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Sábado, 24 de agosto de 2019
Feminismo

Las batallas de las chilenas para organizarse y votar

Leonora Salvo H.

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El Memch en las calles / Memoria Chilena
El Memch en las calles / Memoria Chilena

Primero tuvieron que luchar para ser admitidas en la educación. INTERFERENCIA revisó la historia que las luchas de las mujeres chilenas para adquirir derechos y reconocimiento jurídico, social y político. 

La primera mujer que ingresó a la universidad en Chile fue Dolores Egaña Fabres, quien el 4 de marzo de 1810 se matriculó en la Real Universidad de San Felipe donde cursó estudios de Filosofía. Sólo siete décadas después, en 1877, la Universidad de Chile admitió en sus aulas a la primera promoción femenina. El ministro de Educación de la época, Miguel Luis Amunategui, quien llegaría a ser rector de la U, les otorgó esa oportunidad.

Por esos años, dos educadoras, Antonia Tarragó e Isabel Le-Brun de Pinochet, acosaron a las autoridades universitarias pidiéndoles la aceptación de sus alumnas. De aquella promoción que ingresó a la Universidad de Chie egresaron las doctoras Eloísa Díaz y Ernestina Pérez. La dos primeras médicos de América latina. Por otro lado, Paulina Starr obtuvo sutítulos de Flebótomo –dentista- en 1884 y tres años más tarde Glafira Vargas se recibió de Farmacéutica.

Pronto, otros nombres se sumaron a estas mujeres profesionales. Matilde Throup fue la precursora de las mujeres abogados en Chile titulándose en 1892. Su caso sirvió de precedente para que Argentina y Bélgica otorgaran dichos títulos universitarios a las mujeres.

Justicia Cuña fue la primera mujer ingeniero en 1919. Rosario Madariaga egresó en 1891 como la primera ingeniero agrónomo y en la arquitectura la pionera fue Dora Riedel, que se recibió recién en 1930, poco después de que esa carrera fuera creada en la universidad.

Otros hitos de las posibilidades de acceso de la mujer a la educación fueron la fundación de algunas escuela normales femeninas a contar de 1854; escuelas técnicas femeninas a partir de 1888 y la fundación del Liceo N°1 de Niñas, el primero de su tipo en el país, en 1895.

Sólo en 1932, la Universidad Católica siguió el ejemplo de la Universidad de Chile y abrió la posibilidad de acceder a la educación superior a la mujer.

En 1935, irrumpió el MEMCh, liderado por la abogada Elena Caffarena, movimiento que desarrolló una intensa lucha por la obtención del voto femenino universal y por los derechos sociales, políticos y económicos de las mujeres.

La primera gran aspiración femenina fue incorporarse a las estructuras educativas del país. Más tarde, en 1915 hubo un cambio de rumbo en las reivindicaciones de las mujeres y se apuntó a los cambios legales. Así se formó el llamado Círculo de Lectura, impulsado por Amanda Labarca y que fue duramente criticado por la beatería social y política. Algunos periódicos como El Diario Ilustrado y La Nación las atacaron tenazmente, motejándolas de “masonas y destructoras de hogares”. En ese tiempo, Delia Matte Izquierdo fundó el Club de las Señoras, entidad destinada a “divulgar ideas filosóficas y doctrinas políticas”. Casi paralelamente, en 1919, Amanda Labarca Hubertson creó el Consejo Nacional de Mujeres que procuró lograr mayor justicia social para las mujeres.

Desde principios de siglo XX existieron diversas otras organizaciones femeninas de origen mutualistas fundadas en las últimas décadas de siglo XIX como el Centro Belén de Zárraga, en Iquique; y El despertar de la mujer, en Valparaíso. De raíz socialista, ellas fueron fundamentales en la denuncia de las precarias condiciones de vida y de trabajo de las mujeres y sus hijos. En enorme mayoría laboraban como empleadas domésticas, obreras y trabajadoras de muy baja condición. Las mujeres burguesas, en tanto, se concentraban en las tareas domésticas y la crianza de sus hijos.

Destacaron la Unión Obrera Femenina, creada en 1921, y la Internacional de los Trabajadores del Mundo. Ese mismo año nació el Consejo Nacional Femenino, que se dividió en dos corrientes: una, la anarco sindicalista y otra, la socialista, la FOCH. En 1935, irrumpió el MEMCh, liderado por la abogada Elena Caffarena, movimiento que desarrolló una intensa lucha por la obtención del voto femenino universal y por los derechos sociales, políticos y económicos de las mujeres.

El cambio más impactante y sospechoso reflejado en las figuras del censo fue el de las costureras, quienes ganaban menos de la mitad de lo que ganaban los hombres por el mismo trabajo.

