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Domingo, 29 de noviembre de 2020
Especial elecciones de 1970

Mireya Baltra cuenta cómo se logró aumentar la votación de las mujeres por Allende en 1970

Mireya Baltra (*)

Mujeres con Allende. Foto de Samuel Urzua

Mujeres con Allende. Foto de Samuel Urzua
Mujeres con Allende. Foto de Samuel Urzua

La ex diputada desclasifica un conflicto matrimonial que la obligó a pedir ayuda al Partido Comunista, cómo se organizaron las mujeres en la campaña y los enfrentamientos con las brigadas alessandristas por conseguir dominar la propaganda en los muros de las ciudades.

En este contexto, mi vida tomaba un giro inusitado y las responsabilidades políticas amenazaban con superarme. Ser diputado implica representar las demandas de los otros, escuchar sus voces, fundirse con las necesidades y apremios de los pobres, con las carencias de los sectores medios, en fin; con todos aquellos que de una u otra manera padecen exclusiones y discriminaciones. Atendía público en las oficinas de la Cámara de Diputados, escuchaba problemas que exigían estudio y análisis para la argumentación y la lucha ideológica que se daba al interior del Parlamento.

Pero el tiempo te secuestraba en reuniones, asambleas y almuerzos para la Campaña de Finanzas del Partido, venta de El Siglo en las calles, visitas a los pobladores que quedaban sin vivienda por la inundación y salida de los cauces del Mapocho todos los inviernos, entre otras actividades. En esta vorágine fui quitándole horas a mi relación con Reinaldo. Llegaba más tarde a la casa, salía muy temprano y sin darme cuenta comencé a descuidar mi peinado, mis manos, mi ropa. Reinaldo había dejado el taller de joyería y me remplazaba en el quiosco, pasaba a buscar los diarios y las revistas y permanecía todo el día en Matías Cousiño con Moneda. El problema se presentó cuando mi marido miraba al sur y veía a una joven rubia, de pelo corto y ojos azules, atendiendo la florería que se había recién instalado en el sector. Era de buena familia, con apellido difícil y, para más remate, clienta nueva del quiosco. No había nada que hacer, Reinaldo se había enamorado; y yo no me di por enterada hasta que un día alcancé a agarrar en el aire su mirada, que se enlazaba con la de la florista.

Una tarde llegué de improviso al quiosco y en lugar de mi marido estaba Bernardo. Caminé hacia la florería y allí estaba Reinaldo, tomando a la florista por los hombros. Los dos se habían vestido iguales, con un pulóver celeste. Él se sobresaltó, ella me miró aterrorizada. Regresé al quiosco con los celos punzándome los ojos y los oídos. Y tal como la vez que Reinaldo me pegó, me dirigí al Comité Central del Partido para comunicarles a los dirigentes que ahora me estaba engañando. Luego de un largo silencio Rafael Cortés me preguntó: “¿Y qué piensas tú, Mireya, que la Comisión pueda hacer al respecto?”. Respondí con la verdad: yo quería conservar mi matrimonio, así que Reinaldo tenía que ser alejado. Rafael Cortés me prometió que al día siguiente tendría una respuesta de parte de la comisión.

Y así fue. Al otro día fui citada por la Comisión de Control y Cuadros para informarme que Reinaldo sería citado a conocer la decisión del Partido: enviarlo a estudiar a la Unión Soviética. “Mireya, van a mandar al Reinaldo a Siberia por caliente”, me decían los que conocían la situación. Total que un día de agosto de 1971 Reinaldo, junto a un grupo de compañeros, partió a Moscú.

Entonces se me ocurrió ejercer presión de masas hacia la florista. Hablé con algunas pobladoras de Santa Adriana, La Bandera y otros campamentos para que se instalaran durante varios días frente a la tienda con los brazos cruzados, mirándola fijamente. “Parece asustada, compañera Mireya”, me decían en sus reportes mis aplicadas agentes. Y así pasó el tiempo, vendí mi departamento de la población Dr. Ezequiel González Cortés de la Avenida Grecia y compré una casa en Dublé Almeyda, ya que el Partido prohibía que los dirigentes comunistas fueran propietarios de dos bienes raíces. Ahora vivía en el conjunto habitacional Micalbi, frente a la Villa Frei, un conglomerado de casas pareadas con habitaciones estrechas y patios amplios. Hasta que un buen día de marzo de 1972 Reinaldo volvió. Bajó del avión con un inmenso oso blanco, con cara de no entender que venía de Moscú; estaba pálido, canoso y parecía confundido.

