles de textos al mismo tiempo para dar con tendencias y factores de largo plazo, en algo que denomina “lectura remota” (distant reading en oposición al close reading tradicional en los estudios literarios estadounidenses)- o Rens Bod -que en su esencial volumen A New History of the Humanities (Oxford University Press, 2016) plantea que las humanidades en general y los estudios literarios en particular siempre han perseguido como objetivo dar con patrones y regularidades en la expresión de la creatividad humana-, a lo que hay que sumar a Fletcher y su equipo, han empezado a derribar esta historia de la literatura Occidental ombliguista.

Teniendo ahora, por vía electrónica, centenares de miles de obras a disposición, las y los estudiosos están trabajando sobre tiempos remotos de la literatura, y también sobre tradiciones no Occidentales de las humanidades, como la gramática india de Panini o los isnad islámicos.

En aquel contexto también la idea ya no esencialista estética de que la literatura es simplemente un dispositivo artístico ha empezado a tambalearse.

Pero hay un problema con esto, particularmente en el trabajo de Fletcher. Ya hace algo así como tres lustros -quince años- otros equipos de investigadores como los Darwinistas Literarios trataron de encontrar los usos y funciones de la literatura, con escaso éxito. Quizá el más claro tropiezo en este sentido fue el que experimentó Jonah Lehrer, en algún momento columnista estrella de The New Yorker o Wired. Entre sus libros superventas se hallaba Proust was a neurocientist donde defendía que escritores del pasado habían tenido atisbos sobre los hallazgos contemporáneos de las ciencias de la mente.

Pero en 2012 hubo un escándalo sobre el trabajo de Lehrer tras una investigación llevada a cabo por la misma Wired que arribó a que el columnista se había autoplagiado y había fabricado citas inexistentes. La renuncia de Lehrer a sus puestos en los medios en que se desempeñaba y el retiro de las estanterías de dos de sus tres libros de divulgación no solo sumieron su carrera en las sombras, sino que echaron también sombras sobre este tipo de interacciones entre ciencias y humanidades, al punto que el proyecto del Darwinismo Literario empezó su declive.

Es cierto que en el agitado y floreciente mundo académico contemporáneo en que se van integrando las humanidades con las ciencias, se van recuperando extensos fragmentos de la cultura del pasado y de lugares hasta ahora remotos, se va pudiendo procesar cada vez más información, aproximaciones a la literatura como las de Fletcher pueden resultar muy bienvenidas, toda vez que proporcionan nuevos ángulos para asomarse al fenómeno de la narración.

Pero al mismo tiempo, hay que tomar con cierta cautela caer en explicaciones monocausales como que la literatura tiene fundamentalmente funciones psicológicas y sociales.

Más allá de eso, sin embargo, la lectura de estas aproximaciones puede ayudar a complejizar un panorama sobre lo literario que quizá ya por demasiados siglos ha estado secuestrado por el monocausalismo estético.

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