La llegada a Santiago de una población de origen rural y sin recursos abrumó a la burguesía de la época, quienes aislaron la creciente mancha urbana. Después de 1860, una gran cantidad de mujeres trajo a sus familias a radicarse en los ranchos que circundaban Santiago. Ellas trabajaban en el comercio, las industrias caseras y en manufactura doméstica. Las mujeres excedían a los hombres en una proporción de 113 a 100. Los hombres que migraron buscaron trabajo en la producción de salitre, la construcción de ferrocarriles nacionales y en la expansión del sistema portuario. Comparado con la migración estacional del peonaje masculino en el siglo XX, las oportunidades del ingreso femenino eran exclusivamente urbanas, atando a las mujeres al trabajo asalariado en las áreas pobladas. Los hombres pudieron estabilizarse en el comercio regular y en labores de servicio, pero no así las mujeres, quienes se incorporaron al servicio doméstico. En cuanto a los mercados para sus oficios disminuyeron con el establecimiento de fábricas de ropa, la mayoría de las mujeres pobres sobrevivió en actividades comerciales y de servicio y un número menor encontró empleo en los talleres de manufacturas y en las fábricas de la ciudad.

En 1857 comenzó una campaña para regular y eliminar los modestos ranchos que rodeaban a Santiago con una orden municipal, que se llevó a cabo en 1870 por Vicuña Mackenna. Eran los esfuerzos de la élite por proteger a la “gente decente” de “hordas de hambrientos, que fueron la nueva invasión de bárbaros que castigó a todas las civilizaciones imprevisoras”. En el conventillo, las mujeres lavanderas, verduleras, costurera se refugiaban pero al mismo tiempo mantenían una mísera calidad de vida. Los problemas de esos cuartos de estrechas dimensiones eran la falta de agua, falta de luz, alcantarillas abiertas o inexistentes, basura acumulada y una inmundicia general, lo que era fuente de quejas a las autoridades municipales, pero sin resultado. Fue tanto, que las tasas de mortalidad se elevaron de 31,6 por mil en 1886 a 37,6 en 1891, cuando una epidemia de cólera barrió la ciudad.

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Afiche del Primer Congreso Nacional del Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres de Chile, 1937 / Memoria Chilena
Afiche del Primer Congreso Nacional del Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres de Chile, 1937 / Memoria Chilena

Llegan las provincianas

En 1890 y después de instalarse en la capital, las mujeres fueron reclutadas para trabajar en las recién establecidas fábricas de ropa, alimentos, cueros y textiles en Santiago y Valparaíso. El trabajo se diversificó pero la paga continuó siendo miserable. El censo del año 1930 dio como resultado un 38% de mujeres trabajando, mientras que en las siguientes décadas este número de mujeres bajó hasta el 13%. Desde 1930 más de 100.000 mujeres trabajaban como empleadas domésticas. Pero durante todo el período, el cambio más impactante y sospechoso reflejado en las figuras del censo fue el de las costureras, quienes ganaban menos de la mitad de lo que ganaban los hombres por el mismo trabajo.

Desde 1850 y hasta 1880, los trabajadores se organizaron en sociedades de socorros mutuos, que sirvieron para dar al obrero organización y movilización social. El carácter no confrontacional del mutualismo femenino cambió en el siglo XX con la influencia de las retóricas y tácticas anarquistas, volcándose cada vez más a las huelgas y protestas callejeras para promover sus demandas. En esa lucha destacó Juana Roldán de Alarcón, fundadora y presidenta de la Sociedad de Protección de la Mujer. Su activismo partidista y la atención puesta en la Sociedad por la prensa del Partido Demócrata mostraron que, antes de que se fundaran en Chile las sociedades de resistencia de las mujeres, la Sociedad de Protección de la Mujer representó uno de los primeros intentos en Santiago por organizar a las mujeres trabajadoras para fines partidarios y sindicalistas.

En 1900, la militancia de las obreras socialistas fue muy evidente cuando comenzaron a realizar huelgas, las que lograron una participación de 23% entre 1902 y 1908. Sus principales peticiones eran: recontratación de obreros despedidos, expulsión de administradores abusivos, el aumento de salarios, limitar las horas de trabajo, pagar las horas extras y el reconocimiento del sindicato.

La prensa y las costureras

En 1906 nació la Asociación de Costureras que era el oficio más importante para las mujeres en la época. La organización medió entre patrones y obreras logrando pactar “contratos de trabajo”, inusuales en aquellos tiempos. Muchas mujeres activas se incorporaron la Federación Obrera de Chile, FOCh, que buscó generar una unión de mujeres. En 1923, la participación en las huelgas de las obreras textiles y del tabaco aumento la importancia de las mujeres obreras, socialistas y feministas.

El movimiento prosperó con la prensa obrera. Carmela Jeria fundó “La Alborada” en 1906. La Asociación de Costureras, lideradas por Ester Valdés, creó “La Palanca” el 1 de mayo de 1908. En 1920 se excluyó a las mujeres de los trabajos en industrias pesadas y en jornadas nocturnas. Se ordenó la construcción de salas cunas para infantes en las fábricas y se decretaron las licencias maternales. La clase política comenzó a preocuparse por la eugenesia, la salud maternal y la mortalidad infantil.

El MEMCh llegó a tener unos 50 comités en todo el país y efectuó dos congresos nacionales donde definió como su objetivo principal el lograr el voto para la mujer.