Nuestros hijos María Odette, Roberto y Rodrigo se abalanzaron sobre su padre y el oso que lo acompañaba. Yo me sentía feliz, pero estaba consciente de que mi marido había mantenido correspondencia con su amante, porque a petición mía, los compañeros de la célula de Correos y Telégrafos interceptaron a regañadientes dos cartas en que Reinaldo y la florista se juraban amor eterno, sin sospechar que durante su ausencia nuestra casa había sido objeto de agresiones por parte de los comandos Patria y Libertad y Rolando Matus, grupos fascistas que solían amedrentamos en ese entonces.

Una noche, cuando Reinaldo llevaba alrededor de un mes con nosotros, se estacionó un auto en la acera del frente y comenzó a sonar la bocina sin cesar. Roberto y Rodrigo pensaron que eran los fascistas, pero cuando se acercaron al auto vieron a una mujer rubia que lloraba con la cabeza apoyada en el volante. “¡Es la florista!”, le dijo Roberto a su hermano.

Llamé inmediatamente al subdirector de Investigaciones, mi entrañable amigo Carlos Toro, para pedirle que enviara una patrulla. Cuando llegó, yo estaba ocupada abofeteando a mi marido. Los detectives se llevaron detenida a la florista, que tuvo que pasar una noche en el cuartel de la calle General Mackenna por una supuesta provocación política, aunque a la mañana siguiente Carlos Toro me contó que la mujer solo deseaba hablar con Reinaldo.

La convergencia de la izquierda

Pero no solo mi vida estaba convulsionada en aquellos años, sino también el país, el ambiente, todo. De hecho, el Frente de Acción Popular (FRAP), creado a principios de 1956, se había ido asentando en la conciencia social de la gente, a la expectativa de un pueblo por llegar a ser Gobierno. ¿Pero qué significaba realmente alcanzar el poder y conducir el Estado?

Sumar voluntades conquistadas y atraídas por la necesidad de impulsar cambios profundos, zafamos de la férula imperialista, ser libres para decidir el destino de nuestras riquezas y recursos. El FRAP representó despertar de la conciencia colectiva, fue la base de la convergencia política que alcanzó una expresión orgánica más sólida y un desarrollo pro gramático sustantivo, con la construcción de alianzas firmes y amplias que derivaron en la histórica formación de la Unidad Popular, en 1969, un fenómeno social que hilvanó nuestras experiencias y las de otros pueblos, en particular el cubano, que, por otra vía, había logrado desprenderse del imperio.

La Unidad Popular significó una síntesis, un crisol en el que confluyeron las fuerzas políticas que representaban décadas de lucha del pueblo organizado y consciente. Fue un proceso ascendente en el que no faltaron las contradicciones y conflictos de un pueblo que ahora escribía su historia, y donde el norte principal de la energía política era guiado por la ideología de la clase obrera y su capacidad de cautivar a otros sectores, incluso de la propia burguesía, para construir un proyecto de sociedad justa.

La Unidad Popular utilizó un discurso que elevaba y estimulaba la participación: su objetivo era que cada ciudadano reconociera que importaba, que no estaba demás, que tenía un lugar y que debía ser parte activa de un movimiento político social. Eran ideas que requerían un líder capaz de comunicarlas al pueblo.

Los partidos Socialista, Comunista, Radical y Socialdemócrata, el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) y Acción Popular Independiente (API) fueron los integrantes de la Unidad Popular en el momento de su fundación. Como suele ocurrir en estas situaciones, cada presidente o alto dirigente de un partido se sentía presidenciable: el Partido Socialista postulaba tanto a Salvador Allende como a Aniceto Rodríguez, el Partido Radical a Alberto Baltra, el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) a Jacques Chonchol y la Acción Popular Independiente (API) a Rafael Tarud. Y aunque teníamos el deber de elegir al mejor, creíamos que la suerte ya estaba echada, pues al recorrer las poblaciones de Santiago y las asambleas de los trabajadores en todo el país, un solo nombre sonaba con insistencia, nítido y fuerte: Salvador Allende.

Como señala Luis Corvalán en su libro El Gobierno de Salvador Allende (Santiago: LOM ediciones, 2003): “Cada cual tiraba para su raya y alegaba a favor de su propio postulante, a la espera de que el Partido Comunista le diera su respaldo”. Finalmente, con un cálculo de gran maestría política, los comunistas proclamaron la candidatura del poeta y miembro de su Comité Central, Pablo Neruda, forzando así la decisión presidencial al interior del Partido Socialista y en las otras fuerzas políticas que componían la Unidad Popular.

Ese 30 de septiembre de 1969 la calle Teatinos se repletó de gente que avivaba al candidato; Neruda apareció junto a Luis Corvalán en el balcón del edificio que ocupaba el Partido Comunista y se dirigió a sus adherentes con su voz característica y un discurso breve, distinto al de los políticos tradicionales. Tenía claro que su candidatura era transitoria y funcional para la unidad de la izquierda, y también lo sabía yo, que me encontraba observándolo desde la calle junto con otros dirigentes sindicales. La conducta del Partido estaba encaminada a producir un vuelco rápido en la situación política y presentar cuanto antes al candidato único de la izquierda chilena.

Así narrado, parece que el proceso hubiese sido sencillo. Pero lo cierto es que, detrás de cada conversación con los partidos y movimientos de la Unidad Popular se jugaba el futuro de la unidad más amplia que ha tenido la izquierda y la historia de Chile. Era ese momento el que posibilitaba abrir las compuertas para conquistar el poder. Teníamos que considerar que esta vez ese poder no era para una clase social propietaria de los bienes materiales de producción, sino para la clase “que tenía todo que ganar y nada que perder”. Y la conducta del pueblo ante esta encrucijada era abierta, fraterna: la gente sonreía con facilidad, un ánimo colectivo nos embargaba con fuerza y entusiasmo para acometer las múltiples tareas que nos demandaría la victoria y la realización de lo que soñaron los primeros hombres y mujeres que se atrevieron a soñar.

El 6 de enero de 1970 Salvador Allende leyó un discurso en el Senado de la República donde solicitaba a su partido que fuera retirado su nombre si no producía la unidad en el referente político de la izquierda. Con las diputadas Silvia Acosta y Vilma Rojas fuimos a escuchar este discurso: “La Unidad Popular se plantea como la alternativa de un Gobierno diferente, es la conquista del poder para el pueblo, precisamente después que el país ha experimentado el fracaso del reformismo democratacristiano y cuando aún están a la vista los resultados del anterior régimen, inspirados ambos en el capitalismo tradicional”. Y continuó: “El panorama internacional nos señala la urgencia de enfrentar la intromisión imperialista, cada día más insolente y traducida en el fortalecimiento de las fuerzas represivas y contrarrevolucionarias y de la que es gráfica demostración el informe del gobernador Rockefeller”.

A mí me saltó el corazón cuando escuché que Allende planteaba la posibilidad de que prescindiéramos de su nombre; no estaba hablando en el Comité Central de su Partido ni en una reunión de los partidos que integraban la Unidad Popular. Salvador Allende había cruzado la línea de lo privado haciendo estallar su decisión en medio del Senado de la República: “En la misma medida en que estuve dispuesto a hacer el aporte personal que me correspondía, si se consideraba mi nombre como garantía para alcanzar el cumplimiento de las aspiraciones unitarias, he resuelto solicitar a la Dirección de mi partido, como ya lo he hecho, que se prescinda de mí, si mi nombre constituye obstáculo para el logro de metas que se hallan muy por encima de todo personalismo y en las que están en juego el presente y el futuro de la clase trabajadora”.

¿Qué pretendía Allende con este discurso? Lo mismo que pretendía el Partido Comunista al proclamar la candidatura de Pablo Neruda: forzar la unidad, apresurar el paso para evitar que el momento histórico se nos fuera de las manos. Allende proclamó a viva voz su incertidumbre política, mencionando los dos peligros que veía si no se llegaba a acuerdo respecto al candidato único de la izquierda. Por un lado, “la tarea que tiene ante sí la Unidad Popular es de tal urgencia histórica, que si no se cumple con prontitud, incontenibles tensiones sociales arrastrarán a Chile al caos, como consecuencia del fracaso del sistema. Hasta un ciego puede ver las proyecciones y el significado que han tenido y tienen las huelgas del Poder Judicial y del Regimiento Tacna. La hoguera de rebeldía juvenil con su presencia activa y creadora”.

Por otro lado, Allende avizoraba el riesgo de una dictadura tentada a aprovecharse de este vacío político: “La dictadura contrarrevolucionaria no será capaz, por cierto, de abrir posibilidades al país ni de acallar, por el imperio de la fuerza, la legítima rebeldía de los chilenos altivos y combatientes”.

¿Qué tensiones se vivieron al interior de la Unidad Popular, en los partidos políticos y movimientos que la integraban antes de la nominación de Allende como candidato único de la izquierda a la Presidencia de la República? Lamentablemente algunos de estos hechos no fueron registrados por la historia y quizás jamás los conoceremos.

La lucha por lograr convergencia y unidad de acción en la izquierda fue ardua y compleja, salvándose las diferencias con buenas dosis de inteligencia y audacia. Sin embargo, la lógica imperialista había previsto los posibles escenarios políticos frente a un eventual triunfo de Allende, gracias a la dudosa “virtud” de prever siempre lo que puede afectar sus intereses en el patio trasero. Y mientras la aceitada maquinaria de dólares norteamericana entraba en acción, una silueta transformó el rostro de la política chilena. El 22 de enero de 1970, en un acto multitudinario en la avenida Bulnes, el nombre de Salvador Allende alivió la calurosa tarde de ese día de verano y el pueblo empezó a caminar de manera distinta. Amplios sectores hicieron suyas las ideas revolucionarias, confiados en escribir su propio destino.