En 1923 había salas cunas en un 33% de las fábricas de vestuario en Santiago, daban un mes de sueldo íntegro y permiso por maternidad, además de asistencia médica y medicinas. En 1923 y 1924, Alberto Hurtado y Elena Caffarena elaboraron extensos informes sobre el trabajo a domicilio. Los dueños de las fábricas bajo este resorte burlaban la vigilancia y defraudaban la legislación social. En 1926, se formó una Oficina de Inspectores del Trabajo especial y se llamó “Inspección Femenina”, donde debían emitir informes y cobrar multas, supervisando las fábricas en que trabajaban mujeres y niños

A finales de los 20’ el proceso mutualista fue desgastándose. En poco más de una década las mujeres del pueblo se quedaron sin “puentes cívicos” propios. Y la única alternativa fue el paternalismo social del Estado, heredero del maternalismo social de la Iglesia católica y de la alta burguesía nacional.

En 1920 había cerca de tres mil escuelas públicas y ya en 1946 existían cuatro mil 500. El analfabetismo se redujo de un 53% a un 25%. El aumento de la educación hizo posible el auge las organizaciones de mujeres como la Gran Federación Femenina de Chile, el Partido Cívico Femenino y el Partido Demócrata Femenino. En la década del 30’ un creciente número de mujeres profesionales cumplía importantes tareas públicas e institucionales, pero aun no tenían derecho a voto.

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Elena Caffarena en campaña presidencial de Pedro Aguirre Cerda, 1938 / Memoria Chilena
Elena Caffarena en campaña presidencial de Pedro Aguirre Cerda, 1938 / Memoria Chilena

Elena Caffaerena y el MEMCh

Junto al Frente Popular surgió el Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena, MEMCh, que entre 1935 y 1953 luchó por los derechos de la mujer. En él militaron mujeres burguesas, profesionales, intelectuales, obreras y proletarias. Tuvo como fundadora y motor principal a la abogada, experta en jurisprudencia, Elena Caffarena de Jiles, esposa de Jorge Jiles, un destacado militante comunista que llegó a ser senador de ese partido y administrador de la exitosa industria de textiles Caffarena, creada por el padre de Elena, inmigrante español.

El MEMCh llegó a tener unos 50 comités en todo el país y efectuó dos congresos nacionales donde definió como su objetivo principal el lograr el voto para la mujer. En 1942 Elena Caffarena y Flor Heredia redactaron un proyecto de ley con ese fin. El MEMCh editó el periódico La Mujer Nueva para difundir campañas en contra de la discriminación de la mujer en los empleos, en la educación y en la participación; también denunció la brutal explotación de las asalariadas, la desprotección de la maternidad y la infancia, y los peligros del fascismo

Mujeres como Elena Caffarena, Marta Vergara y Elisa Vergara recorrieron los sectores más vulnerables del país organizando a las pobladoras, realizando talleres de educación popular y fomentando su participación en la sociedad. El MEMCh fue, además, la primera organización chilena en preocuparse por la libertad sexual de las chilenas.

En Chile recién en 1934 se obtuvo el voto femenino municipal y para las elecciones de 1935 las mujeres entregaron mayoritariamente el voto a la derecha. Tanto los partidos de derecha como de izquierda se resistieron a que las mujeres votaran porque no sabían cuál iba a ser el comportamiento de ellas frente a sus respectivos partidos y también porque el tener una gran masa de votantes les significaba un mayor trabajo, algo que se sigue repitiendo en la actualidad.

Finalmente, el 8 de enero de 1949 el presidente Gabriel González Videla, firmó la ley Nº 9.292, que otorgó a las mujeres la posibilidad universal de hacer uso de su ciudadanía y votar en igualdad de derechos. La ley comenzó a regir 120 días después de ser promulgada en el Diario Oficial, el 14 de enero de 1949.

En los primeros comicios parlamentarios en que participaron las mujeres, en 1950, la ex intendenta de Concepción, Inés Enríquez Fröden, fue elegida diputada, siendo la primera chilena en ocupar este cargo en la historia republicana de la nación. En 1952, las chilenas votaron por primera vez en una elección presidencial.

 

Fuentes:

Ivonne Alondra Zelada: Régimen del dolor y feminismo: prácticas políticas y estrategias de emancipación en el cuerpo adolorido de las mujeres MEMCH; Tesis para optar al grado de Magister en Comunicación Política; Instituto de la Comunicación e Imagen, ICEI; Universidad de Chile; octubre de 2013.

Javiera Errázuriz Tagle: Discursos en torno al sufragio femenino en Chile 1865-1949; Historia No 38, Vol. II, julio-diciembre 2005, p 257-286; Instituto de Historia; Pontificia Universidad Católica de Chile.

Lenka Franulic: Organizadoras y Organizaciones Femeninas; revista HOY N° 368; 7 de diciembre de 1938; Santiago de Chile.

María Sara Rodríguez Pinto: Elena Caffarena de Jiles, jurista; Revista Chilena de Derecho, vol. 33 N0 2, pp. 207 – 214, 2006.

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