El apoyo popular al candidato socialista. Foto de Sonia Aravena.

El apoyo popular al candidato socialista. Foto de Sonia Aravena.
El apoyo popular al candidato socialista. Foto de Sonia Aravena.

El esfuerzo de las mujeres

Tras la proclamación, las mujeres de izquierda tomamos la iniciativa, junto con sectores progresistas del mundo sindical, intelectual y poblacional, y constituimos el Frente de Mujeres de la UP para contribuir a la victoria del candidato Salvador Allende. Asumió como presidenta de la organización la senadora María Elena Carrera. A mí me correspondió ejercer el cargo de secretaria general. Gran parte de las mujeres chilenas se identificó con las “cuarenta medidas” del programa popular y muchas traspasaron la barrera del estrecho mundo doméstico y privado para ser protagonistas de la vida política.

Pero las estadísticas eran claras: como el candidato de izquierda siempre perdía por los votos femeninos, asegurar la participación de mujeres era un objetivo clave, y esa batalla la comenzamos a ganar cuando muchas militantes de la Democracia Cristiana emigraron de su tienda y formaron la Izquierda Cristiana y el MAPU.

Fueron ocho meses de campaña presidencial, con un Allende incansable, dueño de palabras precisas y contundentes. Era inevitable asombrarse ante la honestidad de sus discursos, que expresaban la voluntad de todo un pueblo y uno tenía la sensación de que llevaba escuchándolo muchísimo tiempo, aunque no por ello dejaba de sorprenderse. El viernes estábamos en La Victoria, el sábado en Melipilla y San Antonio, el domingo en Concepción y el lunes en Santiago, como si el mismísimo espíritu de Manuel Rodríguez nos animara. Una reunión después de otra, y entremedio teníamos que idear afiches, consignas, programar marchas, activadas en las bases, organizar conversaciones con trabajadoras, profesionales, artistas. Solo así logramos avanzar política y electoralmente con las mujeres, subiendo finalmente la votación histórica de la izquierda.

Todas las noches Reinaldo salía con mis hijos y otros grupos del sector a hacer propaganda. Si alguien piensa que esta consistía en pintar el nombre de Allende en los muros o pegar afiches con engrudo, está muy equivocado. La rutina de propaganda en la campaña presidencial en 1970 significaba enfrentarse a bandas armadas dispuestas a todo para que no fueran borrados los nombres de sus candidatos. Los propagandistas de la derecha, contratados y pagados por el comando presidencial de Jorge Alessandri Rodríguez, se habían dividido la ciudad en cuadrantes que cuidaban toda la noche, mientras otros grupos se dedicaban a borrar el nombre de Allende de cuanto muro pillaran. Pistolas y palos eran las armas empleadas para atacar a los grupos de la Unidad Popular.

Una noche, Roberto y Rodrigo llegaron magullados y con la ropa hecha pedazos; habían sido atacados en la esquina de Macul con Grecia. Reinaldo salió con ellos a buscar a los agresores, no sin antes abastecerse de bolitas de acero y hondas; los atacaron desde el auto que silenciosamente habían estacionado en la esquina de José Domingo Cañas con Macul. Tomados por sorpresa, los propagandistas corrieron a esconderse tras los árboles, pero luego comenzaron a disparar y, ante el combate desigual, mis hombres debieron volver a la casa. Era evidente que necesitábamos organizar grupos de autodefensa.

Entonces formamos equipos de voluntarios que salían de noche cumplir una misión política: su recompensa era ver el amanecer con el nombre de Allende pintado en los muros sin que las bandas mercenarias lo hubiesen borrado. Los jóvenes de la Democracia Cristiana que apoyaban a Radomiro Tomic a veces se aliaban con nuestros equipos. Muchas veces se hicieron pactos de honor gracias a los cuales ni el nombre de Allende ni el de Tomic era borrado. Asimismo, la Brigada Ramona Parra de las Juventudes Comunistas recorría Chile pintando murales de fuertes coloridos que invocaban las luchas de la clase obrera, los campesinos, las mujeres, la juventud y los mapuches. El sello de la Unidad Popular quedaba impreso en los caminos y puentes que cruzaban el país. La Brigada Elmo Catalán integrada por jóvenes socialistas realizaba noche a noche la misma proeza. El arte y la política se unieron como nunca antes, anunciando una revolución que desde los murales llamaba al pueblo a conquistar el poder.

 

(*) Tomado del libro Mireya Baltra: del quiosco al Ministerio del Trabajo; Baltra, Mireya; LOM Ediciones, 2014.

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